La derrota del dragón X #6
34%

X #6

Rugieron entonces los cañones de la fragata, mejor dirigidos, y varios proyectiles hicieron blanco en los costados de la pinaza. Gabriel dio la orden de abordaje.

Los garfios mordieron en la borda enemiga, algo más baja que la propia.

Así aferrados, los cascos se juntaron y entrechocaron hasta astillarse.

Los hombres saltaron a la cubierta de la pinaza y comenzó un combate durísimo.

Gabriel, al frente del asalto, se encaró con dos enemigos que intentaban cargar un falconete.

Tajó al primero en la base del cuello y embistió con el hombro al segundo, que soltó la bala de hierro que sostenía y echó mano de un puñal que colgaba de su cintura.

Antes de que pudiera desenvainarlo, le golpeó la oreja con la guarda del sable y le descargó luego el pomo contra el ojo, que se hundió en la cuenca.

El hombre se cubrió el rostro y cayó de rodillas.

Gabriel soltó el aire que retenía y buscó otro adversario.

Se luchaba en parejas, tríos o en grupos más enredados.

Un grito lo hizo girarse a tiempo para alzar la hoja y detener el mandoble de un hombre que había salido de una escotilla.

Blandía un machete bien afilado, roto en su tramo final, que manejaba con rapidez y pericia, pero una pelota disparada desde la fragata le dio en el abdomen y lo abatió.

Gabriel pasó sobre el cuerpo y escudriñó la tolda en busca de Malasaigne.

El humo de la pólvora dificultaba la visión, pero alcanzó a distinguirlo sobre el alcázar, rodeado de varios de sus cofrades.

Agitaba la espada por encima de la cabeza y se desgañitaba en gritos que Gabriel no alcanzaba a entender.

Las voces y los jadeos, los quejidos, el restallar del agua y el viento, el entrechocar de aceros y los últimos disparos aislados creaban una confusión que borraba todo orden.

Cruzó el combés, esquivando hombres y duelos, trepó por la escala de babor y alcanzó la cubierta alta.

Desde allí vio cómo los corsarios retrocedían hacia el castillo, superados en número por los hombres de la fragata y de la nao, que se habían sumado a la lucha.

En tres zancadas llegó hasta Malasaigne, parcialmente oculto por uno de los suyos.

Tenía la cabeza descubierta, la barba larga, entrecana y salvaje, la piel aceitunada y los hombros anchos y rectos.

El mismo bastardo de siempre, algo más viejo y gastado.

El hombre que lo protegía le daba la espalda y Gabriel, aprovechando el descuido, le hundió la punta en los riñones y lo apartó de un empellón.

—¡Aquí, bastardo! —gritó en francés.

Malasaigne se volvió hacia él. En su rostro apareció una expresión de sorpresa: la cara del adversario le resultaba familiar, pero no conseguía situarla.

Aun así, retrocedió un par de pasos, alzó la espada y compuso una guardia baja, fácil de atacar.

Gabriel se deslizó hacia él sin dejar de moverse.

Los aceros se agregaron y los hombres cruzaron el primer lance, en el que Malasaigne desvió con esfuerzo un botonazo envenenado.

Dio otro paso atrás, dobló el codo y levantó la punta de su espada.

Algunos piratas trataban de escapar por la escotilla de la tolda, y otros se rendían. La cubierta se iba vaciando.

—¿No me recuerdas?

El pirata frunció el ceño, concentrado en defenderse y en adivinar quién era. Gabriel sonrió. Yabama no le había dicho nada sobre él. Adelantó la pierna derecha y alargó el sable, pero Malasaigne desvió su golpe con un giro de muñeca.

—Soy l’Avide —dijo entonces.

La revelación hizo que Malasaigne bajara la guardia un instante. Bastó. Gabriel le pinchó la mano y le hizo soltar la espada, y de inmediato llevó la punta del sable a su cuello. El pirata, con la mirada fija en su rostro, parecía no advertir que el duelo había terminado.

—Os tenía por muerto, l’Avide —dijo al fin.

—Ya veis que no —repuso Gabriel con voz suave—. Ahora decid a los vuestros que depongan las armas. No tiene sentido seguir luchando.

Malasaigne se adelantó y gritó a sus hombres que se rindieran.

En verdad, el combate estaba casi concluido.

En ese momento, una bala le alcanzó el cuerpo y un trallazo seco acompañó su caída.

Todas las cabezas se volvieron hacia la fragata.

En el alcázar, Yabama sostenía un mosquete humeante entre las manos.

5

Cementerio de Forthill

Los cadáveres formaban una pila macabra.

El sheriff de Galway había ordenado cavar una gran fosa entre el cementerio de Forthill y el convento, pero la tarea era tan laboriosa que los hombres encargados de abrirla estuvieron trabajando toda la tarde.

Mientras, un grupo de frailes agustinos y de mujeres piadosas se dedicaba a amortajarlos.

El nublado se disipó tan deprisa como había llegado, y el cielo se tiñó con los tonos sangrientos del crepúsculo.

Envolver a más de dos centenares de caídos requería tiempo, y la luz empezaba a escasear.

Los enterradores soltaron las herramientas y se marcharon.

