IX #2
De cualquier manera, las cantidades establecidas por Bingham eran provisionales.
El gobernador, que se destapó como un hombre codicioso, estaba decidido a obtener el máximo provecho y los interrogó nuevamente para conocer sus verdaderas posibilidades.
Duarte se encontró con una desagradable sorpresa.
Imaginaba que sería un mero trámite, pero al entrar en la sala se enfrentó a un tribunal riguroso.
Sir Richard Bingham, sentado en el centro de la mesa con el mentón tenso y el rostro severo, le dedicó una mirada despiadada antes de iniciar el interrogatorio.
—Hemos sabido —le dijo en un español bastante decente— que formabais parte de la tripulación del galeón San Martín, la capitana real, y que erais uno de los asistentes del duque de Medina Sidonia.
Duarte comprendió la gravedad de la acusación y se tomó unos momentos para reflexionar. Alguno de sus compañeros debía de haberse ido de la lengua.
—¿Por qué nos ocultasteis esta información? —insistió Bingham, amenazante.
—Porque la urca con la que naufragamos en Irlanda era la Santa Bárbara —respondió por fin Duarte—. No pensé que mis anteriores destinos resultaran de interés para vuesas mercedes…
—¿Ser asistente del duque tampoco os pareció relevante? —lo interrumpió Fowles.
—Todos cuantos íbamos embarcados en la capitana real estábamos al servicio de don Alonso Pérez de Guzmán, que tenía a muchos hombres principales en quienes poner su confianza. Yo no era más que un simple sargento de compañía.
—Permitid que seamos nosotros quienes decidamos lo que es importante, señor Salazar —dijo Bingham—. Vos limitaos a contarnos todo lo que sepáis.
A estas palabras siguió un interrogatorio más largo y exhaustivo que el primero.
Bingham y Fowles se relevaban en preguntarle sobre todo lo ocurrido en el San Martín desde que zarpó de Lisboa hasta que Duarte fue trasbordado a la urca: datos concretos, cantidades, fines y propósitos.
Le preguntaron sobre lo que se hizo, planeó y dijo; quiénes se reunieron, para qué, cuándo y por qué; los notables que iban a bordo, sus dignidades, títulos y haciendas, su cercanía con el duque; las tropas embarcadas, sus mandos, antigüedad y desempeño; los navíos de la Gran Armada, sus características, dotaciones y armamento; los daños sufridos y ocasionados.
Era información en bruto, sin utilidad militar tras la conclusión de la empresa, pero el escribano presente no cesaba de anotarlo todo.
Durante varias horas, Duarte intentó responder con lo que sabía o creía que deseaban escuchar.
Su única ventaja era que nadie podría contrastar lo que dijera, al menos en el corto plazo, pues sólo él había navegado a bordo del San Martín.
Sopesaba cada pregunta con rapidez, procurando mostrarse sincero sin serlo del todo, abundando en detalles irrelevantes y guardándose lo importante.
Hacía un esfuerzo por no contradecirse ni mostrar nerviosismo, pero tampoco quería parecer desafiante u ofensivo, sino colaborador y resignado a su destino.
Pese a sus cuidados, sir Richard insistía con tozudez en saber si el duque de Medina Sidonia había desembarcado en Irlanda.
Se diría obsesionado con esta idea, como si fuera la prueba irrefutable de que los naufragios no habían sido tales, sino un intento organizado de invadir la isla.
Y aunque Duarte le reiteró que no, el inglés seguía sin convencerse.
—Creedme, señor —dijo al fin Duarte, cansado de tanta insistencia—. Os aseguro que, si no sufrió ningún contratiempo, el duque llegó a España mucho antes que nosotros a Galway.
—Trato de hacerlo, señor sargento, me esfuerzo por creeros. Pero si vuestro navío marchaba en la cola de la formación, ¿cómo podéis asegurar lo que hizo o no hizo vuestro general?
Duarte se encogió de hombros y desistió de convencer a Bingham. Tampoco tenía intención de explicarle que don Alonso había hecho cuestión de honor el no desviarse un ápice de las órdenes del rey, y que de ninguna manera pensaba realizar un desembarco masivo en Irlanda.
La intensidad del interrogatorio y la tensión soportada, junto a la debilidad causada por los meses de cautiverio, lo dejaron exhausto.
Tanto, que apenas pestañeó cuando sir Richard Bingham declaró que, por ocultar información, traicionar su confianza y actuar con doblez y artificio, sería castigado con una semana de cepo.
De inmediato, dos guardias lo escoltaron fuera de la sala y lo llevaron al patio.
Allí, le metieron las manos y la cabeza en el pesado cepo que, como le había sucedido a Solano, lo forzaba a permanecer de rodillas.
Duarte, estremecido, se preguntaba si su destino sería igual de sombrío.
No temía a la muerte en sí —en su profesión, la muerte era una compañera probable—, pero le aterraba que lo torturasen, y que su cabeza terminara clavada en una pica, expuesta al sol y al viento, despojada poco a poco por cuervos y arrendajos.
