X #7
Gabriel no tardó en exigirle a Yabama explicaciones por el disparo alevoso, cuando el pirata ya se había rendido.
—Lo hice para protegerte —alegó ella—. Siempre lleva una daga disimulada entre la ropa.
—Esta vez no la llevaba.
—Por eso lo ha salvado la providencia —replicó, sin inmutarse.
—Todavía no.
Yabama descendió al sollado donde Malasaigne convalecía. La luz era escasa y el aire estaba impregnado de un hedor espeso a ungüentos y sangre seca. El barbero se apartó sin decir palabra.
El francés yacía inmóvil sobre un jergón de lona. Tenía el rostro pálido y la respiración entrecortada. Sus ojos se abrieron al sentir una presencia y, al reconocerla, contrajo los labios.
—Zorra traidora… —musitó.
Yabama lo miró con la misma frialdad con la que se contempla a un extraño.
—Estás donde mereces estar —dijo. Su voz era seca como una costra.
El pirata intentó incorporarse, pero el dolor se lo impidió. El sudor le empapaba la frente y la herida supuraba bajo el emplasto.
—Ese l’Avide será tu ruina.
—¿Creíste que ibas a tener siempre a tu perra mestiza? —siguió ella, dando un paso adelante—. ¿Que dejaría a mi hijo a tu alcance? Aquello se acabó, Guy. Y espero que te pudras aquí abajo.
Malasaigne estaba desconcertado, incapaz de comprender que aquella mujer, que un día creyó suya, pudiera tratarlo con tanto desprecio. Yabama se inclinó hasta quedar muy cerca de su rostro. Exhibía una sonrisa helada.
—Lástima no haberte matado —susurró. Y se marchó sin cerrar la escotilla.
Más tarde, Gabriel le preguntó al barbero por el herido.
—No será fácil que salga de esta —dijo Garcés—. Las heridas de bala suelen emponzoñarse.
—Haced lo que esté en vuestra mano.
—No prometo nada. Ah, capitán, hoy bajó la mestiza a verlo.
—¿Y?
—Él la llamó traidora y ella le deseó que se pudriera.
Gabriel no respondió. Sólo asintió y siguió su camino. No le sorprendía. La Yabama que él conoció no perdonaba.
Malasaigne no sobrevivió a la travesía y su cuerpo fue lanzado al mar sin mayores ceremonias.
Las tres naves no lograron alcanzar al convoy e hicieron solas el resto del peligroso viaje.
Una de aquellas noches, en mitad de un Atlántico iracundo, celebraron la Nochebuena como mejor pudieron, con más calor humano que recursos.
Laiseca mandó calentar vino con miel y especias, y Garcés Serrano sacó de quién sabe dónde una flauta de caña con la que improvisó una romanza.
Un soldado entonó villancicos de su tierra y otros marineros se le unieron entre risas y palmadas.
Levantaron un portal viviente con velas, mantas y cajones. Yabama, envuelta en un manto, se plegó a hacer de Virgen, y su hijo encarnó al Niño. Nadie protestó, ni siquiera el fraile, que cruzó los brazos y sonrió con indulgencia.
Luego, sentados en la tolda, adonde los había empujado el frío, hablaron de sus tierras y de sus oficios, de las veces que habían zarpado sin saber si volverían, de hijos y difuntos, de tabernas lejanas y promesas no cumplidas.
Laiseca, que rara vez hablaba de sí, contó que en su juventud se había ganado la vida haciendo cabotaje en el Cantábrico, pero que tras enviudar cambió la costa por las travesías de altura.
Su tierra, dijo, le llenaba el ánimo de melancolía. Nadie respondió.
—No sabía que estuviera casado —le dijo Gabriel a Mahagüini.
—Creo que tiene una hija —apuntó Mahagüini, con lo que terminó de sorprender a su capitán.
Con los víveres agotándose y recurriendo al agua de lluvia, avistaron por fin el Cabo da Roca. Allí tampoco hallaron rastro de sus compañeros. Sólo al remontar el estuario del Tajo divisaron el San Jerónimo fondeado frente a uno de los muelles de Lisboa.
El capitán de la Santa Cruz acompañó a Gabriel a presentar novedades a Bazán, que los recibió con su habitual impavidez.
Escuchó el relato con gesto adusto y, al terminar, se limitó a felicitarlos por el buen resultado de la navegación.
Los prisioneros fueron condenados a remar en las galeras.
La pinaza capturada se incorporaría a la armada de Lisboa, escasa de efectivos, y a Gabriel se le abonaría la mitad de su valor en arqueo.
—¿La mitad? —protestó, incrédulo.
—Es una merced que os hago, señor Del Puerto. —Bazán esbozaba una sonrisa medida—. En tanto naveguéis a mis órdenes, no rigen las leyes del corso. Además, la Santa Cruz también participó en la captura.
Tras discutir con el capitán de la nao los detalles del desembarco del cargamento, el almirante volvió a dirigirse a Gabriel.
—Tomaos unos días de descanso, que luego os avisaré de vuestra nuevo cometido.
