La derrota del dragón VI #4
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VI #4

Un criado irrumpió en la estancia para anunciar la llegada de sir John Norris. El fraile, adelantándose a don Manuel, ordenó que lo hicieran pasar. Unos momentos después, el militar entró en el salón.

Don Manuel lo saludó con cordialidad y lo invitó a sentarse junto a la mesa.

Sir John, corpulento, de pelo ligeramente alborotado y tan negro que le había ganado el sobrenombre de Black Jack, vestía un jubón gris clar o punteado de negro, con cuello a la valona, calzas a juego y medias blancas.

Aunque apenas superaba los cuarenta, contaba con una dilatada experiencia militar en Flandes, Francia e Irlanda.

—Imagino que estáis al tanto de la empresa en la que estamos embarcados sir Francis Drake y yo —dijo Norris tras las presentaciones, como si quisiera ir directo al grano.

No obstante, para evitar dudas, hizo un breve resumen—.

Su Majestad desea responder al innoble ataque español como corresponde y nos ha encomendado reunir una gran armada y un numeroso ejército.

Y pronto, pues debemos aprovechar su actual debilidad naval.

—Cierto —intervino el sacerdote—. Los recursos del Austria son ilimitados. Además de las riquezas que le proporcionan las Indias Occidentales, ahora también cuenta con las Orientales. Si se lo propone, podrá disponer de otra flota en un año.

A Norris no le agradó la interrupción. Anglicano convencido, aquel clérigo seguía siendo, por muy aliado que pareciera, un papista. Pero un gesto de don Manuel bastó para contener su reacción. El hijo del Prior do Crato se humedeció los labios, tragó saliva y retomó la plática.

—A mi padre y a mí nos complace saber que la empresa sigue adelante. Don Antonio os estima mucho, pero ha sido engañado tantas veces que desconfía de las promesas. Y deseamos, por su bien, asegurarnos de que no se trata de otra ilusión.

Norris escuchó con expresión comedida, sin mostrar desagrado, aunque las palabras le incomodaran. Cuando hubo finalizado, respondió con tono apaciguador.

—Podéis tranquilizar a vuestro padre, Príncipe. No puedo hablar por boca del Consejo, pero sir Francis ya prepara navíos en el Margate y Plymouth, y yo tengo comisión de Su Majestad para levantar a la gente.

—Estamos al tanto de los preparativos, coronel. Lo que nos inquieta es el destino de esa armada.

Norris no sabía si el plural de don Manuel incluía a sus acompañantes o era mayestático.

—¿Cuál habría de ser sino restaurar a vuestro padre en el trono de Portugal?

—Palabras hermosas. Pero hemos oído que vuestra, llamémosla, contra armada zarpará en enero rumbo al Caribe, para estorbar que el rey de España reciba flotas y dineros.

Don Manuel contaba veinte años, pero se comportaba con mucha gravedad, como si su condición de príncipe heredero de Portugal le exigiera estar a la altura del título.

—No puedo creer que aún tengáis esa duda —replicó Norris, algo sorprendido—. No serán las Indias, sino la península, el destino de nuestro esfuerzo. ¿Qué más garantías necesitáis?

—La península ibérica es vasta. Necesitamos tener la certeza de que Portugal será el objetivo cardinal —don Manuel hizo un alto a la espera de un gesto de asentimiento de Norris, pero este prefirió responder con precisión.

—El cardinal, sí, pero no el único. Para alcanzar la cima hay que subir antes la ladera. Así, para entronizar a vuestro padre en Lisboa, es preciso antes neutralizar la capacidad militar del enemigo y destruir los navíos de la Gran Armada que están siendo reparados en puertos del Cantábrico.

Don Manuel ladeó la cabeza, evidenciando sus reservas. Los cuatro estaban sentados en la mitad izquierda de la mesa, la más próxima al fuego. Don Manuel ocupaba la cabecera, con Norris a su derecha y fray Diego Carlos y Geraldo a su izquierda.

—Otra inquietud de mi padre es el financiamiento de una armada tan grande.

Norris sonrió abiertamente: tenía la respuesta lista.

—También Su Majestad ha considerado ese obstáculo, pues las arcas reales sufren el esfuerzo bélico, pero sir Francis y yo le hemos propuesto una fórmula para superar el escollo: crear una sociedad mixta entre la Corona e inversores privados.

La Corona aportará veinte mil libras y ocho galeones; los mercaderes londinenses han contribuido con otras diez mil; y el resto lo financiarán otros comerciantes, armadores e incluso aristócratas.

Además, las Provincias Unidas prometen sesenta filibotes con dotaciones completas.

Sir Francis y yo, por nuestra parte, también haremos importantes aportes.

Confiamos en que vuestra familia haga lo propio, ya que será la principal beneficiada.

Una doncella entró con una bandeja que contenía, en fuentes separadas, frutas escarchadas y bizcochuelos de soletilla. Las dejó sobre la mesa en silencio y se retiró con una reverencia.

—Hermosa mujer, vive Dios. Y lozana —exclamó sir John, y cogió un bizcochuelo. El sacerdote lo imitó, pero don Manuel, deseoso de responder, no prestó atención a las viandas.

