La derrota del dragón X
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Prisión de Galway

A medida que se acercaba el invierno, el tímido sol se acobardaba, las nubes gobernaban el cielo y la lluvia, ya fuera intensa o suave, pero siempre presente, regaba Galway.

Las calles se llenaban de charcos, de los tejados se escurría el agua a raudales y los muros rezu maban tanta humedad que algunos llegaban a desmoronarse y caerse.

Los habitantes, envueltos en sus capas de lana impermeabilizada con sebo, seguían con aparente despreocupación su vida cotidiana.

Una mañana, los carceleros llevaron al patio, en pequeños grupos, a los prisioneros de la Gran Armada.

Les entregaron pastillas de jabón y los dejaron lavarse bajo la copiosa lluvia.

Duarte se apresuró a quitarse la capa de roña que acumulaba desde su captura, junto con los piojos, pulgas y otros parásitos que habían anidado en su piel y prosperaban a su costa.

Aunque sabía que necesitaría varios días para que sus ropas volvieran a secarse, el alivio inmediato valía la pena.

La novedad alegró el día de los cautivos.

Risas, bromas y chanzas llenaron el patio de la prisión durante horas.

Uno enjabonaba a otro, un tercero lo empujaba, y más de uno resbalaba en el suelo encharcado.

A quienes recelaban del jabón sus compañeros los tumbaban y los frotaban con entusiasmo.

Algunos corrían, saltaban o danzaban, mientras los más enfermos semejaban pequeños gorriones mustios.

Patt Kirwan contemplaba la escena desde la seguridad de un cobertizo, con su habitual impasibilidad, rota, en ocasiones, por una sonrisa fugaz.

Por la tarde, una cuadrilla de braceros locales acudió a la prisión con la tarea de retirar la paja de las celdas, que estaba podrida, maloliente y llena de inmundicias.

La reemplazaron por paja limpia y seca, lo que supuso un cambio inesperado.

Cuando el último mozo cruzó la puerta y se marchó, el barbero Juan García bromeó:

—Dará gusto dormir esta noche.

—Ya iba siendo hora —comentó un marinero del Falcón Blanco.

—Cortesía del señor Bingham —añadió un tercero.

—Y mucho que me escama —dijo en voz alta el capitán Bravo. Sus palabras áridas y cortantes apagaron el ambiente festivo.

—¿Por qué os escama? —preguntó Duarte.

—¿A vos no? —respondió Bravo con un punto de sarcasmo, pero luego aclaró—: Que estos perros se tomen tantas molestias por nosotros no puede significar nada bueno.

—Apestábamos tanto, tanto, que no me extrañaría que el cabildo de la villa haya cursado una queja formal ante las autoridades militares —dijo fray Antonio. Su explicación pareció razonable a la mayoría, pero no a Bravo.

—Pensad lo que os plazca, señores —aseguró—. Yo estoy más convencido que nunca de que debemos aplicarnos con ese dichoso barrote.

Sin embargo, el barrote no se pudo librar esa noche. Ni la siguiente. Ni nunca.

La razón del zafarrancho de limpieza no había sido el bienestar de los prisioneros, ni mucho menos.

En realidad, todo se hizo para no ofender el olfato de una sola persona: la mayor autoridad de la isla, el virrey William FitzWilliam, que había abandonado su residencia en Dublín para inspeccionar personalmente a los prisioneros de la armada.

Era un hombre mayor, cargado de espaldas, de rostro imberbe y expresión afilada.

Junto a sir Richard y el capitán Fowles, recorrió todas las celdas.

Se paseaba entre los prisioneros con las manos cruzadas a la espalda, sin mostrar temor.

De vez en cuando, hacía un alto para observar con curiosidad a algún cautivo que llamara su atención.

En la celda de Duarte, FitzWilliam se detuvo un rato frente al joven paje Gregorio Lange, le sujetó la quijada, le examinó las manos y formuló un par de preguntas en voz baja a sus acompañantes, con tono seco y cortante.

Luego quiso visitar las celdas de los irlandeses, a pesar de las objeciones del gobernador Bingham.

Subió con calma las escaleras, inspeccionó cada celda con cuidado y, al cabo de una hora, dio por concluida la visita.

Tras la partida de FitzWilliam, el alcaide ordenó sacar de la celda a Gregorio Lange, a quien esta vez no le sirvió de nada resistirse.

—¿A dónde lo lleváis? —preguntó el capitán Pedro de Arechaga, sin obtener respuesta. El eco de sus palabras quedó suspendido en el aire, mientras la lluvia continuaba cayendo sobre las piedras húmedas de la prisión.

Durante días no volvieron a saber nada del virrey, pero una mañana empezó temprano el movimiento en la prisión.

Antes de que amaneciera, los carceleros levantaron a los presos con gritos destemplados y golpes en las rejas.

Los obligaron a salir de las celdas y les ataron las manos bajo la luz de unos hachones.

Varias escuadras de soldados bien armados acompañaban a los guardias.

