La derrota del dragón IX #6
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IX #6

Los ojos de Tapia, apagados hasta entonces, se encendieron por un instante.

—Dios os lo pague, señor Veiga. Aquí todo gesto, por pequeño que sea, es una dádiva.

Joao le estrechó la mano con firmeza. De vuelta al camino, no pudo dejar de pensar en aquel tipo de prisión invisible, hecha de favores, necesidad y resignación. Más sutil, pero no menos real que los muros de piedra.

—¿Por qué os afanáis tanto en encontrar hasta el último portugués de la dichosa Armada? —preguntó Sydeman, cuando se despidieron del juez de Salcombe.

—Cumplo la tarea que se me ha encomendado. Mi rey necesita hombres, y yo trato de proporcionárselos.

—También yo cumplo lo que se me ordena, señor Veiga, pero todo tiene un límite, voto al diablo.

—Son mis compatriotas, capitán. Si supierais que hay ingleses presos en tierra extranjera y pudierais liberarlos, ¿no haríais lo mismo?

Como resultado de todos aquellos viajes y gestiones, Joao consiguió la liberación de trece portugueses más.

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Londres

«De Manuel de Aranda a Bernardino de Mendoza. Copia cifrada.

He recibido las cartas que Vuestra Merced tuvo a bien escribirme los días treinta de octubre y siete de noviembre próximos pasados, y quedo suficientemente advertido de cuanto en ellas se me comuni ca.

La p resente va remitida por medio de un secretario del embajador de Francia, que, habiendo obtenido licencia para pasar por París, no se dignó declararme el objeto de su viaje, ni quise yo, por no ser indiscreto, requerirle mayor explicación.

Paso, pues, sin más dilación, a referiros los sucesos recientes de este reino, que son tantos y de tan variada índole que me veré obligado a resumirlos sin menoscabo de lo que pueda interesar a los negocios de Su Majestad.

El más señalado y de mayor ruido ha sido, sin duda, la celebración que tuvo lugar el pasado domingo veintisiete de noviembre —que en su calendario corresponde al día diecisiete— en la catedral de San Pablo, en Londres, con motivo del trigésimo aniversario de la subida al trono de la reina Isabel, que, resuelta a dar públicas gracias a Dios por la victoria que afirma haber logrado sobre la Grande y Felicísima Armada, dispuso una ceremonia con todo el fasto, aparato y magnificencia de que fueron capaces sus ministros.

A fin de que fuera saludada con la mayor solemnidad por los lores del reino, diputados del Parlamento y miembros de su Consejo, se vistió con ropajes de gala recamados de joyas, se tocó con una intrincada diadema de perlas y fue conducida en carroza triunfal desde su palacio hasta la iglesia catedral, cuyas paredes interiores se hallaban cubiertas con estandartes y banderas arrebatadas a la nao Nuestra Señora del Rosario, así como otras traídas desde Irlanda.

Las casas todas presentaban un aspecto festivo y radiante, adornadas con colgaduras de lienzo blanco con la cruz de San Jorge y las armas de los Tudor.

Y el pueblo de Londres, vestido con galas y uniformes de ceremonia, se apostó a lo largo del recorrido para aplaudirla, vitorearla y desearle tan larga vida como siniestra suerte a sus enemigos.

Una vez en el templo, la reina, acompañada de sus nobles y eclesiásticos, subió al estrado y dio gracias al Altísimo por el favor que les había concedido en la batalla y por la grandiosa victoria obtenida contra nuestras armas, que había salvado a Inglaterra de caer bajo la opresión del ruin enemigo, y exhortó a los presentes, y por extensión a todos los fieles del reino, a rendir también gracias a Dios.

Finalizada la ceremonia, se organizó nueva procesión general, y durante el resto del día siguieron justas, juegos y grandes luminarias en toda la ciudad.

Mas no se me oculta que todo cuanto se ha mostrado es fachada y ostentación, pensada para engatusar al pueblo y levantar su ánimo en tiempos tan inciertos.

La Jezabel hereje, aunque se presente a ojos del vulgo como fuerte y regia, apenas puede ocultar con polvos y afeites los estragos de la edad, ni la melancolía que la aflige, y que se dice causada por la muerte de su antiguo favorito, el conde de Leicester, acaecida el pasado verano; aunque las malas lenguas aseguran que ha encontrado consuelo en el joven conde de Essex, de quien no se despega ni de día ni de noche.