—Nuestra familia está empeñando su fortuna en esta empresa, señor Norris.

La mayoría de las joyas que mi padre consiguió sacar de Portugal han pasado a manos de vuestros prestamistas y usureros.

Aun así, no dudéis de que seguiremos contribuyendo tanto en dinero como en futuras concesiones.

Os supongo al tanto del viaje de mi hermano Cristóbal, que partirá en breve hacia Berbería para solicitar un préstamo de quinientos mil escudos al sultán.

Como veis, la Casa de Avis no rehuirá su responsabilidad.

En cambio, esos armadores privados se me antojan el punto más volátil del proyecto.

—¿Cómo así? Los privateers son el nervio de esta iniciativa. Sin ellos, no habrá armada.

—Pero sus intereses pueden entrar en conflicto con los de mi padre y con los de vuestra reina. ¿Qué diferencia hay entre un armador privado y un corsario? El saqueo será su verdadera motivación.

—¡Pardiez, príncipe! ¿Cuestionáis nuestra capacidad? Sir Francis y yo hemos comandado flotas y ejércitos. Esta armada, una armada real, estará dirigida por oficiales capaces de mantener la disciplina. Pero convendréis conmigo en que todo ejército vencedor tiene derecho al botín de guerra.

—En Portugal no. Ni con nuestros súbditos.

—Imagino que habláis de vuestros súbditos leales.

Fray Diego Carlos, ocupado en una pera escarchada, se pasó por la boca el dorso de la mano y preguntó:

—¿Cómo distinguirlos en plena batalla? Sois soldado, sabéis que es imposible contener a los hombres en la confusión que sucede a la toma de una plaza.

Norris no se esperaba la pregunta, y se tomó unos instantes para responder.

—Confío en que Sus Majestades especificarán esos detalles en el acuerdo final.

En todo caso, el botín principal no estará en la península, sino en el océano.

Tras devolver la corona a vuestro padre, parte de la armada pondrá rumbo a las Azores para expulsar de allí a los castellanos e interceptar la flota de la Carrera de Indias.

Sus tesoros serán la mejor bandera de enganche para hombres e inversores.

Mas, para lograrlo, necesitamos la colaboración de los isleños y un flujo constante de información.

Para recuperar el aliento, el coronel Norris cogió de la fuente otro bizcochuelo y comenzó a mordisquearlo. Los sonidos de la calle, amortiguados, se mezclaban con el lejano vocear de un pregonero. Don Manuel aprovechó la pausa para referirse a Geraldo.

—Don Geraldo Henriques es nativo de las Azores. Vivió el largo asedio español y conoce su geografía y gentes. Más aún, mantiene una red de amigos leales que lo informan puntualmente.

—Así es, excelencia. No hay territorio más entregado a la causa de don Antonio que esas islas.

No en vano los españoles necesitaron tres campañas para doblegarlas.

Las autoridades actuales son arbitrarias, imponen penas y dispensan favores a su gusto.

El descontento crece, pero la guarnición es escasa.

Bastaría una quinta parte de vuestra fuerza para reconquistar Terceira.

Norris, el fraile y don Manuel asintieron complacidos. Geraldo, lleno de orgullo, se ofreció a unirse a la expedición:

—Sé lo que es combatir en primera línea, sir John.

—Vuestro valor os honra, caballero —replicó Norris.

—Y no estaré solo. Otros patriotas exiliados, aquí y en Francia, ansían participar en la campaña.

Norris, ahora sin prisa, permitió que la reunión se extendiera, mientras las viandas desaparecían.

Otra de las inquietudes de don Manuel era la calidad de las tropas inglesas.

Estaba al tanto de las levas que se habían empezado a publicar en los distintos condados, y temía que un ejército bisoño no pudiera hacer frente a los tercios acantonados en Portugal, pero el coronel le restó importancia al asunto: la reina le había ordenado partir a Flandes para socorrer el cerco de Bergen Op Zoom con las tropas recién reclutadas, dejarlas allí y volver con soldados veteranos.

—Eso puede retrasar indefinidamente la empresa —objetó el fraile.

El coronel lo miró con dureza.

—Sé lo que hago, señor fraile. Nadie desea más que yo el éxito de esta campaña. —Y, dirigiéndose a don Manuel—: Mi intervención en Flandes será decisiva. Antes de Navidad, el general Farnesio habrá levantado el cerco de Bergen.

—Por cierto, sir John, mi padre está interesado en conocer la situación de los presos portugueses de la Gran Armada —dijo el príncipe—. Es un asunto tan baladí que no ha tenido ocasión de tratarlo aún con la reina.

—Los soldados a bordo de esos barcos eran enemigos de Inglaterra.

—Ah, coronel, sabéis tan bien como yo que cuando se realizan reclutas masivas, y los españoles las realizaron, no se mira a quién.

Entendedme. No les tengo una especial simpatía a esos hombres, pero la política exige sacrificios.

Mi padre desea que en Portugal lo vean como a un libertador, y cree que sería positivo hacer un gesto desde aquí.

Además, quizá algunos de los presos acepten integrarse en nuestras filas.