VII #6
Gabriel le había entregado a Vermeulen dos cartas: una para Marcia y otra para su tío Sancho.
A este le daba cuenta de los escasos avances con la licencia para comerciar con las Indias Orientales y las inciertas expectativas de futuro; a su esposa le explicaba que el giro de los acontecimientos lo dejaba, por tiempo indefinido, a merced de los caprichos de Bazán, y le prometía allegarse a La Coruña en la primera ocasión que tuviera.
A la tripulación de la Portuguesa no le provocaba especial entusiasmo convertirse en empleados de una corona que no se distinguía ni por la cantidad ni por la puntualidad de sus salarios. Aun así, la confianza que les merecía su capitán era grande y la mayoría aceptó la nueva situación.
Aunque no estaba el mar para bromas cuando abandonaron el estuario del Tajo, los dos navíos, marineros y bien tripulados, aguantaron sin dificultades la travesía.
Tampoco encontraron problemas para patrullar la zona asignada, donde detuvieron y registraron varios convoyes mercantes provenientes de ciudades hanseáticas o del litoral atlántico francés, cargados con géneros para Sevilla o los puertos levantinos.
También dieron caza a un pequeño jabeque berberisco que, una vez apresado, llevaron a Lisboa para entregarlo a las autoridades.
Don Alonso de Bazán, recibidas las novedades, perdió el interés por las aguas del cabo de San Vicente y les asignó una nueva misión.
—Necesito que os dirijáis a las Azores —les dijo con la brusquedad que lo caracterizaba.
—¿El hijo del Prior do Crato ya no es importante? —preguntó Humberto Manso, el capitán del patache que comandaba la pequeña escuadra.
—Nuestro agente en Fez ha informado de que el cachorro de los Avis ya arribó a su destino —respondió don Alonso con las cejas alzadas, unas cejas que no aclaraban si se limitaba a informar o si les lanzaba un velado reproche—.
En cuanto a las Azores, se espera la llegada allí de dos naos y un galeón provenientes de La Habana.
Como podrán imaginar vuesas mercedes, ni el cardenal archiduque, ni mucho menos Su Majestad, desean que caigan en manos de los corsarios que infestan aquellas aguas.
Manso y Gabriel asintieron en un acto reflejo, aunque ambos albergaban dudas sobre la protección que podrían ofrecer sus bajeles ligeros. Don Alonso no tardó en despejarlas.
—El convoy hará escala en la isla de Terceira, donde os uniréis a él para escoltarlo hasta Lisboa.
Excuso decir que transporta un cargamento de enorme valor, crucial para el sustentamiento del reino.
Vuestra misión será hacer la descubierta, alertar sobre la aproximación de cualquier navío sospechoso y neutralizarlo.
Y si tal no fuera posible, regresar junto al convoy y socorrer al barco que más lo precise.
El almirante hizo una pausa para asegurarse de que el mensaje se había recibido con claridad.
—La captura de buques enemigos no será —añadió con los ojos puestos en Gabriel—, en absoluto, un objetivo prioritario.
—¿Debemos descartarlo entonces, excelencia? —preguntó Gabriel con un aire de falsa inocencia.
—No, señor Del Puerto, siempre que tal acción no comprometa la seguridad del convoy.
La conversación tenía lugar en uno de los muelles que daban al Terreiro do Pazo, un lugar concurrido y bullicioso en el que su presencia pasaba inadvertida. La mañana era desapacible, con claros y nublados que se alternaban con rapidez.
—¿Y si no está en Terceira cuando lleguemos? —preguntó, sonriente, el capitán Manso.
—Os dirigiréis al canal entre Corvo y Flores, que es la entrada natural al archipiélago y el lugar preferido por los piratas para tender sus cazaderos —indicó Bazán—. La travesía será larga, por lo que dispondréis de dos días para hacer aguada y aprovisionaros.
Cuando Bazán se marchó, sus capitanes convinieron los pormenores de aquella nueva comisión.
No se le escapaba a Gabriel que uno de los cometidos de su compañero era vigilarlo a él y evitar cualquier intento de deserción.
Pese a ello, le caía bien Humberto Manso.
Un apellido, por cierto, poco afortunado, pues el hombre era grande, hercúleo hasta reventar la ropa y bravo como un toro de lidia.
Y su patache, el San Jerónimo, aunque menor que la Portuguesa, no desmerecía en rapidez ni en maniobrabilidad.
El tiempo concedido por Bazán era tan escaso que apenas les permitiría tomarse un respiro, como señaló el señor Laiseca.
—Tenemos el tiempo que tenemos, Pascual —alegó Gabriel—. ¿Acaso crees que a mí me agradan estas prisas?
Luego de apaciguarlo, fue en busca del proveedor Duarte, que le aseguró que al amanecer podría retirar lo que necesitase en uno de los almacenes de la Ribeira.