La derrota del dragón X #3
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Sin embargo, al tiempo que crecía el fervor, lo hacían también las dificultades.

La logística no alcanzaba a abastecer a la flota en formación.

Muchas naves presentaban deficiencias en sus aparejos o no eran aptas ni para hacer cabotaje, y buena parte de la tropa recién incorporada jamás había pisado la cubierta de una nave.

Para reforzar a esta tropa bisoña, la reina había ordenado el regreso a Inglaterra, bajo el mando de Norris, de varios regimientos veteranos que luchaban en las Provincias Unidas.

Las autoridades holandesas no querían que las plazas cedidas a Inglaterra quedasen en manos de reclutas sin formación, y pusieron reparos, reparos a los que Isabel, más calculadora que nunca, no hizo caso: había llegado a la conclusión de que tenía mucho más que ganar en otro escenario de guerra.

El acuerdo con el Prior do Crato estaba casi cerrado y ahora aspiraba a arrebatarle al Austria su hegemonía naval y un buen bocado de sus posesiones.

También ella quería su imperio. Y para eso, necesitaba hombres como Drake.

Pero el almirante tenía sus propios planes.

La niebla matinal se aferraba aún a los muros de Plymouth y ocultaba tejados y masteleros.

Las aguas de la ensenada, verdes y sucias, se agitaban bajo los cascos de decenas de embarcaciones en diferentes fases de alistamiento.

Había actividad en cada rincón del puerto: herreros forjando cadenas, carpinteros acarreando tablones, toneleros reforzando aros.

La ciudad entera parecía respirar al ritmo de la guerra.

Sobre una colina baja se alzaba la casa de sir Francis Drake.

No era una mansión, pero su emplazamiento privilegiado le permitía dominar con la vista todo el movimiento del puerto.

En la estancia principal, amplia y de techos bajos, ardía un fuego generoso.

Sobre la mesa reposaba un portulano de las costas ibéricas y, a su alrededor, un grupo de hombres en actitud expectante.

—No os he reunido aquí para repasar lo que ya sabemos —empezó Drake—, sino para descubrir lo que ignoramos. Para evitar sorpresas y anticiparnos a lo inesperado. Os he traído porque necesito ojos que sepan mirar.

Cabecearon los presentes, los ojos fijos en el plano, inquietos ante la curiosa convocatoria y el tono grave del almirante, un hombre que no dejaba nada al azar.

La misma astucia que lo había llevado a cruzar el estrecho de Magallanes, a saquear ciudades del Caribe o a escapar entre las sombras del canal de la Mancha era la que lo volvía precavido ahora.

Si algo había aprendido en sus años de navegación y piratería era que los informes engañan, los rumores se inflan y los enemigos se disfrazan de aliados.

La empresa que se preparaba no sólo ponía en juego los intereses del reino, sino también los suyos.

Drake había apostado fuerte: su reputación, su vida y cinco mil libras de su patrimonio personal.

El éxito no era sólo deseable, sino imprescindible.

Por eso había reunido a aquellos cuatro capitanes: Thomas Cely, William Furthow, Jervis Wilder y John Trenton.

Todos hombres de valía contrastada, curtidos en años de navegación y combates. Hombres que sabían mirar y callar.

Sobre una cómoda, un globo terráqueo; en la pared, un gran espejo que devolvía sus propios gestos.

—Sé que sabéis calibrar la potencia de fuego de un navío —dijo, con las manos apoyadas en el borde de la mesa—, distinguir una batería operativa de unos cañones herrumbrosos y hacer preguntas sin levantar sospechas.

—Ponednos a prueba, almirante —dijo Thomas Cely, mientras los otros asentían en silencio.

—Lo sé, lo sé, señores —reconoció Drake—. Los informes de Walsingham hablan de costas desguarnecidas, hospitales llenos y barcos aún sin reparar. Pero yo soy perro viejo, y conozco a los españoles. Me fío tanto de las buenas noticias como de una maldita víbora.

William Furthow soltó una risa que se hizo contagiosa.

—Quiero saber qué voy a encontrarme en sus puertos —continuó Drake, sin perder el hilo—. No lo que digan los informes, sino lo que veáis con vuestros propios ojos.

Y a continuación, el almirante les explicó que necesitaba que inspeccionaran ciertos puertos de España y Portugal, infiltrados como simples comerciantes.

No viajarían en barcos de guerra, sino a bordo de buques irlandeses o flamencos, cargados con mercancías inofensivas.

Mientras sus patrones vendían la carga, ellos examinarían barcos, defensas, tropas, la actividad en los muelles, la riqueza de los almacenes, los ánimos de la población.

Bastarían unos días y preguntas bien hechas.

Lo justo para volver sin dar tiempo a que los descubrieran.

—¿Son leales esos patrones? —preguntó Cely, que no quería regresar a un presidio español.

—Me tengo por un hombre avispado, Thomas. —Drake alzó una ceja.

—El más sagaz de todos, almirante.

