La derrota del dragón VI #3
16%

VI #3

Al cruzar un río de aguas heladas, un prisionero perdió pie y estuvo a punto de ahogarse.

Sus compañeros de collera trataron de ayudarlo, pero los soldados los obligaron a continuar hasta alcanzar la otra orilla.

El hombre, salvado de milagro, jadeaba y tosía mientras escupía agua.

Se trataba del contramaestre Solano. Fowles se acercó, desmontó con lentitud deliberada y golpeó con el pomo de su espada al desafortunado.

Sin una palabra, repitió el mismo castigo sobre los hombres que marchaban a su lado.

—¡Sin piedad, sin piedad, sin piedad! —repetía a gritos.

A mediodía, hicieron alto en un bosquecillo de robles y hayas, situado en una ligera depresión del terreno. Los ingleses aprovecharon para comer lo que llevaban en sus bolsas, mientras los prisioneros los observaban con envidia.

—Conformémonos con el descanso —dijo fray Antonio, vestido con una saya basta y unas calzas tan ajustadas que resultaban ridículas.

—¿Nadie habla mi lengua? —preguntó Fowles en castellano.

La pregunta estaba dirigida al grupo de oficiales. Todos negaron con la cabeza, salvo Gonzalo, el sobrino de Luis de Córdoba, que se atrevió a preguntar, a su vez, cómo había aprendido la lengua de Castilla.

—Con mi tío, sir Richard Bingham —respondió Fowles con orgullo—. Ambos combatimos en la campaña de Lepanto.

—Hemos sido aliados, entonces —apuntó Gonzalo, en un intento de ganar sus simpatías.

—Un inglés nunca será aliado de un papista —replicó Fowles con rotundidad. Y, para recalcarlo, le cruzó la cara con el revés del guantelete, cuyos refuerzos metálicos le partieron el labio y le arañaron la nariz.

—¡Maldito hideputa! —murmuró el capitán Bravo. Y Arechaga lo hizo callar, temeroso de que el inglés conociera aquella expresión.

El descanso fue breve. Fowles, obsesionado con alcanzar Galway antes del anochecer, forzó la marcha.

El camino seguía el curso de un río ancho y de generosa corriente, que servía de desagüe natural a los lagos.

El terreno, una turbera esponjosa e inundada, cedía a cada paso y convertía el avance en una prueba de resistencia que los hombres, exhaustos, pagaban con tropiezos y caídas cada vez más frecuentes.

Los rezagados, incapaces de mantener el ritmo, recibían nuevos golpes de sus custodios.

Algunos, recordando al cabo Hernandes y a los demás fugados, lamentaban no haber seguido su ejemplo.

—Ahora estarán escondidos en algún refugio, disfrutando de su libertad —comentó uno en voz baja.

—O acogidos por algún clan amigo —añadió otro.

Tal vez inspirado por aquellos comentarios, un joven grumete que había logrado soltarse de sus ataduras aprovechó el cr uce de un arroyo crecido para lanzarse al agua y dejarse arrastrar por la corriente en busca de una escapatoria desesperada.

Fowles detuvo la columna, ordenó a una escuadra de soldados que lo persiguiera por la orilla y a los arcabuceros que abrieran fuego.

Estos cargaron sus armas, soplaron las mechas y dispararon una andanada poco certera.

Los prisioneros contuvieron el aliento al presenciar la cacería.

Algunos, incluso, se atrevieron a animar al fugitivo, que braceaba con furia río abajo.

Duarte, que apenas conocía al muchacho, admiró su valor.

Más adelante, el arroyo describía un recodo que, de alcanzarlo, lo pondría a cubierto.

Pero el esfuerzo comenzó a pasarle factura, sus brazadas perdieron fuerza y, cuando estaba a punto de desaparecer, una bala le acertó en la espalda.

El cuerpo se arqueó, luego se quedó inmóvil y derivó lentamente hasta engancharse en las ramas de un arbusto.

El arcabucero que lo había matado alzó el arma y celebró la hazaña con un grito agudo.

La escuadra que lo había perseguido regresó con el cadáver y lo depositó ante Fowles, que escupió sobre él y ordenó colgarlo de un fresno cercano.

No contento con la ejecución, señaló a uno de los prisioneros que había alentado al muchacho y mandó que lo desnudaran, lo ataran al tronco del árbol y le quebraran los huesos de brazos y piernas con una maza.

El capitán Bravo protestó ante semejante barbaridad, pero Fowles lo hizo callar con un gesto amenazante.

Al concluir la tortura, lo desataron, le echaron agua al rostro hasta hacerlo reaccionar y, sin demora, le colocaron una soga al cuello y lo colgaron junto al grumete.

Mientras aún se agitaba, Fowles le asestó varias puñaladas en el pecho y el abdomen.

—Españoles de mierda —murmuró.

La marcha se reanudó en un silencio fúnebre.

La brutal demostración dejaba claro qué podían esperar de sus captores.

La esperanza se disipaba, y cada cual sacaba fuerzas de flaqueza para no desfallecer ni entorpecer a su collera.

