La derrota del dragón X #4
33%

X #4

—La Coruña está cerca de Santiago de Compostela, señor. Vos mismo lo dijisteis en Saint James. Lo recuerdo bien.

Drake, que en ese momento se llevaba la copa a los labios, soltó una carcajada que estuvo a punto de atragantarlo.

—¡Ah! John, John, John…, haber empezado por ahí. —Drake le dio una sonora palmada en la espalda—. Por vida mía. No os imaginaba tan ambicioso.

—Tampoco me embarco en misiones en vano —respondió Trenton con firmeza, pero sin insolencia.

Se hizo el silencio. Sólo se oía el crepitar de la leña en el hogar y, a lo lejos, el chillido agudo de las gaviotas.

El espejo de la pared devolvía la imagen de Drake, con su rostro curtido y su barba rojiza.

El almirante apuró su vaso, lo dejó sobre la mesa con un golpe seco y, por fin, sonrió. Aunque su sonrisa no tenía calor.

—Id a La Coruña si queréis —dijo con un tono más grave—. Después de Vigo. Pero no volváis a contradecirme delante de los demás.

Trenton asintió. Hizo una leve reverencia y se marchó sin añadir palabra. La niebla había comenzado a disiparse y el frío mordía la piel, pero el capitán sonreía. Elizabeth estaba, de nuevo, al alcance de la mano.

3

Afueras de Galway

La clara y despejada mañana parecía prometer un día soleado, pero pronto se echó a perder.

El cielo se llenó de nubarrones y poco después empezaron a caer las primeras gotas de agua, que en breve se transformaron en un chaparrón.

Los ingleses habían ejecutado ya a casi la mitad de los cautivos.

La pila de cadáveres aumentaba con sombría velocidad.

Arreció la lluvia. El lord dipu tado no estaba dispuesto a empaparse por una ejecución y se levantó y se encaminó hacia la villa con solemne dignidad.

Lo siguió sir Richard y el resto de la comitiva.

El pueblo llano, en cambio, permanecía en su sitio, atraído por la macabra distracción.

El nerviosismo de los condenados era palpable. La tensión de la larga espera, los compañeros muertos, el temor, las súplicas, los desmayos, las demostraciones de valor. Todo sumaba.

—No me matarán —rugió de pronto el capitán Bravo—. A mí no.

No comprendía Duarte a qué se refería, aunque en varias ocasiones le había oído afirmar lo mismo.

—Atendedme, señor sargento —añadió el capitán en voz más mesurada.

Duarte volvió la cara y se encontró con una mirada encendida y unos ojos delirantes que señalaban hacia abajo, hacia el cuchillo roto y desgastado con el que habían tratado de librar el barrote de la pequeña ventana.

De alguna forma había conseguido esconderlo y lo sujetaba con fuerza entre las manos atadas.

—Daos la vuelta —le indicó.

Duarte, sin pensarlo, se giró y le ofreció las manos.

Alzó la cabeza para ver si algún soldado los veía, pero todos estaban atentos a los cinco diablos que colgaban de las horcas.

Estaban alegres y algo bebidos. El capitán cortó la cuerda con facilidad y Duarte sacudió los hombros y los brazos, agarrotados de tenerlos atrás.

En cada muñeca tenía enlazada aún una pulsera de cuerda.

—Cortad mis ataduras —le susurró el capitán, y le entregó el cuchillo para que hiciera lo que le pedía. En cuanto se sintió libre, Bravo se apoderó nuevamente de él y comenzó a desatar a los que estaban cerca.

—¿Qué pretendéis? —le preguntó Duarte.

—Os he dicho que no voy a dejarme matar —respondió Bartolomé Bravo mientras liberaba a fray Antonio.

El desorden que se había formado alrededor de ellos, pese al entretenimiento que suponían las ejecuciones, no pasó desapercibido. Algunos soldados ya miraban hacia allí.

—Tomad, padre. Seguid vos —añadió Bravo.

Y sin esperar más, derribó con el hombro al soldado más cercano, se agachó sobre él, le quitó la espada y se lanzó sobre el siguiente, que tendió la alabarda para defenderse.

El capitán fintó hacia un lado y logró esquivarlo.

Con la espada en alto corrió hacia su derecha, donde estaba la mayoría de la tropa.

—¡Matadme ahora! —aullaba como un poseso—, ¡por Cristo y por Santiago!

Un arcabucero disparó contra él, sin acertar, y el capitán lo pinchó con la espada y lo hizo caer.

Se oyó otro disparo, también fallido, y un tercero que hizo, al fin, blanco.

Bartolomé Bravo se encogió y cayó, y varios soldados lo rodearon y lo acribillaron a estocadas.

Duarte vio su cuerpo hecho un ovillo, inmóvil, sobre la tierra. Había tenido la muerte que deseaba.

Para entonces, otros condenados se habían soltado y, siguiendo el ejemplo de Bravo, cargaban contra los soldados o trataban de huir hacia el bosque o el arrabal. Tampoco los que permanecían atados se quedaron quietos.

