VII #4
—Por supuesto. —Una tos lo interrumpió—. Pero no sólo. A cambio de su pasión obtendrán parte del cuantioso botín que espero conseguir. Ya son muchos los que se han sumado.
—Lo imagino, sir Francis —respondió Trenton. Aquel hombre gustaba mostrar su grandeza a tiro de ballesta, y no pudo evitar halagar su vanidad—: Vuestra fama es la mejor garantía de éxito, y vuestra palabra vale su peso en oro.
—No vais desencaminado —concedió Drake—, pero la tarea de juntar una armada que humille al Austria está aún en pañales.
Necesito…, necesitamos más barcos, más levas, más provisiones.
Más inversores, en resumidas cuentas. Y aquí es donde entráis vos.
—Drake se detuvo, lo miró de frente y añadió—: Sé que sir Humpfrey ha participado en anteriores empresas de la Corona.
—Sin mucha fortuna, como el intento de establecer una colonia en Virginia.
—Ah, aquella infausta aventura de Grenville…
—El almirante chascó la lengua y negó con la cabeza, como dando a entender que con él las cosas habrían sido diferentes—.
En fin, me gustaría proponerle que se uniera a esta empresa.
El riesgo es alto, pero la recompensa puede ser grandiosa.
¿Qué opináis? ¿Podrá aportar uno o dos navíos?
—No estoy tan al tanto de los negocios de mi padrastro como lo está mi hermano Michael, pero supongo que podría fletar un barco sin demasiada dificultad.
—¿Y querrá hacerlo?
—Para saberlo habrá que preguntárselo. Mas ¿quién podría negarse tratándose de vuestra señoría?
Aunque Trenton sonreía con amplitud, sintió en su fuero interno una punzada de decepción. La visita del almirante no había sido sólo para saludar a un amigo ni para ofrecerle un mando, sino para reclutar a un nuevo socio. Y quiso ponerlo en un pequeño aprieto.
—¿El mando que me ofrecéis será el del navío que flete mi padrastro? —le preguntó con malicia. Pero Drake sorteó la insinuación con soltura.
—En absoluto, John. Necesito a los mejores capitanes en los mejores navíos. Y ahora, si os parece, volvamos a la casa.
Trenton lo condujo al luminoso salón de la abadía.
De grandes proporciones y ricamente decorado, mostraba vigas ennegrecidas por el humo de muchas estaciones y adornadas con tallas de hojas y racimos.
El mobiliario, de castaño macizo, incluía una mesa larga con patas torneadas, varias sillas y dos cómodos sillones junto a la chimenea.
Tapices de lana, algo desvaídos, cubrían las paredes, y una alfombra sarracena, extendida bajo la mesa, servía de colchón a un par de hermosos lebreles.
Sir Francis, acomodado en uno de los sillones, volvió a exponer los detalles de la empresa para que sir Humpfrey pudiera valorarla con propiedad.
Trenton conocía bien su capacidad retórica, pero aquella vez superó con creces sus expectativas.
Incluso Michael, siempre cauto, se comprometió a participar con parte del capital y a unirse él mismo.
—Debéis sentiros orgulloso, almirante —bromeó Trenton—: el fulgor de vuestra estrella ha obrado el prodigio de embarcar a mi prudente hermano.
Sir Francis se hinchó como un pavo real. Michael, por su parte, encajó la pulla con una sonrisilla.
—Imagino que ostentaréis el mando supremo —aventuró el joven Gardiner.
—El mando de la flota —lo corrigió Drake, celoso de la precisión—. El ejército irá a las órdenes de John Norris. Excelente militar, a quien conocí en Irlanda, hace ya más de una década, durante la campaña contra el clan rebelde de los McDonnell.
Trenton asintió con gravedad. De joven había combatido en Irlanda y había oído hablar de las atrocidades cometidas en aquella campaña. Ignoraba qué papel habían desempeñado Drake y Norris, y prefería no saberlo.
—¿Para cuándo está prevista la partida? —preguntó sir Humpfrey.
—Lo antes posible. Me gustaría zarpar al amparo de las calmas de enero. En febrero, a más tardar.
—Poco margen queda, entonces.
—Así es, caballero. Si en verdad deseáis participar, habréis de apuraros en armar y tripular vuestro navío.
—¿A qué viene tanta premura?
—No podemos permitir que el rey de España se rehaga del varapalo sufrido —respondió el almirante.
Pasaron luego a hablar de otros armadores, del firme respaldo de los mercaderes londinenses, del interés mostrado por el conde de Essex, Robert Devereux, en sumarse personalmente a la jornada, así como de los rumores en torno a la última flota llegada de América con un millón y medio de escudos de oro, y de los naufragios sufridos por naves de la Gran Armada en las costas de Irlanda.
—Tengo entendido que la mayoría de los barcos sobrevivientes se refugiaron en Santander —comentó Michael—. ¿Será nuestro primer objetivo?
—Es posible. El deseo de Su Majestad es destruir su capacidad naval.
—Empezando por los galeones —añadió uno de los privateers que acompañaban a Drake—. No será presa fácil. Podrían infligirnos un serio revés.
Un silencio denso siguió a sus palabras.
