XI #2
La tarde se extinguió sin que Branca hiciera aparición, y Gabriel anunció que se marchaba. El rato de plática lo había distraído de sus otras preocupaciones. Antes de partir, le preguntó a Tiago por Maciel.
—Sigue empeñado en buscarle marido a su hija.
—Mala cosa —observó Gabriel.
—No os preocupéis, capitán, que no la dejaremos desamparada.
Gabriel se encaminó al muelle. El aire frío le hizo ceñirse la capa y alzar el embozo hasta la barba.
Las calles, más vacías que de costumbre, eran corredores oscuros en los que el viento se encajonaba y aullaba entre las cornisas.
La noche cayó de golpe. Las campanas doblaron a vísperas, y la luna, redonda y amarilla, se insinuaba entre jirones de nubes.
Desde una ventana, alguien arrojó el contenido de una bacinica, que salpicó sus botas.
Dos perros flacos perseguían a un gato escurridizo, que trepó con agilidad la tapia de un corral.
En la ribera lo esperaba Mahagüini.
—Llévate tú el batel —le dijo—. Esta noche dormiré en tierra.
Gabriel no preguntó. La vida privada de su compañero era un enigma. Se limitó a asentir, tomó los remos y bogó hasta la fragata. Amarró el batel al costado, sin prisa. A bordo no quedaba casi nadie. Tras la travesía a las Azores, la tripulación se tomaba el descanso a destajo.
En el combés, sobre la plancha de hierro del fogón, brillaba un rescoldo rojizo.
3
La Coruña
Trenton bajó temprano a tierra con la intención de encontrar a Isabel. Lo acompañaba otra vez el marinero apodado Volpe, oriundo de Venecia, que llevaba un par de años navegando con Jenkins.
Con la información recogida el día anterior, se dirigieron al convento de Santa Bárbara. Volpe preguntó a un mendigo por la casa de los Del Puerto. El hombre extendió la mano antes de responder con otra pregunta:
—¿Cuál de ellos, el padre o el hijo?
—El padre —respondió Trenton, y le entregó unos maravedíes.
La mano se cerró con rapidez sobre las monedas y señaló con el índice una casa frontera al convento.
Se trataba de una vivienda de granito, de dos plantas, con un portón de recia madera que se hallaba entreabierto.
Trenton lo empujó y se adentró solo en un zaguán alto, bien encalado, adornado con un arcón de madera, un cuadro con motivo naval y dos aspidistras frondosas.
El suelo, de losas de pizarra, tenía en el centro una alfombra de cantos rodados que se prolongaba a lo largo del interior sombrío.
Dio un par de voces y, al poco, apareció una mujer desde una habitación lateral.
Lo miró con suspicacia y le dijo algo en gallego.
—Doña Isabel —acertó a responder Trenton—. Busco a doña Isabel.
El castellano de Trenton, aprendido del trato con su esposa, era rudimentario.
Podía seguir con esfuerzo una conversación y hacerse entender con frases cortas y sencillas, pero de gallego no entendía palabra.
Tras la confusión inicial, la mujer, por las apariencias una criada, le indicó con gestos que aguardase.
Poco después, regresó con un hombre joven que se presentó como Froilán del Puerto.
—¿Quién sois y qué deseáis, caballero? —le preguntó, midiendo cada palabra.
—Me llamo John Trenton, soy maestre del buque Pelican y busco a doña Isabel —respondió Trenton, sin prever que aquella frase podría resultar inconveniente.
La expresión de estupor de su interlocutor se lo hizo comprender de inmediato.
Preguntar por una dama respetable sin mediar una explicación quizá no fuera la mejor forma de presentarse.
—Soy su marido —añadió entonces.
Froilán lo observó con callada atención, calibrando hasta qué punto podía creerlo. Tenía el rostro alargado, el cabello moreno y lacio, la frente algo despejada y una expresión afable, pese a la tirantez de la situación.
—Venid conmigo —le dijo al fin. Y siguió la alfombra de rollos hasta un patio interior con arcadas, lo atravesó con paso seguro y se detuvo bajo uno de los arcos.
Un hombre de cierta edad, que aguardaba de pie junto a unas macetas de barro cuyas plantas goteaban aún por la lluvia reciente, los recibió sin moverse de su sitio.
Las paredes altas del patio protegían del viento, pero el suelo de piedra estaba aún oscurecido y húmedo.
Sin perder tiempo, Froilán se apresuró a hacer las presentaciones:
—Extranjero, este es don Sancho. Padre, este hombre asegura ser el marido de Isabel.
—Me llamo John Trenton —añadió el inglés.
Don Sancho del Puerto lo estudió con frialdad. No le tendió la mano. Tras unos momentos de incómodo silencio, cruzó con Froilán unas rápidas frases en gallego.
—¿De qué Isabel sois marido? —preguntó al fin, en castellano, con lentitud medida.
—De Isabel del Puerto —respondió Trenton, y viendo que el otro no añadía nada, se esforzó en precisar—: Nació en Veracruz. Su hermano se llama Gabriel.
Don Sancho pareció dar crédito a sus palabras. Pero no cambió de expresión.
—¿Y por qué queréis verla?
