VIII #5
Gabriel decidió acudir en su ayuda. La fragata arrancó con parsimonia y tardó en cobrar velocidad, pero la pinaza, al advertir su presencia, abandonó la persecución y puso proa hacia la isla de Flores.
—Vamos tras ella —ordenó Gabriel.
Humberto Manso, que pensó lo mismo, volvió a virar y se encaminó hacia la pinaza, una nave de tres palos, baja y alargada. Debía ser mala para navegar con el viento del través, porque iba perdiendo terreno poco a poco.
—Va a llegar antes que nosotros —predijo Laiseca.
—Así así andará la cosa —repuso Gabriel.
El patache, por su parte, se había situado a babor de la pinaza y le impedía la salida a mar abierto.
A medida que se aproximaban a Flores, se definía el contorno abrupto y rocoso de la costa, que describía un arco hacia el este y luego giraba hacia el sur en una línea quebrada de entrantes, islotes y abras. La distancia disminuía, pero también se agotaba la tarde.
—Esos carajos se pegan a la costa como lapas —comentó Laiseca.
—Será que la conocen —dijo Gabriel.
Y debía de ser cierto, pues en un par de ocasiones lograron escabullirse entre la costa y unas restingas rocosas. Aun así, no conseguían despegarse del todo.
—Que apresten toda la artillería —ordenó Gabriel.
El contramaestre Ballesteros transmitió la orden, y los hombres se apresuraron a cargar los cañones de ambas bandas.
El sol y la tierra jugaban al escondite: cuando la fragata coronaba una cresta, el astro asomaba sobre la costa; cuando caía en un seno, desaparecía.
El juego duró poco, hasta que el movimiento del orbe puso fin al vaivén.
Al acercarse a distancia de tiro, la pinaza rodeó un cabo prominente y viró a estribor.
El viento, en aquel punto, roló al sudoeste y aflojó, haciendo que la fragata perdiera de vista a su presa.
Gabriel ordenó bracear las vergas para recuperar el viento, pero el tiempo perdido en la maniobra resultó decisivo, y la pinaza ganó ventaja.
La tarde breve declinaba, y la oscuridad tornaba peligrosa la caza cerca de la costa.
—¿Fondeamos y aguardamos hasta mañana? —preguntó Laiseca.
Gabriel oteó la ensenada que se abría ante ellos.
—No merece la pena, Pascual. La luna está en menguante, y podrían escabullirse por cualquier punto.
Antes de poner proa a Corvo, vieron salir de un recodo una segunda vela que se arrimó a la pinaza.
El convoy apareció por la mañana. Tres navíos que navegaban en conserva, maltrechos por la travesía. Una de las naos escoraba a estribor, otra venía tan cargada que la borda apenas sobresalía del agua y al galeón le faltaba el velacho del trinquete.
Humberto Manso se encargó de presentarse al comandante del convoy. Para evitar recelos, puso el patache al pairo, a cierta distancia, y se aproximó al galeón en un bote. Finalizada la embajada y entregadas las credenciales, regresó a su nave y encabezó la marcha hacia Terceira.
El convoy se demoró en el puerto de Angra cerca de tres semanas, el tiempo necesario para reparar daños, reponer bastimentos y aguardar una tregua de las borrascas invernales.
Gabriel aprovechó para vender su mercancía, procurarse carga para el tornaviaje y visitar a Manuela, a quien encontró en el convento de la Esperanza.
Pese a las canas, la mujer conservaba la piel tersa, la mirada limpia y la mente clara.
Recibió a Gabriel con una alegría emocionada y lloró al saber del nuevo embarazo de su pupila.
—No me hagáis caso, señor Del Puerto. Las viejas lloramos a poco motivo.
Gabriel, conmovido por la devoción que Manuela profesaba a Marcia, le propuso embarcarse con él rumbo a La Coruña.
—Cuando nazca nuestro hijo, necesitará quien le eche una mano.
A Manuela se le iluminaron los ojos, pero enseguida recobró la compostura.
—Los años no pasan en balde. Criar a un niño, adaptarse a otro hogar y soportar la travesía hasta La Coruña requiere de unas energías que ya no tengo.
Gabriel no insistió. Aparecer con Manuela habría supuesto una grata sorpresa para Marcia, pero comprendía sus razones. Tras un rato desgranando recuerdos, la llamada al ángelus del mediodía puso fin a la conversación.
—Decidle a Marcia que la llevo en el corazón, y que cada noche rezo por ella.
El encuentro dejó a Gabriel un regusto agridulce: el paso del tiempo, la soledad, el cambio inevitable. Volver al lugar donde se fue feliz no traía alegría, sino melancolía. La vida lo obligaba a uno a avanzar en espiral, sin pisar jamás la misma senda.
La tarde era invernal; la lluvia menuda empapaba su capote y su sombrero, las botas se cubrían de barro y los bajos de las calzas, de salpicaduras. Almorzó solo en la taberna de Cerveira y, antes de regresar a la fragata, decidió darse una vuelta por el puerto de las Pipas.