Nadie quería provocar una nueva explosión de cólera en Fowles, que había vuelto a forzar el paso para recuperar el tiempo perdido.

En los cruces de caminos y caseríos que atravesaban, los lugareños los contemplaban sin decir palabra. Iban mal vestidos, cubiertos apenas por harapos, indiferentes al frío y al decoro. Unos rapaces corrieron un trecho junto a la columna, hasta que un soldado los ahuyentó con un aspaviento.

Llegaron a Galway al caer la tarde. La ciudad estaba rodeada por una recia muralla medieval, punteada de torreones.

Fuera de sus límites, se extendía un arrabal de casuchas dispersas, sin orden ni concierto.

La columna atravesó entre ellas y se detuvo ante la puerta oriental, una sólida estructura de piedra rugosa coronada por almenas.

Fowles se acercó a hablar con los guardias que la custodiaban.

—¡Adelante, bastardos! —bramó al momento. Y la fila de prisioneros penetró en la ciudad.

A pesar del cansancio, Duarte no pudo evitar reparar en el empedrado firme de la calle y en la calidad de las casas que la orillaban.

El crepúsculo teñía de violeta el cielo, pero la ciudad seguía viva: hombres envueltos en capas, algunos armados con espadas; un caballero que pasaba al trote; mujeres tocadas con cofias; campesinos de ropas raídas y niños que mendigaban en medio del arroyo.

Los soldados habían disminuido el paso, para convertir la procesión en desfile triunfal.

Los vecinos los contemplaban desde los portales y las ventanas con una mezcla de curiosidad y desdén.

Una mujer envuelta en una capa de lana gris soltó su cesta de mimbre y se agachó para murmurar algo al oído de su hijo. Había gente asomada a puertas y ventanas. Un muchacho, apenas un crío, lanzó una piedra desde una esquina que acertó en la nuca de uno de los prisioneros.

Fowles guio a la columna a través de una plaza dominada por un gran crucero, continuó por la calle principal, dobló una esquina y se detuvo ante un edificio oscuro, de paredes húmedas y ventanas estrechas protegidas con rejas de hierro: la cárcel de Galway.

Alguien debió de anunciar su llegada, pues el portón comenzó a abrirse con un chirrido largo y penoso.

Un soldado apremió a entrar a Duarte con la contera de su partesana.

Apenas cruzó el umbral, lo golpeó una oleada de hedor: humedad, sudor rancio y mugre.

Dentro lo aguardaban el frío, la miseria y dos centenares de prisioneros de la Gran Armada.

3

Londres

Geraldo pensó, con cierta decepción, que la residencia de don Manuel de Avis no era tan lujosa como el heredero del rey de Portugal merecía, a pesar de destacar entre las casas aledañas como una muela sana en una dentadura estropeada.

La edificación, de tres pisos, con los niveles superiores en voladizo sobre la calle de Bishopsgate, exhibía un entramado de vigas de madera oscura sobre una fachada de yeso que había perdido su blancura.

Las ventanas, pequeñas, reflejaban la luz diáfana de aquella mañana de otoño.

Sobre la puerta principal, de arco ligeramente apuntado, pendía un farol de hierro forjado que la brisa apenas lograba balancear.

Un criado negro le franqueó el paso a un zaguán angosto, de suelo de madera desgastada y un penetrante olor a cera y a ropajes guardados. Lo condujo por una escalera estrecha y ligeramente torcida hasta el saloncito del primer piso, donde lo aguardaba don Manuel.

—Puntual como siempre, amigo Geraldo —lo recibió don Manuel con calidez. Estaba acompañado por un hombre enjuto y moreno, vestido con ropas talares, pese a su condición de eclesiástico.

—Excelencia, fray Diego Carlos —los saludó Geraldo—. Me he apresurado en acudir a vuestra cita, eso es todo.

—Y os lo agradezco —respondió don Manuel—. Las conversaciones con los ingleses van por buen camino, y hoy confiamos en darles un buen empujón.

—Así es, señor Henriques—intervino el fraile, miembro del séquito del rey—. Don Antonio se reúne con lord Burghley, en Islington, y nosotros esperamos a sir John Norris.

—¿Norris?

—Es el coronel que ha designado la reina Isabel para encabezar el ejército que participará en la próxima expedición inglesa.

—Cuyo destino habría de ser Portugal —añadió fray Diego Carlos.

En la estancia, de proporciones modestas, la luz entraba quebrada por los vidrios emplomados.

El mobiliario consistía en una mesa con sus sillas, varias estanterías con libros latinos y portugueses, un mapa de Portugal y, junto a la chimenea, una arquilla con cerradura flamenca.

En un rincón, medio oculta, había una talla de san Jorge, algo mellada, que había pasado por más de un viaje.

—Mi padre me ha pedido que seamos categóricos con Norris. Debe salir de aquí convencido de que el pueblo apoya nuestra causa.

—De eso no hay duda, don Manuel. Nuestros seguidores callados lo confirman en cada uno de sus mensajes. El reino entero está harto del usurpador. Y de sus ministros, que con su desgobierno no hacen sino abonarnos el terreno. Una chispa bastará para encender el polvorín.