—Ella vivía en Inglaterra, conmigo. Se marchó mientras yo estaba navegando y no supe por qué. —Trenton se esforzaba por controlar su nerviosismo—. Llevo meses buscándola.
—Quizá no quiera veros —dijo don Sancho, sin acritud, simplemente como quien enuncia una posibilidad.
—Prefiero que me lo diga en persona.
Otra mirada entre el tío y el sobrino precedió a un nuevo intercambio en gallego. Trenton lamentó no haberse traído a Volpe para que le tradujera. Al cabo, don Sancho se resolvió y dio un paso al frente, apoyando una mano en el brocal del pozo.
—Veréis, caballero —dijo, sin apartarse de su lugar—, si la mujer que buscáis es, en efecto, mi sobrina, habéis de saber que regresó hace unos meses de Flandes…
—¡Ella es! —lo interrumpió Trenton, al borde de perder la compostura.
Don Sancho cerró los ojos un instante, para indicar que se daba por enterado, y prosiguió su plática.
La expresión se le había suavizado desde que aceptó la identidad del visitante.
Tenía el cabello ya encanecido, las manos morenas, sin apenas vello, y vestía una ropilla azul sin abotonar sobre un jubón de cuero envarado, rematado en el cuello por un encaje fino.
—Mi pobre sobrina llegó a La Coruña con el alma destrozada por una vida de penurias y un matrimonio desgraciado. Buscaba consuelo espiritual, y como la religión ha sido siempre muy importante para ella, volvió los ojos al Todopoderoso y tomó la decisión de profesar en un convento de clausura.
Trenton se quedó inmóvil, sin aliento, por el golpe inesperado.
—¿Clausura…? ¿Dónde?
—En Santiago de Compostela —respondió don Sancho.
—El voto de clausura —añadió Froilán— supone encerrarse de por vida en el convento y renunciar al trato con sus semejantes para alcanzar una comunión más perfecta con Dios.
—Pero ella estaba… —Trenton no encontraba la palabra adecuada—. Íbamos a tener un hijo.
Don Sancho alzó las cejas y adoptó una expresión contrita.
—Por desgracia, el embarazo se malogró. Fue ese suceso, tan triste, el que precipitó su decisión de tomar los hábitos.
Trenton bajó la cabeza. Las noticias caían como mazazos. Isabel monja. Su hijo perdido.
Don Sancho, consciente del impacto, adoptó un tono más compasivo.
—Lamento ser el portador de semejantes nuevas. También a nosotros nos entristeció su decisión. Pero el Altísimo sabe lo que hace. —Alzó las manos, como rindiéndose ante lo inevitable—. La criada os acompañará hasta la salida.
La entrevista había concluido. Trenton se giró casi por inercia.
Al dirigirse hacia la puerta del zaguán, vio que, bajo la arcada opuesta, lo observaban una mujer bien vestida y un muchacho casi adolescente.
La criada que lo había recibido se adelantó entonces y, con un gesto discreto, le indicó que la siguiera.
Cruzaron juntos el zaguán en penumbra y, al llegar al umbral, ella se detuvo.
—Preguntad en la herrería —le susurró sin levantar la vista.
—¿Cómo?
—En la calle Amargura —añadió en voz aún más baja, y sin esperar respuesta, entornó la puerta con gesto rápido.
Trenton permaneció clavado un momento, mirando la madera cerrada ante sí. La calle, mojada y gris, parecía ahora más inhóspita que nunca. Pero la llama que por un instante creyó extinguida acababa de revivir con una sola palabra. «Herrería».
4
Lisboa
—He tenido que recalentar el guiso de pescado —dijo Yabama, mientras vertía agua sobre las brasas, que se quejaron con un siseo agudo y chirriante. Su naturaleza caliente rechazaba la frialdad esencial del agua.
—No tienes que hacer nada especial por mí. —L’Avide se esforzaba por mostrarse distante.
Pero había otra verdad en su corazón. Ella lo sabía.
Lo había sabido siempre, y lo confirmó días atrás, durante la travesía, cuando Atabey le devolvió la sangre.
Cada acto tenía su sentido, su peso, su precio.
Ella sacrificó a Malasaigne por l’Avide; derramó su sangre, y la sangre le fue devuelta.
Nada ocurría por azar, sino que respondía a un equilibrio eterno.
Ahora necesitaba su esencia. Aunque la vieja Tomasa no se lo hubiera revelado, sabía que esa era la forma de completar el círculo.
Y si su hombre se resistía, ella rompería las cadenas con que él mismo ataba su voluntad.
No era insensible a su lucha; al contrario, la comprendía y hasta la admiraba.
Pero la lucha se alargaba. Demasiado. Los días propicios se pasaban, y debía intervenir.
Por eso había despachado a los hombres a tierra.
—¿Y García? —preguntó él, para suavizar la aspereza de su anterior respuesta.
Al niño lo había enviado a la bodega aquella noche, con los otros pajes.
—Va a aprender malas mañas de ellos.
—¿Y eso te importa?
L’Avide se encogió de hombros. No iba a responderle. No tenía respuestas que darle. Aún era muy pronto para sentir apego por aquel niño.