VII #7
La mañana transcurrió entre idas y venidas, sin respiro ni sosiego.
Al filo del mediodía se dejó ver por el muelle el cojo Maciel, que lo llamó aparte para transmitirle una invitación del señor Reigosa a almorzar en su casa.
El aire, más conspirativo que misterioso, casi hizo reír a Gabriel, que, por disimulo, le preguntó qué relación tenía con el comerciante.
Maciel, henchido de importancia, aseguró que don Rafael era amigo suyo y, acortando razones, lo urgió a seguirlo por el laberinto de calles que llevaban hasta su vivienda.
Una vez dentro, lo condujo al salón principal con la soltura de quien se mueve en terreno propio.
Al despedirse, alargó la mano para recibir de propina unos tostaos que no parecieron colmar sus expectativas.
La mesa estaba puesta, pero el señor Reigosa no quiso abordar el asunto que se traía entre manos hasta después del postre: unas peras al vino que la cocinera sirvió con esmero en los platos.
Cuando terminaron, Gabriel sacudió discretamente las migas de sus calzas de gamuza, viejas y ajadas; don Rafael se limpió los labios con la servilleta y, tras un breve silencio, dijo:
—Tengo entendido que vuestro próximo destino serán las Azores.
—Los rumores son el pan nuestro de cada día en Lisboa, señor Reigosa —replicó Gabriel, sin confirmar ni desmentir.
—No todos los rumores son falsos —repuso el comerciante—. Y este, en particular, sé que es cierto.
Gabriel se recostó en la silla. Con un leve movimiento de la mano, lo invitó a continuar.
—No os he invitado aquí para entretener la sobremesa con habladurías. Veréis…, ¿cómo os lo diría?
—Valoro la claridad, caballero —lo animó Gabriel.
Reigosa soltó una risa seca, casi una tos.
—Tengo amigos en Terceira que desean venir a la península y este viaje podría ser la ocasión que esperan.
—¿No habéis hallado otro barco que los traiga? —preguntó Gabriel—. Debéis de conocer al dedillo el ambiente naval de Lisboa, rutas, fletes, capitanes.
—Cierto. Y en condiciones normales, no habría tenido problemas. Mas ahora, haceos cargo: la escasez de barcos, el mal tiempo y la inseguridad de unas rutas infestadas de corsarios desde que vuestro rey le declaró la guerra a los ingleses…
—Nuestro rey, señor Reigosa —lo corrigió Gabriel.
—Muy cierto —admitió el comerciante con una breve inclinación de cabeza—. En fin, como os decía, tales contratiempos me han impedido poner a su disposición un transporte seguro.
Gabriel observó en silencio cómo su interlocutor agrupaba lentamente las migas de la mesa.
—Mis amigos pagarían su pasaje, claro está —añadió Reigosa—. Aunque preferirían viajar de incógnito.
—Eso no será sencillo —repuso Gabriel—. Deberé escamotearlos tanto al comandante de la escuadrilla como a los alguaciles de Lisboa.
Reigosa movió una mano para restarle importancia al obstáculo.
—Permitidme un pequeño paréntesis —dijo—. Cerqueira me refirió no hace mucho vuestro interés por estableceros en Lisboa. Sabéis que el comercio con Oriente es un coto cerrado. Lo que no domina la Corona lo controlan unos pocos nobles y fidalgos.
—Y otros tantos comerciantes —apostilló Gabriel.
—Cierto. Yo soy uno de ellos.
Reigosa hizo una pausa enfática de la que Gabriel, arrellanado en su asiento, no se dio por enterado.
—Haceros un hueco es tarea ardua —prosiguió—. No todos ven con buenos ojos la llegada de nuevos competidores, y menos si son extranjeros. Pero si me prestáis este pequeño servicio, podría allanaron el camino.
Puestas las cartas boca arriba, no fue difícil llegar a un acuerdo, un acuerdo asimétrico, como le ocurrió con Bazán, ya que la parte correspondiente a Gabriel antecedería a la del portugués. Este, como garantía, le ofreció nada más y nada menos que su palabra.
—La palabra de un Reigosa — subrayó.
Gabriel no insistió. Si la información que le había trasladado Cerqueira era cierta, don Rafael necesitaba un socio con más urgencia que él.
Después de dejar a Reigosa, Gabriel pasó a despedirse de Tiago Queiroz.
El joven había sido encuadrado en una compañía de portugueses del tercio de Manuel Castelblanco, y se mostraba exultante.
Sin embargo, no tardó Gabriel en advertir una pátina de amargura que empañaba su alegría.
La causa no tardó en salir a la luz: Tiago se confesó enamorado de Branca.
—Es tu prima —le advirtió Gabriel—. Para poder casarte con ella necesitarías una dispensa papal.
—Lo sé, señor Del Puerto. Y no me importaría pedir una o diez dispensas —replicó Tiago, con un arranque de coraje—, pero ella me ha rechazado. Y para colmo de males —añadió, en tono más lúgubre—, sé que el desalmado de su padre pretende buscarle un marido con posibles.
—Vaya vaya con Maciel.
—Lo vais conociendo mejor, ¿verdad? Un judas, dispuesto a entregarla a cambio de unas monedas de oro.
De no haber estado tan afligido el joven, Gabriel habría soltado una carcajada. Pero se contuvo y trató de consolarlo: no le parecía tan sencillo casar a una mujer en contra de su voluntad, y menos a una tan resuelta como Branca.
—Además, ¿no está ella a cargo de tus padres? —preguntó.
—Es lo único que me tranquiliza, capitán. Pero Maciel es ladino, sabe de las estrecheces por las que pasamos, y me temo que no cejará hasta encontrar la manera de ponerlos de su lado.
Gabriel se despidió del joven soldado. Sus tribulaciones, en realidad, no eran para menos, pues Branca se estaba convirtiendo en una mujer tan atractiva como desenvuelta.
Regresó al muelle antes de que cayera la tarde. El maestre tenía la fragata cargada y en son de mar.
—El capitán Manso ha estado aquí —dijo Laiseca.
—¿Qué quería?
—Informar de que zarparemos con la bajamar de la madrugada.