—Pero la lealtad se esconde tan profundamente en el corazón de los hombres que es difícil de calar. En todo caso, hasta donde yo puedo saber, sí. Y el beneficio que se les ofrece es suficiente para que no quieran traicionarnos.

—¿Y los puertos de destino? —preguntó John Trenton.

—Amigo John, creí que os había comido la lengua el gato —ironizó Drake—.

Bien, he seleccionado cuatro. Santander es nuestra primera opción.

Los informes indican que allí han recalado la mayoría de los buques de la Gran Armada.

Pero ¿cuántos son? ¿En qué estado se encuentran?

Puede que estén en dique seco, haciendo reparaciones importantes, o en el agua, con arreglos menores.

Laredo es otro puerto que me interesa reconocer.

Vigo, por su cercanía a Portugal, será el tercero.

Y Lisboa, claro está, no sólo por su valor como capital, sino porque se rumorea que allí se reorganiza parte de la nueva flota oceánica.

Necesito saber qué hay de cierto en ello.

—¿Qué hay de San Sebastián? —intervino Furthow—. He oído que el almirante Oquendo, con parte de la escuadra de Guipúzcoa, regresó allí.

Sir Francis se acercó al fuego, extendió las palmas de las manos hacia las llamas y luego se las frotó con lentitud.

Trenton observó a sus compañeros, todos oficiales de segunda fila, destinados a mandar buques pequeños o medianos, a los que el almirante había escogido para aquella peligrosa misión.

No eran sino marionetas en manos de aquel prestidigitador.

A los grandes nombres les reservaba mejores mandos y tareas más nobles. Y aun así, no le importó.

—Oquendo murió en octubre, según nuestras fuentes.

Y San Sebastián, como Pasajes, están demasiado metidos en el golfo de Vizcaya.

Para una operación de esta índole, eso los hace poco apropiados.

—Furthow abrió la boca para replicar, pero Drake levantó una mano que lo detuvo en seco—.

Una rápida razia de dos o tres navíos es una cosa, William, y nuestra empresa, otra muy distinta.

No podemos dejar su éxito al albur de los vientos ni al capricho de las corrientes.

—¿Y La Coruña? —preguntó Trenton, tratando de disimular el desencanto que sentía—. Vigo es apenas una aldea, y hasta donde sé, no ha recibido naves de la Armada.

—¿Creéis que La Coruña es mejor destino? —Drake entrecerró los ojos.

—Fue el último fondeadero de la Gran Armada, sir Francis —insistió.

—Vigo está más próxima a la frontera portuguesa.

—Si el objetivo es Portugal, ¿por qué desembarcar en un puerto español? —replicó Trenton con viveza. En Vigo no se le había perdido nada.

Pero al almirante le incomodó aquella réplica, o fingió que lo hacía, frunció el ceño y la atmósfera de familiaridad que había reinado hasta entonces se enrareció.

Los demás capitanes bajaron la vista o carraspearon, incómodos.

Desde el fondeadero llegaban, amplificados por la humedad, los golpes de los carpinteros y calafates, gritos y órdenes de marineros y cargadores, arrastre de fardos, la campana de un buque llamando al rancho.

Drake se volvió hacia la mesa con aire de fastidio.

El capitán Thomas Cely, oportuno, aprovechó para desviar el foco.

—¿Cómo nos repartiremos? —preguntó con voz neutra.

—A eso vamos —respondió el almirante—. William se dirigirá a Santander.

Jervis, a Laredo. Y John, ya que parece conocerlo, visitará Vigo.

En cuanto a vos, Thomas, os reservo la tarea más delicada: viajaréis a Lisboa y os las arreglaréis para entregar a las autoridades una carta que os daré a su debido tiempo.

Tras esas palabras enigmáticas, Drake les expuso los detalles logísticos: fechas previstas, rumbos, imprevistos.

Les prohibió hablar del encargo con nadie, les exigió absoluta discreción y los citó dos días después para presentarles a los patrones de los mercantes que los transportarían a la costa enemiga. El tiempo urgía.

Cuando todo estuvo dicho, despidió a Furthow, Cely y Wilder, que inclinaron la cabeza, tomaron sus capas y abandonaron la sala uno a uno.

Sólo John Trenton se quedó, de pie junto a la mesa.

Drake se encaminó hasta un pequeño aparador, sirvió dos medidas de brandy en vasos de cristal y le ofreció uno a Trenton sin pronunciar palabra.

—¿Y bien, John? —dijo por fin, con el vaso entre los dedos—. ¿Qué hay en La Coruña que os llame tanto la atención?

—Nada más que intuición, señor —respondió Trenton, esquivo. No iba a revelar que tenía motivos personales para apostar por aquel puerto. A Drake no.

El almirante alzó las cejas, insatisfecho con la respuesta.

—Os conozco, capitán. Sois de los pocos que saben cuándo hablar y cuándo callar. Y también sé que no hacéis preguntas al azar.

Trenton bajó la mirada. El terreno que pisaba era resbaladizo. Si mostraba demasiada insistencia, el almirante sospecharía. Si se mostraba indiferente, parecería haber mentido, de modo que optó por arriesgarse con una respuesta inesperada.