La derrota del dragón VI #2
16%

VI #2

El señor Cerqueira le dio el nombre y dirección del comerciante en problemas, y lo puso en antecedentes: hombre natural de Lisboa, que había perdido recientemente una nao en un naufragio y caído en desgracia ante los actuales gobernantes por sus simpatías manifiestas hacia el Prior do Crato.

—¿Ese es su mayor defecto? —preguntó Gabriel, a quien la política le interesaba bien poco.

—Es ambicioso y marrullero; no le inquieta fletar cascarones podridos, engañar a sus capitanes, traicionar a sus socios ni traficar con esclavos. Por lo demás, todo un caballero.

El señor Cerqueira, considerando cumplido el favor a Sancho del Puerto, alegó compromisos ineludibles y lo despidió en la puerta.

De regreso a la fragata, Gabriel contó a Laiseca los pobres frutos de su gestión y, como este, con su humor chusco, no hizo sino echar sal en la herida, buscó una compañía más grata y se quedó conversando en cubierta con Tiago y el alférez Jaque.

El soldado había aceptado con buen talante la absurda decisión de mantenerlos a bordo, aunque confiaba en que pronto se les permitiera desembarcar.

—¿No lo creéis así, señor Jaque?

El alférez hizo un ademán ambiguo.

—Más que creerlo, lo deseo.

—No seáis cenizo, señor alférez —dijo Tiago con una sonrisa que pedía disculpas por la confianza—. Cuando bajemos a tierra, os invitaré a conocer a mi familia y a probar los guisos de mi madre, si no tenéis reparo en visitar mi humilde casa.

—¿Reparo? Ninguno, sobre todo si tenéis una hermana bonita —se rio Jaque. Y Tiago se ruborizó.

Al día siguiente, se presentó a bordo de la Portuguesa una comisión formada por un cirujano del hospital militar de San Felipe y Santiago, un capitán de la guarnición del castillo y un funcionario de la proveeduría.

Mientras el primero valoraba el estado de salud de los pasajeros, los otros elaboraron, junto al alférez Jaque y dos capitanes que viajaron en la Anunciada, una relación detallada de la tropa: nombres, filiación, compañías y tercios de origen, así como las naves en las que partieron y en las que regresaron, que no siempre coincidían.

Concluida la laboriosa faena, solicitaron un cómputo de las raciones consumidas desde la partida en La Coruña, para lo cual Gabriel los remitió a Laiseca, y al fin se despidieron con gran formalidad, pero sin comprometerse a nada.

Fuera o no efecto de aquella visita, lo cierto fue que dos días más tarde se autorizó por fin el desembarco de los soldados.

A quienes no tenían familia en la ciudad, se les procuró acomodo provisional en el castillo de San Jorge, donde recibirían rancho, cama y una mudada de ropa, en espera de ser integrados en nuevas compañías o en unidades reformadas.

—Os aguardo en casa —se despidió Tiago Queiroz, no sin antes explicarles con detalle el modo de llegar—. No faltéis, capitán.

—Descuidad, que iré —le aseguró Gabriel.

Se alejó el joven orilla adelante y Gabriel se quedó en el muelle, cavilando sobre sus problemas.

— Senhor capitão! —dijo una voz a su espalda.

Al volverse, se encontró con el marinero tullido.

—Amigo Maciel. ¿Se os ofrece algo?

Antes de responder, el hombre miró hacia los lados.

—La otra tarde puse atención a vuestra conversación con el maestre y os oí quejaros de ciertas trabas comerciales —le dijo en un castellano entreverado de portugués.

—¿Ahora estáis versado en los entresijos del comercio? —respondió Gabriel con sarcasmo. No le agradaba aquel hombre, ni la frescura con que admitía haberlo escuchado.

—No, capitán. Pero conozco a gente del entorno del conde de Castanheira, y con mucho gusto podría poneros en contacto con ellos.

Gabriel lo observó detenidamente. Maciel tenía el pecho ancho, los brazos recios y el cabello lacio y canoso. Su misión en Lisboa no estaba resultando fácil, y cualquier padrino podía resultarle útil, pero no estaba tan apurado para ponerse en las manos de Maciel.

—Creo que podré resolver solo mis asuntos, señor Maciel.

Una chispa furiosa asomó a los ojos del marinero, un instante, para después apagarse.

—Si cambiáis de opinión, preguntad por mí en los muelles.

—Así lo haré, señor Maciel. Os deseo que vuestro retorno a casa sea placentero.

—¡Menudo retorno! —protestó el marinero, y se perdió, con paso incierto, entre la muchedumbre que colmaba el mercado de la Ribeira.

2

Connacht, Irlanda

La compañía inglesa, procedente de Galway, acampó en los alrededores de la fortaleza.

Su capitán, Robert Fowles, era un hombre altivo y desagradable que miraba con desprecio a los prisioneros y los trataba como si fueran ganado: a uno le daba un bastonazo en el lomo, a otro lo tomaba por la quijada para revisarle los dientes, a un tercero lo apartaba con un empujón.

