La derrota del dragón VII #3
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VII #3

Alto, enjuto y vestido de riguroso negro, pues aún guardaba luto por su hermano, permaneció en pie durante la entrevista, como si el tiempo le faltara.

El proveedor, tras ponerlo en antecedentes, cedió la palabra a Gabriel, que repitió lo ya expuesto: los servicios que su barco había prestado en Flandes y en La Coruña, y la injusticia que suponía, a su entender, ser de nuevo desposeído de él.

El almirante no apartó los ojos de Gabriel mientras hablaba. Su mirada, penetrante sin ser intimidante, y su semblante, más serio que severo, transmitían rectitud y mesura, y daba la impresión de que ningún asunto que llegara a sus manos quedaría sin resolverse con justicia.

—Señor Del Puerto, comprendo vuestro descontento —dijo con la entonación justa para hacerse oír entre los rumores del concurrido palacio—, pero las necesidades del reino, de las que os supongo al tanto, son tales que no podemos prescindir de un bajel tan valioso y bien armado como esa fragata.

—Excelencia, también yo comprendo la situación; sin embargo, en el estuario del Tajo he visto fondeados pataches y zabras, naos ligeras y numerosas carabelas, muchas de ellas seguramente de particulares, además de la escuadra de galeras, que cuenta con una docena de unidades.

—Cada clase de navío tiene sus funciones.

Las galeras, en aguas oceánicas y con mares gruesas, sufren lo suyo.

En cuanto al resto, los hay del rey y los hay particulares, pero pocos se ajustan a las necesidades del momento.

—Hizo una pausa para asegurarse de que Gabriel lo escuchaba con atención—.

El incremento del corso en estas costas ha sido considerable, y son muchos los armadores, consignatarios, fidalgos y regidores que nos exigen protección frente a esa plaga.

Pero ¿con qué medios? —Bazán abrió la mano y mostró la palma vacía.

—Mi fragata no va a resolver los problemas de la Corona —objetó Gabriel, inquieto por el derrotero que tomaba la conversación. Aunque seguía considerando al almirante un hombre justo, temía que esa misma cualidad lo hiciera inflexible en el cumplimiento de su deber.

—Si todos alegaran lo mismo, no podríamos requisar un solo navío. Y no habría modo de encarar las dificultades que atraviesa el reino.

—El reino de Portugal —matizó Gabriel—. ¿No deberían requisarse primero los navíos de sus propios naturales, que serán los principales beneficiarios de esa lucha contra el corso?

—Varios reinos, pero una sola Corona —intervino el proveedor. Y añadió al instante—: Sed práctico, señor Del Puerto, y alegraos de conservar todavía la nao.

Gabriel frunció el ceño. Se había hecho a la idea de que Francisco Duarte era su aliado, y su intervención lo hizo sentirse traicionado.

Los pasos de funcionarios, secretarios y asistentes del palacio, de peticionarios y solicitantes que cruzaban junto a ellos, resonaban con fuerza en el pasillo de altos techos y paredes desnudas, blanqueadas con cal y desprovistas de ornamento alguno.

—El muro se construye piedra a piedra —dijo sin alterarse el almirante—. Quienes han apoyado a Su Majestad para que gobierne estas tierras esperan resultados. El prestigio de España está en juego y, para mantenerlo en lo alto, emplearé todos los medios a mi alcance.

—También yo tengo un prestigio que defender, excelencia.

Don Alonso rio ante aquella réplica. Su rostro, anguloso y enjuto, prolongado en una perilla, pareció aún más alargado, y sus ojos brillaron con una chispa de humor.

—Me habéis caído en gracia, señor Del Puerto. Ya había oído hablar de vos, y lo que supe fue de mi agrado. Así que voy a proponeros una alternativa que acaso os acomode mejor.

Gabriel no acertaba a imaginar a través de quién había tenido noticias suyas.

—En lugar de dejar la fragata en mis manos, para que yo le encuentre capitán y dotación —prosiguió Bazán—, podéis poneros a mi servicio, vos y vuestra tripulación, con soldada y rancho a cargo de la Corona. ¿Qué decís?

¿Qué iba a decir Gabriel? Era inútil lamentarse.

Ni veía en el almirante a un hombre que cediera a ruegos ni él era dado a implorar.

Si no quería perder de nuevo la fragata, la propuesta de Bazán le ofrecía una vía para conservarla.

Ahora estaban en Lisboa, pero mañana, en mar abierto, ¿quién podría impedirle dirigirse a donde le pluguiera?

—¿Durante cuánto tiempo?

—Mientras el reino permanezca indefenso.

—Largo lo fiais, excelencia —replicó Gabriel: aquello era como firmar un pagaré en blanco—. Si acepto, seré yo quien determine qué misiones me convienen y cuáles no.

—Eso no será posible. ¿Qué comandante sería yo si consintiera que mis capitanes decidieran a su antojo?

—Lo supongo —concedió Gabriel. Se estaba dando cuenta de que no trataba con un hombre dócil, por más que hubiera sido durante un cuarto de siglo el segundo de su hermano—. Al menos, podréis facilitarme una carta de marca.

—No seréis un corsario, sino un capitán del rey.

—El rey también tiene corsarios a su servicio. Con una carta de marca podría disponer de las presas y venderlas como convenga. Sé que las arcas reales no rebosan.