—Los vientos del Cantábrico son caprichosos —dijo sir Francis, con tono enigmático. Luego se explicó—: Si no podemos arribar a Santander, el viento podría empujarnos hacia Castro Urdiales, Gijón o incluso La Coruña.
Trenton, que hasta entonces seguía la conversación con distraída atención, alzó la cabeza.
—¿La Coruña? —inquirió.
—Varios buques han retornado a ella.
—Una ciudad pequeña —observó el otro privateer .
—Cierto —concedió Drake—, pero fue el último fondeadero de su Gran Armada antes de lanzarse al canal de la Mancha.
Sabemos que almacenaron allí grandes cantidades de vituallas, bastimentos y pertrechos…
—hizo una pausa teatral antes de añadir—: y también una fortuna en escudos de oro, destinados a atender las necesidades de la guerra.
No olvidéis que Medina Sidonia planeaba desembarcar en Kent y sostener una campaña prolongada.
Además, La Coruña está próxima a Santiago de Compostela, donde los papistas guardan las reliquias del apóstol rodeadas de riquezas fastuosas.
Los ojos de los presentes brillaron al escuchar tales palabras. Todos conocían la fama de Drake: un almirante con alma de corsario, héroe de la nación y garantía para sus bolsillos. También a Trenton se le encendieron los ojos, aunque por otra razón: su Elizabeth estaba en La Coruña.
Los visitantes no pernoctaron en Saint James. Tenían asuntos pendientes en Portsmouth y cierta urgencia por regresar a Londres, donde a no mucho tardar se celebraría el aniversario de la coronación de la reina.
—No estaría de más que os dejaseis ver por allí, John —le aconsejó Drake antes de picar espuelas—. Para medrar, no hay nada mejor que estar en el lugar adecuado en el momento preciso.
4
Prisión de Galway
Los ingleses comenzaron a interrogar a los prisioneros de la Santa Bárbara y del Falcón Blanco.
Pero antes, pidieron a sus capitanes que hicieran una lista con los nombres, rangos y nacionalidades de todos sus hombres, para lo que les entregaron unos pliegos de papel y recado de escribir.
A fray Antonio lo anotó Bravo como Antonio de la Cruz, despensero, y al llegar a Duarte le preguntó cómo quería que lo declarase, castellano o portugués.
Duarte dudó, pues de ninguna manera quería dar al capitán Ladrón de Guevara la satisfacción de salirse con la suya, pero su acento podría delatarlo, y decidió que no valía la pena arriesgarse a que lo cogieran en una mentira.
De modo que se declaró portugués. Una vez anotados los datos, los guardianes los contaron, para comprobar la veracidad de la lista, al menos en cuanto a su número, y los marcaron a todos con un brochazo de pintura roja.
Los interrogatorios siguieron un estricto orden jerárquico, y, detrás de Luis de Córdoba, de su sobrino Gonzalo y de los capitanes Bravo y Arechaga, le tocó el turno a Duarte.
Una cuadrilla de soldados dejó a Arechaga en la celda y se lo llevó a él tras amarrarle las manos.
Cruzó el patio en unas cuantas zancadas, agradeciendo la inesperada caricia de aquel sol gaélico que hacía brillar las paredes grises y mojadas.
El primer cuerpo del edificio, que daba a la calle, estaba destinado al alcaide y los guardianes. A Duarte lo condujeron a una sala reducida, sombría y amueblada con austeridad. Allí, sentados alrededor de una mesa de madera tosca, lo esperaban tres hombres.
—«Sargento Duarte Salazar, de la urca Santa Bárbara» —leyó en voz alta el hombre sentado en el centro—. «Portugués».
El capitán Fowles, situado a su derecha, tradujo al castellano y añadió:
—El señor Patt Kirwan es el alcaide de la prisión de Galway.
Duarte inclinó la cabeza en señal de reconocimiento. Kirwan respondió del mismo modo.
Las primeras preguntas giraron en torno a la Gran Armada.
¿Dónde estaban los demás barcos? ¿Cuántos habían llegado a Irlanda?
¿Qué objetivos tenían? Duarte explicó con calma que habían perdido de vista al grueso de la flota cerca de Escocia, que durante semanas lograron navegar junto a otras embarcaciones, pero que las tormentas los dispersaron.
La Santa Bárbara continuó en solitario el viaje hacia España, hasta que un temporal especialmente duro la hizo encallar en la ensenada de Carna.
El capitán Fowles lo interrumpió:
—¿No sería más bien que os dirigisteis a tierra porque era vuestra misión? —preguntó en tono inquisitivo—. ¿Veníais a ayudar a los rebeldes? ¿A apoderaros del condado?
Duarte negó con firmeza. Explicó que acercarse a propósito a la costa con un mar tan embravecido habría sido un suicidio y añadió que era absurdo pensar en conquistar un condado con apenas dos docenas de soldados.
También mencionó haber oído rumores de otros naufragios en la costa irlandesa, pero dejó claro que no sabía más de lo que le habían referido los otros presos.
—Demasiados barcos han acabado en nuestras costas. ¿No os parece una asombrosa coincidencia? —Kirwan hablaba con un acento tan cerrado que Duarte no entendió una sola palabra hasta que Fowles tradujo. En todo caso, prefería hacerse el ignorante.