VI #6
Branca era una joven de diecisiete o dieciocho años que, sin poseer un rostro bonito, resultaba atractiva: labios gruesos, cabello castaño y ondulado y unos ojos grandes y expresivos, difíciles de olvidar.
Durante el ágape, que regaron con un azumbre de vinho verde, Gabriel advirtió que el joven soldado dirigía la mayor parte de sus comentarios a su prima, y que la miraba con una devoción apenas disimulada.
Ella, sin embargo, no le correspondía con el mismo entusiasmo, o quizá lo disimulaba, pues se mostraba más atenta a Rodrigo Jaque.
Los más jóvenes se levantaron pronto y se marcharon, unos a sus juegos y otros a sus quehaceres. El guiso, consumido casi por completo, reposaba sobre un lecho de brasas apagadas, mientras algunos moscardones otoñales, torpes e insistentes, revoloteaban alrededor de la mesa.
—La guerra nos afecta a todos en mayor o menor medida, señores oficiales —comentaba Filipe Queiroz—.
La gente marinera vive con miedo a los corsarios de otras naciones, que recorren el litoral y apresan sin reparo hasta al más pequeño pesquero.
Las villas costeras recelan de cada vela que aparece en el horizonte, y esta ciudad, antaño próspera y resplandeciente, se diría ahora una perla deslucida.
—Cuando la armada se recupere —replicó Tiago, con afán de parecer hombre de mundo—, veréis cómo corren a esconderse en sus madrigueras.
—Quizá —admitió el padre—, pero ¿cuándo será eso?
—En el taller también se habla de eso —intervino Mateo, con voz baja pero firme. El joven trabajaba de aprendiz de carpintero—. El maestro dice que, de seguir así, pronto faltará trabajo.
Natalia se interesó por la procedencia de Gabriel y de Jaque, y por los motivos que los habían traído a Lisboa.
Los hombres la complacieron, y la charla derivó hacia la Gran Armada y el rosario de buques que habían ido arribando a distintos puertos de la península, casi todos maltrechos y estropeados.
Tiago les refirió, quizá por enésima vez, las vicisitudes que él había pasado, y el alférez, por su parte, narró algunas de las suyas.
—¿Del barco de Medina Sidonia se sabe algo? —preguntó de repente Branca.
—Arribó a Santander en septiembre —le respondió Rodrigo Jaque, con una sonrisa cortés—, con don Alonso enfermo y rodeado de su cortejo.
La muchacha asintió y bajó la cabeza. Gabriel tuvo la impresión de que se quedaba con ganas de preguntar algo más.
—Es que un buen amigo de su madre viajaba en el San Martín —explicó Tiago.
—Que no haya regresado a Lisboa no quiere decir nada —la consoló el alférez—. El desbarajuste en los puertos de llegada es enorme, las listas confusas e incompletas y las autoridades cruzan órdenes y contraórdenes respecto al acomodo y el traslado de soldados y marineros.
—Branca le tenía mucho cariño a don Duarte —añadió Mateo—. También yo.
—No es cierto —protestó la jovencita, enrojeciendo.
—Si hasta se disfrazó de varón para seguirlo en la aventura —añadió Tiago con una sonrisa traviesa.
—Jamás he oído hablar de tanta osadía en una mujer —silbó el alférez con admiración.
Branca enrojeció aún más y agachó el rostro hasta casi hundirlo en el cuello del vestido.
—Lo que tiene que hacer tu prima es pensar en buscar marido y sentar la cabeza —terció Filipe Queiroz.
—No le será difícil —añadió Jaque, galante—. Con su juventud y su belleza, sus pretendientes estarán haciendo cola en vuestra puerta.
La joven dirigió una rápida mirada al alférez.
Al marcharse, ya en la calle, Tiago se las arregló para mantener un aparte con Gabriel.
—¿Recordáis al señor Maciel, el lisiado que nos acompañó desde La Coruña? —preguntó con cautela. Gabriel lo confirmó con un gesto—. Es el padre de Branca y de Mateo —añadió—, y la causa de su orfandad. Mató a golpes a su madre.
El regreso fue silencioso. Enredados en sus propios pensamientos, apenas cruzaron palabra. Gabriel se despidió del alférez junto a la iglesia de Todos los Santos y se encaminó al muelle de la Alfandega, donde lo esperaba un marinero con el batel preparado.
—Hay problemas a bordo —le dijo el marinero, y señaló hacia donde estaban fondeados los bajeles. Junto a ellos se divisaba una galera ordinaria.
Gabriel subió al batel y se dejó conducir hasta la fragata.
Las nubes habían ganado la partida a los claros, y las aguas del Tajo cobraban ya un color grisáceo y sucio.
Unas avocetas removían el lodo del fondo, cerca de la orilla, y varios patos nadaban con placidez, ajenos a la algarabía de las gaviotas.
La galera, que tenía la vela y la entena recogidas, se encontraba abarloada a la Portuguesa. El maestre Laiseca recibió a Gabriel con gestos de desesperación.
—Debe de tratarse de un error, capitán. Un tremendo error.
—¿Qué ocurre, Pascual? —preguntó Gabriel, con una calma que no sentía.
—Quieren requisarnos la fragata —respondió el atribulado maestre.
—¿Quién lo dice?
—Aquel capitán. —Laiseca señaló hacia dos hombres que charlaban con Mahagüini sobre la rasa cubierta del alcázar. La brisa, contraria, impedía escuchar lo que decían—. Trae una orden y viene dispuesto a ejecutarla.
En el castillo de proa se agrupaban varios soldados armados con arcabuces. Gabriel apretó los labios, miró hacia los intrusos y se dispuso a acercarse a ellos. El sol, oculto tras un banco de nubes densas, parecía haber perdido la batalla.