La derrota del dragón XI
36%

XI

La Coruña

La Stinky era un mercante de aspecto robusto, con más de coca que de urca .

Su capitán, maestre y piloto era míster Jenkins, un escocés de apellido inglés y cara de pocos amigos.

Cuando el barco zarpó de la ensenada de Plymouth, iba con las bodegas tan atestadas de grasa de ballena que más que navegar parecía que cabalgaran sobre el lomo de un gran cetáceo.

Stinky, «apestosa», era el apodo que la tripulación le había colgado tras una travesía a Brasil con un cargamento de guineanos.

Fue un viaje largo y tormentoso durante el cual los esclavos se vaciaron una y otra vez, hasta que las tablas de la bodega acabaron cubiertas por una costra de inmundicia que ni aun rascándola con cal y vinagre fue posible eliminarla.

Con los años, el hedor acabó disipándose, pero el apodo perduró y terminó por desplazar al nombre verdadero de la nave: Pelican.

Nombre aparte, el barco no destacaba por sus cualidades marineras, con el casco demasiado redondeado y los mástiles mal distribuidos.

Al embarcarse, John Trenton lo tildó de «cascarón viejo y mal ensamblado».

Sin embargo, unas singladuras después, hubo de reconocer dos cosas: que la Stinky se defendía con solvencia frente al bravo océano invernal y que míster Jenkins conocía bien su oficio.

En lugar de bordear el continente siguiendo el litoral francés, aprovechó un frío nordeste para internarse en el Atlántico y trazar un amplio arco que los condujo directamente a las costas gallegas.

Las comodidades solían escasear en los mercantes, pero en la Stinky brillaban por su ausencia.

La cámara de popa, que Jenkins aceptó compartir con Trenton, no era más que un tambucho de escaso puntal en el que no cabía un hombre de pie.

La tolda, cerrada tan sólo por una cortina de basta arpillera, quedaba indefensa ante los rociones de espuma, el golpe de las olas y la furia del viento; la marinería, por su parte, se apiñaba en el angosto castillete de proa.

El maestre, pese a su rudo aspecto y su léxico vulgar, era hombre de cierta ilustración.

Durante las largas horas de forzosa convivencia, Trenton advirtió que hablaba con soltura varias lenguas, poseía conocimientos sólidos de política, historia y cartografía, y guardaba en su arcón una pequeña colección de libros náuticos, relaciones de viajes y un evangelio en latín.

La travesía hasta La Coruña les llevó trece días durante los cuales Trenton había logrado, a fuerza de voluntad, mantener a raya sus pensamientos y emociones; con todo, al divisar la mancha clara de la ciudad recortada entre el verde oscuro de prados y arboledas, sintió cómo se le aceleraba el pulso.

En alguna de aquellas casas, veladas por la llovizna, se encontraban su esposa y su hijo.

De pie en la cubierta del alcázar, tuvo que esforzarse para atender las explicaciones de Jenkins, que le describía la disposición de la villa, asentada al sudeste de una pequeña península rocosa.

La parte antigua estaba rodeada por una muralla medieval festoneada de torreones, mientras que el arrabal se extendía a lo largo de la estrecha lengua de tierra que unía la península al continente.

—Al sur —añadió Jenkins—, hay un segundo muro que protege ese barrio, llamado de la Pescadería. Y enfrente, en el islote de San Antón, veréis un baluarte.

En la bahía fondeaban numerosos pesqueros de escaso porte, una docena de naos y carabelas, algunos pataches, un par de galeras y tres grandes buques de guerra, retornados con toda seguridad de la Gran Armada.

La playa, extensa y abierta, parecía de fácil acceso.

Trenton recorrió con la mirada el conjunto de la bahía, el río que desembocaba en ella, los arenales, los cabos, las alturas y los roquedales que la circundaban.

La Stinky largó anclas y se botó la chalupa.

—Vamos a tierra, señor Trenton —anunció Jenkins—. ¿Nos acompañáis?

—Por supuesto —respondió el capitán, y se echó el capote al hombro.

A pesar del resguardo de la bahía, el mar estaba movido y llegaron empapados, más por las olas que por la llovizna. Vararon junto a otras barcas de pescadores, cuyos dueños, indiferentes al mal tiempo, reparaban tablas y aparejos o remendaban redes.

El maestre saludó en castellano a quienes se fijaban en ellos y se internó en las primeras calles del arrabal.

La naturalidad con que actuaba sorprendió a Trenton, que había aguardado con temor el momento de entrar en contacto con los naturales.

Pero, pensándolo bien, ¿qué sospechas podía levantar un mercante escocés cargado de grasa de ballena?

—Yo iré a anunciar el arribo y declarar la carga —dijo Jenkins—. Os dejo con Volpe. Conoce bien la villa y la lengua. Nos encontraremos aquí mismo al atardecer.

Trenton aceptó y, anteponiendo el deber al placer, manifestó su intención de comenzar la visita por el muro de la Pescadería. Después de cumplir con el encargo de Drake, quedaría libre para dedicarse a sus asuntos.

