VII #2
—Ocho días hace que estamos aquí —continuó Valiente—, y no fuimos los primeros.
Desde entonces no han cesado de llegar hombres, ya sea en grupos numerosos como el vuestro o en partidas menores, hasta colmar las celdas.
Esta prisión, que no fue construida para albergar a más de setenta hombres, contiene ahora más de trescientos.
El alcaide, Patt Kirwan, un irlandés cercano a los ingleses, está desbordado por la situación y pide instrucciones a sus superiores.
En realidad, todos lo hacen: Kirwan al sheriff, el sheriff al corregidor, este al gobernador de la provincia, y el gobernador al lord diputado FitzWilliam.
—Que, sin duda, consultará con la reina —añadió Duarte, ingenioso.
Valiente sonrió apenas.
—¿Y los presos locales? —preguntó Bravo.
—A esos los han metido arriba. La guardia, aunque reforzada, no es numerosa. Pero no necesitan mucho más. El único momento delicado es cuando abren las celdas para llevarnos a interrogar.
—¿Os han interrogado a todos? —preguntó Bartolomé Bravo.
—No tienen medios ni tiempo —explicó con displicencia Ladrón de Guevara, más altanero que su tocayo—. Llaman sólo a los oficiales de mar y guerra, y acaso a algún soldado aventajado, los únicos con valor de rescate o información de interés.
—¿Bajo tormento? —insistió Bravo.
—A veces aprietan —admitió Valiente—, sobre todo si sospechan que se les oculta algo. Pero más que noticias, buscan estimar nuestra calidad y hacienda, para calcular el precio del rescate.
—Dios os oiga —murmuró Pedro de Arechaga, sombrío—, porque, o mucho me engaño, o no saldremos de aquí con vida.
—No seáis ave de mal agüero, señor capitán —lo reprendió Ladrón de Guevara.
—¿Cómo no serlo? Si los propios irlandeses, católicos y a veces aliados, han cometido las atrocidades que sabemos, ¿qué no harán los ingleses?
El comentario provocó algunas protestas. Se apeló a la caballerosidad, al hecho de que eran prisioneros de guerra y no criminales. Duarte, que recordaba bien las campañas de las Azores y Flandes, sabía que la clemencia era virtud rara en tales contiendas.
—Vos sois portugués, ¿no es así? —le preguntó de improviso Ladrón de Guevara.
La pregunta, aunque sorprendió a Duarte, no lo tomó desprevenido. Apartó la vista del pequeño Gregorio, el paje de Danzig, a quien el frío hacía tiritar, y la posó en aquel capitán que lo observaba con expresión maliciosa.
—Nací en las Azores —respondió con sequedad.
—Entonces, quizá os agrade saber que ha habido flamencos, y también portugueses, que se apresuraron a declarar que su reclutamiento fue forzoso. Y los han sacado de aquí y alojado en casas particulares, bajo palabra de no huir.
—¿Y creéis que yo…?
—No creo nada —lo interrumpió el otro—. Los hechos pondrán a cada cual en su lugar.
—Más me parece que teméis verme libre mientras vos permanecéis preso —replicó Duarte, molesto por las insinuaciones.
Los demás se removieron con incomodidad ante el cariz que tomaba la conversación.
—Basta ya, señores —terció fray Antonio—, que Dios bendijo la paz y maldijo las riñas.
—No olvidemos que el enemigo está fuera —añadió Alonso Valiente.
2
Lisboa
Las protestas de Gabriel y Laiseca no lograron convencer al capitán de la galera de que detuviera el embargo.
El oficial alegó que sus órdenes eran terminantes y que cualquier reclamación debía dirigirse a sus superiores.
Dispuso que se trasladara la fragata a otro fondeadero y apostó en ella una escuadra al mando de un cabo.
Sobre la Anunciada, en cambio, no pesaba mandato alguno, y Vermeulen se apresuró con la carga, no fuera que las autoridades mudasen de opinión.
Cuando Gabriel supo que el mandato de requisa provenía de Alonso de Bazán, almirante de las Galeras del Océano, se presentó temprano en la capitanía del puerto, decidido a solicitar la restitución de su navío.
Pero los asistentes de Bazán no le permitieron llegar hasta él ni en uno, ni en dos ni en tres días.
Las tareas defensivas del reino lo ocupaban, al parecer, por entero.
Recurrió entonces a la última carta de recomendación que le había proporcionado el gobernador de Galicia destinada al proveedor Francisco Duarte.
Francisco Duarte, pese a la dignidad de su cargo, resultó ser un hombre llano y accesible.
Recibió a Gabriel en su despacho del Terreiro do Pazo, anexo al palacio virreinal, escuchó con paciencia sus quejas, se excusó por el tiempo perdido y le expuso con claridad las dificultades que enfrentaban en el gobierno y defensa de aquel reino.
—Nuestro virrey, el cardenal archiduque, ha encomendado a don Alonso de Bazán todo lo tocante a la defensa naval del litoral portugués.
La desdichada jornada de Inglaterra nos ha dejado, mal que nos pese, algo en pañales.
