VIII
Isla de Flores, Azores
El falucho, grande para su clase, de casco raso y palos inclinados, se balanceaba con lentitud al ritmo de la resaca.
A la vista había otros dos barcos, una pinaza y un bergantín, fondeados al resguardo de la punta Delgada, al norte de Flores.
Acodada sobre la popa, una mujer vestida con ropas masculinas contemplaba el horizonte con rostro serio y mirada fija, como si tratase de descifrar un secreto oculto en la lejana bruma.
Después de varios días de patrullar aquel canal por donde embocaban las naves procedentes de América, no habían avistado ninguna presa que mereciese tal nombre.
«Tiempo perdido», había dicho Malasaigne.
Quizá para él, que ambicionaba riquezas y renombre.
Mas no para ella, que no buscaba una vela en el horizonte, sino algo más esquivo: un signo, un rastro, una señal que la guiara.
Una búsqueda que duraba ya demasiado tiempo y le hacía, a veces, perder la fe, maldecir su suerte y preguntarse si no habría errado el camino…
, pero al punto se rehacía. Atabey no engañaba.
Esa misma madrugada, antes de despuntar el sol, había soñado con un pez rojo atrapado en una red.
El pez coleaba y boqueaba en el aire, y cuando ella se inclinó para devolverlo al agua, le habló con palabras mudas, que no recordaba.
Aunque sí la certeza que le había infundido: el tiempo de la espera se acababa.
«No hay señales vanas», le habría dicho la anciana.
Y un pez rojo en sueños es anuncio de hallazgo, de revelación. Y de encuentro.
Recordaba la última vez que la vio. A la anciana.
Cuando se le cerró el cuerpo fue hasta La Habana, sola, a la hacienda donde Tomasa envejecía, pero ya no estaba allí.
La buscó por las calles de la villa, por sus arrabales, en las casas, en los bohíos dispersos por las ensenadas, en los refugios y hasta en los cementerios.
Nada. En una hacienda del río Armendáriz, un zambaigo la encaminó a Batabanó.
Cruzó la isla y recorrió Artemisa, Chacaritas, Candelaria, las lagunas de Guanamón.
Y tampoco. Pero al regresar a la isla de Pinos, se la encontró en su propia casa, sentada junto a su hijo, como si no hubiese pasado un solo día.
—¿Cómo sabías que te buscaba?
Tomasa se encogió de hombros. Había sentido su urgencia.
Estaba muy anciana y mascaba arrayanes verdes, tan ácidos que cortaban los dientes.
Escupió su jugo, que formó un círculo oscuro en el polvo del suelo del tamaño de un castellano de oro.
Le pasó el pie por encima y lo borró. El pasado, en cambio, imprimía una huella duradera.
Invisible, pero presente. Para Maquetaire no.
Para él, las vidas eran caminos trazados con más nitidez que los signos de una vara sobre la arcilla, desde el principio hasta el final.
—Todos conducen a él —dijo.
—Entonces, nada se puede cambiar.
—Se puede —respondió Tomasa—. Atabey es la madre universal. Más poderosa que Maquetaire. Más poderosa que Coaibai, y que los cemíes de los otros dioses.
—Se me ha cortado la sangre.
—Atabey es señora de las aguas, y de la luna.
La piel de la anciana tenía el color oscuro del linaje cimarrón. Sus ojos, cuando se clavaban en los de otra mujer, desnudaban lo que ni una madre podría ver. Tenía la voz grave y baja, y olía a humo y a monte.
—¿Es malo?
—La vena de la mujer no fluye porque ella no está contenta.
—Siempre he hecho lo que me pidió.
—Nunca sabemos lo que Atabey desea. ¿Tienes, por ventura, su vista? ¿Conoces su corazón? La madre protectora sólo nos muestra lo que quiere que veamos. A veces enseña lo contrario.
Tomasa se levantó despacio, fue hasta una tinaja, tomó un cuenco, lo llenó de agua y bebió a pequeños sorbos.
Después le pidió que recogiera unas hojas secas que el viento había amontonado en un rincón del bohío mientras ella terminaba la colada y tendía la ropa sobre unas aulagas secas que había en el patio.
Luego destusaron y desgranaron juntas un saco de mazorcas, vertiendo el maíz en un gran capazo de palma.
Los olotes los echaban en otro capazo, para alimentar a las cabras.
Tomasa trabajaba con la lentitud de quien no tiene prisa por llegar a parte alguna, como si se hubiera olvidado de la mujer que estaba a su lado.
Yabama no se atrevió a romper el silencio.
Sabía que las respuestas llegaban cuando debían llegar.
Por fin, Tomasa se agachó junto a una cebadera vieja y rebuscó en su interior. Sacó una raíz de jengibre amarilla, casi ocre.
—Es una raíz poderosa —dijo.
Y lo era. Recordaba la forma de un muñeco, dos piernas, el tronco torcido, brazos desiguales y una cabeza puntiaguda con un filamento grueso como cerda de jabalí. A Yabama le pareció viva, como si la savia latiera bajo su corteza terrosa.
—Orina en ella —ordenó.