—Recibiréis el pago habitual por ser el armador. Y de las presas, si las hubiera, ya hablaríamos.

Un clérigo vestido de negro, con la teja en la mano, se acercaba por el pasillo sin apartarles la vista. Al pasar junto a ellos, movió la cabeza con disimulo, tal vez intentando captar algo de lo que se decía. Los tres hombres callaron hasta que se alejó.

—El arrendamiento de navíos se paga a razón de dos ducados por tonel de arqueo —comentó Francisco Duarte.

—Eso en tiempos de paz —alegó Gabriel, que estaba al tanto de los contratos de arrendamiento de navíos particulares al servicio de la Corona—, y para misiones de poco fuste. Que en la guerra se pagan cuatro y hasta cinco ducados el tonel.

—Esa cantidad rige para los galeones —matizó Bazán—. Pero en vuestro caso podríamos ajustarla en dos ducados y medio.

Gabriel no quiso tensar más aquella cuerda y prefirió discutir el tonelaje:

—La fragata arquea ciento cincuenta.

—Yo le calculo ciento veinte, como mucho —refutó Bazán.

—¿La habéis visto, acaso? —preguntó Gabriel, sorprendido por la exactitud de la estimación.

—Es difícil no reparar en un navío como el vuestro. Parece un cartel de reclutamiento de marinos. ¿Dónde la adquiristeis?

—En el puerto de Ostende. ¿Deseáis hacer el arqueo oficial?

—Que quede en ciento treinta toneles —dijo el almirante.

—¿He oído ciento cuarenta, excelencia?

—Así es —concedió el almirante, con una leve sonrisa. Se le veía disfrutar de la plática.

Animado por aquella señal de distensión, Gabriel se atrevió a formular una última petición.

—Los Del Puerto deseamos establecer una delegación en Lisboa —comenzó sin rodeos—. Cuando las urgencias amainen y el reino recobre su armonía, necesitaré ayuda para obtener la licencia de la Casa da India para comerciar con Oriente. ¿Podré contar con vuestro aval?

—Por vida que sois atrevido —juró don Alonso—. Pese a haberme mostrado tan complaciente, diríase que os debiera un favor.

—Siempre que mi desempeño sea de vuestro agrado —apuntó Gabriel.

El semblante del almirante se volvió grave, y sus cejas vacilaron entre fruncirse de enfado o alzarse con admiración.

—Siempre que así sea —otorgó al fin—. Y que me cuelguen si alguna vez negocio un flete con vos, señor Del Puerto.

Como entre buenos entendedores sobraban las palabras, la reunión se disolvió con prontitud.

El proveedor regresó a sus despachos, el almirante a sus galeras y Gabriel a ordenar su nueva situación.

Mientras cruzaba el mercado de la Ribeira, camino de la fragata, no dejaba de pensar en la facilidad con que Bazán había accedido a su última condición, sin hallar explicación satisfactoria.

Fue Pascual Laiseca quien se la ofreció:

—Esa promesa te ata para cumplir el compromiso —le dijo—. Lo que habría que saber es si también lo compromete a él, porque las promesas de los poderosos el viento se las lleva.

3

Saint James, condado de Hampshire

La llegada de Drake a Saint James fue tan repentina que apenas dio tiempo a sus moradores a recibirlo como se merecía.

Sir Francis, que había estado inspeccionando los navíos reunidos en Plymouth y negociando con el conde de Cumberland la posible incorporación de sus barcos a la nueva armada, hizo escala en Portsmouth durante su regreso a Londres y, desde allí, envió aviso de su inminente visita.

El almirante, a quien acompañaban dos privateers, fue recibido por la familia Gardiner al completo e invitado a compartir un almuerzo preparado en su honor.

Sin embargo, antes de sentarse a la mesa, el antiguo corsario pidió a Trenton que le mostrara los terrenos de la heredad y, durante el paseo, aprovechó para ponerlo al tanto de los pormenores de la expedición que se estaba preparando: los objetivos, los contactos con el pretendiente portugués, la magnitud de la flota, la participación del coronel Norris y la urgencia de actuar antes de que el enemigo se rehiciese.

Trenton asentía en silencio y le permitía explayarse a gusto.

—Ya sabéis que hay un barco para vos, capitán —le anunció con tono triunfal.

—Me alegra oírlo, señor.

—No os veo muy entusiasmado, amigo Trenton. Podéis estar seguro de que esta vez no comandaréis una pinaza.

—Nunca he sido hombre de efusividades, sir Francis. Pero sabéis que agradezco vuestra confianza, y que me tenéis a vuestra disposición.

—Lo sé, John, lo sé —admitió Drake—. Por eso quiero pediros que me echéis una mano con vuestro padre.

—Padrastro —lo corrigió Trenton—, aunque me haya criado como hijo suyo.

A pesar de haber calado bien al almirante, su solicitud de ayuda lo tomó por sorpresa.

—Y así debe ser. Como os decía —prosiguió Drake—, la Corona, por más que lo desee, no cuenta con recursos para sufragar una empresa de tal magnitud. Puede aportar unos cuantos galeones reales y sufragar una parte de los gastos. El resto ha de venir de armadores privados.

—Que invertirán su capital con fervor patriótico —observó Trenton con sorna.