IX #5
Relación en mano, los dos hombres se dedicaron a entrevistarse con los presos, explicarles la situación y plantearles las condiciones de su posible liberación.
Para ello, los acomodaron en una sala de guardia, no muy distinta de las celdas.
Un vigilante de confianza los traía uno a uno, y los devolvía tras el interrogatorio.
Con la excusa de evitar que se colara entre los seleccionados algún felipista acérrimo, o incluso un tibio, Joao convirtió los interrogatorios en sesiones largas, exhaustivas y tediosas, hasta lograr que tanto Sydeman como el vigilante empezaran a bostezar y a ausentarse de la sala.
Así obtenía ratos a solas con los presos, que lo enteraron de detalles valiosos: sus barcos de origen, el destino de sus superiores, el número de fallecidos y la ubicación de otros grupos de cautivos.
También pudo identificar a soldados españoles que hablaban portugués con corrección, un conocimiento que podría serle útil más adelante.
Y también constató las miserables condiciones en que vivían: sucios, cubiertos de piojos, famélicos, enfermos y sin atención sanitaria ninguna. Tan duras eran que muy pocos tuvieron la entereza o las convicciones suficientes para rechazar la oferta.
Luego de tres días de interrogatorios, consiguió elaborar una lista de veintitrés hombres dispuestos a jurar lealtad al Prior de Crato y participar en su campaña militar.
Joao sabía que la mayoría aceptaba por verse libre de sus cadenas, pero también supo reconocer a algunos, reclutados a la fuerza, que mostraban sincera adhesión al de Avis.
Antes de avanzar en la negociación de su libertad, la lista hubo de pasar por el visto bueno del alcaide, que tachó dos nombres con el argumento de que se trataba de fidalgos.
A Joao le pareció más bien una muestra de autoridad, o quizá una maniobra encaminada a conseguir un rescate más sustancioso.
Confirmados los veintiún restantes, restaba acordar el importe de los gastos que su manutención había ocasionado a las arcas de la ciudad. Era asunto que excedía las atribuciones de Joao, pero que acabó resolviéndose —gracias a los oficios personales del Prior— en un penique diario por cabeza.
Con las gestiones en Bridewell concluidas, Joao pudo entregar al señor Zarco un informe bastante completo sobre los prisioneros allí recluidos: su identidad, grado, nobleza y nacionalidad.
—Un trabajo extraordinario —reconoció el agente—. ¿Qué posibilidades veis de conseguir la libertad de más gente?
—Los alemanes, flamencos e italianos podrían lograrla con relativa facilidad —respondió Joao—. O quienes se hagan pasar por tales.
—No os entiendo.
—Aquí no distinguen bien vuestros nombres de los italianos o portugueses. Y con algo de fortuna, y no poca ayuda —Joao se frotó el pulgar contra el índice y el corazón, dejando clara la naturaleza de aquella ayuda—, podríamos sacar también a algunos españoles.
—No había caído en eso —musitó Zarco, mientras se rascaba la barba—. Tal vez convendría mover a los italianos establecidos en Londres. No son pocos.
—Con la gente de linaje, en cambio, la empresa será más ardua. No sólo porque la mayoría son españoles, sino porque esperan por ellos jugosos rescates.
—Ahí tenemos las manos atadas. Su Majestad ha delegado en el gobernador de Flandes la negociación. Y Farnesio alega no disponer todavía de los fondos necesarios.
—Sea como fuere, en Bridewell hay pocos hombres importantes. Si acaso capitanes, alféreces, maestres o algún oficial entretenido. Los de más peso, como Valdés o los hijos de grandes casas, están en domicilios particulares. Y viven con mucha más holgura.
En la voz de Joao asomó un deje reivindicatorio, que Zarco percibió y juzgó necesario responder.
—Así es el mundo, muchacho. Y no es cosa que se enderece de un plumazo. Si os sirve de alivio, el ejército es la mejor república que existe: en él, hasta el mozo más humilde puede llegar a capitán, y aun a maestre de campo.
—Lo sé. Pero ¿cuántos lo consiguen?
Zarco alzó las manos con un gesto impreciso.
—Vuestra relación será un buen punto de partida —dijo—. Nos permitirá hacernos una idea aproximada de los presos y de su estado. Imagino que proseguiréis la labor en otras cárceles.
—En efecto. Al Prior se le ha antojado escasa la lista, y me ha hecho saber, por medio de Figueiredo, que en adelante sea más prolijo.
Tras Bridewell, Joao visitó la prisión de Marshalsea, al sur del río.
Más antigua y de menor tamaño que la anterior, se hallaba en estado ruinoso, y los reclusos malvivían entre el hacinamiento y la necesidad.
Por ventura, el número de hombres de la Armada allí retenidos era escaso, y sólo pudo añadir dos portugueses más a la relación de nuevos seguidores del Prior.
Después de Marshalsea, recorrió otras localidades donde constaba la presencia de prisioneros, en los condados de Surrey y Middlesex, no lejos de Londres, y sobre todo en la península de Cornualles, adonde había sido llevada la nao Nuestra Señora del Rosario con parte de su tripulación y donde, más recientemente, había naufragado la urca San Pedro el Mayor, uno de los buques hospital de la Armada.
