X #2
—Pues no os tranquilicéis demasiado —lo contradijo el capitán Bravo—, porque allí adelante han levantado un armazón con muy mala leche.
En la suave ladera que ascendía hacia el convento despuntaban dos recios postes unidos por un larguero.
—Ese guindaste no estaba la última vez que pasé —advirtió, más alarmado, fray Antonio.
—Pues podéis estar seguro de que ahora sí está —replicó Bravo.
El frío intensificaba la sensación de espera. Más allá de los postes, sobre el pasto aún escarchado, había varias filas de bancos vacíos, como el graderío de un improvisado teatro.
Los soldados, dirigidos por Fowles, se habían desplegado en una larga línea que rodeaba a los prisioneros.
Eran al menos dos compañías. Algunos portaban medias armaduras y otros coseletes de cuero, pero la mayoría vestía gruesas sayas de lana y sombreros cónicos.
Duarte observó cómo sostenían las lanzas con manos torpes y llegó a la conclusión de que eran tropas inexpertas.
Pasó un buen rato sin que se produjera ningún movimiento. La inquietud comenzó a propagarse entre los prisioneros.
—Mucho dura esta parada militar —comentó Arechaga.
El tiempo pasaba y la concurrencia aumentaba.
Gente y más gente se sumaba al espectáculo: villanos de todas las edades y condiciones, comerciantes e incluso marineros provenientes de los barcos atracados en el puerto.
De pronto, el murmullo de las conversaciones se intensificó, acompañado de vítores y aplausos.
Una elegante comitiva, encabezada por FitzWilliam y Bingham, atravesó la multitud.
El virrey de Irlanda y el gobernador de Connacht tomaron asiento en el centro del semicírculo de bancos.
El resto de los asistentes, hombres y mujeres vestidos con elegancia, se desplegaron a derecha e izquierda y se acomodaron donde pudieron.
Una escuadra de soldados se acercó al armazón y, colgando del travesaño varias sogas, lo transformaron en un cadalso. Una acción que despejaba cualquier duda sobre las intenciones de FitzWilliam.
A Duarte le vino a la mente el recuerdo de una escena similar en Punta Delgada, en la isla de San Miguel, cuando don Álvaro de Bazán ordenó ahorcar a todos los prisioneros capturados en la batalla de las islas Terceiras.
Entonces, él había sido un mero espectador.
Esta vez, sin embargo, sería uno de los actores.
El frío seguía calando, y las mejillas y manos de Duarte estaban entumecidas. Pero apenas lo notaba. El tiempo parecía haberse congelado.
Una algarabía de gritos y lamentos cruzó las filas de los prisioneros.
Junto al oído de Duarte, el capitán Bravo se deshacía en insultos y maldiciones, mientras que, al otro lado, fray Antonio rezaba en un murmullo.
Otros, en cambio, flaqueaban; las fuerzas los abandonaban y gemían su desdicha.
En un gesto de benevolencia, FitzWilliam autorizó la salida de un grupo de frailes del convento de San Agustín.
Los religiosos portaban largas cruces que pasearon lentamente frente a los cautivos.
Quienes tenían las manos atadas al frente lograron santiguarse torpemente.
Los demás, como Duarte, hincaron una rodilla en tierra e hicieron una genuflexión.
Finalizado el recorrido, los frailes regresaron al convento.
El lord diputado se levantó, un gesto que fue recibido con una gran ovación.
Esperó unos momentos, alzó los brazos para pedir silencio, aunque sin mucho éxito, y pronunció unas palabras que Duarte apenas alcanzó a oír.
La distancia, de unas cien varas, y el rumor de las conversaciones impedían que se le entendiera con claridad.
Al terminar, FitzWilliam se giró hacia el cadalso y dio la orden de iniciar la ejecución.
Fowles, siempre atento, se dirigió hasta el extremo de la hilera de condenados.
Señaló a los cinco primeros y ordenó a sus hombres que los condujeran hasta las horcas, donde los verdugos tomaron el relevo.
Cuatro de los prisioneros se dejaron poner las cuerdas al cuello, pero el quinto intentó resistirse.
Gritaba desaforadamente, tiraba patadas y movía la cabeza de un lado a otro para evitar que le calzaran la horca.
Sus músculos se marcaban como tiras en los escuálidos brazos.
Tras un duro forcejeo, fue reducido. Sin mayor ceremonia, los verdugos tiraron de los extremos libres de las sogas, y los condenados quedaron colgando y pataleando hasta morir.
—Qué cobardía tan bochornosa —exclamó un español—. Aquí se muere como un hombre. No hay otra.
—Yo antes prefiero matarme que permitir que me ahorquen —respondió el capitán Bravo.
A los primeros los siguieron otros tantos.
Fowles los iba organizando en grupos de cinco para que el proceso no se demorara inútilmente.
