La derrota del dragón VII #5
21%

VII #5

—Tan asombrosa como las tormentas que nos azotaron, señor —replicó Duarte—. Esta armada zarpó de Lisboa con destino a Flandes, para unirse a las fuerzas del gobernador de aquel territorio.

—Querréis decir para invadir Inglaterra, deponer a la reina y reinstaurar el catolicismo —precisó Fowles.

Duarte suspiró y respondió que estaban en guerra y, como en cualquier guerra, el objetivo final era derrotar al enemigo.

Kirwan levantó las manos, aceptando la explicación, y las preguntas derivaron hacia la Santa Bárbara: su tripulación, su armamento y el naufragio. Duarte contestó cuanto recordaba.

—¿Os ayudaron los habitantes del lugar? —continuó Fowles.

Duarte, para no comprometer a los lugareños de Carna, declaró que se negaron al principio, y que sólo accedieron cuando les ofrecieron dinero.

—¿Qué precio pidieron?

—Cinco escudos por cabeza. Y se quedaron con las alhajas que quisieron arrebatarnos.

—¿Quién lideraba a los irlandeses?

—No lo sé.

—Arechaga, tu capitán, dice que era un tal Burke.

—Entonces así será. Pero mi capitán no era don Pedro de Arechaga, sino don Bartolomé Bravo.

El escribano revisó las hojas que tenía delante y corrigió el error.

El frío se hacía cada vez más intenso, o tal vez era el estar quieto, de pie, lo que acentuaba la sensación.

Duarte miró el vaho que salía de su boca, pero reprimió las ganas de soplarse las manos, decidido a no darles la satisfacción de verlo padecer.

—¿Cuánto dinero llevaba en custodia la urca? —preguntó Fowles.

—Poco.

—Sed más preciso.

—La custodia de la caja general era cosa del capitán. Nunca me ocupé de eso. Quizá cien escudos, o quizá menos. Todo se gastó en pagar la ayuda que nos prestaron, y la comida que nos dieron en la aldea.

—Hablemos ahora de los cañones. ¿Cuántos montaba la urca? ¿Dónde están? —preguntó Fowles con las cejas alzadas—. ¿Se los entregasteis a los irlandeses?

—Los diez cañones se hundieron con el barco. ¿Cómo íbamos a transportarlos en simples barquillas y en medio de semejante temporal? Allí estarán —añadió al percatarse de la desconfianza con que lo escuchaban—, junto a la cresta rocosa con la que chocamos. En el fondo de la rada.

Fowles frunció el ceño, como si considerara que Duarte intentaba burlarse de él. Su mirada se tornó cortante, y el prisionero entendió que más valía medir sus palabras a partir de entonces.

—¿Y las armas personales? —prosiguió Fowles—. Mosquetes, arcabuces, espadas, armaduras… ¿También se las tragó el mar?

—Una buena parte —confirmó Duarte, esforzándose en no mostrarse evasivo—. Las pocas que pudimos salvar nos las arrebató Morogh O’Flaherty.

El nombre del caudillo irlandés, de cuya lealtad no debían estar seguros, provocó un breve silencio. El escribano levantó la vista, pero no dejó de mover la pluma. Las preguntas que siguieron se centraron en su estancia en Aughnanure.

—¿Qué trato os dio O’Flaherty? —preguntó Kirwan, con un tono que ocultaba cualquier juicio.

—Nos ofreció albergue y comida —dijo Duarte—. Pero también tomó medidas para asegurarse de que no pudiéramos huir.

—¿Y dinero? —insistió Fowles, inclinándose hacia delante.

Duarte se tomó un momento para responder.

—Todo lo que logramos recuperar del naufragio fue a parar a sus manos —dijo al fin. Le daba igual comprometer a los O’Flaherty.

—¿Todo?

—¿Acaso hay mucho sitio donde esconder algo?

—¿Y bienes? —Fowles parecía obsesionado con ese tema.

—En Aughnanure nos desplumaron por completo: joyas, crucifijos, cadenas… —Duarte alzó las manos vacías para demostrar su despojo.

—¿Sabes si alguien escondió algo de valor?

—No. Y si…

—¿Y qué? —Fowles golpeó la mesa con ambas manos y se incorporó con brusquedad—. ¿Y si lo supieras, tampoco lo dirías?

Duarte lo miró sin alterarse, aunque por dentro maldecía la prepotencia de su interrogador. Antes de que pudiera responder, Kirwan intervino.

—Sabemos que algunos hombres huyeron de Aughnanure. ¿Dónde están?

—No lo sé —contestó Duarte—. Fue una decisión de unos pocos, tomada por su cuenta.

—Mientes —espetó Fowles, con los ojos encendidos.

—Esa huida nos costó cuatro muertos, señor capitán. No les debo lealtad a ninguno de ellos.

Fowles, que no había vuelto a sentarse, se alejó hacia un rincón de la sala y, sin el menor recato, se alivió en una bacinilla. El escribano seguía garabateando en los pliegos.

Tras la pausa, el interrogatorio derivó hacia cuestiones más personales: por qué se había alistado en la jornada, a las órdenes de quiénes había estado y por qué, siendo portugués, combatía bajo las banderas del rey Católico.

Duarte respondió que era un soldado profesional, obligado a servir donde se le ordenara.