Joao y el capitán Sydeman cabalgaron hasta aquella apartada esquina del reino y visitaron Dartmouth, Torquay, Exeter, Salcombe e incluso Plymouth, donde fueron testigos de los preparativos de la flota que Drake estaba reuniendo.
—Veo avanzados los aprestos. Al menos, los navales —comentó Joao—. Sumando los barcos fondeados en el estuario del Támesis, reúnen ya una flota considerable.
—Aun así, puede que no basten para transportar a toda la infantería —apuntó Sydeman.
—No me parece que las tropas sean tan numerosas.
—El ejército se está acantonando en distintos lugares, para facilitar el adiestramiento y no desbordar los recursos del condado. Es difícil calcular su tamaño.
—¿Tomaréis parte en la expedición?
—Llevo años con el coronel Norris y no tengo intención de abandonarlo en esta empresa —respondió Sydeman—. ¿Y vos, señor Veiga? ¿También vais a participar?
El capitán Sydeman era un hombre con amplia experiencia militar, de la que se sentía ufano.
Se esforzaba por aparentar frialdad, cumplía sus tareas con la dedicación de un buen soldado y trataba a Joao con cortesía, pero no lograba ocultar cierto menosprecio hacia los portugueses, cuya participación consideraba anecdótica.
—Estaré donde se me ordene, capitán —replicó Joao, serio—. En primera fila o tras una escribanía.
Sydeman cabeceó, sin atreverse a ironizar sobre lo que parecía una evasiva.
Sin embargo, Joao aún ignoraba qué planes podían tener Figueiredo o Zarco para él.
El ánimo lo empujaba a tomar parte, lo sentía como una ocasión cargada de oportunidades: desde dentro de la expedición podría recabar noticias y hacerse más útil.
Pero Inglaterra reclamaba todavía su atención.
El asunto de los presos distaba de estar cerrado y prometía dar no poco juego.
Y estaba Fátima, por supuesto, a quien no quería dejar sola en un momento tan cargado de incertidumbre.
Con cada visita, con cada interrogatorio, Joao reunía nueva información sobre penales, castillos o casas particulares donde habían ido a parar otros cautivos.
En muchos de estos lugares había apenas media docena, o incluso una simple pareja.
Como la que hallaron en la mansión de un caballero, que se había reservado, para su servicio personal, a un enfermero y un boticario de la urca hospital.
Por desgracia, el caballero no le permitió a Joao hablar con ellos.
Con quien sí pudo hacerlo fue con Pedro Robledo de Tapia, el cirujano mayor del hospital, recluido con otros tres compañeros en casa del juez de Salcombe. En ese pueblo eran muy valorados sus servicios, gracias a los cuales gozaba de un régimen de semilibertad.
El cirujano, de rostro enjuto y frente despejada, era un hombre cultivado y de modales sobrios.
En un portugués correcto, que había aprendido en los años en que sirvió en el hospital militar de Lisboa, puso al tanto a Joao de la infausta travesía de la urca San Pedro.
Sus desventuras habían dado comienzo en Caláis, cuando el maestre, el piloto y varios marineros desertaron aprovechando el atraque.
Falta ya de manos expertas para gobernarla, la nave fue castigada por los temporales y hubo de fondear en una ensenada al norte de Irlanda, con el propósito de hacer aguada y proveerse.
Pero, al descender a tierra, varios hombres fueron capturados por los ingleses.
Los restantes, en un gesto desesperado, largaron velas y prosiguieron el viaje.
A la altura de las Sorlingas, una tormenta dañó el timón, y los vientos contrarios, y la falta de pericia, los empujaron de nuevo al canal de la Mancha, donde acabaron naufragando cerca de Salcombe.
—La única suerte que hemos tenido, en medio de tanta desventura —concluyó—, es que, al dirigirnos en demanda de nuestra tierra, nos han considerado náufragos, no prisioneros.
—¿Y en qué cambia eso vuestra situación? —preguntó Joao, intrigado—. ¿Acaso os permiten retornar a casa?
—Eso quisiéramos —suspiró el cirujano—, pero aquí un médico es tenido por lujo. Los señores que nos acogen no piensan renunciar a tal ventaja y nos obligan a ganarnos el sustento con nuestra ciencia. No podemos alejarnos del pueblo sin permiso, ni negar auxilio a quien nos lo solicite.
—Vuestra profesión os mantiene cautivos —comentó Joao, con una mezcla de comprensión y pesar.
—Sí. Nos honran con techo y comida, pero somos siervos, no huéspedes.
Joao meditó un instante. En su cabeza ya clasificaba a Tapia como un hombre útil que podía servir para futuros contactos: hablaba portugués, tenía conocimientos médicos, y gozaba de cierto margen de acción.
—Tal vez pueda ayudaros —dijo entonces—. En Plymouth reside un comerciante portugués de cierta confianza. Le haré llegar noticias vuestras. Quizá él pueda serviros de enlace y facilitaros el regreso a España.