VIII #6
Uno de los fallecidos era el capitán Alonso Valiente, que no pudo superar la fiebre griposa que lo atenazaba. Su cuerpo estaba tan consumido que apenas pesaba lo que un niño. Duarte lo recordó con tristeza mientras arrojaban la tierra sobre los cadáveres y la apelmazaban con la pala.
—Los frailes del convento se encargarán de poner la cruz —dijo el fraile cuando hubieron terminado.
En el camino de regreso, le explicó que los agustinos habían intentado comunicarse sin éxito con otros cautivos que, antes que ellos, habían llevado muertos al cementerio.
—¿Y vos qué les dijisteis?
—Que nos hallamos en situación desesperada, que no sabemos qué pretenden hacer los ingleses con nosotros y que necesitamos ayuda. Pero poco pueden hacer ellos, aparte de rezar.
—¿Y para eso estaban tan deseosos de hablar?
—No subestiméis el poder de la oración, señor Salazar, más cuando encomendarse al Todopoderoso se me antoja tan conveniente.
También me dijo que no esperemos misericordia alguna del gobernador de Connacht.
Es un hombre sin escrúpulos cuyo único interés es complacer al virrey y medrar a toda costa.
Y aunque en Galway hay almas compasivas que se entristecen por nuestra suerte, el cabildo está en manos de partidarios de los ingleses.
—No os noto muy preocupado por una noticia tan terrible.
—Más vale buena esperanza que ruin lamento —respondió el sacerdote. Y al hacerlo, le lanzó una mirada traviesa que Duarte no alcanzó a comprender.
Las casucas que había extramuros le parecieron más cercanas a chozas que a otra cosa, aunque distinguió aquí y allá algunas construcciones más sólidas.
Sin duda, los ricos comerciantes de la villa se sentían más seguros tras las recias murallas de Galway.
La lluvia, que les había dado una tregua, volvió a apretar, pero a Duarte le dio igual. Venía a llover sobre mojado.
De vuelta en la celda, el sacerdote llamó discretamente a algunos oficiales hacia un rincón. Metió la mano en sus calzones y extrajo un cuchillo de punta rota, cuya hoja, carcomida por el orín, apenas habría servido para cortar nabos.
—¿Os lo dio el fraile irlandés? —preguntó Duarte.
El sacerdote asintió.
—Lo dejó caer dentro de mi saya.
—¿De qué nos servirá esa herramienta? —inquirió con desdén el capitán Ladrón de Guevara.
—Como arma, desde luego que no —bromeó el capitán Bravo.
—Menos es nada —replicó el fraile, imperturbable ante las burlas—. Mientras veníamos hacia aquí, pensé que podríamos intentar aflojar el barrote de la arpillera. —Y señaló el angosto hueco que daba al exterior, dividido por un grueso barrote oxidado.
Bartolomé Bravo se adelantó, agarró el barrote con fuerza y trató de moverlo.
—Firme como un puntal —dijo.
—Por ahora —concedió el fraile—. Pero si desgastamos la piedra que lo sostiene, quizá consigamos soltarlo.
Ladrón de Guevara permanecía escéptico.
—Aunque el cuchillito aguante, que lo dudo, nos llevará una eternidad.
—Entiendo vuestras reticencias, señor capitán: os veo tan ocupado… Pero somos muchos en esta celda que no tenemos nada mejor que hacer.
A esas alturas, la mayoría de los prisioneros ya se había percatado de lo que ocurría y mostraban su disposición a colaborar con gestos, cabeceos o murmullos.
—A un servidor no se le caen los anillos por echar una mano.
—Antonio de Ulloa, el soldado cordobés, se adelantó, tomó el cuchillo y comenzó la tarea, que resultó más ardua de lo previsto.
Tras un buen rato de raspar la piedra que sujetaba la base del barrote, apenas había desprendido unos pocos granillos.
A Ulloa lo relevó Duarte, que consideraba que los oficiales debían dar ejemplo.
Sujetaba la hoja cerca del extremo inferior, cuidando que el maltrecho metal no se rompiera.
Aunque el chirrido del acero contra la piedra le resultaba insoportable, persistió hasta que el agotamiento lo obligó a ceder el puesto a otra mano.
La idea del cuchillo no fue la única iniciativa de fray Antonio. Había oído que, en otra celda, un sacerdote oficiaba misa a diario, protegido por la oscuridad. Y quiso hacer lo mismo.
Por las noches, cuando la prisión se calmaba y los guardianes se recogían, iniciaba la ceremonia.
En un latín susurrado, y con una cruz apenas marcada en una piedra del muro, el fraile consagraba un mendrugo de pan y un cazo de agua, y celebraba una misa breve que, pese a su sencillez, insuflaba esperanza a unos, aliviaba la conciencia de otros, ofrecía consuelo a los enfermos y permitía, en fin, a quien quisiera, hacer las paces con Nuestro Señor.
Días después, un preso alcanzó a escapar mientras empujaba el carretón al cementerio.
Se trataba de Celestino Solano, el contramaestre de la Santa Bárbara.
La noticia llegó a través de su compañero de faena, que no se atrevió a unirse a la aventura.
El capitán Bravo tachó a este soldado de cobarde y pusilánime, pero el hombre alegó que estaba tan débil que no habría sido capaz de correr veinte varas sin desplomarse, mucho menos los doscientos pasos que había hasta las casas más próximas.
—Esta mañana había una niebla tan densa que hasta el más torpe habría sabido aprovecharla —insistió el capitán. Su opinión cayó en gracia a unos cuantos y el soldado prefirió callarse y no dar más disculpas.
La noticia se difundió de celda en celda y no dejó a nadie indiferente. La posibilidad de que alguno de ellos alcanzara la libertad insuflaba ánimos entre los demás. Un marinero, que también había acarreado muertos al cementerio, se lamentó de no haberlo intentado en su momento.
—Logrará reunirse con otros huidos —dijo uno.
—O esconderse en un barco y regresar a España —añadió otro.
—Lo primero que hará el señor Solano será buscar una mancebía y desquitarse de los muchos meses de abstinencia que arrastra —comentó un tercero, que al parecer lo conocía mejor.
La alegría fue efímera. Al día siguiente, varios guardias trajeron a Solano y lo arrojaron en el patio.
Estaba herido, maltrecho y quejumbroso. Poco después apareció Fowles y ordenó que le metieran la cabeza y las manos en el cepo, un cepo tan pesado que lo obligaba a estar arrodillado.
Su cabello oscuro y rizado le cubría el rostro.
Permaneció dos días así, a la vista de todos.
Los hombres le dirigían palabras de ánimo desde las celdas, pero el cautivo apenas tenía fuerzas para responder.
Duarte se preguntaba cuánto tiempo lo obligarían a soportar la intemperie, el frío, el hambre y el pesado yugo de la trampa.
Apenas reconocía al contramaestre en aquel hombre escuálido, desgastado, con el costillar a la vista.
En r ealidad, todos se hallaban en una situación similar.
¿A quién no se le podían contar las costillas?