VIII #4
—Eso es una barbaridad propia de salvajes —replicó Valiente.
—De hombres de honor —se defendió Bravo.
—Pecado mortal sería —intervino fray Antonio—. Guardaos para vos tales ideas, capitán.
Duarte trató de imaginar aquella escena de sangre y desesperación, negó despacio con la cabeza y esbozó una sonrisa amarga. Ni el Apocalipsis podía ser peor.
Las noches eran lo más duro para Duarte.
No había conseguido dormir una entera, no sólo por la incomodidad y el hacinamiento, o por los piojos y pulgas que no daban tregua, sino por los propios presos.
Siempre había alguno que gemía de dolor, que roncaba, eructaba con estrépito o se vaciaba de vientre; otros maldecían su suerte, lanzaban gritos espeluznantes, fruto de pesadillas o de un juicio que empezaba a quebrarse, o simplemente no conciliaban el sueño y se ponían a charlar con otro desvelado.
Duarte intentaba refugiarse en recuerdos gratos, pero estos lo conducían pronto a otros más amargos: a Marcia Henriques, su primer amor en Terceira, cuando era joven, impetuoso e ingenuo, un romance truncado por el odio y la mala fortuna; a los compañeros caídos en combate; a Belinha, la regatera de Lisboa, muerta de forma trágica; o a su hija Branca, arrebatada y valiente, que llegó a disfrazarse de soldado para seguirlo en la Gran Armada.
Entonces, arrinconaba las remembranzas y trataba de pensar en el porvenir, en lo que había postergado durante años: regresar a su tierra para ver a su padre, viejo y solo, y reencontrarse con sus amigos de la infancia y la juventud.
Pero también ese camino era corto. La realidad de la prisión se imponía de nuevo y apagaba cualquier esperanza.
4
Islas Azores
Para dos barcos ligeros y de escaso calado, la salida del estuario del Tajo, sorteando los bancos de arena del Sable y Cabeza Seca, no representó dificultad alguna.
La travesía, sin embargo, fue harina de otro costal.
El Atlántico los recibió con una tormenta furibunda que los obligó a derivar primero hacia el norte y luego al sudoeste.
Sin embargo, una vez superada siguieron días soleados y bonancibles en los que el único inconveniente fueron los vientos del oeste, que los obligaban a navegar de bolina y trazar amplias bordadas que alargaron el viaje más de lo previsto.
La bahía de Angra, al sur de la isla, se hallaba encajada entre el cráter apagado del Monte do Brasil y un espolón rocoso coronado por el fuerte de San Sebastián. En su puerto fondeaban numerosas embarcaciones de diverso porte, aunque entre ellas no se encontraba el convoy que debían escoltar.
Gabriel y el capitán Manso descendieron a tierra en un batel y accedieron a la villa por la puerta de la Alfandega, apenas custodiada por unos soldados indolentes.
La rúa Direita, bulliciosa a aquella hora de la mañana, los condujo hasta la plaza Vieja, donde se alzaban la cámara de gobierno y la capitanía.
Allí los recibió un oficial de maneras pulcras y modales corteses que, tras leer con atención las credenciales que le presentó Manso, anotó los nombres de los navíos en el libro de registro y les indicó dónde podían abastecerse.
—No he visto ninguna embarcación de la Corona en el puerto —observó Gabriel, tras agradecer sus indicaciones.
—Ni la veréis, salvo cuando hacen escala las grandes flotas —respondió el oficial, con voz suave—. Mucho costó al rey don Felipe hacerse con estas islas para luego permitir que quedasen expuestas a las asechanzas de los piratas.
—¿Tanta es su presencia?
—En Terceira y San Miguel, menos. Pero en las islas más occidentales se mueven a sus anchas, y cuentan con guaridas y escondrijos difíciles de descubrir.
—Y de soldados ¿cómo anda la cosa? —quiso saber Humberto Manso.
—Cuando Bazán recuperó estas islas, dejó dos mil quinientos hombres de guarnición; pero muchas compañías fueron retiradas para las campañas de Flandes e Inglaterra. Hoy apenas quedan tres en Terceira, y otras dos dispersas por el resto del archipiélago.
—Escaso contingente para un punto tan estratégico.
—Desde hace tiempo se habla de construir un castillo que abarque el Monte do Brasil y el istmo que lo une a la villa.
—Será una obra formidable —reflexionó Gabriel.
—Será. Pero hasta hoy no he visto por aquí a un ingeniero ni a un topógrafo que levante los planos.
—En algunos aspectos, Angra ha cambiado mucho —comentó Gabriel al salir de la capitanía.
—¿A qué os referís? —preguntó Manso.
—La última vez que estuve aquí era un bastión del Prior do Crato, y hablar en castellano equivalía a tentar al diablo. Sin embargo, ahora…
—El tiempo no transcurre en vano.
Gabriel le propuso dar un paseo por la villa y almorzar en el puerto, donde conocía un par de tabernas en las que se comía bien.
Pasaron ante la catedral, aún en obras; el colegio de los jesuitas, quienes, por apoyar al rey Felipe, fueron recluidos durante más de dos años; y la casa de la aduana, donde tendría que declarar las mercancías traídas de Lisboa.
