La derrota del dragón IX
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IX

Terceira, Azores

La mujer lo vio asomar por el portillo de la muralla y cruzar entre las barcas varadas en la arena: los pasos decididos, los hombros anchos, la mano en la empuñadura del sable.

Una empuñadura sencilla, sin adornos, que no le complació.

Parecía impropia de él, o al menos impropia del hombre que ella había confiado encontrar.

Oculta tras la borda, lo observaba a través de las rendijas de las tablas.

Llevaba mucho tiempo esperán dolo, y más aún buscándolo.

Cuando lo descubrió entre el gentío del mercado de Angra, no pudo creerlo.

Necesitó mirar dos veces y pellizcarse el antebrazo para convencerse de que no era un espejismo. Al fin lo había hallado.

Sintió un deseo intenso, casi irreprimible, de dejarse ver.

El tiempo transcurrido no era nada. Un suspiro entre dos bocanadas.

Su piel tiraba de ella, añoraba la otra piel.

Se habían extraviado la una de la otra y ahora reclamaba su contacto, como dos piedras imantadas que se atraen entre sí.

Pero aún no era el momento. Logró sofocar el ansia merced a la paciencia que había cultivado durante años.

Había aprendido a dominar sus impulsos en la larga travesía, a templar el fuego con el que Atabey la había probado.

Él no la había visto, pero la había sentido, y la buscaba.

Eso era lo importante. Y ahora estaba allí, detenido junto al falucho, con los brazos en jarras y la mirada penetrante de siempre.

Era él, aunque cambiado. El rostro desbarbado, que le daba un aire más joven, resultaba engañoso y mostraba sin velos las líneas duras de su cara, los pómulos altos, el mentón cuadrado, el espolón de la nariz y dos arrugas verticales muy marcadas en las mejillas.

El gesto se advertía más contenido, menos impulsivo.

Los ojos, grises y hermosos, conservaban su agudeza, pero faltaba en ellos algo que necesitaba indagar con más calma.

Había una sombra nueva, una reserva desconocida que no sabía si atribuir al tiempo o al olvido.

Lo vio dudar, el labio mordido, el pulgar en la barbilla, la sonrisa leve.

¿Se atrevería a subir? No lo hizo. La curiosidad no fue acicate suficiente.

Demasiado arriesgado, quizás. El gesto era suyo, tan suyo como la forma en que apoyaba el peso en una pierna, o la manera de inclinar la cabeza cuando pensaba.

Se dio la vuelta y emprendió el regreso.

Pero ella no podía permitirlo. Esta vez no.

—L’Avide —llamó, y saltó la borda con un movimiento felino, sin hacer crujir ni una tabla.

Él pestañeó y la reconoció al instante. No hubo sorpresa en sus ojos, sí en sus palabras.

—Así me cuelguen. ¿Qué haces aquí, Yabama?

—Esto es un puerto, y yo navego. Lo mismo que tú —dijo con sequedad. Le había molestado que no extendiera los brazos, que ni siquiera los despegara del cuerpo. Tampoco ella se los ofreció. Era el primer gesto, y ya había sido malgastado.

—Creí que nunca volverías a embarcarte.

—Pues te equivocaste.

Él recorrió con la mirada sus vestiduras de hombre, de la escarcela a las botas. El jubón corto, las calzas de cuero, la espada en la cadera. La piel tostada, el gesto firme. No había duda. La mujer que conoció seguía allí, intacta, después de todo.

—¿He cambiado? —preguntó ella, pero Gabriel sorteó la cuestión con la misma habilidad de siempre.

—Este barco es el Hermes. ¿Quién lo capitanea? ¿Malasaigne?

—¿Acaso importa?

—Sé que quedó al mando tras la muerte de Montmor.

—Pues no. Lo mando yo. ¿Te sorprende?

—Nada tuyo me sorprende.

—¿Acaso una mujer sólo puede comandar si está con un hombre?

—Puede, por supuesto —repuso él, y un brillo especial le cruzó la mirada, un fulgor que hablaba de otras historias, de noches pasadas, de alientos compartidos—. ¿Estás con él?

La pregunta la despistó. No era celoso el tono, sino inquisitivo.

—¿Y tú? ¿Con quién estás? —replicó ella, para ganar tiempo.

—No me apetecen las adivinanzas, mujer.

—Tampoco a mí.

—¿Qué hace este falucho en Angra? Malasaigne era un pirata. ¿Sigue en el oficio?

—¿Ahora te has vuelto honrado?

—Más bien suspicaz. Y esta situación me escama.

—¿Qué situación?

—¿Responderás sólo con preguntas? Hace días, unos corsarios intentaron capturar ese patache. —Señaló vagamente hacia el otro lado de la bahía—. Y ahora te encuentro aquí, en el mismo puerto donde fondea el convoy que debo escoltar. No me gusta.

—Has mejorado bastante. Antes navegabas para los Ricard, y ahora tienes un barco magnífico. Si es tuyo.

—Lo es —reconoció él con orgullo.

