VII
Galway, Irlanda
Galway se levantaba en un terreno levemente ondulado en la desembocadura del Corrib, un río pedregoso y rico en peces que la rodeaba por dos costados.
Había dos puentes sobre el río: el principal, al oeste, guarnecido por atalayas en ambos extremos, y otro, más modesto, que conectaba la ciudad con un islote donde se encontraba el convento de San Francisco.
Al este, en una loma suave, se alzaba otro convento, el de San Agustín.
El puerto, aunque pequeño, tenía una notable actividad comercial.
Se importaban vinos españoles y portugueses y se exportaban lana, pieles y el afamado salmón del Corrib.
Era una villa pequeña y próspera, gobernada por poderosos comerciantes, miembros de una docena de familias que se enorgullecían de su lealtad a la corona inglesa y menospreciaban a los clanes del interior.
Gracias a su prosperidad, Galway contaba con una cárcel ubicada en el centro, junto a la iglesia de San Nicolás. El edificio constaba de dos plantas que se asomaban a un patio central, alrededor del cual se abrían todas las celdas.
A los cautivos de la Santa Bárbara y del Falcón Blanco los dejaron aquella primera noche en el patio, a la intemperie, bajo la lluvia y el sereno.
Nadie se molestó en desatarlos. Duarte, agotado tras la larga caminata, se mantuvo de pie junto a sus compañeros de collera durante un buen rato, hasta que cedieron al cansancio y se tumbaron sobre el suelo de tierra, lleno de charcos y piedras.
Con la caída de la tarde, la prisión se fue sumiendo en la oscuridad, los muros se tornaron más grises y el cielo más negro.
Las celdas de abajo ya albergaban a otros prisioneros de la Armada, que no tardaron en compartir con los recién llegados noticias y desventuras en un rumor apagado que los carceleros no se molestaron en acallar.
Así, Duarte se enteró de que allí había hombres de al menos cinco navíos, entre ellos grandes buques como el Gran Grin o la Rata Encoronada, lo que le dio una idea de la magnitud del desastre.
Estaban presentes todas las graduaciones: soldados, grumetes, capitanes y maestres, incluso otro sacerdote.
Después de un rato de charla animada, los ánimos comenzaron a decaer y el silencio se impuso, roto sólo por murmullos aislados.
Duarte conversó un rato con un sargento de una nao de la escuadra de Castilla, Nuestra Señora de la Begoña, que le contó que la nave había quedado muy maltrecha tras la batalla de Gravelinas y se vieron, por ello, obligados a buscar resguardo en una bahía al noroeste de la isla.
—Era un lugar amplio, pero de poco fondo, así que la mayoría tuvimos que desembarcar —relató el sargento.
El mal tiempo no les dio tregua, y al cabo de una semana, la falta de agua y provisiones se volvió insostenible.
El capitán, Juan Gutiérrez de Garibay, lo puso al frente de una partida de ochenta hombres con la misión de internarse tierra adentro en busca de víveres.
Pero mientras cumplían su cometido se desató una tormenta que los forzó a emprender el regreso.
Cuando alcanzaron de nuevo la bahía, la Begoña había desaparecido.
—¿No volvieron a buscaros? —preguntó Duarte.
—La tempestad duró varios días, sin tregua ni clemencia —explicó el sargento con voz pausada. Duarte pensó que aquella podría ser la misma tormenta que había azotado a la Santa Bárbara y provocado su naufragio.
Tras media semana de infructuosa espera, una tropa inglesa los encontró y exigió su rendición. Los hombres se atrincheraron en una península, pero su situación era tan desesperada que optaron por capitular.
—Y aquí estamos —concluyó el sargento, con un tono que no denotaba ni reproche ni amargura.
—Mala suerte la vuestra. O quizá mala voluntad de vuestro capitán —observó Duarte—. Abandonar a una tropa raya en la traición.
—Conozco bien al capitán Garibay. Sólo una fuerza de causa mayor pudo obligarlo a dejarnos atrás.
Duarte asintió, poco convencido. La experiencia le había enseñado que eran los malos pasos y los caminos estrechos los que revelaban la verdadera naturaleza de los hombres.
La charla lo distrajo un rato, pero su agotamiento era tal que cerró los ojos y trató de dormir.
Apoyó la espalda contra el muro áspero y recostó la cabeza sobre el hombro de fray Antonio.
La noche transcurría con una lentitud penosa.
Los prisioneros, exhaustos, trataban de hallar acomodo como podían.
Algunos se sentaban con la espalda contra los muros, mientras otros, vencidos por el cansancio, se tendían en el suelo mojado.
Desde las celdas superiores, a las que se accedía por una escalera de mano, llegaban de tanto en tanto gritos sueltos, murmullos, el eco de conversaciones ininteligibles.