Giró junto al hospital, subió hacia la ermita del Cuerpo Santo, bajó una pendiente resbalosa y cruzó un portillo en la muralla.
En la cala arenosa, al pie del fuerte de San Sebastián, se hallaban varias lanchas y pequeñas embarcaciones.
Entre ellas, el falucho del que le hablara Mahagüini.
Gabriel avanzó por el pantalán y se detuvo junto a su borda de babor.
Dos gruesas maromas lo amarraban a los norayes.
No cabía duda: era el Hermes.
Mojado hasta los huesos, desistió de ceñirse el capote, puso los brazos en jarras y escudriñó el bajel. No vio a nadie en cubierta; los tripulantes, si estaban a bordo, se habrían recogido bajo la media tolda. Sólo el ojo ciego de un falconete lo miraba, amenazador.
Pensó en subir, pero desechó la idea de inmediato: no sabía quién sería ahora su dueño y no quería ser tomado por un fisgón. Dio la vuelta y recorrió el pantalán en sentido contrario. Todavía no había pisado la arena cuando una voz sonó a su espalda. Una voz conocida que le retorció las entrañas.
5
Prisión de Galway
La mala alimentación, el frío constante, la humedad y las fatigas acumuladas, sumadas a la desesperanza que roía los ánimos, pronto comenzaron a cobrar su tributo.
En pocos días, muchos hombres cayeron enfermos.
Algunos, aquejados del mal de cámaras, apenas podían apartarse del balde que servía de bacinilla; pero la mayoría sufría afecciones de garganta y pulmone s, con calenturas y temblores que los dejaban rendidos e incapaces de moverse.
Juan García, barbero de la Santa Bárbara, hacía cuanto estaba a su alcance.
Había servido como ayudante en el hospital de campaña de Lisboa, pero sin lancetas para sangrías, ni jarabes, ungüentos o medicinas, sus esfuerzos eran poco menos que estériles.
Fray Antonio, que poseía ciertos conocimientos médicos, lo asistía cuando podía, aunque la mayor parte de sus tareas acababan siendo más por el alma que por el cuerpo de los enfermos.
En apenas una semana murieron cinco hombres en una sola celda. Los guardias obligaban a los presos a amontonar los cadáveres en un carretón y, cuando este se llenaba, a empujarlo por las calles hasta el cementerio, más allá de la muralla.
Una madrugada, bajo una llovizna tan fría que parecía aguanieve, les tocó a Duarte y a fray Antonio empujar el carretón, un artefacto simple con una batea de madera montada sobre dos ruedas macizas. Los escoltaban dos soldados, que los instaban a apresurarse.
—El miedo que siento —comentó el fraile mientras empujaba el carretón— es que se desate una epidemia como la que vivimos en Lisboa.
—¿Lo creéis posible? —preguntó Duarte.
—En las condiciones en que nos tienen estos putos, es lo más probable —respondió fray Antonio, con un lenguaje poco clerical. En realidad, con sus ropas seglares, la barba cerrada y el rapado de Aughnanure, el fraile tenía más aspecto de rufián que de hombre de Dios.
—Sería terrible —dijo Duarte—. En todos los sentidos.
—¿A qué os referís?
—Una epidemia les daría a los ingleses una razón más para acabar con nosotros.
Uno de los soldados, harto de oírlos hablar, dio un empellón al fraile.
— Hurry up! Hurry up! —gritó. El hombre se frotaba las manos contra el frío y, para calentarse, de vez en cuando sorbía de un pequeño frasco de licor que compartía con su compañero.
El cementerio de Forthill estaba en una loma suave, al este de la ciudad, junto al convento de San Agustín.
El carretón, cargado y pesado, se hundía en el fango, y el esfuerzo de empujarlo hacía sudar a los dos cautivos a pesar del aire helado.
Cuando llegaron al borde del camposanto, los soldados les ordenaron cavar una fosa junto a un túmulo reciente.
La tierra estaba blanda, y cavar resultaba fácil, pero el trabajo les dejaba las manos heladas y entumecidas.
La niebla comenzó a disiparse. Sobre la loma opuesta empezaron a emerger, como flotando sobre un mar blanco, las almenas, torres y tejados de los edificios más elevados de Galway.
De repente, un fraile agustino salió del convento y les ofreció en silencio un tazón de leche tibia.
Los soldados lo miraron de reojo, pero siguieron con su plática, arrimados al muro.
Duarte bebió con lentitud, saboreando cada trago como un lujo inusitado.
Aquella leche olía diferente a la de su tierra, con una fragancia a pasto recién segado.
Fray Antonio susurró unas palabras en latín al agustino, que, tras mostrar cierta sorpresa, le respondió en la misma lengua.
Duarte, comprendiendo que hablaban de algo delicado, retomó su tarea con más ruido del necesario para distraer a los soldados.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que se dieran cuenta y alejaran de malos modos al agustino.
Cuando terminaron la fosa, depositaron en ella los cuerpos, unos con la cabeza hacia un lado, otros hacia el opuesto. Fray Antonio, de rodillas, se santiguó y rezó una breve oración. Uno de los soldados hizo ademán de detenerlo, pero su compañero le permitió continuar.