VIII #3
A Joao no le tembló la mano al llevarse la jarra a la boca. No terminaba de acostumbrarse al sabor de la cerveza, pero el vino escaseaba y era caro en aquellas islas.
—Espero que no —dijo con sencillez—. Hay ciudades más importantes. Y más ricas.
—Ya, pero Marcia está allí.
La frase cayó como un aldabonazo. Joao, que había mantenido hasta entonces un tono casi amable, se incorporó de golpe y se acercó hasta quedar a un palmo del rostro de su cuñado.
—Leer cartas ajenas es una descortesía —advirtió sin inmutarse—, y un atentado contra la confianza. Más aún cuando se es huésped.
Desde la cocina llegaba el murmullo de una coplilla mal entonada. El olor de la carne y las hierbas ya llenaba la casa.
—Estamos en guerra, señor mío —respondió Geraldo con voz tensa—. ¿Desde cuándo mantenéis correspondencia con esa traidora?
—Mucho te gusta esa palabra —dijo Joao, tranquilo—. Deberías manejarla con más cuidado. ¿Cuál ha sido la traición de tu hermana? ¿Enamorarse de un español? ¿Marchar a su tierra?
—No le restes méritos. Sé que ha colaborado con agentes del Usurpador, que embaucó a sir Henry Dobson, se burló de Trenton y ayudó a escapar a la española que vosotros mismos acogisteis. Pero lo que ahora me inquieta es saber cómo ha ido a parar a vuestras manos esa carta.
Joao sonrió. Una sonrisa más afilada que amable.
—Las cartas vienen y van, Geraldo. La red de don Antonio es extensa, y yo he enviado y recibido mensajes a muchos de nuestros seguidores, como bien sabes.
—Y también a Marcia. ¿Eres su contacto?
—¿Insinúas que estoy en connivencia con ella? ¿Que soy un agente enemigo? —Geraldo desvió la mirada y retrocedió un paso—. Dilo sin rodeos, si así lo crees. Acúsame ante quien quieras y veremos en qué para todo.
—No me provoques —gruñó Geraldo, ya sin la firmeza inicial.
Joao lo notó, y aflojó el tono.
—He escrito a Marcia porque a Fátima y a mí nos importa su suerte —explicó—, no como a ti. Y porque no conviene desdeñar ninguna fuente. Aunque nuestra causa no le interese, si sabes leer entre líneas, siempre encuentras información que el remitente no pretendía revelar.
Geraldo no quedó convencido, pero dejó de insistir. Vivía bajo aquel techo y sabía que hombres del peso de Figueiredo confiaban ciegamente en Joao. Marcia, sin embargo, era otro asunto. Y algún día, más pronto que tarde, tendría que rendir cuentas por su deslealtad.
3
Prisión de Galway
La prisión de Galway, aunque no era pequeña, no había sido concebida para albergar a tantos reclusos.
Ni sus guardianes estaban preparados para semejante carga.
No se trataba de maleantes comunes, sino de soldados de los tercios, célebres por su fiereza y su temple.
Por ello, los trataban con suma cautela y los sacaban de uno en uno, o en grupos muy reducidos.
No obstante, con el paso del tiempo se dieron cuenta de que aquellos soldados no eran tan temibles como habían supuesto, sino hombres quebrantados por las penurias, abatidos por la derrota, sin jefe que los guiase ni ánimo para emprender acción alguna. Y perdieron el recelo y ganaron seguridad.
El capitán Bravo apuntó que la seguridad tenía también su vertiente favorable:
—Un enemigo confiado es más fácil de engañar.
—Engañarlo ¿para qué? —preguntó Duarte.
—Para intentar escapar, por ejemplo.
—Escapar —repitió Duarte—. ¿Os referís a un grupo pequeño o una fuga masiva?
—Podemos apoderarnos de la prisión.
—¿Cómo? ¿Quiénes? Para eso hace falta una planificación minuciosa, mucha reserva y el acuerdo de los demás capitanes. ¿Habéis hablado con ellos?
—Veis dificultades donde yo encuentro oportunidades, señor sargento.
—Soy realista, capitán.
La idea de apoderarse de la prisión, o de cualquier acción concertada que les devolviera la libertad, le parecía a Duarte una quimera.
Al menos, en aquel momento. Y aun si lo lograran, ¿qué podrían hacer después?
¿Atacar la guarnición de la villa? ¿Correr hacia el puerto con la esperanza de tomar un barco?
Los alimentaban con pan duro, y no a diario.
Dos mozos, quizá aprendices de alguna tahona de la villa, traían una cesta repleta de mendrugos que repartían por las celdas.
Duarte recordó cómo, de pequeño, usaban regojos para alimentar a los mastines que guardaban el ganado.
Los animales se lanzaban babeando sobre los panes y los devoraban en un instante.
La escena allí no era muy distinta: el mozo arrojaba los trozos entre los barrotes y los presos se abalanzaban sobre ellos como lobos hambrientos.
En su celda, sin embargo, habían establecido una norma: reservar siempre algunos pedazos para los enfermos.
Por grande que fuera el apetito, tal acuerdo se respetaba como si se tratase de un dogma de fe.
El agua la tomaban de un tonel situado bajo el alero del tejado, fuera de la celda.