El capitán Fowles, que supervisaba la operación, impartía instrucciones escuetas y precisas.

Una vez formados y amarrados los prisioneros de cada celda, los iban sacando en una larga fila custodiada por soldados.

—¿A qué tanta actividad? —preguntó el capitán Bravo—. ¿Acaso nos trasladan a otra prisión más miserable?

—Pronto lo sabremos —le respondió el fraile.

Cuando llegó el turno de la celda de Duarte, el cielo empezaba a clarear.

Había helado por la noche. Los carceleros, ateridos por el frío, ataban a los prisioneros apresuradamente.

A Duarte le tocó un guardia alto y tripón, cuyo aliento olía a cerveza.

Era caprichoso en su trato con los prisioneros, y también indolente.

Le ató las manos a la espalda con nudos fuertes y bien hechos, dejando medio palmo de cuerda entre las muñecas.

Después, con un empellón, lo colocó en la fila, detrás de fray Antonio y delante del capitán Bravo.

Mientras tanto, los irlandeses, despertados por el ajetreo, hablaban y gritaban en gaélico desde sus celdas.

Duarte captó algunas palabras sueltas, exclamaciones sorprendidas que no lograba descifrar.

En un momento de calma, el hombre que sabía inglés les aconsejó con voz firme que tuvieran cuidado y que no se fiaran de FitzWilliam.

Una advertencia innecesaria: ¿quién confiaría en el lord diputado o en cualquier otro inglés?

El grupo de Duarte fue el último en salir de la cárcel.

Serían unos cuarenta y avanzaban con paso firme, el aire frío calando a través de sus harapientas vestiduras.

Los soldados marchaban en silencio, y se escuchaban claramente los crujidos de las botas sobre las piedras, el roce de las corazas y correajes y las toses de los enfermos, roncas y ásperas.

Duarte veía las figuras de los soldados a ambos lados de la fila, armados con alabardas y arcabuces cuyas mechas encendidas desprendían tenues volutas de humo.

No parecía difícil escapar: bastaría con dar un salto hacia un lado, atravesar la línea de custodios y correr con la esperanza de que el primer disparo no hiciera blanco.

Pero no tenía idea de dónde estaba, ni qué había más allá de las calles por las que marchaban, y no se decidió a intentarlo.

Al torcer una esquina, comenzaron a oírse rumores de voces a lo lejos, sin duda vecinos madrugadores que se habían acercado para ver el sombrío desfile.

De repente, un fogonazo quebró la escasa claridad, seguido por un disparo y una voz.

Hubo carreras, alboroto, y después volvió la calma.

Un preso trató de huir y fue abatido. Los soldados, alertados, estrecharon aún más la vigilancia, para impedir una nueva tentativa.

La luz del alba se abría paso y revelaba detalles del paisaje: las piedras y las hojas caídas de los árboles, las calles y edificios, las torres de la muralla.

Los colores lucían apagados por el invierno, mientras que los sonidos se percibían con sorprendente claridad.

Avanzaban con lentitud, y a Duarte se le hizo más largo el trayecto que cuando fue al cementerio empujando el carretón.

Delante de ellos apareció la muralla. El capitán Bravo se desvió unos palmos de la fila y recibió un culatazo en el hombro que lo derribó al suelo. El arcabucero que lo había golpeado se agachó sobre él y le gritó que se levantara.

—Arriba, capitán —lo animó Duarte, mientras el soldado continuaba apremiándolo.

Bravo se levantó con dificultad, ayudándose de las manos, que estaban amarradas al frente, y reanudó la marcha trastabillando. El golpe había sido muy fuerte.

—La puta que lo parió —masculló Bravo.

Al traspasar la puerta de la muralla, los obligaron a girar a la izquierda y formar en batalla: un rectángulo alargado, de mucho frente y poco fondo.

El frío seguía siendo intenso. Duarte alzó el rostro y vio un cielo azul y despejado.

El sol despuntaba sobre el horizonte, y sus rayos, al reflejarse en la escarcha, la transformaban en un manto de diamantes.

Por un momento, todo quedó suspendido en un extraño silencio: amigos y enemigos se mostraban maravillados por igual ante la calma de la mañana.

Se hallaban en la explanada que se extendía entre el arrabal de la villa y el convento de los agustinos, partida en dos por un pequeño arroyo que descendía hacia la orilla del mar. Además de los prisioneros y sus guardianes, se congregaba un gentío de lo más variopinto.

—Voto al malo —juró un prisionero—. ¿Qué clase de espectáculo se va a representar aquí?

La voz le pareció a Duarte la del capitán Ladrón de Guevara.

Un compañero de fila descubrió un pequeño grupo, situado hacia la derecha, donde estaban los nobles y oficiales que se habían llevado de la prisión.

Y, más allá, estaban los flamencos que alegaron haber sido reclutados a la fuerza.

También los portugueses. Duarte reconoció entre ellos a un par de tripulantes de la Santa Bárbara.

—Me tranquiliza verlos aquí —dijo fray Antonio—. Creí que nos iban a ejecutar en masa.