Yabama sintió un repentino malestar. Comprendía que todo aquello lo había logrado sin ella, y se dio cuenta del tiempo transcurrido, del abismo que los separaba, de por qué no la abrazaba.

Él tenía otro barco, otra vida, quizá también otra mujer.

Había una distancia que no estaba en los años ni en los cambios, sino en lo que no habían compartido.

Pero daba igual: ya lo había tenido que pelear. Y lo volvería a hacer.

—¿Dónde está el sable que te regalé? —quiso saber—. Era hermoso, el arma de un rey. Me costó mucho conseguirlo. ¿Lo has vendido? ¿Tan poco valía para ti?

Negó con la cabeza y el ala del sombrero escurrió más agua. El pelo, también mojado, parecía más oscuro, casi negro.

—Me lo quitaron.

—El l’Avide que yo conocía no se lo habría dejado quitar.

Él aceptó el reproche con una sonrisa.

—La misma gata salvaje de siempre.

—El mismo hombre esquivo.

Gabriel alzó las manos, con las palmas hacia ella, como quien renuncia a luchar contra lo inevitable.

Luego se giró y comenzó a alejarse por el embarcadero de madera.

¿Cómo se atrevía? Ella había cruzado dos veces el Atlántico, soportado a Malasaigne y sus bastardos, arriesgado su vida y la de su hijo.

No podía permitir que se fuera. La diosa no se lo perdonaría.

Y ella misma tampoco. No sabía si lo amaba, pero desde luego lo necesitaba para que volvieran a abrirse sus venas, para volver a ser mujer, a ser madre.

—¡He venido por ti! —gritó, siguiéndolo—. Te he buscado en todos los rincones del Caribe, en la Florida, la Bermuda, Madeira, las Azores, en las costas ibéricas y otra vez en las Azores. —Había ido subiendo el tono hasta acabar gritando, pero no lo detuvo—. Y he traído a tu hijo.

Entonces sí. Frenó en seco, se dio la vuelta y la encaró. Una ráfaga agitó su capote. El rostro, impasible hasta entonces, se suavizó levemente.

—He traído a tu hijo —repitió ella, con voz más amable—. A nuestro hijo.

—¿Qué diablos significa esto? ¿Qué quieres de mí?

—Quiero que lo conozcas.

—¿Dónde está?

—Ahora no.

—¿Cuándo?

Vio la curiosidad en sus ojos, la avidez en su mirada y supo que no se le escaparía.

—Ya te avisaré —dijo. Y corrió de vuelta al falucho.

Las voces habían hecho salir a los tripulantes, sucios, hoscos, malencarados. También a su hijo.

—¡Adentro! —ordenó ella—. Esto no os concierne.

Los hombres obedecieron y se apartaron sin replicar.

Le seguían guardando respeto y no les apetecía mojarse.

Gabriel quedó de pie sobre el pantalán, inmóvil, los ojos puestos en aquel muchacho de seis o siete años, menudo, fibroso, curtido por el sol y la intemperie, que lo observaba a su vez sin asombro, con una calma impropia de su edad.

Llevaba una camisa ancha, remendada en los hombros, y en el cinto una navaja.

El silencio entre el hombre y la mujer se alargó como el eco de un trueno lejano. Algo se agitó dentro de Gabriel, un temblor mínimo, que no llegó a los labios ni a los ojos. Al cabo, bajó la cabeza, giró sobre sus talones, cruzó la caleta y se perdió tras la muralla, irremisiblemente mojado.

2

Prisión de Galway

Tras la ejecución de Celestino Solano, Bingham se centró en los rescates y ordenó suministrar a los prisioneros papel y tinta para que, quienes tuvieran posibilidades, escribieran cartas a sus familiares o valedores.

A los nobles y oficiales los tasó en función de su rango y linaje, a los soldados y marineros en un mínimo de cien libras, y a los pajes y grumetes en cincuenta.

Fray Antonio actuó como secretario en su celda, pero apenas redactó una veintena de misivas, ya que eran pocos los hombres que podían comprar su libertad.

Duarte dudó en gravar a su padre con las trescientas libras fijadas para los sargentos.

Las finanzas de su padre habían quedado muy perjudicadas por la guerra de sucesión al trono portugués.

Sin embargo, pudo más el temor a verse abandonado en aquella prisión, y finalmente se decidió a escribirle.

El efecto de aquellas cartas fue inmediato.

A don Luis de Córdoba, a su sobrino Gonzalo, al capitán Ladrón de Guevara y a varios nobles de otras celdas se los llevaron al día siguiente.

Su marcha hizo saltar el rumor de que Bingham tenía intención de enviarlos a España bajo palabra para negociar los rescates de todos.

A Duarte, el rumor le pareció infundado, pues tratar bien a los presos más distinguidos era una práctica habitual en la guerra.

Aquellos hombres podrían proporcionar rescates sustanciosos o ser intercambiados por prisioneros de calidad.

Fray Antonio, que era de la misma opinión, le pidió a don Luis que no se olvidara de ellos.

—No uséis vuestra posición sólo en el provecho propio —le dijo, pero el hermano del marqués de Ayamonte no le prometió nada.