Cuando tenían sed, extendían el brazo entre los barrotes y, con ayuda de un cacillo de peltre, bebían.
Era agua de lluvia, sucia de tejados y canalones, pero les sabía a gloria.
Uno de los mozos que traían el pan solía hablarles cuando no había guardianes cerca.
Lo hacía en gaélico, y no había forma de entenderlo.
Tenía los ojos saltones, aún más grandes cuando se esforzaba en hacerse comprender, y un rostro expresivo que intentaba comunicar lo que sus palabras no lograban.
A juzgar por sus gestos y la frustración que mostraba, debía de tratarse de algo importante.
En la celda se comentaba el asunto, y cada cual tenía su parecer.
Los más esperanzados pensaban que traía algún mensaje de aliento, tal vez de irlandeses amigos.
Los más desconfiados creían que pretendía advertirles del destino que les aguardaba.
Gregorio Langes, que lo escuchó uno de los días, aseguraba que hablaba de otros prisioneros españoles capturados en la isla.
—¿Van a traerlos aquí?
—Eso no lo dijo.
—¿Y tú cómo lo sabes?
El muchacho se encogió de hombros.
—Yo oigo y aprendo —fue lo único que dijo. Y debía de ser cierto, porque, pese a su origen polaco, hablaba el castellano con la soltura de un nativo.
Los irlandeses de la planta superior, aunque separados, no dejaban de hacerse notar.
A veces gritaban o lanzaban ininteligibles peroratas desde sus celdas.
Sus calabozos eran sombríos, con ventanas mínimas por las que apenas penetraba luz, y puertas de madera que impedían ver el interior.
Sólo cuando los sacaban al pasillo era posible observarlos: desgreñados, barbudos, con ropa pobre y gastada, curtida por meses o años de encierro.
Con el tiempo supieron que se trataba de rebeldes capturados durante alguna de las muchas revueltas contra el dominio inglés.
A Duarte le gustaba, cuando podía, colocarse junto a la puerta de la celda y contemplar el patio interior, que era de planta rectangular, más largo que ancho.
Sobre las celdas superiores corría una especie de terraza almenada por la que deambulaba, aburrido, un centinela.
Y por encima de todo se abría un cuadrado de cielo, también cercado de almenas.
Siempre había prisioneros asomados a las puertas: algunos buscaban conversación; otros, más melancólicos, se entregaban a una contemplación muda.
Del exterior no tenían más noticias que los sonidos que alcanzaban a colarse hasta su encierro, como las sombras de la caverna de Platón: el quiquiriquí de los gallos anunciando el día, el martilleo de las fraguas, voces y gritos lejanos, el mugido de alguna vaca, el batir del oleaje, el tañido de las campanas de los barcos en el puerto.
A ratos se oía la voz atiplada de algún pregonero, los ladridos de perros inquietos o el graznido de las gaviotas, cuyas siluetas alcanzaban a ver pasar sobre el cielo gris.
Era el rumor de la vida que continuaba fuera, indiferente a su cautiverio, el eco de una libertad que se les antojaba cada vez más remota, más inalcanzable.
Las desgracias sacaban a la luz lo mejor y lo peor de cada cual.
Duarte advertía en sus compañeros una variedad de conductas.
Esos, dominados por el miedo, se abandonaban a un lamento continuo y desagradable; aquellos, vencidos por la desesperanza, se replegaban en un silencio hondo y abatido.
No faltaban quienes reaccionaban con furia, provocando disputas constantes, ni quienes formaban pequeños grupos cerrados, reacios a admitir a nadie más.
Muchos se refugiaban en rezos y promesas, ofreciendo misas y sacrificios al Altísimo a cambio de la salvación.
Otros, como fray Antonio, actuando con menos devoción aparente pero mayor humanidad, se dedicaban a consolar a los afligidos y a los enfermos: escuchaban, tomaban manos y rezaban con ellos.
Duarte se preguntaba si aquel empeño nacía de una fe sincera o si había en él algo de fariseísmo.
También estaban quienes fingían frialdad y se comportaban como si nada terrible estuviera ocurriendo.
Entre estos destacaba un cordobés llamado Ulloa, hombre alto y huesudo de la compañía del capitán Ladrón de Guevara, cuyo valor parecía consistir en reírse de todo.
Exageraba su acento andaluz hasta volverlo caricaturesco y siempre encontraba un refrán o dicho oportuno.
Al principio, aquella actitud irritaba a Duarte; con el tiempo, acabó por agradecerla como se agradece un bien escaso.
Otros, en cambio, ocultaban el miedo tras bravatas y fanfarronadas, alardeando de hechos de guerra o de lances amorosos. Mataban las horas jugando y apostando bienes inexistentes, urdiendo planes de fuga tan audaces como irrealizables.
El capitán Bravo, hombre de natural jactancioso, sugirió en cierta ocasión que, antes que dejarse ejecutar por los ingleses, sería mejor matarse entre ellos.
—¿Matarnos cómo? —preguntó Arechaga.
—A golpes, ahogándonos, estrellándonos la cabeza contra las piedras, sacándonos los ojos…, lo que haga falta —respondió Bravo, sin rastro de burla.