La derrota del dragón VIII #7
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VIII #7

La mañana del tercer día, los guardianes limpiaron el patio de la cárcel con esmero.

Barrieron la basura, arrancaron cardos y hierbajos, rellenaron hoyos e irregularidades del suelo y colocaron varios bancos en la parte posterior, transformando el espacio en algo que recordaba la corrala de un teatro.

Los presos se asomaban a las puertas de las celdas, curiosos y expectantes ante aquella insólita actividad.

Hacía mucho frío, pero lucía el sol, ese sol irlandés que apenas calentaba.

Al cabo de un rato se oyeron ruidos de puertas y cerrojos, murmullo de conversaciones y las risas claras y agudas de algunas mujeres.

Un grupo entró en el patio. Al frente iba un hombre menudo, barbado y algo canoso, tocado con un gorro de fieltro oscuro con un cordón dorado.

Lo acompañaban el alcaide de la prisión, el sheriff de Galway, varios regidores, un par de ricohombres y tres mujeres, todos bien vestidos y enfundados en gruesas capas para combatir el frío.

El hombre menudo se adelantó, se acercó hasta donde yacía Solano y paseó con parsimonia a su alrededor.

—Sir Richard Bingham —proclamó Fowles, a su lado—, lord presidente y justicia mayor de Connacht, señor de Galway, señor de Castlebarry, vencedor de Smerwick, de Ballinrobe, de Cloonan, diputado de la cámara irlandesa y embajador de la reina.

Bingham permaneció inmóvil mientras el capitán lo presentaba, con la cabeza inclinada, como si meditara sobre el peso de sus títulos.

El vaho de su aliento se disolvía en el aire cortante de la mañana.

Luego lanzó una mirada indiferente a los presos que se asomaban tras las rejas, esbozó una ligera sonrisa, dio una orden breve a Fowles para que comenzara el procedimiento y se sentó en el primer banco, junto a una mujer de rostro hierático, mucho más joven que él.

Fowles hizo un gesto imperioso a los guardianes antes de tomar asiento él mismo, a la izquierda del gobernador.

De inmediato, dos hombres corpulentos entraron en el patio.

Uno cargaba un grueso tronco de madera que dejó caer pesadamente en el suelo y lo empujó, resoplando, hasta colocarlo a unas tres varas de Bingham.

El otro blandía un hacha en la mano derecha y un cuchillo en la izquierda.

Guardó el cuchillo en la vaina de su cinturón y el hacha la apoyó en el tronco.

El despliegue no ofrecía dudas sobre lo que iba a suceder.

Los verdugos, porque de verdugos se trataba, liberaron a Celestino Solano del cepo.

Sus muñecas y cuello estaban llagados por el roce constante de la madera, y se hallaba tan débil que apenas podía mantenerse en pie.

Su rostro, barbado y sucio, mostraba costras de sangre seca en los pómulos y la barbilla, un ojo amoratado y una expresión de pánico.

Seguía, con mirada inquieta, cada movimiento de los verdugos.

El más fornido se abalanzó sobre él, lo tumbó boca abajo y se sentó en sus muslos.

Le sujetó la pierna izquierda y la colocó sobre el tronco.

El otro alzó el hacha con ambas manos y, a una leve señal de Bingham, la descargó con brutal fuerza.

La hoja segó el pie de Solano, que lanzó un grito desgarrador, agitó los brazos y se retorció bajo el peso del bruto que lo inmovilizaba, sin lograr apenas moverse.

Del muñón brotó un torrente de sangre que se derramó sobre el tronco y tiñó la tierra.

Los presos, hasta entonces silenciosos, prorrumpieron en protestas e imprecaciones:

—¡Asesino!

—¡Salvaje!

—¡Perro hereje!

—¡Inglés del diablo!

Pero Bingham las desoyó.

—Esto le ocurre por intentar escapar de la justicia de la reina —dijo con voz inusualmente ronca para un hombre de su tamaño.

—¿Qué justicia? —replicó una voz anónima.

El gobernador de Connacht se levantó, dio unos pasos y miró con dureza hacia la celda de donde había salido la voz.

Duarte, que se hallaba entre los asomados, sintió que aquellos ojos se posaban en él, y un temblor le recorrió la espalda.

Al cabo, Bingham regresó a su asiento y la ejecución prosiguió.

Los verdugos le cortaron a Solano el otro pie y ambas manos, y después lo despellejaron.

Sus alaridos rebotaban en las paredes de la cárcel y helaban el alma de sus compañeros.

La mayoría no tuvo estómago para contemplar su suplicio, pero Duarte permaneció junto a la reja, obligándose a mirar.

Al cabo de un rato, el desgraciado no era más que un amasijo sanguinolento y deforme, sin fuerzas siquiera para gemir.

Los verdugos tenían dificultades para sujetar las tiras de piel, que se les escurrían de los dedos.

Un preso que observaba la escena se arrodilló y vomitó sobre la paja el magro desayuno de ese día. Cuando Bingham se aburrió del espectáculo, ordenó que lo decapitaran y que su cabeza fuera clavada en una pica y plantada en el centro del patio como muda advertencia para los más osados.

Cuando oscureció, fray Antonio celebró una misa por el alma del contramaestre.