Fowles reaccionó de inmediato. Mandó a sus hombres que rodearan a los que no se habían movido y persiguieran a quienes trataban de huir, pero el desorden era tal que parecía imposible recomponer las filas.

La explanada era un pandemonio de carreras, gritos, voces marciales y disparos.

Los curiosos, que se habían acercado para disfrutar de una jornada festiva, desalojaban el lugar a toda prisa, encaminándose hacia las puertas de la villa o hacia las casas del arrabal.

Los soldados, enfurecidos y rabiosos, disparaban a discreción sobre los prisioneros, los alanceaban o los acuchillaban sin fijarse en si trataban de escapar o no.

Los más disciplinados arrastraban hasta el cadalso a quienes capturaban vivos para que los verdugos cumplieran con su tarea.

Otros prisioneros, que no habían conseguido soltarse de las ataduras, desesperados, se precipitaban sobre los alabarderos.

Al principio, Duarte intentó desatar a algunos compañeros, pero cuando el tumulto se desbordó y todos huyeron en desbandada, miró a su alrededor en busca de la mejor salida.

Los soldados, al cargar, habían roto la formación.

Hacia la derecha, en la vaguada que descendía hasta la orilla, se abrían numerosos huecos en su línea, así que decidió dirigirse hacia allá, corriendo despacio para no llamar la atención.

Apenas había empezado a moverse cuando chocó de frente con una mujer, que soltó un gritito espantado antes de llevarse las manos a la boca.

Tenía el cabello rojizo y enmarañado y los ojos, muy azules, fijos en él.

Duarte la apartó de un manotazo y reemprendió la marcha.

Mientras corría, observó cómo un prisionero fuerte y grueso, con las manos en la espalda, derribaba de un cabezazo a un arcabucero, se arrodillaba junto a él y lo mordía en el cuello.

El soldado, retorciéndose en el suelo, pedía auxilio mientras pugnaba por zafarse.

Un compañero acudió en su ayuda y atravesó al cautivo por la espalda.

Duarte no reconocía al hombre, y la última imagen que guardó de él fue su barba embadurnada de sangre, como si el mismísimo Mitra lo hubiera ungido.

Aceleró el paso. Otros españoles lo vieron y lo siguieron.

Poco después, los arcabuceros abrieron fuego.

Duarte escuchó el silbido de las balas y giró la cabeza.

Tres cautivos lo seguían. Uno dio un mal paso y cayó de bruces.

Fowles daba órdenes a sus hombres para que no permitieran escapar a nadie.

Duarte oyó un grito a su espalda, pero no se detuvo a mirar.

El aire le zumbaba en los oídos. El terreno, encharcado y lleno de irregularidades, junto con la hierba mojada y resbaladiza lo obligaban a concentrarse en cada zancada.

La lluvia seguía cayendo. A su izquierda, una mancha boscosa se dibujaba en la distancia, demasiado lejana.

Frente a él podía distinguir las aguas grises y encrespadas de la ensenada.

Las olas rompían con violencia contra las rocas.

La vaguada descendía suavemente hacia la orilla, pero aún faltaban trescientas o cuatrocientas varas para alcanzarla.

Un joven zanquilargo se puso a su altura, a pesar de tener las manos atadas.

—Vamos, compañero —dijo con una sonrisa cansada.

—¿Viene alguien más? —preguntó Duarte.

—Sólo nosotros —respondió el joven mientras lo adelantaba. Corría con la espalda muy recta y, para equilibrarse, balanceaba exageradamente los hombros.

La distancia hasta la orilla se había reducido a la mitad, aunque Duarte no sabía qué haría si lograba llegar a ella.

A su derecha, las murallas de Galway concluían en un bastión que se adentraba en el mar.

Al pie de la fortificación se distinguían algunas casas bajas y pobres, quizá de pescadores.

Pensó en cambiar de dirección y encaminarse hacia ellas.

En ese momento, el muchacho zanquilargo cayó abatido por un disparo, y Duarte hubo de saltar para no tropezar con su cuerpo.

Herido, pidió socorro, pero ¿qué auxilio podía prestarle?

Duarte viró a la derecha. El terreno ascendía ligeramente.

Apenas había avanzado unas veinte varas cuando sintió un golpe seco en la paletilla, como si le hubieran sacudido con un garrote.

Trastabilló y cayó al suelo. Quiso incorporarse, pero las piernas no lo sostenían.

El dolor del hombro era tan intenso que lo dejó inmóvil.

Finalmente se desplomó de bruces sobre la hierba verde y húmeda, olorosa a pasto recién segado.

No tardó en oír pasos y voces. Un grupo de soldados alcanzó al muchacho zanquilargo, que agonizaba más abajo.

Tres portaban arcabuces y el cuarto una partesana.

Hablaban en voz alta, excitados, jadeantes y empapados.

El lancero atravesó al caído con tal violencia que la moharra se clavó en la tierra, lo que provocó las risas de los demás.

Malhumorado, consiguió extraer el arma y ordenó a uno de los arcabuceros que rematara al otro herido.