La mujer se bajó las calzas y obedeció. Hacía calor, incluso dentro del bohío, el aire estaba quieto y el olor se expandió con rapidez. El líquido entibió la tierra e impregnó el ambiente con un vapor dulzón, penetrante.
—Más.
El chorro generoso formó un reguero sobre el polvo. Se subió las calzas y se sentó en una banqueta. La anciana pronunció unas palabras en taíno, restregó la raíz con la mano, como si tratara de limpiarla, la olisqueó y, cuando hubo terminado, llamó al niño y se la entregó.
—Entiérrala debajo del amate, junto a tu ombligo.
El niño se fue y Tomasa la miró de nuevo.
—Cuando brote, busca al hombre.
—¿Qué hombre?
—La madre sólo señala a uno, cuando lo hace. No hay más. Tú lo sabes. Él te devolverá la sangre. Y llévate contigo a tu hijo. Te hará falta.
—¿Y si no brota?
—Entonces es que ha muerto.
La mujer agachó la cabeza, aquella idea la entristecía. Tomasa le cogió las manos.
—Los atajos de los dioses son peligrosos. Quien los toma sin saber leer sus señales acaba más perdido que antes.
Pero la raíz brotó, y ya no hubo excusas.
—¿Qué hago ahora?
Tomasa, que se había quedado con ellos, la miró con esos ojos velados que lo veían todo y habló con la misma convicción de siempre:
—Busca al otro lado, en la Punta del Este. Conoces el barco y a su capitán.
Yabama asintió. Sabía bien de quién hablaba.
—Es un miserable.
—Da igual. Sabes cómo manejarlo, y dominarlo. Ese hombre siempre te deseó. Usa tu poder.
Partió con su hijo al amanecer siguiente para atravesar la isla de parte a parte.
Sorteó la ciénaga de Lanier, dejó atrás Cayo Piedra, recorrió la llanura del sur por caminos de contrabandistas y alcanzó, al fin, la Punta del Este.
En sus aguas calmas y espesas como el aceite, con las velas arriadas y el casco recién calafateado, estaba fondeado el Hermes.
Malasaigne la reconoció apenas pisó la playa y el ceño se le frunció. Se miraron como dos perros viejos que ya se han mordido y no esperan disculpas.
—Mestiza —dijo—. Apareces cuando menos me conviene.
—Y tú sigues vivo, lo cual ya es un milagro.
—¿Te habría gustado verme muerto?
—Sabía que estabas aquí. Atabey te ha puesto en mi camino.
—Tan pagana como siempre. Miedo me dan tus dioses.
—Más miedo dan los hombres.
Yabama lo había tratado en otros tiempos, en otras correrías. Era taimado, impío y poco amigo de preguntas, pero siempre supo hacer que se plegase a sus deseos. Si estaba allí, no era por casualidad.
Él escupió a un lado, se rascó la barba mugrienta y le franqueó la pasarela sin más preguntas.
—Sube. Pero no prometo cama blanda ni trato suave.
—No he venido por caricias —replicó ella—. Sólo necesito que me saques de esta isla.
Yabama se embarcó sin equipaje, con el niño pegado a sus piernas.
—¿De quién es ese niño?
—Mío. También el Hermes es un poco mío.
—Nunca lo fue.
Yabama se rio en las barbas de Malasaigne. El pirata abrió la boca para responder, pero movió negativamente la cabeza y le presentó a la tripulación.
Malasaigne permaneció una semana más en la isla de Pinos.
Comandaba una escuadrilla de tres barcos dedicada al corso a pequeña escala en aguas caribeñas, pero Yabama no tardó en convencerlo de ampliar sus horizontes y emprender travesías más largas.
Pasaron de puerto en puerto, ella preguntando, mirando rostros, aguardando señales, fragmentos, gestos, murmullos que la llevaran al hombre que le devolvería la sangre.
Rumores sin nombre, corrientes de agua sin cauce.
Siguió buscando y esperando, como aquel día y los que habrían de venir, cuantos fueran precisos.
Pero el tiempo de la espera llegaba a su término.
Se lo habían anunciado las nubes cambiantes y el color de las aguas, y se lo había confirmado el pez rojo de su sueño.
2
Londres
Geraldo se hallaba de pésimo humor. No encajaba bien su traslado a casa de su hermana Fátima, una medida que había adoptado a regañadientes para evitarle un gasto más a la ya apurada hacienda de don Antonio de Avis.
Aquel sacrificio, con todo, no parecía suficientemente valorado.
Su hermana y su cuñado lo habían alojado en un cuarto pequeño, húmedo y mal ventilado, impropio de quien, como él, se desvelaba por la causa portuguesa.
La recuperación de su independencia pasaba por formalizar el matrimonio con la señorita Mary Rose Kerridge, con la que hacía tiempo que estaba prometido.
Sin embargo, el enlace distaba de presentarse tan firme y cercano como había supuesto.
No después de su última conversación con el señor Kerridge.
El padre de Mary Rose, un abogado con más fama que méritos, llevaba meses lanzándole señales equívocas.
Aquella tarde, empero, había dejado claro que supeditaba el matrimonio al devenir de las relaciones entre Inglaterra y Portugal, y —lo que resultaba más hiriente— a las probabilidades de que don Antonio lograra recuperar la corona.