Pensad que las costas y dominios de esta monarquía abarcan cuatro continentes y tres océanos.
Es menester proteger con los pocos galeones disponibles las flotas de Nueva España y Tierra Firme, tanto en su ida como en su retorno, además del arribo de las naos de las Indias orientales.
Y mientras no se reparen los buques dañados ni se construyan otros nuevos que remplacen a los perdidos, es preciso valerse de lo que se tiene a mano, señor Del Puerto.
Gabriel escuchó con cortesía los razonamientos del proveedor y replicó que ya había contribuido sobradamente a las necesidades de la Corona.
Le aclaró que su fragata fue retenida durante dos meses en Flandes por orden de Alejandro de Farnesio para transportar su ejército a Inglaterra, y que más tarde había navegado a Lisboa en misión oficial, junto con otra nao de su propiedad, para trasladar a más de un centenar de soldados portugueses desde La Coruña.
A su juicio, aquel nuevo embargo no era sino un abuso.
—¿No hay acaso otros armadores, dueños de navíos más aptos, a quienes recurrir?
—Ha de haberlos, sin duda —respondió Francisco Duarte con voz mesurada y ademán cortés—, pero aquí no, ni ahora.
Y no pretendáis hacerme creer que la fragata es flor de cantueso, ni que el traslado de los soldados es el único propósito de vuestro viaje a Lisboa.
Sé que deseáis establecer una casa comercial dedicada al tráfico con Oriente.
Al percibir la sorpresa de Gabriel, el proveedor se apresuró a añadir que parte de su cometido consistía en estar al tanto de cuanto ocurría en la ciudad.
—Sé, asimismo, de las dificultades con que os habéis topado —prosiguió—. Y de las que aún habréis de enfrentar para alcanzar vuestra meta.
—No he encontrado el respaldo que esperaba entre los naturales —admitió Gabriel—. Tampoco entre mis compatriotas: lejos de tenderme la mano, parecéis empeñados en despojarme de mis bienes —añadió con ironía—. ¿Cómo ha de prosperar así un español en tierras lusas?
Francisco Duarte se incorporó levemente en su asiento, apoyó los codos en el escritorio cubierto de legajos y tamborileó con suavidad sobre un tintero de bronce mientras meditaba su respuesta.
La luz tamizada que entraba por una ventana lateral perfilaba sus mejillas, y en sus ojos se adivinaba la prudencia de quien acostumbra a sopesar cada palabra antes de soltarla.
—No es tan sencillo como imagináis. Este reino de Portugal que el buen don Felipe ha añadido a su corona y confiado al gobierno de su sobrino no es fácil de poseer ni de regir.
Al contrario, plantea retos delicados. Consolidar su control requiere crear una burocracia fiel y eficaz, que se integre sin sobresaltos en el aparato existente, y hacerlo paso a paso, sin herir la susceptibilidad de unos nobles y prelados indispensables para la conservación del reino.
En especial en tiempos como estos, cuando el Prior do Crato vuelve a ser una amenaza.
Una amenaza compleja, pues obliga a mantener tropas castellanas en territorio portugués, contra el sentir de esos mismos nobles, cuya lealtad dista mucho de ser incondicional.
Frente a este panorama, vuestras pretensiones resultan arduas.
Al menos en lo que toca a obtener un apoyo manifiesto.
Gabriel suspiró y dirigió la mirada más allá de su interlocutor, hacia la ventana que se abría sobre la explanada del Terreiro do Pazo, colmado del bullicio cotidiano.
—En cuanto a la requisa de vuestra fragata, me agradaría ayudaros con el almirante. Don Alonso es hombre razonable cuando se le presentan razones. Regresad mañana a esta misma hora, que trataré de concertaros una entrevista con él.
Gabriel dedicó el resto de la jornada a supervisar, junto a Vermeulen, la carga y la estiba de la Anunciada y a meterle prisa al señor Reigosa, que se tomaba con demasiada calma el proceso.
Por la tarde llovió con fuerza, lo que obligó a suspender las faenas a bordo.
Se acostó pronto y durmió mal. Una pesadilla en la que se ahogaba en una charca poco profunda, retenido en el fondo por unas manos oscuras, lo despertó a medianoche y lo mantuvo largo rato en vela, mientras trataba de encontrarle sentido.
Por la mañana, al abrir los ojos, aún le daba vueltas y se reprochaba, como si el sueño hubiese sido real, no haber girado la cabeza para ver quién lo atenazaba y le impedía alcanzar la superficie.
No se tenía por supersticioso, pero presentía que aquellas manos eran conocidas.
Don Alonso de Bazán lo recibió en un pasillo del palacio virreinal.
Pasaba holgadamente del medio siglo y tenía fama de excelente marino, aunque su figura hubiera estado siempre a la sombra de su hermano Álvaro, el insigne marqués de Santa Cruz, a cuyas órdenes había servido en La Valeta, en Lepanto, en Argel, en las Terceiras y en la organización de una Gran Armada que el rey, tras la muerte del marqués, puso inexplicablemente en manos del duque de Medina Sidonia, en perjuicio suyo.