IX #4
Por fuera, la vivienda tenía el aspecto rústico de una casa de labradores.
En su interior, se abría una sala amplia, sombría y de techos altos que cumplía al mismo tiempo funciones de taberna y almacén.
En ella se apilaban cajas con géneros diversos, pescado, panes, hortalizas de invierno, jarcias, arneses y útiles marineros.
En una mesa cercana al fuego, dos parroquianos compartían en voz baja una jarra de vino.
El fuego que ardía en la chimenea esquinera bastaba para entibiar el aire húmedo del lugar.
—Calentaos, señor —dijo García, y ambos se acercaron al hogar.
El niño frotaba sus manos pequeñas y sarmentosas frente a las llamas.
Y a Gabriel le recordó a sí mismo, no tantos años atrás.
Pese a que el temporal había amainado, el día seguía siendo desapacible.
Instantes después, sin mediar explicación, García lo tomó del brazo y lo guio fuera de la sala, subieron una estrecha escalera de madera desgastada y se detuvieron ante una puerta baja, hecha de listones desiguales, con una gatera circular en la parte inferior.
Dentro los esperaba Yabama, apoyada en la balaustrada de un balconcillo que se abría sobre el huerto trasero.
La estancia, aunque pequeña y fría, era más luminosa que la de abajo.
Las paredes encaladas contrastaban con el rojo vivo de las baldosas.
Un arcón bajo, algo deteriorado, dos sillas y una cama de tijera constituían todo el mobiliario.
—Os dejo solos —dijo García antes de escurrirse por la puerta.
A Gabriel le resultó extraño ver a Yabama en aquel entorno.
Nunca habían estado juntos en un lugar tan civilizado.
Su historia había transcurrido entre bodegas y cubiertas de bajeles, bohíos, selvas, playas e intemperie.
Tampoco la había visto nunca con ropajes femeninos. Y no descartaba una trampa.
—¿Qué te parece? —preguntó ella—. Tu hijo.
—Educado —respondió Gabriel. Pero no iba a permitir que lo despistara. Quería saber dónde estaba el falucho, por qué se había quedado en tierra, y sobre todo por qué lo buscaba. El motivo real.
Yabama empezó por el final.
—Te lo dije: para que conozcas a tu hijo.
—Ya lo he conocido.
—Para que lo conozcas de verdad. Para que estés con él.
Gabriel negó con la cabeza.
—No te creo.
—No hay otro motivo —aseguró ella—. Yo nunca te he mentido. ¿Para qué iba a hacerlo?
Gabriel recordó el desprecio absoluto que Yabama sentía por el engaño, al menos con él. La simpleza de sus creencias y la fe inquebrantable en su ventura hacían innecesario fingir. Pero seguía sin creerla. Claro que había otro motivo. Y pensaba descubrirlo.
—¿Dónde está el Hermes?
—Se hizo a la mar —respondió ella. Había salido del balcón para sentarse en una de las camas con un hombro apoyado en la pared, las rodillas dobladas y los pies sobre la colcha, unos pies hermosos, morenos, de dedos largos y arco pronunciado.
—Eso ya lo veo.
—Lo abandoné.
—¿No lo mandabas tú?
Ella esbozó una sonrisa difícil de descifrar.
—Quiero ir contigo, l’Avide. El falucho y Malasaigne eran los medios para encontrarte. Ahora que lo he hecho, ya no los necesito.
Gabriel soltó un suspiro. Por fin admitía que iba con el francés. La miró de nuevo, con intención de verla de verdad. En su rostro se fundían muchas sangres. En sus ojos marrones, ligeramente rasgados, ardía la determinación de siempre y una llama apasionada que le inspiró temor.
—No puedes aparecer de repente y meterte en mi vida como si nada hubiera ocurrido, como si nos hubiéramos despedido ayer.
Al principio pensó decir «entrometerte», pero lo cambió al vuelo por una palabra más suave. Daba igual. Yabama tenía su propia lógica de causas y efectos, y nada la desviaría de su rumbo.
—¿Tienes otra mujer?
—¿Y si la tuviera?
—Tú eres mi hombre. Atabey te señaló…
—Poco has tardado en nombrarla —interrumpió Gabriel, con ironía.
Yabama no supo qué decir. Para ella, la gran madre era tan real como cualquier ser de carne y hueso.
—¿Dónde está Malasaigne?
—En la pinaza —respondió Yabama—. En la que perseguisteis en la isla de Flores.
—¿Estabas allí?
—El Hermes se hallaba fondeado en una ensenada. Malasaigne capitanea una escuadra de tres navíos: la pinaza, el falucho y un bergantín de buen tamaño.
—No estamos en guerra con los franceses.
—Él es hugonote.
—¿Qué hace en estas aguas?
—Lo que todos los corsarios, l’Avide: aguardar una buena presa. Guy navega para un armador de La Rochelle.
—¿Guy? Vaya nombrecito. ¿Duermes con él?
—No es cosa tuya. Además, da igual. Para mí sólo hay un hombre.
—Basta ya de esa monserga, mujer. Este hombre ya no es tuyo. Ni va a hacerse cargo de ti.
