X #5
Duarte lo vio acercarse. Intentó pensar en su padre, en las mujeres que había amado, en los camaradas de otros tiempos, en los amigos más cercanos; pero sólo acudió a su mente la imagen de la mujer con la que había tropezado al iniciar la huida, los ojos claros, muy abiertos, y una expresión de sorpresa en la que no había miedo.
El arcabucero se detuvo a su altura. Duarte distinguió sus botas rotas, sujetas con cuerdas, y alzó apenas la cabeza para verle el rostro, pálido, sudoroso, o quizá empapado, con el cabello castaño asomando bajo el ala del sombrero. Sacó de la cintura un pistolón de mecha y apuntó.
Duarte sintió un frío repentino justo antes de que la bala le atravesara la carne. Después llegó el olor acre de la pólvora y una oscuridad creciente, en cuyo fondo unos ojos azules lo miraban con tristeza, cada vez más lejanos, más apagados, hasta extinguirse por completo.
4
Océano Atlántico
La llegada de los nuevos pasajeros a la Portuguesa suscitó cierto revuelo.
La vestimenta y los modales de Yabama, que se conducía como un marinero más, el evidente parecido del niño con Gabriel y el hecho de que el capitán les hubiera cedido su propia cámara encendieron las lenguas y avivaron las conjeturas entre los tripulantes.
Para los más despiertos, se trataba de una antigua amante; para los más suspicaces, de una criolla rica que, con intención de disimular su riqueza, fingía humildad, y para los más fantasiosos, era una princesa amazona enviada por su pueblo para solicitar una merced al monarca.
En todo caso, su presencia no dejó a nadie indiferente, y la inquietud creció cuando Gabriel la puso al frente de la cocina.
—¿Y eso por qué? —le preguntó, escamado, Laiseca.
—Porque ese era su oficio —respondió Gabriel, con sequedad.
—Imagino que habrá pagado su pasaje —insistió el maestre—. Es decir, dos pasajes.
—En tal caso, no la habría puesto a trabajar, ¿no os parece?
—No menéis más el asunto —intervino Mahagüini, que contemplaba la escena con la tranquilidad acostumbrada. Laiseca hizo caso al medio indio y no volvió a sacar el asunto, aunque se pasó varios días rezongando.
Con los barcos ya en son de mar, bien que una de las naos algo maltrecha, sólo quedaba aguardar la ocasión propicia para hacerse a la vela.
Antes de la partida, los capitanes de los distintos navíos acudieron a bordo del galeón para determinar, en consejo, el rumbo y el orden de marcha.
Don Íñigo Espinosa, almirante del convoy, expuso que seguirían la altura de treinta y ocho grados boreales y que navegarían en conserva, con el galeón en cabeza, como era de rigor, seguido por la fragata y las dos naos, mientras que el patache cerraría la formación.
Yabama había advertido a Gabriel que Malasaigne y su escuadrilla acostumbraban a seguir a sus presas a cierta distancia, al aguardo de que alguna nao se separase del grupo para caer sobre ella.
Como la inesperada aparición de la fragata y del patache en Corvo había malogrado sus designios, el corsario optó por ocultarse en las ásperas calas del noroeste de San Miguel, a la espera de mejor ocasión.
Sin embargo, el rumbo elegido por Espinosa los alejaría de aquella isla, y Gabriel, tras pensarlo bien, juzgó innecesario dar cuenta de tales noticias.
Propuso, en cambio, que fuera la fragata, y no el patache, la que ocupara la retaguardia, pues su porte y artillería la hacían más idónea para socorrer a cualquier nave rezagada.
Espinosa no tuvo inconveniente en aceptar la sugerencia, ni en admirar el compromiso de Gabriel, que se adjudicaba la posición más comprometida.
Para el caso de que el convoy se dispersase, fijaron como punto de reunión el Cabo da Roca, al norte de Lisboa, en la misma latitud que Terceira.
Pocos días después de haber celebrado el consejo, el cielo se aclaró, la orilla se serenó y el almirante dio orden de partir.
Gabriel solicitó a fray Lorenzo, el clérigo que llevaba de pasajero, que celebrase una misa en cubierta para que los hombres pudieran comulgar y poner en paz sus almas antes de afrontar la travesía.
Conocía bien su natural supersticioso y sabía que la misa los confortaría más que cualquier promesa.
Los cinco navíos salieron de la bahía de Angra a primera hora de la mañana, aprovechando un viento favorable del segundo cuadrante.
Desde el puente de la fragata, Gabriel y Laiseca seguían con atención las evoluciones de los barcos que los precedían y no tardaron en advertir que una de las naos, de nombre Santa Cruz, tendía a rezagarse.
—Muy cargada va esa nao —comentó Gabriel.
—O mal gobernada —apuntó el maestre.
El buen tiempo fue apenas un espejismo, y no tardó en alcanzarlos una nueva borrasca, no tan feroz como las anteriores, pero suficiente para complicar la travesía y desordenar la formación.
La Santa Cruz, que ceñía mal el viento, comenzó a derivar hacia el sur.
