VIII #2
Geraldo salió de la residencia de los Kerridge presa de la indignación, mascullando y agitando las manos.
Se había mordido la lengua durante la entrevista para no soltarle al picapleitos un par de verdades: que la dote no era tan lucida como le había hecho creer, y que su hija, católica y pasadita de años, no estaba en posición de poner condiciones a nadie.
El día, húmedo y destemplado, no contribuía a calmar su ánimo.
Entró en casa sin saludar, colgó el gabán en la percha y se encaminó directamente a la cocina, la única estancia caldeada.
Fátima, que estaba sentada junto al fogón, con un pliego sobre el regazo, alzó la vista, sorprendida por la brusca irrupción.
—¿Tan pronto por aquí? —preguntó, mientras doblaba el papel y lo deslizaba en el bolsillo del mandil.
Geraldo extendió las manos hacia el calor del carbón que humeaba en el hornillo.
—¿Qué leías?
—Una receta que me ha facilitado la señora Lancastre —dijo Fátima—. ¿Qué quería el señor Kerridge?
—Dilatar las cosas, como siempre —replicó él, hosco, y para evitar que Fátima insistiera, cambió de asunto—. ¿Y tu marido?
—Ayer lo hizo llamar el señor Figueiredo, y esta mañana se ha apresurado a acudir.
—¿Ayer? No me dijo nada, y eso que estuvimos hablando de él.
—Se le pasaría —lo disculpó Fátima—. Tiene tantas cosas en…
—Tu marido nunca se olvida de nada —la cortó Geraldo—. Me pregunto qué negocios se traerán esos dos.
—¿Te incomoda que se lleven bien?
Le incomodaba, en efecto, aunque se guardó de decirlo. Cipriano Figueiredo, uno de los más fieles colaboradores del Prior do Crato, era también el principal valedor de Joao Veiga, y aquella predilección le producía una dentera que no sabía explicarse.
Harta del mal humor de su hermano y viendo que no sacaría de él más que respuestas cortantes, Fátima se levantó, cambió el mandil por la capa, tomó una cesta y salió hacia el mercado a comprar lo necesario para preparar unas albóndigas.
El mercado de Smithfield, concurrido pese al mal tiempo, bullía de voces, disputas, ladridos, cacareos y una mezcla espesa de olores.
La tierra, empapada por las lluvias recientes, se había vuelto un barrizal.
Fátima avanzaba con soltura entre los puestos: en uno consiguió una libra de carne picada, raspada con esmero de los intersticios del costillar de un cabrito; a una vendedora arrugada y verrugosa le compró salvia y estragón frescos; en otro puesto adquirió una docena de huevos, que acomodó con cuidado en una cestilla menor; y los peniques restantes los gastó en media hogaza de pan recién horneado.
Al salir de la tahona estuvo a punto de chocar con un caballero absorto en la lectura de un papel.
Fátima lo esquivó, y en ese mismo instante recordó, con un sobresalto, el que ella misma había tenido entre las manos cuando su hermano irrumpió en la cocina: la carta que Marcia le envió desde La Coruña.
Joao le había advertido que no debía mostrársela a Geraldo bajo ningún concepto; sin embargo, en la precipitación del momento, ella la había metido en el bolsillo del mandil.
Geraldo era un fisgón incurable y el papel quedaba demasiado expuesto a su mirada.
¿Y si la había encontrado? Sintió que le flaqueaban las piernas.
Ignoraba casi todo acerca de los asuntos de su marido, pero sabía que nunca le hacía advertencias vanas.
Mientras trataba de decidir qué hacer, la gente pasaba a su alrededor: mozos que corrían, mercaderes que voceaban sus géneros, una mujer con cofia que le lanzó un improperio al pasar.
Fátima no escuchaba, concentrada en sus cuitas.
Al cabo decidió ir en busca de Joao para prevenirlo.
Por fortuna, la residencia de Figueiredo no se hallaba lejos, y, con la cesta colgada del brazo y los bajos de la falda sucios de fango, dejó atrás el mercado y se encaminó a paso vivo hacia Snow Hill, junto a la muralla.
Una vez allí se situó ante la puerta principal y aguardó.
El tiempo se alargó; doblaron las campanas, y el frío empezó a calarle los huesos.
Por su mente cruzaban pensamientos inquietos: ¿y si Joao ya había salido?
, ¿y si Figueiredo lo había retenido a su mesa?
Se mordía el labio, indecisa, sopesando regresar, cuando la puerta se abrió.
Joao apareció en el umbral, se despidió de su valedor con un apretón de manos y bajó los escalones con semblante relajado. Al ver a Fátima mostró una sorpresa grata; no obstante, el apuro que advirtió en ella borró la sonrisa incipiente, y se dispuso a escucharla con atención.
—¿Qué hacemos? —preguntó Fátima al concluir la exposición de sus temores.
Joao le alzó la barbilla con suavidad, la miró con ternura y sonrió.
—Cuando lleguemos a casa, compórtate con naturalidad —le dijo—. Recibir una carta de tu hermana no es ningún delito. Además, puede que no la haya leído.
—Mi hermano es curioso…, y desconfiado.
—¿Y qué puede hacer? ¿Enfadarse porque no lo hayas puesto al corriente? Más reprochable es leer la correspondencia ajena.
