La derrota del dragón VI #5
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VI #5

El coronel torció el gesto y tragó grueso.

—Trasladaré puntualmente vuestra inquietud.

Al filo del mediodía, Geraldo abandonaba la residencia de don Manuel.

Tomó Bishopsgate hacia el sur y entró en Threadneedle Street.

La calle era angosta y las plantas altas de ambos lados, que casi se tocaban, formaban un túnel irregular donde sus pasos resonaban con fuerza.

Estaba satisfecho con la reunión, pese al pueril deseo del rey de liberar a traidores y a los riesgos del enfoque inglés.

Un ejército mercenario era difícil de controlar, y muchas poblaciones sufrirían saqueos.

Pero así eran las leyes de la guerra, como había afirmado Norris.

En cualquier caso, su participación en una reunión de tal relevancia era en sí misma un éxito personal.

4

Lisboa

Gabriel intentó, sin suerte, entrevistarse con el marqués de Vila Real.

Con el conde de Castanheira tampoco tuvo fortuna: fue recibido por uno de sus secretarios.

Tras la correspondiente espera, recogió la carta de acomodo del marqués de Cerralbo, escuchó sin comentarios sus proyectos y lo informó de que don Antonio de Ataíde no se hallaba en disposición de recibirlo.

—¿Se encuentra enfermo, acaso?

El secretario compuso una mueca fastidiada y respondió, sin entusiasmo, que otros asuntos reclamaban su atención.

Tras aquel revés, y después de meditarlo con calma y consultar con Laiseca y Vermeulen, Gabriel decidió ponerse en contacto con el hombre de quien le había hablado Cerqueira.

Rafael Reigosa, que así se llamaba, vivía en la judería vieja, dentro de la Baixa, un barrio bullicioso y desigual, de calles estrechas y casas altas.

Por su cercanía al puerto, había concentrado la vida mercantil, administrativa y portuaria, la Alfandega, la Casa del Trigo, la Casa da India, y atraído, por ello, a numerosos escribanos, cambistas, funcionarios y mercaderes vinculados al comercio marítimo.

Gabriel buscaba un buen flete para que la Anunciada no regresara de vacío a La Coruña, y se le ocurrió, como excusa para un primer acercamiento, contratarlo por mediación de aquel hombre.

La casa de Reigosa era más grande y ostentosa que la de Cerqueira.

En la pared de un amplio salón exhibía el mascarón de proa de la nao con que, según dijo, había ganado su primer millón de reales.

El propietario aparentaba más edad de la que tenía, a causa del cabello prematuramente encanecido, igual que el bigote y la perilla.

De modales campechanos, saludó a Gabriel palmoteándole la espalda, como si se conocieran de antiguo.

Hablaba con rapidez, saltaba de un tema a otro con bruscos giros y digresiones inesperadas y se recataba tan poco en presumir de sus logros como se cuidaba de silenciar sus fracasos.

Gabriel le explicó quién lo enviaba, y como Reigosa no hizo comentario alguno, dedujo que ya estaba al tanto.

Le habló de la casa comercial de los Del Puerto, de sus negocios a ambas orillas del Atlántico, de las rutas hacia el Mediterráneo y el mar Báltico, y, por último, le planteó el asunto del flete con destino a La Coruña.

Reigosa pareció, al principio, algo decepcionado con aquel negocio, como si esperase una empresa de mayor envergadura.

Pero enseguida reaccionó, mostró un interés más decidido y propuso llenar la nao con una carga compuesta por una cantidad apreciable de especias, otra respetable de fardos de seda y un resto de azúcar y vino que aún conservaba en sus almacenes.

A Gabriel, el azúcar y el vino no le resultaban atractivos: el primero se conseguía a buen precio en los puertos del Caribe, y el segundo, además del que se producía en Galicia, lo cubría su tío Antonio desde Sevilla con caldos excelentes de Sanlúcar y Jerez.

—En todo negocio hay que ceder, para que la ganancia se reparta —dijo Reigosa, cuyos ojos inquietos no cesaban de rebotar de un punto a otro del salón.

—Eso por descontado, caballero —replicó Gabriel, sin perder el tono efusivo—. Debe haber parte para todos, sin que nadie se sienta engañado ni desairado en el trato.