Mientras caminaban y conversaban, Gabriel no cesaba de rememorar su anterior estancia en Angra.
Frente al hospital del Espíritu Santo, adonde había llevado a su amigo Martín Robledo para que lo curasen de una puñalada, se arremolinaban los mismos menesterosos de antaño, con las manos tendidas en demanda de limosna.
En el huerto trasero del hospital había paseado con quien acabaría siendo su esposa, y mantenido con ella animadas conversaciones y vivas disputas.
Recordó también a Manuela, la aya de Marcia, y se juró no partir sin antes visitarla.
En las calles más céntricas, una sucesión de puestos y tenderetes ofrecía frutas, verduras, huevos, leche, aceite, pescado seco y cortes de carne.
También había cestos, telas, curtidos y remedios, desde entrañas de animales hasta ungüentos de herbolario.
Un zapatero remendaba una suela, un lechero empujaba su carrito con cántaras cubiertas de corcho.
Mujeres vestidas con sencillez recorrían los puestos, manoseaban la mercancía, discutían precios y soltaban protestas con voz afilada.
De pronto, Gabriel sintió una inquietud indefinible, como si una mirada conocida se hubiese cruzado con la suya.
Se volvió con presteza, pero no halló más que un hervidero de rostros, voces y olores.
Sacudió la cabeza y siguió su camino hacia el puerto.
El tráfico incesante mantenía en plena actividad los astilleros de Prainha, ocupaba a barqueros, estibadores y almacenistas, llenaba de bullicio las calles aledañas y colmaba posadas, mancebías y tabernas.
Encontró con facilidad una que frecuentara en otro tiempo, en la que entró con el capitán Manso. La regentaba aún el mulato Cerveira, a quien los años no parecían haber tocado, no así a los platos que servían, ni a la calidad de los caldos, que Gabriel recordaba mejores.
De regreso a la fragata, Pascual Laiseca le dio novedades sobre la carga de agua y vituallas para los días venideros.
Mahagüini, por su parte, le comunicó los resultados de sus gestiones: había contactado con los pasajeros que habrían de llevar a Lisboa.
Eran cinco hombres, y estaban listos para embarcar en cualquier momento.
—Tendrán que esperar a nuestro regreso —dijo Gabriel.
—Así se lo dije, y no les agradó. Tienen prisa por partir.
—¿No te han gustado?
—No me parecen gente de fiar.
—Con que paguen, nos basta.
Mahagüini asintió en silencio, sin compartir del todo aquel juicio. Gabriel lo conocía bien y adivinó su reserva. Sabía de su buen olfato con la gente, pero pensaba cumplir el trato con Reigosa.
—¿Te fijaste en el falucho? —preguntó Mahagüini.
—¿Cuál de ellos?
—El que estaba fondeado en las Pipas. —Mahagüini señalaba hacia el pequeño puerto bajo la fortaleza de San Sebastián.
—No veo ninguno allí.
—Zarpó hace unas horas. Era el Hermes.
Gabriel, que lo escuchaba distraídamente, se puso alerta.
—¿Estás seguro? —Una pregunta innecesaria, porque Mahagüini no gastaba saliva en balde.
—Ajá.
—¿Reconociste a alguien?
—Demasiado lejos para eso.
—¿Qué hará por aquí? —Gabriel recordó la impresión que había tenido mientras paseaba por el centro de la villa.
—Nada bueno.
Tardó en conciliar el sueño, rumiando la inesperada aparición de aquel barco.
El Hermes era un espectro de un pasado compartido con Mahagüini y que creía definitivamente enterrado.
Pero el pasado, tenaz como raíz vieja, se empeña a veces en volver.
El Hermes había sido uno de los bajeles del pirata francés Jean Ricard.
Lo capitaneaba un hombre crudelísimo llamado Montmor, y al morir este, el puesto lo ocupó su segundo, un tal Malasaigne.
Zarparon al día siguiente, un día de cielos claros y mar movida.
Las islas de Corvo y Flores, las más occidentales, distaban casi ochenta leguas de Terceira, y el trayecto les llevó varios días.
Tocaron primero en Flores, la mayor de las dos, la bojearon en todo su perímetro y cruzaron luego el canal que la separaba de Corvo.
Echaron el ancla en una rada que había al sur, frente a la pequeña villa del mismo nombre.
El cabo al mando de la reducida guarnición no tenía noticia de la llegada de ningún convoy americano; en cambio, los informó del abundante contrabando y del merodeo esporádico de navíos corsarios.
Desde la villa de Corvo se distinguía el perfil de Flores, recostada sobre el mar, violeta en la lontananza, y se dominaba el canal por donde solían arribar los barcos procedentes de la otra orilla del océano.
A pesar de ello, Gabriel acordó con Humberto Manso patrullar el paso en días alternos.
La primera jornada le tocó al San Jerónimo.
Mediada la tarde, cuando daba las últimas bordadas para regresar a la rada, una pinaza surgida de alguna caleta cercana se dirigió hacia él a gran velocidad, aprovechando el barlovento, y le disparó una andanada lejana.
El patache, cuya artillería era de escaso calibre, viró en redondo para evitar el combate.