IX #3
En pocos días habían ejecutado a dos hombres.
Duarte no pudo evitar pensar que la mano dura del gobernador de Connacht se hacía sentir no sólo entre los españoles, sino también entre los irlandeses.
Tras semanas de forzada convivencia, las pláticas entre irlandeses y españoles se hicieron más frecuentes.
Aunque no se veían ni conocían, compartían la fe religiosa y, sobre todo, el mismo enemigo.
Duarte, como muchos otros, fue familiarizándose con el gaélico.
Poco a poco, algunas palabras y frases llegaban a resultarle comprensibles.
Uno de los irlandeses, que sabía inglés, a veces traducía lo que consideraba relevante.
La semana de castigo concluyó de forma inesperada.
El sufrimiento y su estado físico le habían hecho perder a Duarte por completo la noción del tiempo.
Cuando pensaba que aún le quedaban días de suplicio, los guardias lo liberaron del cepo.
Kirwan, que supervisaba la operación, le ofreció una mano para levantarse.
Sin embargo, sus piernas, agarrotadas tras siete días de inmovilidad, no pudieron sostenerlo, y los guardias lo llevaron en volandas hasta la celda.
Comparada con la intemperie, la mazmorra le pareció cálida y acogedora.
Su estado era lamentable: macilento, febril y delirante, con temblores, una tos seca y un dolor constante en todo el cuerpo.
La mente, envuelta en una densa niebla, lo mantenía en un limbo entre la vida y la muerte.
El barbero apenas podía hacer algo con sus escasos recursos.
En esas condiciones, lo más viable era evitar que se enfriara, y la única forma de hacerlo era transmitirle calor corporal.
Sin embargo, este gesto implicaba el riesgo de ser tachado de bujarrón.
Sólo fray Antonio se atrevió a desafiar ese prejuicio, y durante varias noches durmió junto a él, abrazándolo con fuerza para compartir su calor.
En realidad, nadie osaría acusarlo de nada.
Tras el traslado de Luis de Córdoba y otros notables, fray Antonio se había convertido en la persona más respetada de la celda.
Su constante caridad, su ánimo inquebrantable y la sensatez de sus palabras, sumados al respeto que infundía como representante de Dios, lo situaron como cabecilla natural.
Incluso los capitanes Pedro de Arechaga y Bartolomé Bravo reconocían su autoridad espiritual y buscaban su consejo.
El cuerpo humano es un misterio. Cada organismo responde de forma distinta a la enfermedad. Quizá Duarte tenía una resistencia especial, o tal vez el calor de fray Antonio lo salvó. Nunca lo supo con seguridad. Lo cierto fue que, una semana después, se había recuperado casi por completo.
Sin embargo, la enfermedad continuaba azotando a los prisioneros, y otros, menos afortunados que Duarte, iban engrosando lentamente la lista de fallecidos.
El fraile había acarreado más cadáveres al cementerio.
En la primera ocasión, los agustinos del convento le dieron unas hierbas que, masticadas y aplicadas como emplasto, ayudaban a curar llagas y cerrar heridas.
Pero las provisiones se agotaron rápidamente.
En la segunda, trajo una noticia singular: el virrey de Irlanda estaba en camino a Galway.
—¿Y eso qué significa? —preguntó el capitán Arechaga.
—Como representante de la reina en Irlanda, está por encima de sir Richard. Su llegada, sin duda, nos afectará.
—¿Cómo lo hará, padre?
—Lo ignoro. Y tampoco en el convento lo saben.
Al día siguiente, uno de los mozos que repartía el pan les dijo que las mujeres de la villa hacía tiempo que se ocupaban en coser mortajas.
—¿Qué mujeres? —le preguntaron a través de Gregorio Lange.
—Todas las mujeres. Nobles y plebeyas.
—¿Y qué importancia tiene eso?
—Muchas mortajas, muchos cadáveres —respondió el mozo, apurado, antes de dar media vuelta y alejarse de la celda.
Un silencio fúnebre siguió a sus palabras.
—Nos van a masacrar —dijo uno de los presos.
—¿Por qué ahora, después de tanto tiempo? —respondió otro, más optimista.
Los ojos de muchos se posaron en el fraile.
—Con las molestias que se han tomado en conocer nuestra hacienda, ¿qué sentido tendría matarnos? —dijo tras unos momentos de reflexión—. El gobernador es hombre avaricioso y no creo que renuncie a los rescates que espera recibir.
—La mayoría no tenemos quien pague por nosotros ni cien, ni cincuenta, ni siquiera veinte libras —repuso el soldado que había hablado en primer lugar.
—El rey responderá —apuntó el capitán Arechaga.
—¡El rey! —se burló un enfermo—. El rey. ¿Cuándo se ha dignado Su Majestad a preocuparse por sus soldados?
—A la milicia se viene a luchar y a obedecer, no a rehusar —protestó uno más bizarro—. Si no os gusta el cartel, haberos buscado otro oficio.
—¿Quién habla de rehusar? Pero ved en lo que hemos parado.
—La hazaña ahora es aguantar —respondió el bizarro—. Y no hay más, señor pusilánime.