Volpe, un meridional moreno y nervioso, lo guio por la playa hasta un pequeño fuerte que cerraba el muro del istmo.

Desde sus almenas asomaban las bocas negras de algunos cañones.

Luego de reconocer la endeble muralla, de apenas cuatro varas de altura, recorrieron el barrio, sorprendentemente próspero para tratarse de un arrabal.

Allí se alzaban, en una curiosa mezcolanza, casas de piedra bien labrada y cabañas miserables, corrales y solares baldíos, tenderetes, iglesias y un hospital.

Tras rebasar unas huertas aledañas a un convento, entraron en la ciudad vieja por una de las puertas sin que ningún centinela los detuviera. Aquella muralla, más sólida, fabricada con más mampostería que sillería, superaba en altura las seis varas y contaba con numerosas torres defensivas.

Protegidos de la lluvia por sus capotes, siguieron la ronda interior y pasearon por calles, pasajes y plazas cuyos soportales daban cobijo a vendedores, labradores, soldados, frailes, pescadores y mendigos.

Trenton observaba con mirada de soldado, atento a muros, accesos y puestos de guardia; pero también con íntimo recogimiento: pisaba las mismas losas que había hollado su esposa, veía las fachadas, fuentes y rincones que la habían visto pasar y respiraba un aire que acaso, poco antes, había rozado su rostro.

De vuelta a la playa arreció la lluvia, y buscaron abrigo en una venta próxima a la playa de la Marina.

Aunque no ardía fuego alguno, el ambiente resultaba cálido.

Se bebía y se comía, se jugaba a los naipes y al cubilete, se escupía y se hablaba en voz tan alta que el lugar parecía más concurrido de lo que en verdad estaba.

El idioma que llenaba el aire sonó a Trenton más cercano al portugués que al castellano.

Volpe no tardó en trabar conversación con unos parroquianos: contó fábulas de viajes, habló del cargamento y, antes de partir, preguntó al ventero, a petición de Trenton, por la familia Del Puerto.

El hombre se rascó pensativo el mentón con una uña larga y sucia, recogió las monedas, señaló vagamente hacia el interior de la ciudad y le dio a Volpe unas explicaciones que el capitán no alcanzó a comprender.

—Hay varias familias con ese apellido —le aclaró ya en la calle—, pero la más conocida vive intramuros, en la plaza de Santa Bárbara, frente a un convento de beatas.

La tarde, ya corta, se apagaba cuando regresaron a bordo de la Stinky. Jenkins había logrado apalabrar parte de la carga y confiaba en despachar el resto al día siguiente. Trenton, en cambio, tenía otros planes.

2

Lisboa

Una fría tarde de enero, con poco movimiento a bordo, para distraer el tedio y las preocupaciones, Gabriel visitó a los Queiroz. A Tiago lo encontró en el corral de la casa familiar, acompañado por el alférez Jaque.

—Os sabía amigos, mas no tanto —bromeó Gabriel a modo de saludo.

—Don Rodrigo está más interesado en cultivar la amistad de mi prima Branca que la mía —siguió Tiago la broma, aunque Gabriel, que conocía sus sentimientos, comprendió que la procesión iba por dentro.

Jaque se acomodó el chapeo y mostró su dentadura blanca y bien alineada.

—A don Tiago —dijo con mucho respeto, pese a ser inferior en graduación— me une el vínculo más sagrado que puede haber entre dos hombres: la admiración por la misma dama.

Gabriel se dejó caer sobre un tocón bajo, inspiró el aire fresco y replicó, festivo:

—Peligroso vínculo, voto a Satanás. Si algún día necesitáis padrinos, confío en que no recurráis a mí.

Luego, tras una breve pausa, cambió de tono y preguntó por las novedades que se cocían en la ciudad.

—Rumores, capitán. Rumores y más rumores —respondió Tiago, con gesto más serio.

—¿Cómo así?

El joven se alzó de hombros, como quien intenta restar importancia a lo que va a decir:

—Lisboa anda revuelta. En las tabernas, en los muelles y en los mentideros todos murmuran sobre el regreso del Prior do Crato y el ejército inglés que lo ayudará a recuperar el trono.

—Se ve que hay muchos nostálgicos de don Antonio —comentó Gabriel.

—No creáis, capitán. El preferido del pueblo siempre ha sido el rey Sebastián —dijo Tiago—. Y hay quienes aseguran que escapó de la masacre en Alcazarquivir y que, disfrazado de peregrino, vaga por el reino levantando seguidores.

—Ese muerto lleva más de diez años resucitando —bromeó Jaque.

Gabriel soltó una risa seca.

—Pero la gente aún lo aguarda —insistió Tiago—. Dicen que era valiente y generoso, y que habría engrandecido a Portugal de no haberse perdido en aquella alocada aventura africana. Muchos están convencidos de que, cuando regrese, el reino volverá a manos portuguesas.

—Cualquiera antes que don Felipe —remató el alférez.

Gabriel asintió, pensativo.

—Sea como fuere, la ciudad está inquieta —dijo—. Y cuando es así, conviene estar atento. O lejos.