—¿Tenéis más patrullajes para mi fragata?
—Estamos en guerra, y vuestra fragata está al servicio de la Corona. ¿Lo habéis olvidado?
—Recuerdo que me prometisteis ayudarme con la licencia para comerciar con Oriente, excelencia.
—Cada cosa a su tiempo, señor Del Puerto —respondió el almirante.
De regreso en la Portuguesa, Gabriel informó a los suyos de la situación, les concedió unos días de asueto y reiteró que quien no estuviera conforme podía desembarcar. No quería tibios a bordo.
En cuanto a Yabama y García —todavía le costaba llamarlo hijo—, decidió mantenerlos a bordo.
Llevaba días dándole vueltas al asunto sin alcanzar resolución firme.
Durante la travesía del Atlántico, la mujer se había mostrado reservada.
No dejó de lanzarle miradas ardientes ni de deslizar alguna alusión velada, pero no intentó torcer su voluntad, ni colarse en su lecho.
Cumplía la labor de cocinera con buen tino y, cuando le quedaba un rato, se sumaba a las faenas como uno más, lo que acabó por ganarle el respeto de la tripulación.
Las ropas de hombre, que al principio Gabriel temió fuente de conflictos, terminaron por ser una ventaja, ya que facilitaban que los marineros la viesen como a una igual.
García, por su parte, se conducía como un paje más, bajo las órdenes del contramaestre Ballesteros.
Vestido con una simple saya, baldeaba y rascaba la cubierta, barría la bodega, llamaba al rancho, repartía las raciones, recogía la mesa de los oficiales, hacía guardia junto a la ampolleta y entonaba los salmos cuando tocaba.
Todo lo ejecutaba con tal naturalidad y empeño que parecía haber nacido para la mar.
Aun así, Gabriel no estaba satisfecho: verlo entregarse con tanto afán a un oficio sin porvenir le causaba cierta desazón.
Y en más de una ocasión se preguntó qué sería de él el día de mañana.
—El destino no está en nuestras manos —le dijo Yabama cuando la interrogó al respecto—. Y de nada sirve preocuparse.
Después de desembarcar de incógnito a los cinco pasajeros que habían traído desde las Azores, Gabriel fue a visitar a Rafael Reigosa y se interesó por su promesa de «allanarle el camino» para establecerse en Lisboa.
El mercader lo recibió con efusividad, le dedicó un elogio desmesurado por la brillante captura del buque corsario y se ufanó de su hospitalidad hacia los azoreños, a quienes alojaría, por el momento, en su propio domicilio.
Respecto a la casa comercial, le propuso un primer negocio conjunto.
—Vuesa merced dirá —lo animó Gabriel.
—He pensado que podríamos conformar una sociedad mercantil, sujeta a la mía, de la que seríais socio minoritario. Eso os abrirá las puertas para operar como armador independiente más adelante, cuando os traspase mi parte.
La idea no disgustó a Gabriel, siempre y cuando acordaran una inversión razonable y un precio claro para el futuro traspaso de las participaciones.
Pero para que la nueva sociedad comenzase a funcionar necesitaba contar al menos con un barco de cierto arqueo, apropiado para navegaciones oceánicas, un barco que, según Reigosa, debería aportarlo Gabriel.
—Mi fragata está al servicio de la Corona. Lo sabéis.
—¿Y la pinaza que capturasteis? —preguntó el comerciante.
—Olvidaos de ella —replicó Gabriel, y lo puso al tanto la decisión de Bazán.
Don Rafael protestó por la mezquindad de las autoridades y le sugirió que, con el dinero que le correspondiera, y un tanto más, adquiriese otra nave. Sabía de una carraca en buen estado que quizá podría interesarle.
—Es cuestión de verla —respondió Gabriel.
En cuanto al negocio en sí, Reigosa le explicó que se trataba de viajar a Guinea.
—¿No a Asia?
—Para llegar a Asia, hay que pasar antes por África —respondió Reigosa, con voz estentórea y sonrisa cómplice—. Los negocios se basan en la confianza, señor mío, y la confianza se gana poco a poco. ¿No os parece?
Lo que no le parecía a Gabriel era la idea de traer de Guinea una partida de esclavos.
El negocio era el negocio, desde luego, y nadie decía que abrir una casa comercial en Lisboa fuera sencillo, pero lo que Reigosa le ofrecía, más que una puerta por la que entrar, era una rendija por la que colarse.
Además, sentía un rechazo profundo hacia aquel comercio, toda vez que él mismo había sido esclavizado durante una época.
—El trato que me proponéis excede mis atribuciones —alegó—. Tanto la compra de la carraca como el viaje a Guinea debo consultarlos con mi tío.
—No lo demoréis, amigo mío —advirtió Reigosa—. Tampoco yo puedo aplazar indefinidamente el viaje.
—En eso dependo por entero de la voluntad de Bazán —dijo Gabriel, zanjando la cuestión. Aquella vía empezaba a revelarse más estrecha y espinosa de lo que en un principio había supuesto.