Para tranquilizarla del todo, le habló de su reciente entrevista con don Cipriano Figueiredo.
Le había encargado levantar un censo de los portugueses que, tras participar en la Gran Armada, permanecían prisioneros en Inglaterra.
Sabía que muchos sobrevivían en condiciones miserables, abandonados por todos.
—¿Cómo se te ocurre aceptar semejante encargo? —Fátima mudó en un instante la preocupación por el fastidio—. Te mantendrá lejos de Londres durante semanas.
—Estamos en guerra, querida. Y la guerra exige sacrificios. Esos hombres también tienen familias. Si yo hubiera sido hecho prisionero, ¿no te gustaría que alguien intentara localizarme?
—¿Y cómo piensas liberarlos?
—Ahora estamos en buenas relaciones con la reina. Don Cipriano me ha asegurado que, si juran lealtad a don Antonio y se suman a nuestra causa, podrán ser liberados sin pagar más rescate que los gastos de manutención. Por supuesto, los casos especiales serán valorados aparte.
—¿Qué casos son esos? —También Fátima era curiosa.
—La gente principal, capitanes, oficiales entretenidos, nobles. Es de suponer que ninguno de ellos fue reclutado a la fuerza.
Fátima ladeó la cabeza, escéptica. La política le interesaba poco. De todo aquel asunto, lo único que le importaba era desentrañar las lealtades últimas de su esposo. Cerca de Chancery Lane se separaron: Joao entraría primero; ella lo seguiría poco después.
Geraldo, sentado junto a la ventana, hojeaba un folleto de Thomas Harriot, sobre su viaje a Virginia, cuando oyó la puerta. Saludó a su cuñado sin levantar apenas la vista.
—¿Y Fátima? Hace más de una hora que salió al mercado y aún no ha regresado.
—Una mujer en un mercado se eterniza —respondió Joao con desenfado—. Ya lo verás cuando te cases.
Geraldo aceptó la broma sin humor y le preguntó por su entrevista con Figueiredo. Joao se la resumió con la concisión que juzgó apropiada.
—Integrar en nuestras filas a soldados que alguna vez sirvieron al Usurpador es un tremendo error —dictaminó Geraldo—. Se lo advertí en su día a don Manuel.
—Hay que poner los pies en la tierra, Geraldo.
Don Antonio sólo cuenta aquí con un puñado de hombres; muy leales, sí, mas tan escasos que los ingleses nos tomarán a risa.
Si entre los presos logramos reunir una compañía de piqueros y arcabuceros, e incluso la tripulación de un navío, bienvenidos sean.
—Me provocan rechazo esos hombres.
—También a mí. Pero en este caso, el fin justifica los medios.
—Un traidor siempre lo es.
—Muchos fueron reclutados a la fuerza en Lisboa, Setúbal o Cascaes. No todos merecen ese juicio.
—Por librarse de las cadenas jurarán lo que sea. Nunca conoceremos sus verdaderas intenciones hasta el momento decisivo. Y entonces ya será tarde. ¿No es así, Joao?
—La gente habla cuando le tiras de la boca —dijo Joao, sin hacer caso de la insidiosa pregunta—. Basta con ganarte su confianza, estar atento y separar la paja del grano.
—¿Y quién lo hará? ¿Tú solo?
—Podrías ayudarme. Cuatro ojos ven más que dos.
Geraldo declinó la invitación.
—Ayudar a don Manuel a asegurar el compromiso inglés con la empresa de Portugal ocupa por entero mi tiempo.
Joao aprovechó el cambio de rumbo de la conversación.
—¿Entonces es seguro que irán a Portugal?
—El acuerdo está casi cerrado —aseguró Geraldo—. Pero dime, ¿cómo piensas realizar tu misión?
—El Prior conseguirá una carta firmada por un ministro de la reina. Con ella confío poder acceder a las cárceles inglesas y tratar de convencer a nuestros compatriotas.
—No lo llames Prior. Es el rey Antonio de Avis.
—¿Y qué tiene de malo? Prior fue su dignidad legítima antes que la corona. El infante don Luis, su padre, también lo fue, y nunca renegó de ello.
El regreso de Fátima interrumpió la discusión.
Saludó a ambos y se encerró en la cocina.
Las albóndigas requerían su tiempo, y ya era tarde.
Para entretener la espera, Joao cortó unos trozos de queso, escanció cerveza y ofreció un vaso a su cuñado.
Fuera, arrancó a llover. El viento sacudía con furia las gotas contra los vidrios.
Cada una dejaba una estela lenta y zigzagueante.
—Brindemos por el buen éxito de la empresa —propuso Joao con su humor habitual.
La conversación derivó hacia temas más mundanos.
Comentaron la gran ceremonia con que los ingleses pretendían dar gracias por la derrota española, y los rumores sobre la asistencia de la propia reina.
Joao, entre sorbos, relató con ironía algunos chismes sobre el conde de Essex, nuevo favorito de Isabel, un joven tan impetuoso como ambicioso.
Geraldo salió en su defensa: sabía que era partidario de golpear con decisión, de devolver al Usurpador afrenta por afrenta.
—Aborrece lo católico —apuntó Joao.
—Y más aún lo español.
—Entonces, quizás prefiera lanzar la armada contra un puerto español antes que contra Lisboa.
—¿La Coruña, por ejemplo?