Fray Antonio, que veía que tal disputa no conduciría a nada bueno, se apresuró a intervenir.
—Si tan negras pintan las cosas, mis señores, más nos vale que avancemos con el barrote.
—Esa piedra es más dura que una muela de molino —apuntó el capitán Bravo.
La ocurrencia cosechó algunas risas y calmó los ánimos, aunque razón no le faltaba, pues la tarea avanzaba con lentitud exasperante. Por más esfuerzos que hiciesen, habían profundizado apenas una pulgada en la roca al precio de mucho sudor y del notable desgaste de la hoja del cuchillo.
3
Terceira, Azores
Gabriel cenó en tierra, en la taberna de Cerveira, para secarse en su fogón y reflexionar sobre el encuentro con Yabama, la última persona con quien habría imaginado cruzarse en Terceira.
Aquella travesía se estaba convirtiendo en un viaje al pasado.
La isla, la ciudad, Manuela… y ahora Yabama.
Recuerdos sobre recuerdos. Sólo que este último estaba tan profundamente enterrado que volver a él producía vértigo.
Yabama, la mujer extraña y supersticiosa que lo ayudó a sobrevivir y medrar en la cofradía de los piratas de Ricard, que se arriesgó por él y combatió a su lado como cualquier hombre, su aliada más fiel, su inseparable compañera, que más tarde, cuando se supo embarazada, lo abandonó por mandato de una deidad caprichosa.
Gabriel no entendió aquel desvarío, pero lo aceptó sin oponer resistencia.
Entonces, su único objetivo era dar con su hermana, y no le dedicó al asunto más de dos pensamientos: ella se quedaba, él seguía adelante.
La vida era cambio constante. Movimiento.
Luego conoció a Marcia, y la tierra del presente cegó por completo la fosa del pasado.
Pero no la sepultó. Yabama había venido a buscarlo.
O eso había dicho. Después de tantos años sin dar señales de vida se presentaba con Malasaigne.
Necesitaba aclararlo. Las casualidades existían, sí, pero eran tan infrecuentes que toda desconfianza era poca.
Y con un niño. Su hijo. No tenía dudas. A pesar del color de su piel, se le parecía lo suficiente como para estar seguro.
Y la edad concordaba. ¡Un hijo! El de Yabama.
Siempre había sido de Yabama. De ella y de su maldita Betay o como diablos se llamara.
Desde el mismo momento de la concepción.
No le había preguntado, no le había dado opción alguna, ni siquiera le había anunciado su preñez hasta el día en que lo dejó.
Un hijo que posiblemente no supiera quién era su padre, que no lo necesitaría, y con quien ningún lazo lo unía.
Atardecía cuando subió a bordo. El mar estaba revuelto y la fragata, pese a las amarras, se balanceaba con ímpetu. Laiseca le dio las novedades y Mahagüini se le acercó y le preguntó a bocajarro si había visitado el falucho. Raro en él, iniciar una conversación.
—Así es.
—¿Y?
—Me encontré con Yabama —respondió sin rodeos.
Mahagüini silbó y le puso una mano en el hombro. Sobraban las palabras.
A la mañana siguiente, el falucho había desaparecido.
Humberto Manso se allegó a la fragata para informar de que el convoy estaba listo, a falta de completar la aguada del galeón.
Gabriel dio orden de embarcar a los pasajeros para Lisboa.
Traían con ellos una docena de baúles con los que no había contado, pero Laiseca logró acomodar a hombres y equipajes en el entrepuente.
Daban la impresión de ser gente acomodada: dos comerciantes, dos fidalgos con negocios en la península y un sacerdote agustino, pero pretendieron aplazar el pago hasta llegar a destino, un intento que Laiseca cortó de raíz:
—El espacio que vuesas mercedes ocupan lo puedo destinar a varios quintales de buen cuero.
Pagaron, por supuesto.
Se les echó encima un temporal del oeste que rugió con fuerza durante un par de días e impidió toda faena. Cuando amainó, Yabama envió a su hijo a buscar a Gabriel.
—¡Mi señora madre aguarda al capitán! —gritó el niño desde un bote abarloado a la Portuguesa.
Mahagüini avisó a Gabriel, que bajó sin demora a la barca. No esperaba aquella cita: la marcha del Hermes lo había confundido.
—¿Cómo te llamas?
—García —respondió el niño, que vestía camisa y zaragüelles de lana y llevaba sobre los hombros una manta de arriero.
—Te pregunto por el nombre.
—Así me llamo, señor.
—¿Y qué más? —preguntó Gabriel, que nunca supo el apellido de Yabama. En realidad, no sabía casi nada de ella, ni de su familia.
—Sólo García.
El niño le contó que había vivido siempre en la isla de Pinos, hasta que su madre se embarcó.
—¿Hace cuánto?
—Mucho, señor —respondió con seriedad.
Desembarcaron en el muelle y el niño condujo a Gabriel por el camino que bordeaba la ribera y llevaba al puerto de las Pipas. Pasada la ermita del Cuerpo Santo, a mitad de la bajada, se detuvo frente a una casa aislada, rodeada de campos de labor.
—Aquí es.