La fragata la siguió, y ambas naves perdieron pronto de vista al resto del convoy.
El cielo encapotado impedía tomar la altura y la mala mar, calcular la velocidad.
Sólo la silueta de una isla los ayudó a orientarse: no podía ser otra que San Miguel.
Tras la crudeza de los primeros embates, el viento, que aflojó y roló a oeste franco, les permitió corregir el rumbo.
Apenas se desvaneció San Miguel en el horizonte, el vigía divisó tres velas por la aleta de estribor.
—La escuadrilla de Malasaigne —le dijo Gabriel a Mahagüini, el único al que había puesto al tanto de las revelaciones de Yabama.
A continuación, ordenó pegarse a la nao todo lo que el estado de la mar permitiera, desplegar todo el trapo y tratar de encontrar al convoy.
A lo largo de la mañana, la distancia entre perseguidores y perseguidos fue disminuyendo.
La nao era demasiado lenta para dejar atrás a los corsarios, y la fragata debía retener su marcha para no abandonarla.
El mar, aún muy picado, la hacía cabecear y balancearse.
Cortaba con firmeza las olas pequeñas, remontaba las grandes y, al superar sus crestas, hundía con violencia la proa.
Las salpicaduras barrían la cubierta, y no quedaba a bordo un solo hombre seco.
El viento, largo, entraba por la aleta de babor. Las vergas estaban ligeramente braceadas, con los puños de las velas cazados a proa. Los piratas habían estirado su formación, y el convoy no aparecía por parte ninguna.
Había que prepararse para el combate. Las portas se abrieron, los artilleros tomaron sus puestos, se levantaron las batayolas y la gente de guerra se repartió por cubierta.
La pinaza, donde según Yabama iba Malasaigne, se había destacado tanto que pronto entraría en distancia de fuego.
Pasaba con holgura de los cien toneles y montaba media docena de piezas por banda: nada mal para su tamaño.
Entre la espuma y la llovizna se adivinaban las siluetas de sus tripulantes, trepados en palos y jarcias, asomados a las bordas.
Esa pinaza tan adelantada le dio a Gabriel la idea de hacer algo a poca costa, algo que, de salir bien, abreviaría el combate.
Calculó las distancias y las velocidades, la fuerza y dirección del viento, y ordenó orzar dos cuartas a estribor y superar a la Santa Cruz. La decisión sorprendió a Laiseca.
—Es cobardía largarse cuando pintan bastos —renegó el maestre.
—Tú obedece, o te encierro en la bodega. Sólo espero que no se rindan sin presentar batalla.
El maestre lo miró desconcertado, apretó los dientes y transmitió la orden.
Los hombres, por más que se sorprendieran, conocían a su capitán, y ninguno protestó.
La Portuguesa, con todo el velamen desplegado, bailó sobre el agua y en un santiamén sobrepasó a la nao, cuyos tripulantes, al sentirse abandonados, alzaron los puños en señal de protesta.
Veían cómo su compañera les daba la popa y se alejaba con la misma rapidez con que el primer enemigo se les aproximaba.
Gabriel, desde el alcázar, no dejaba de mirar atrás.
La pinaza se aproximaba sin pausa a la nao hasta que llegó un punto en que esta le obstaculizó la vista de aquella.
Entonces ordenó virar en redondo. A Laiseca se le encendió al fin la luz y se dio prisa en obedecer.
Los hombres lanzaron un grito de júbilo al tiempo que preparaban la maniobra.
Recogieron la vela de mesana, metieron el timón y pusieron la verga de la mayor en cruz, con lo que la fragata cayó de golpe a sotavento.
A continuación, se bracearon el trinquete y el velacho, se hizo lo propio con la mayor, se largó el trapo y, con el viento en la amura de estribor, se enderezó el rumbo para aproximarse a la nao.
—Carajo de diablo —juró Laiseca.
La súbita maniobra de la Portuguesa desconcertó a los corsarios, que de improviso se veían entre dos fuegos: la nao a estribor y la fragata a babor. El falucho y el bergantín, aún a varios cables de distancia, no podrían socorrerla a tiempo.
—Listos para el zafarrancho —gritó Gabriel.
Los cañones se cebaron y cargaron, y cada cual ocupó su puesto.
La gente de guerra, con los mosquetes prevenidos, se apostó en las bordas y en los palos; la marinería empuñó sables, cuchillos y chafarotes.
Se hallaban casi borda con borda con la pinaza, donde reinaba una agitación frenética.
Los piratas, que no habían apercibido la artillería de aquella banda, no sabían a qué cañones atender.
La nao dejó ir una primera descarga que, a causa de la marejada, apenas logró hacer blanco.
—Malos artilleros llevan —comentó Yabama, que se encontraba cerca de Gabriel.
—¿Y García?
La mujer señaló hacia atrás. Por la escotilla de la tolda asomaba la cabeza del niño, que observaba la escena con los ojos chispeantes.
—Llévatelo abajo —ordenó Gabriel.
Ella no le hizo caso.