Un guardia irlandés lo llevó ante Luis de Córdoba, tal vez por considerarlo el jefe natural del grupo.

El noble, que se encontraba en un estado lamentable, lo saludó con una ligera genuflexión, y Fowles respondió con una sonrisa rígida, más de hiena que de lobo.

Luego le dijo algo en inglés, y, al percatarse de que Córdoba no lo entendía, se lo repitió en español:

—Sois carne de horca.

Más tarde, Rory O’Flaherty se acercó a los prisioneros y quiso disculpar a su padre argumentando que el gobernador Bingham lo había estado presionando, y aun amenazando, para que los entregara, pues las noticias sobre la masiva llegada de españoles a las costas de Irlanda habían alarmado a las autoridades.

En Dublín y en Londres se temían que unieran fuerzas con los rebeldes irlandeses e intentaran apoderarse de la isla, algo que bajo ninguna circunstancia podían permitir.

Pero la actitud de Morogh O’Flaherty sugería que ya tenía tomada la decisión de entregarlos, y que la fuga de Hernandes y su grupo, con la violencia que la acompañó, había sido la disculpa perfecta para justificar sus acciones.

—Más que por el viejo Morogh, parece que quisiera pedir disculpas por sí mismo —opinó fray Antonio—, por las esperanzas que nos hizo albergar.

—De nada sirve darle vueltas a ese asunto —dijo Duarte.

—Cualquier conflicto que ataña a la conciencia de un hombre merece toda mi atención.

—Si vos lo decís, padre…

—De haber caído en manos de un clan menos poderoso quizá nos habría ido mejor —dijo el capitán Bravo, poco interesado en debatir sobre la conciencia de Rory.

—O quizá no —lo corrigió fray Antonio—. Especular sobre eso sí que no sirve de nada.

Apenas despuntó el alba, los treinta y nueve prisioneros que quedaban en Aughnanure fueron sacados del castillo, amarrados y organizados en colleras de siete y ocho con una rudeza extrema.

A los oficiales los atraillaron aparte, pues se consideraba que su captura tenía mayor valor.

Al cabo de una hora, todo estuvo listo para emprender la marcha.

Los presos formaban una larga fila flanqueada por soldados armados con partesanas, espadas y arcabuces.

Había lloviznado durante toda la noche y los campos estaban cubiertos por una niebla desapacible.

Duarte sentía que la humedad le penetraba hasta el tuétano.

El cuerpo, debilitado por días de sufrimiento físico, había comenzado a resentirse.

Tenía fiebre y le dolían la cabeza, la garganta y las articulaciones. Pero no podía permitirse flaquear.

Robert Fowles, montado en un caballo de buena alzada, impuso un ritmo rápido que pronto ahuyentó de todos el frío con el calor del esfuerzo.

La columna serpenteaba por un sendero estrecho que atravesaba un terreno bajo lleno de atolladeros, un paisaje cubierto de un verdor húmedo, a veces despejado, otras arbolado, mientras a la izquierda se extendía la lámina plomiza de un lago.

Las cuerdas que ataban sus muñecas les desollaban la piel con cada movimiento.

Avanzar en aquella cadena, sacudidos por los tirones de quienes les precedían y arrastrando a quienes los seguían, resultaba agotador.

Los que iban descalzos soportaban la peor parte, aunque se esforzaban por disimular su sufrimiento: cualquier queja o gemido era castigado con rigor.

Duarte marchaba entre Bravo y Arechaga, al frente de la fila, muy cerca del capitán inglés, que los miraba con aire ufano y se burlaba de ellos en voz alta.

Duarte alcanzaba a entender palabras sueltas y frases breves, referidas al rey Felipe, a la deshonrosa derrota de la Gran Armada y al infeliz estado en que se encontraban: mojados, cubiertos de lodo y lamentando el día que se enrolaron en la empresa.

Pronto se aburrió de aquella cháchara y caviló sobre su propio pasado: la tierra y la familia que había abandonado mucho tiempo atrás, cuando decidió seguir las banderas reales.

Había iniciado su carrera como voluntario en las Azores, durante la guerra civil entre los partidarios del Prior do Crato y los de Felipe de España.

Más tarde, pasó a la península y se integró en un tercio de infantería embarcada.

Combatió en la batalla de San Miguel a las órdenes de don Álvaro de Bazán, cuyo genio militar logró derrotar a una armada francesa muy superior y reconquistar Terceira con un desembarco sin precedentes.

Tras esta campaña, Duarte sirvió en Flandes con Alejandro de Farnesio y participó en el prolongado asedio de Amberes, donde se defendía con feroz determinación cada palmo de dique y contradique, cada puente, fortín y aldea.

Finalmente, regresó a Lisboa como asistente de Bazán, y, a la muerte de este, pasó a servir al duque de Medina Sidonia y embarcó en el galeón San Martín.