Yabama se levantó de la cama con un movimiento rápido y elegante y se acercó hasta él, que había estado de pie durante toda la conversación, junto al baúl. Puso su rostro a un palmo del suyo y lo miró a los ojos, muy al fondo.
—No puedes abandonarme en este puerto. ¿Cómo voy a salir adelante?
—Te las has arreglado muy bien sin mí.
—¿También abandonarás a García?
—Cuerpo del diablo, Yabama. ¿Qué carajo quieres de mí? Ahora me dedico al comercio, en lo que los almirantes y gobernadores me lo permiten, tengo una familia, mi esposa espera un hijo y no voy a perderla por tu culpa.
La mestiza detuvo la mano que dirigía a su rostro y la mantuvo en el aire, los dedos engarfiados, el pulgar hacia arriba, como si se hubiese convertido en estatua.
De pronto, pareció perder la fuerza que la sostenía: la pasión se le evaporó del cuerpo, los ojos se le humedecieron, sus facciones se distendieron, la sorpresa se apoderó de su boca y una sombra de desánimo se instaló en su mirada.
Pero fue sólo un instante. El que necesitó para recomponerse, cerrar los labios y recuperar la fe en su destino.
—No me importa que te hayas casado, ni que tengas otra familia, l’Avide —dijo con voz firme—.
Iré contigo sin pedir nada a cambio. Seré tu marinero, tu soldado, tu sirviente o lo que demonios quieras que sea.
Estaré a tu lado sin decir palabra, comeré lo que te sobre y dormiré en cualquier esquina.
Pero García es tu hijo. Y tiene derecho a un padre.
—Así, de repente.
—De repente no: llevo dos años buscándote por todos los malditos rincones de este mundo, soportando lo que no te imaginas y viviendo en el filo de la navaja. Debes reconocerlo. Y mirar por él. Y para que no desconfíes más de mí, te diré cómo y dónde piensa atacaros Malasaigne.
Yabama echaba fuego por los ojos. Era la mujer resuelta y temeraria de antes, fresca, importuna, descarada, la Yabama de siempre, más hermosa que nunca.
Y Gabriel sintió un deseo imperioso de arrancarle la ropa y morderle los labios, de rodearla, de estrujarla y oprimirla hasta que pidiera tregua, como solían aniquilarse cuando se poseían. Pero se refrenó. Y aceptó el trato.
Por el momento.
4
Londres
Provisto de las credenciales extendidas por sir Francis Walsingham y acompañado de un oficial inglés, Joao se dedicó a visitar las prisiones y fortalezas de Londres y sus alrededores donde se encontraban presos de la Gran Armada.
Comenzó por Bridewell, un antiguo palacio real convertido en prisión, donde buena parte de los cautivos de la nao del almirante Valdés y de la San Salvador compartían encierro con ladrones, homicidas, mendigos, traidores y prostitutas.
Situada junto a la desembocadura del Fleet en el Támesis, Bridewell presentaba un aspecto macizo y austero, con muros altos y ventanas enrejadas.
Estaba compuesta por tres plantas y varios patios interiores, y cumplía funciones de cárcel, correccional e incluso hospicio.
Contaba, para ello, con pabellones separados para hombres y mujeres, salas para los trabajos forzados, como moler el trigo o apalear cáñamo, celdas colectivas y una capilla.
Pese a las credenciales que portaba y la compañía de un tal capitán Sydeman, el alcaide se mostró en principio renuente a permitirles el acceso a los presos.
Tras un breve intercambio de palabras, Joao advirtió que aquella actitud respondía más a una cuestión de dinero que de principios, y sin titubeos ofreció una gratificación discreta, suficiente para compensar las molestias.
Conseguido el entendimiento, el alcaide mudó el gesto y se mostró locuaz y casi complacido:
—La reina ha decidido concentrar aquí a los cautivos dispersos por Inglaterra —explicó—, y aun a los traídos desde Irlanda. Y nos están desbordando.
—Donde caben veinte caben ciento —comentó con desabrida indiferencia el capitán Sydeman.
—No es el espacio lo que nos falta, capitán, sino los recursos —repuso el alcaide—.
No hay caudales para mantener a tantos prisioneros.
He dado aviso a los regidores de la villa, mas no estaría de más que vuesas mercedes lo hagan llegar a oídos más encumbrados.
Si continúan enviando bastardos a Bridewell, acabaremos dándoles de comer sus propias boñigas.
El alcaide delegó en su secretario los aspectos más concretos de la misión.
Este, un hombre grueso al que la ropa le ceñía con apuro, les mostró el registro de presos de la Gran Armada allí encerrados y los ayudó en la identificación y recuento de los portugueses.
La labor resultó más ardua de lo previsto.
Por un lado, en no pocos asientos la procedencia aparecía incompleta, reducida al nombre de una villa o de un lugar menor, sin más noticia.
Y por otro, la semejanza de nombres y apellidos castellanos y portugueses confundía a los carceleros al consignarlos, lo que obligó a Joao a examinar nombre por nombre.
—Veo que no os dormís en los laureles, señor Veiga —dijo el capitán Sydeman al salir de Bridewell.
—Y yo veo que las prisiones se parecen en cualquier parte del mundo —respondió Joao con jovialidad.