Esa profanación del cuerpo, a la vista de todos, le inquietaba profundamente.
Pocas horas después de ser inmovilizado, su percepción cambió.
La postura forzada se tornó un suplicio constante: el cuello, los hombros, la espalda, las caderas, las rodillas, los pies y los tobillos se convertían en una única fuente de dolor.
Las articulaciones estaban rígidas y los músculos acalambrados, atrapados en la inmovilidad que imponía el infernal artefacto.
Su único consuelo provenía de los compañeros de cautiverio, conocidos y anónimos, que le dedicaban palabras de ánimo a través de las rejas.
En un par de ocasiones, los guardias se apiadaron lo suficiente para acercarle agua en un cazo y darle un mendrugo de pan duro.
Sin embargo, al intentar comerlo, se le cayó al suelo y se burlaron de él. La piedad tenía sus límites.
Por la noche, el frío incrementó su sufrimiento.
La humedad del aire penetraba su ropa maltrecha, calando en la piel y adueñándose de su carne.
Los minutos se volvían eternos. Con el paso de las horas comenzó a tiritar, le castañeteaban los dientes y su cuerpo quebrantado sentía que no soportaría un instante más. Temió no ver el amanecer.
Pero la mañana llegó. El sol despuntó, primero haciendo brillar la escarcha y luego transformándola en rocío.
Duarte resistió aquella noche y también el día que le siguió, y otro, y otro más, y pudo comprobar que, por mal dadas que vinieran las cartas, la suerte repartía manos peores, como la que corrió el cordobés Antonio de Ulloa, que había afirmado ser pariente del duque de Feria y redactado una carta de rescate dirigida a él.
Sin embargo, Bingham, que conocía personalmente a muchos nobles españoles por haber combatido junto a ellos en San Quintín y Lepanto, descubrió con facilidad el engaño y ordenó su inmediata ejecución.
Fowles, siempre diligente, hizo traer al verdugo con el hacha y empujó a Ulloa al centro del patio.
Duarte, desde su incómoda posición, vio cómo el cordobés, sereno y resuelto, se acercaba a los cautivos para despedirse.
Su inesperado movimiento dejó a los guardias inmóviles.
A los más cercanos les estrechó las manos a través de las rejas.
—Les deseo a vuesas mercedes buena ventura en el cautiverio.
Sean sinceros con los ingleses y no sigan mi ejemplo; antes se atrapa a un mentiroso que a un cojo —dijo con una sonrisa que provocó algunas risas—.
Nunca imaginé que este refrán fuese tan cierto —añadió en voz más baja, como hablando consigo mismo.
Con paso firme cruzó el patio y solicitó permiso al capitán Fowles para cumplir una última voluntad: hacer testamento. El capitán, que bostezaba sin disimulo, lo miró con cierto interés.
—¿Qué clase de testamento queréis hacer? —preguntó con una sonrisa socarrona.
—Encargar misas por mi alma —respondió Ulloa, muy serio—, ya que no me habéis concedido la merced de la confesión.
—¿Y quién llevará el testamento a vuestra tierra?
—Cualquiera de mis compañeros, si sobreviven. O vos mismo, si os parece bien.
Patt Kirwan, el alcaide, que estaba presente durante aquel diálogo, se ofreció a hacer llegar el documento a Castilla.
Le entregaron, pues, papel, pluma y tinta, y Ulloa se arrodilló junto al tajo para emplearlo como improvisado escritorio.
Duarte, girando el anquilosado cuello, observaba cómo su compañero empezaba a escribir con diligencia.
Al principio sospechó que sólo intentaba ganar tiempo, pero la gravedad con la que trazaba cada palabra lo hizo dudar.
El patio quedó sumido en un profundo silencio, roto únicamente por el rasgueo constante de la pluma.
—¿Tantas misas vais encargar? —se burló Fowles.
—Han sido muchos mis pecados —replicó Ulloa sin apartar la mirada del papel, aunque aceleró su escritura. Finalmente, tras un último trazo, se detuvo y mordisqueó el cañón de la pluma.
—Ea, acabemos de una vez —lo apremió Fowles.
Duarte alcanzó a oír a Ulloa murmurar algo apenas audible mientras escribía sus últimas palabras: «El verdugo no me da más lugar».
Con determinación, firmó el testamento, lo abanicó para secar la tinta y lo entregó al alcaide.
De camino al tajo, Ulloa se giró brevemente y le dedicó un guiño a Duarte.
En comparación con el tiempo que tomó redactar el testamento, la ejecución fue rápida.
Ulloa apoyó la cabeza donde antes había estado el papel, cerró los ojos y esperó con entereza el golpe fatal.
La cabeza, separada del cuerpo, rodó hasta detenerse cerca de Duarte, que pudo contemplar el rictus triste que en el último instante había congelado los labios del ajusticiado.