Proseguirían al amanecer. Los soldados que vigilaban la tarea hicieron lo mismo, fatigados tras una jornada tan repleta de acontecimientos.

Los agustinos, sin embargo, decidieron continuar.

Restaban pocos cuerpos sin sudario, y les resultó un sacrilegio dejarlos apilados como animales.

Algunas mujeres se quedaron a ayudarlos.

Una de ellas se dedicaba, con paciencia, a lavar con un balde y un paño húmedo el barro, la sangre seca y los rastros de violencia de los rostros de los fallecidos.

Otras envolvían cada cuerpo en una sábana blanca y lo colocaban al borde de la fosa.

Los difuntos, ya rígidos, eran difíciles de manipular, y los más pesados exigían tres personas para ser movidos.

Las estrellas comenzaron a aparecer entre las nubes rotas.

Dos frailes sostenían antorchas para iluminar la escena.

El viento agitaba las llamas con tal fuerza que parecía querer arrancarlas de las estacas.

Un tercer fraile, enjuto y de edad avanzada, hacía la señal de la cruz sobre cada muerto y murmuraba una oración en latín.

Testigo de aquella barbarie, movía la cabeza con pesar.

—¡Padre Keogh! —llamó de pronto la mujer que limpiaba los rostros.

El abad interrumpió el rezo y se acercó a la mujer que, arrodillada sobre la húmeda hierba, tenía la cabeza de un hombre barbado y sucio apoyada en los muslos.

—¿Qué ocurre?

—Este hombre aún vive —susurró ella.

El abad se inclinó, escuchó, y al comprobar que, en efecto, respiraba, se irguió y miró en torno. Las sombras eran densas. De los vigilantes no había rastro.

—Ayudadme a trasladarlo —le pidió.

Lo agarró por los hombros, ella por las piernas. Apenas pesaba. Uno de los frailes con antorcha se aproximó, pero el abad le indicó con un gesto que se alejara: no convenía iluminar la escena.

A la entrada del convento, otro religioso tomó el relevo de la mujer.

Era el tercer prisionero que rescataban vivo.

Lo trasladaron por un pasillo hasta una celda usada como enfermería y lo acostaron sobre un jergón.

El padre enfermero alzó un candil para examinarlo.

Tras unos momentos de inspección, descubrió dos heridas: una en la espalda y otra en la nuca, junto al cuello, que limpió con cuidado hasta despegar la costra con que la sangre había endurecido el pelo.

La bala había rozado el hueso, pero no lo había penetrado.

—¿Vivirá, hermano Thomas? —preguntó el abad.

El enfermero plegó los labios y alzó las manos en un gesto de duda.

—Ha perdido mucha sangre —dijo, y se puso a trabajar sin añadir nada más.

Lavó la herida de la cabeza con vinagre rosado y la cubrió con ungüento amarillo. La de la espalda, tras extraerle el plomo alojado junto a la paletilla, la desinfectó con el mismo vinagre, la suturó con aguja gruesa y seda encerada, le aplicó el ungüento y la vendó con tiras limpias de lino.

Esa misma noche, los frailes los trasladaron a una celda oculta tras un muro falso.

Fue una decisión afortunada: los soldados habían hallado varios prófugos escondidos en casas cercanas y, al día siguiente, una patrulla registró el monasterio.

Sin embargo, el escondite era pequeño, húmedo y oscuro, inapropiado para atender a pacientes en tan grave estado, y uno de ellos no tardó en fallecer.

El abad del monasterio decidió llevar a los dos supervivientes a un lugar más seguro, pero el enfermero negó suavemente con la cabeza.

—Un traslado ahora lo mataría, padre Keogh, al menos a este. Está demasiado débil.

—¿Qué hacemos entonces, hermano?

—Atenderlo en la enfermería. Es poco probable que vuelvan a registrar el convento.

—Pero no imposible.

—Si lo ocultamos en otro sitio, tendré que ir a verlo con regularidad. Eso sería igual de peligroso, o más.

El abad lo observó con sus ojillos brillantes, ladeó la cabeza, y al fin asintió.

—Hágase la voluntad del Altísimo.

—Así sea.

Fray Thomas volvió junto al herido, que respiraba con dificultad, y avivó la llama del candil. Fuera, el viento ululaba entre las columnas del claustro.

—Nos espera un duro invierno —murmuró.

6

Océano Atlántico

Los dos corsarios, al presenciar el destino de la pinaza, desistieron del ataque y se esfumaron en el horizonte meridional.

Los prisioneros, casi una treintena, fueron repartidos entre la fragata y la nao Santa Cruz.

De la pinaza se hizo cargo Gabriel, que envió a bordo una tripulación de presa bajo el mando de Laiseca.

El maestre se ocupó de que se taponaran los boquetes provocados por la artillería con tacos de madera, y de que se remendara la vela mayor, también horadada, antes de reemprender la travesía.

A Malasaigne lo atendió Garcés Serrano, el barbero de la Portuguesa. Con manos firmes, le extrajo la bala de plomo del costado, lavó la herida con vino caliente, aplicó un ungüento de basilicón y la cubrió con un emplasto.