A lo lejos, el traqueteo de una carreta resonaba sobre el empedrado.
En algún momento la lluvia cesó, y Duarte se dio cuenta de que había logrado dormitar algo. El viento arreció, y el cielo despejado permitió entrever fugazmente las estrellas. En el patio, algunos prisioneros estornudaban, tosían o le castañeteaban los dientes.
—¿Vos tampoco podéis dormir? —preguntó fray Antonio en voz baja.
—No, padre —respondió Duarte.
El frío calaba hasta los huesos, y no era posible el descanso verdadero. En un rincón, un grupo murmuraba oraciones. La oscuridad acrecentaba la sensación de desamparo.
Por la mañana, los guardias les soltaron las ligaduras y los empujaron a una de las celdas inferiores, ya atestada de prisioneros.
Al cruzar el umbral, Duarte, fray Antonio y otros tres hombres fueron detenidos por un guardia que señalaba, con expresión de asco, los excrementos de quienes, durante la noche, no habían podido contenerse.
Con gritos y amenazas les ordenó recogerlos y echarlos en un balde pestilente que colocó a sus pies.
Uno de los cagajones era tan reciente que aún humeaba.
Los cautivos se negaron, y el guardia los azotó con un rebenque corto de cuero crudo.
Viendo que no conseguía quebrar su voluntad, intervino otro, furioso: desenvainó la espada y amagó con abrirles la cabeza.
Entonces, fray Antonio se inclinó, recogió con las manos el excremento tibio y lo echó en el balde.
—No vale la pena morir por esto —dijo.
Duarte se arrodilló a su lado y echó mano de otro zurullo, duro y oscuro, procurando no aplastarlo.
El resto de los presos los miraba con cara de circunstancias.
Al terminar, Duarte se restregó la mano contra el borde del balde para desprenderse los restos adheridos, pero el balde estaba tan sucio que el remedio resultó peor que el mal.
Finalmente, los guardias los hicieron entrar en la celda entre carcajadas y burlas.
La celda era un espacio de unas seis por ocho varas.
El suelo, de tierra, estaba cubierto de paja sucia que no se renovaba desde hacía semanas.
Al fondo, una estrecha aspillera, con un único barrote de hierro, comunicaba con un callejón angosto que daba a la plaza de la iglesia.
Contra la pared del fondo corría un canalete por el que debían escurrirse los orines, aunque a menudo se estancaban.
En un rincón, un balde grande y maloliente servía de letrina.
Cuando la lluvia regresó, Duarte sacó la mano por la reja para que el agua se la lavara.
Los hombres que ya ocupaban la celda pertenecían, en su mayoría, a la dotación de la nao Gran Grin, almiranta de la escuadra de Vizcaya.
Entre ellos destacaban un maestre y dos capitanes, ambos llamados Alonso: Alonso Ladrón de Guevara, emparentado con el conde de Oñate, y Alonso Valiente, un capitán de fortuna.
Este último se acercó a los recién llegados para conocer las circunstancias de su captura, compartir las suyas y ponerlos al tanto de la situación.
Contó que la Gran Grin había encallado en la isla de Clare, unas leguas al norte de Carna, durante la furiosa tempestad del veintidós de septiembre.
En el naufragio perecieron dos terceras partes de la dotación.
El resto, unos cien hombres, logró alcanzar tierra firme y ponerse a salvo.
Aquella isla estaba en manos del clan de los O’Malley, gobernado por un tal Eoghan, que los mantuvo bajo estricta vigilancia.
Aunque don Pedro de Mendoza, su capitán, trató de negociar un rescate por una suma respetable, Eoghan le daba largas, ya que su intención era entregarlos a los ingleses.
Al enterarse de ello por boca de un alma caritativa, los náufragos intentaron escapar hacia el interior de Irlanda, pero fueron descubiertos.
—La represalia de O’Malley fue terrible —dijo Alonso Valiente con voz sombría—. En un arrebato de furia, mandó degollar a setenta y cuatro cristianos, entre ellos don Pedro y varios de nuestros oficiales.
El corro que lo rodeaba guardó silencio ante semejante carnicería.
—A nosotros nos sucedió algo similar, aunque sólo fueron ajusticiados cuatro hombres —comentó el capitán Bravo, en referencia a lo ocurrido en Aughnanure.
Sobre las altas paredes del patio se vislumbraba un recuadro de cielo gris.
La lluvia había cesado, pero el frío persistía.
Algunos prisioneros temblaban con fiebre, moqueaban o respiraban con dificultad.
El capitán Valiente, con los ojos enrojecidos y la piel amarillenta, parecía especialmente afectado.