Para evitar referirse a Medina Sidonia, explicó que su unidad, acantonada en Lisboa, se embarcó en la armada bajo el mando del capitán Bartolomé Bravo, del tercio de Nicolás de la Ysla.

Añadió, en tono neutro, que como portugués, católico y súbdito del rey don Felipe no concebía otra bandera bajo la cual luchar.

—El legítimo rey de Portugal es Antonio de Avis —señaló Fowles.

Duarte parpadeó, sorprendido de que alguien en un lugar tan apartado estuviera al tanto de la política interna portuguesa, pero optó por no entrar en ese berenjenal y se limitó a encogerse de hombros.

—¿Cuántos portugueses iban en la urca?

—Creo que ocho —respondió Duarte—. Sin contar a los que escaparon en Aughnanure. El capitán Bravo los anotó en la relación.

—¿Y estarían dispuestos a servir bajo la bandera del verdadero rey de Portugal? —Fowles volvió a sentarse.

—No lo sé. Pero no lo creo.

—¿Y tú?

—No.

—¿Por qué?

—Porque sólo se puede jurar lealtad una vez. Y yo ya lo he hecho.

Bajo la mesa, un brasero intentaba sin éxito combatir el frío que invadía la estancia. Duarte aspiró el aroma de las brasas, como si de alguna manera pudiera absorber algo de su calor. Era un gesto inútil, pero le dio un respiro momentáneo.

—¿Qué familia tienes? —preguntó el capitán—. ¿Dónde viven? ¿Qué propiedades poseen?

Duarte explicó que su única familia era su padre, que vivía en la isla de Terceira y poseía una pequeña heredad donde producían vino y hortalizas, además de criar ganado.

—¿Vino en las Azores? —preguntó Kirwan con genuino interés.

—Así es, señor. En especial en Terceira.

No es una gran producción, pero es un vino de calidad.

—Por un instante, Duarte recordó los cuidados y desvelos que su padre les dedicaba a las viñas.

Y los muchos consejos y lecciones que le había dado a lo largo de su vida, total para terminar siendo soldado. O cautivo.

—¿Qué valor tiene su hacienda? —preguntó Fowles—. ¿Qué rescate podrían pagar por ti?

Duarte estaba al tanto de las cantidades que solían pagarse en los rescates según el rango y calidad del individuo; al menos en Flandes, donde la guerra prolongada convertía en habitual aquella práctica, y partió a la mitad lo que calculó que podrían pedir por él.

—No mucho. A lo sumo, quinientos escudos, y eso endeudándose de por vida.

Fowles torció el gesto, insatisfecho.

—Eres joven para ser sargento —apuntó el alcaide—. ¿No tienes otros valedores? Algún caballero, maestre o noble que te ampare.

Duarte seguía sin entender el inglés de Kirwan.

—No sé cómo funcionarán aquí las cosas, pero en los tercios sólo se asciende por méritos propios —dijo con orgullo, quizá más del conveniente. Para suavizarlo, añadió—: Como todos los soldados, conozco a personas importantes de vista, pero os mentiría si dijera que alguna responderá por mí.

Kirwan y Fowles intercambiaron una mirada, como si compartieran un pensamiento que Duarte no alcanzó a descifrar.

—Estos bastardos siempre tiran por lo bajo, pero el gobernador Bingham decidirá lo que pedimos por él.

El escribano tomó nota de sus palabras sin levantar la vista.

Después de Duarte, llegó el turno de los otros portugueses y de los flamencos. Al resto de los soldados no los llamaron, un detalle que no pasó desapercibido.

—Ya lo dije —gruñó Alonso Ladrón de Guevara, con la voz áspera de quien se siente agraviado—. A los extranjeros siempre los tratan mejor que a los españoles.

Y no se equivocaba: poco después de ser interrogados, los sacaron a casi todos de la celda. También quisieron llevarse a Gregorio Langes, pero cuando los guardias le ordenaron salir, el niño se negó a hacerlo.

—No quiero irme —protestó, aferrado al brazo del capitán Arechaga.

Los guardias dieron un paso al frente, dispuestos a separarlo por la fuerza, pero Arechaga levantó una mano para detenerlos. Se inclinó hacia el chico y le habló con afecto.

—Gregorio, escúchame. Nadie te va a hacer daño. Te llevarán a una casa donde estarás mejor, con comida caliente y una cama donde dormir. Más cerca de la libertad.

El muchacho no soltaba el brazo del capitán.

Sus ojos, enrojecidos y secos, transmitían un miedo sordo que ninguna promesa parecía capaz de aplacar.

Arechaga intentó deshacer el abrazo sin brusquedad mientras proseguía hablándole; pero Gregorio negaba con la cabeza y permanecía inmóvil, con la determinación de quien se resiste a rendirse.

Al fin, uno de los guardias se encogió de hombros.

—Allá él —le dijo a su compañero.

Y allí quedó Gregorio, junto al capitán, firme en su desafío, expuesto al frío y a las incomodidades. Duarte pensó en la lección de lealtad que les había dado aquel niño.

5

Lisboa

Don Alonso de Bazán se dio prisa en emparejar a la Portuguesa con un patache y enviarlos a las aguas del cabo de San Vicente, con la misión de aguardar y capturar a una flotilla, procedente de Inglaterra, en la que podría viajar uno de los hijos del Prior do Crato en misión diplomática a la corte del sultán de Marruecos.