IX #7
Respecto a los preparativos de guerra, que Vuestra Señoría me pide seguir con la mayor puntualidad, puedo deciros que hay verdadera determinación, y aun furor, por devolver el golpe.
La reina se hallaba tan deseosa dello que, en cuanto se dieron por seguras las noticias de los naufragios y del triste retorno de nuestros buques, de inmediato quiso enviar a su flota para interceptarlos y destruirlos.
Sus consejeros debieron emplearse a fondo para hacerla entrar en razón, pues ni las reales arcas cuentan con recursos para una empresa de tal calado, ni su flota está en condiciones de hacerse tan presta a la mar.
En tal tesitura, Francis Drake y un tal coronel Norris le ofrecieron una solución tan ambiciosa como conveniente: ellos se encargarían de levantar una gran armada a cambio de que los pusiera al mando.
La Tudor, que está encantada con su pirata, dio el visto bueno y, según lenguas, ya han reunido más de ochenta barcos y un contingente de diez mil soldados.
Sobre el destino de esta contra armada y la parte donde desembarcará, los pareceres son tan diversos que no se puede extraer juicio cierto.
Unos dicen que navegará hacia las islas Azores, o a América, para capturar la próxima flota del tesoro; otros, que tendrá por objeto destruir los restos de nuestra armada refugiados en los puertos del Cantábrico; otros más afirman que embarcará con ellos el Prior do Crato y que el objetivo será Portugal.
Pero los muchos privateers que participarán en la empresa me hacen recelar que combine varios de estos objetivos, o incluso que se diversifique y amague con atacar en un lugar para golpear en otro.
En cuanto a las pérdidas de nuestra armada, he tenido acceso a una relación según la cual los navíos naufragados en Irlanda y Escocia serían al menos diecisiete.
Al principio juzgué el dato por bulo, pero he visto con mis propios ojos una lista de nombres y detalles, y de la que adjunto copia.
El secretario de la reina asegura que más de dos mil hombres han sido hechos prisioneros o degollados, y que aún otros tantos deambulan sin rumbo por la isla.
Para darles caza, una fuerza al mando de sir Thomas Perrot partirá de Gales con presteza, pues la posibilidad de abrir otro frente en Irlanda les preocupa sobremanera.
De Escocia, se sabe que un emisario inglés intentó engañar al rey Jacobo prometiéndole la sucesión al trono de Inglaterra y un condado en Leicester a cambio de entregar a los náufragos acogidos en su reino; pero, descubierto el engaño, el rey escocés se escandalizó y prometió auxiliarlos en cuanto le fuera posible.
En lo que concierne al almirante Valdés, después de pasearlo por Londres en triunfal desfile, como el César a Vercingetórix, lo han trasladado a una casa de campo en Esher Place, propiedad de un pariente de Drake, donde lo tratan con cortesía, lo invitan a recepciones y se burlan de su mal genio.
El resto de los hombres de su nao, y de la San Salvador, están repartidos por prisiones, casas particulares y graneros de la costa sur de Cornualles, o en las cárceles de Bridewell y Marshalsea, en Londres, donde malviven en condiciones extremas.
Me ha llegado noticia por vía segura de que Drake estaría dispuesto a negociar la libertad de Valdés y la de otros capitanes y entretenidos, y que desea hacerlo de manera privada y sin levantar polvo, ya que hay en la corte voces discordantes, y seguramente envidiosas, que abogan por posponer su liberación en tanto la guerra prosiga.
Os ruego que me remitáis instrucciones precisas al respecto, tanto en lo tocante a los soldados comunes como a las personas de mayor calidad, que no son pocas.
He pensado confiar este delicado asunto a un genovés avecindado en Londres; sin embargo, si el gobernador Farnesio no procede al desembolso de las sumas exigidas con celeridad, mucho me temo que las gestiones se dilatarán por tiempo indefinido, en especial en el caso del almirante Valdés, por las circunstancias dichas.
Se ha sabido que también el Prior está interesado en los cautivos de la Gran Armada y que ha encomendado a sus hombres que visiten las prisiones y realicen censo de los soldados y marineros portugueses, pues pretende solicitar a las autoridades inglesas que los liberen con el fin de que, jurándole lealtad, pasen a servirle.
Si bien su número no es notable, resulta preocupante el conocimiento que tienen de nuestras disposiciones militares y defensas en Portugal, por lo que os ruego que trasladéis a Madrid, si lo juzgáis oportuno, esta inquietud.
Por fortuna para nosotros, “Fabio” es una de las personas que se encargan de dicho censo, y podrá darnos cuenta de cualquier contingencia y, al mismo tiempo, informarnos sobre la situación, número y filiación de algunos presos españoles.
No quisiera despedirme sin referir el último naufragio del que he tenido noticia: el de la urca hospital San Pedro el Mayor, a la que, tras un largo y peligroso periplo alrededor de Gran Bretaña e Irlanda, los vientos encaminaron de vuelta al canal de la Mancha, donde acabó encallando en el condado de Devon.
Sus tripulantes han sido encerrados en las mismas condiciones que el resto de prisioneros.
Un tal míster Ashley quiso que, como enemigos, se los apresara y juzgara de inmediato, pero el Consejo de Estado determinó que, al tratarse de náufragos en viaje de retorno a España, no podían ser considerados prisioneros de guerra.
Yo sospecho que la verdadera razón estriba en que, siendo así, su manutención no recaerá sobre la Reina, sino sobre la caridad de los vecinos.
El Altísimo guarde a Vuestra Señoría largos años y lo colme como merece en salud y hacienda.
Dada en Londres, a tres días de diciembre de 1588».