Después de un largo regateo, en el que ambos fingían un escaso interés por los márgenes, redactaron y firmaron el acuerdo.

No era, quizá, el más ventajoso que Gabriel podría haber obtenido, pero le aseguraba un margen aceptable y, sobre todo, le permitía tratar de cerca y formarse una impresión más certera del carácter y el proceder del señor Reigosa.

—Mañana presentaré el contrato en la casa de la Alfandega. En cuanto lo autoricen, podremos comenzar con la carga —le dijo Reigosa antes de despedirse.

La aduana se tomó su tiempo en conceder la autorización. Mientras, los barcos se trasladaron a un muelle próximo al almacén del señor Reigosa, junto a la torre de la Escribanía.

La vida en puerto distaba mucho de la que se llevaba en alta mar.

Una tripulación ociosa era siempre fuente de problemas.

Para prevenirlos, permitían a los marineros bajar a tierra por turnos.

Por la noche regresaban borrachos a dormir la mona, o no regresaban.

Laiseca hubo de resolver en más de una ocasión pendencias con los alguaciles.

El día en que dio por fin inicio la estiba de la mercancía, se presentó en la fragata Tiago Queiroz, que reiteró su invitación. Y no estaba dispuesto a marcharse sin concretarla. Tras un rato de plática, fijaron el encuentro para el almuerzo del día siguiente.

—Y traed con vos al señor Jaque —le advirtió.

El alférez aceptó gustoso. Se había instalado en el castillo de San Jorge y sentado plaza en la compañía de caballería de un capitán Alarcón. Gabriel lo encontró en la explanada frente a una de las numerosísimas puertas de la muralla, y juntos siguieron la orilla del Tajo hacia el oeste.

El día era frío y revuelto. El cielo, sobre sus cabezas, lucía un azul intenso, surcado por plumillas altas, de un blanco deslumbrante; pero más abajo, sobre el horizonte fluvial, se acumulaban nubarrones espesos y amenazadores.

En el amplio estuario del mar de la Paja, de aguas serenas, se divisaban bajeles de toda clase: desde barquichuelas de pescadores hasta naves levantiscas cargadas de trigo, o una nao de la Gran Armada tan maltrecha que aún trabajaban en sus adobos.

En la orilla opuesta, junto a Almada, fondeaba un grupo de galeras aderezadas para la guerra.

Numerosas barcas y bateles se movían de los muelles a los barcos, en un vaivén constante de gentes, bultos y mercancías.

El sol esparcía sus destellos sobre el agua, que brillaba con reflejos vivaces, como escamas de pez.

Tiago los esperaba junto a la iglesia del Cuerpo Santo, desde donde los condujo hasta la casa de su madre, una vivienda modesta, próxima a la orilla, con un huerto trasero donde cultivaban coles, acelgas y nabos.

Pese al cariz inestable del día, habían dispuesto la mesa en el exterior, bajo un emparrado cuyas escasas hojas estaban secas y arrugadas.

La familia de Tiago era numerosa. Para agasajar a los invitados, habían preparado un guiso de cordero que, por lo tierna que estaba la carne, debía de cocer desde muy temprano. Olía a laurel, romero y mejorana.

—Tomad, capitán, probad un poco —le dijo Natalia, la madre de Tiago, mientras le acercaba un cucharón de madera.

Gabriel sorbió parte del contenido y notó que contenía, además, alguna de esas mezclas de especias que se habían hecho tan populares: tal vez polvo fuerte, o pólvora del rey.

Natalia era una mujer alta y angulosa, curtida por años de trabajo duro, mientras que su marido parecía un hombre sufrido, simple y de buen fondo, que había dedicado su vida a la pesca de bajura.

Ti ago les presentó a sus tres hermanos, menores que él, aunque el mayor acompañaba ya al padre en la faena.

También a sus primos, Mateo y Branca, huérfanos de madre, a quienes los Queiroz acogían bajo su techo.

—La madre de Branca era regatera, como la mía, y falleció en trágicas circunstancias —explicó Tiago—. Ella la ha sustituido dentro de la hermandad a la que pertenecen.

—¿Y su padre?

—No tengo padre —respondió la muchacha con expresión dramática, mientras Tiago hacía a Gabriel una discreta señal de advertencia.