Un joven, flamenco a juzgar por el cabello rubio y la piel pálida, cayó desmayado mientras lo llevaban al patíbulo.
Dos soldados lo arrastraron hasta él y ayudaron al verdugo a ponerle la soga al cuello.
Apenas recobró la conciencia antes de morir.
Fray Antonio suspiró.
—Nadie nos preparó para este horror —dijo, y meneaba con pesar la cabeza.
Un marinero portugués suplicaba por su vida, alegando que había sido reclutado a la fuerza, que era devoto seguidor del Prior do Crato y que no merecía la muerte. Gritaba con tal desesperación que Duarte entendió cada palabra a pesar de la distancia. Pero no hubo clemencia.
Duarte, en el extremo opuesto de la fila, sería de los últimos, si el orden no se alteraba.
Mientras observaba cómo sus compañeros iban siendo ahorcados, sentía un vacío opresivo en el estómago y una bilis amarga que le subía a la garganta.
Morir en el calor de la batalla era una cosa, pero verla aproximarse lentamente, con tiempo para reflexionar, recordar y añorar la vida, era algo completamente distinto, algo terrible.
Para soportarlo sin desfallecer, para no enloquecer en un instante, ni derrumbarse, iba a tener que reunir toda la entereza que le quedaba.
Intentó distraerse, apartar de su mente el lugar donde estaba y el destino que le aguardaba.
Reparó en los rostros de los prisioneros: afligidos unos, firmes otros.
Miró también a los soldados, ocupados en las ejecuciones mientras reían y se burlaban del que flaqueaba, del que suplicaba y del que lloraba.
Algunas palabras sueltas llegaban hasta él, arrastradas por la brisa caprichosa.
Entre ellos circulaban botas de vino y garrafas de licor para celebrar la ocasión, combatir el tedio y calentar los cuerpos.
Los habitantes de Galway, que en gran número se habían acercado a presenciar el espectáculo, mostraban reacciones diversas.
Estos vociferaban con cada ahorcado, esos comentaban con despreocupación lo que ocurría, mientras aquellos atendían en silencio o parecían distraídos.
Un mendigo, con una pata de palo demasiado corta, quizá a propósito, cojeaba mientras extendía la mano.
Un hombre de cabellos ondulados, envuelto en una capa de lana finamente bordada, juntaba las manos en muda oración.
Muchos serían católicos, pero pocos mostraban compasión o respeto hacia lo que ocurría.
Una mujer, con una cesta sobre la cabeza, vendía hogazas de pan; otra, con un cántaro apoyado en la cadera, ofrecía vasos de leche.
Un hombre larguirucho y escuálido había subido a su hijo pequeño sobre sus hombros para que pudiera ver mejor las ejecuciones.
Los cadáveres eran retirados por una cuadrilla de desharrapados.
Los levantaban entre dos, uno por los pies y otro por los brazos, los trasladaban hasta el cementerio de Forthill y los arrojaban al suelo como sacos de grano.
Detrás de la creciente pila había un carretón cargado de sábanas blancas.
Varias mujeres pías, junto a frailes agustinos, se encargaban de envolver los cuerpos en las mortajas y colocarlos, con mayor cuidado, uno al lado del otro.
Sin embargo, el ritmo de las ejecuciones superaba con creces la lentitud de esta tarea.
2
Plymouth
La ceremonia de acción de gracias en la catedral de San Pablo, presidida por la reina, había sellado oficialmente la victoria.
Era momento de mirar hacia delante. Francis Drake dejó atrás los cánticos triunfales, cambió la lujosa ropera por el sable de asalto y abandonó la corte.
En Plymouth, donde ya se concentraba el corazón del nuevo proyecto, le aguardaba la verdadera tarea: levantar una armada. Y no era una tarea sencilla.
Una notable actividad comenzaba a manifestarse en los puertos del reino.
Se aprestaban naves, se reunían pertrechos, se acopiaban cañones y se trazaban rutas sobre los mapas.
El anuncio de una expedición de represalia contra España, aunque en sus inicios no despertó el entusiasmo que sus promotores esperaban, pronto se difundió por Inglaterra y encontró eco en los corazones de los patriotas y también en los bolsillos de los oportunistas.
Los pastores desde sus púlpitos y la imprenta en las calles habían magnificado la victoria pasada hasta convertirla en gesta.
En los mercados circulaban historias sobre las riquezas de los galeones, en las tabernas se hablaba de Cádiz, Sevilla y Lisboa, y el nombre de Drake empezaba a ser repetido por los más pequeños como si fuera el de un héroe legendario.
La nueva empresa prometía gloria, botín y la oportunidad de repetir la hazaña.
La fe en el experimentado almirante contribuyó a que las reservas iniciales se fueran transformando en expectación.
Las listas de voluntarios empezaron a crecer, aumentaba el número de armadores interesados y no cesaban de llegar mercantes que se ofrecían para la campaña.