La derrota del dragón VI
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VI

Lisboa

La ciudad de Lisboa era, en aquellos años, uno de los puertos más frecuentados de la cristiandad.

Alzada sobre siete colinas, a semejanza de la Roma clásica, se derramaba en un laberinto de calles empinadas, con casas de muros encalados, tejas rojas y balcones que se asomaban unos al Tajo, otros a los cerros y barrancos.

Por las rúas que descendían del castillo de San Jorge hacia la Baixa se mezclaban las gentes más dispares: mujeres con cántaros, mozos de cuerda, estudiantes sin posibles, pecheros que buscaban faena, conversos, criados, pícaros, fidalgos, frailes y monjas.

Se oía hablar el portugués del norte, el del Alentejo, el castellano de los recién venidos, el árabe de los moriscos, el bantú de los esclavos y también el italiano, el francés y el flamenco de mercaderes, cambistas, tratantes y espías.

Las procesiones atravesaban las calles con severa pompa.

Las iglesias, que no eran pocas, ofrecían un espectáculo de oro, incienso y recogimiento.

El río, ancho como lengua de mar, hervía de velas.

Las naves arribaban de los más lejanos confines: de Goa y de Cochin, de Pernambuco, de Angola o de Tidore con especias, maderas olorosas, oro, azúcar, marfil y esclavos.

Los muelles y almacenes de la Ribeira y del Terreiro do Pazo, donde se descargaban las mercancías, bullían día y noche.

El aire olía a clavo y a canela, a sudor, a brea y a alquitrán.

El rey Felipe había sido acogido con alborozo por la alta nobleza y el clero mayor, y con una mezcla de resignación y esperanza por el pueblo llano, que aguardaba de él firmeza frente a berberiscos y corsarios, coto a las desmesuras de los grandes y fidalgos y la promesa de un nuevo orden, mientras soñaba con el retorno del joven rey Sebastián, desaparecido en Alcazarquivir.

Tras residir dos años en la ciudad, don Felipe regresó a Madrid, dejando la regencia en manos de su sobrino, el cardenal archiduque Alberto de Austria, y de un consejo que juró gobernar sin quebranto de la autonomía portuguesa.

Sin embargo, no pocos miraban con suspicacia a los castellanos, a quienes se tenía por altivos e imperiosos.

El descontento afloraba en las tabernas del Barrio Alto, en los mentideros de la Alfama y en los sermones de los clérigos más desafectos, que denostaban de la nueva dinastía, las costumbres perdidas y una identidad amenazada.

Gabriel, acompañado por el alférez Jaque, se apresuró a presentarse ante las autoridades portuarias para dar cuenta de su llegada y solicitar instrucciones sobre el desembarco de los soldados que traía consigo.

Sin embargo, contra toda lógica, le fue denegado el permiso mientras el gobernador de armas no lo aprobara.

La noticia fue recibida con indignación por los portugueses, que, tras varios meses de ausencia, y de afrontar peligros y adversidades, se veían impedidos de bajar a tierra y reunirse con los suyos.

Tampoco le agradó a Gabriel, que habría de hacerse cargo sine die de su alimentación y de su custodia.

Esta tarea se la encomendó a Antonio Martínez, el hombre de mayor confianza de su tripulación.

Un sujeto impasible y parco en palabras al que había conocido en la Florida muchos años atrás.

Martínez había pasado largo tiempo cautivo entre los indios Ais, de quienes aprendió e incorporó no pocas costumbres y obtuvo su sobrenombre, Mahagüini, que era como aquellos pronunciaban su apellido.

Gabriel explicó a Mahagüini que debía evitar que descendiesen a tierra sin permiso, pues las autoridades sancionarían con severidad cualquier conato de desobediencia.

—Dudo que nadie trate de bajar durante el día —concluyó—. Pero la noche es otro cantar. Organiza una guardia de varios hombres en cada navío.

—¿Y si alguno trata de escaparse?

—Procura impedírselo.

Mahagüini asintió sin decir palabra y partió a buscar a la gente.

Al día siguiente, Gabriel bajó a tierra en el batel junto al alférez Jaque.

Este se encaminó al castillo de San Jorge, para intentar agilizar el desembarco de los hombres, y él se dirigió a la casa del mercader que le había recomendado su tío.

Tras callejear un buen rato por la antigua judería y preguntar a algunos viandantes, dio con la vivienda, que tenía la fachada blanqueada, una puerta estrecha y una pequeña ventana con celosías.

Sobre el tejado asomaba una chimenea que soltaba humo con desgana.

Lo recibió el señor Cerqueira en persona y lo condujo por una escalera de madera, en varios tramos, hasta una estancia pequeña y fresca, de techo bajo y atiborrada de libros contables, contratos, letras de cambio, frascos con especias y una pequeña balanza con un juego de pesas.

Se sentó junto a una mesa camilla y ofreció al visitante hacer lo propio en una silla situada frente a él.

Gabriel se echó las enagüillas sobre las piernas y se reconfortó con el calor del brasero. Le explicó con brevedad el motivo de su presencia en Lisboa y le entregó la carta de su tío Sancho, que el mercader abrió con lentitud y leyó en silencio.

—No es fácil lo que os proponéis —dijo tras aclararse la garganta—. El comercio con Oriente está en manos de armadores celosos de sus prerrogativas, y no verán con buenos ojos que un castellano pretenda participar, máxime ahora, bajo el reinado de don Felipe.

—¿Por qué con él?

—Porque es español, mi estimado capitán. ¿Entendéis?

Gabriel lo entendía. Por eso llevaba cartas de recomendación del gobernador de Galicia para el marqués de Vila Real y el conde de Castanheira, y otra del arzobispo de Santiago para su homólogo de Lisboa.

—El arzobispo de Lisboa no se inmiscuye en asuntos comerciales, os lo aseguro.

Gabriel renegó para sus adentros. Obtener aquella carta le había costado un viaje a Santiago y una larga espera.

—Quedan los nobles —apuntó.

—Olvidaos de esos señores. Detentan los mayores privilegios comerciales y, si por ellos fuera, se lo repartirían todo en exclusiva. Ved, no sois los primeros en advertir los inmensos beneficios que reporta el comercio con las Indias Orientales, por eso es un coto tan cerrado.

El señor Cerqueira se extendió en explicar el papel de las grandes casas nobiliarias, sus nombres e interrelaciones, y mencionó tal nómina de condes, barones y marqueses que Gabriel no pudo retener ni la décima parte.

—En todo monopolio siempre hay migajas que se caen. Migajas muy sabrosas, si es tan lucrativo como decís.

—Ah, para comerse esas migajas están los fidalgos.

La sala en que se hallaban tenía una ventana abierta a un patio trasero, cercado de altos muros. Entre adelfas y matas de lavanda, se divisaba la espalda de una mujer negra que lavaba ropa en una panera.

—Pero vos no sois noble ni fidalgo, y sin embargo participáis del comercio ultramarino…

—Una parte muy pequeña —lo interrumpió Cerqueira—, marginal, diría. Y no con Oriente, sino con Brasil, que imagino que no será de vuestro interés.

—¿Y algún conocido vuestro?

—Mis relaciones son gentes como yo, sin influencia y con mucho que perder si se supiera que ayudan a un extranjero.

—Mi esposa es portuguesa.

El señor Cerqueira desestimó con una sonrisa el tosco amago de Gabriel.

—En fin, siempre se puede hacer a las bravas —comentó Gabriel, que veía cómo se le agotaban las opciones.

—Comerciar por vuestra cuenta en la ruta de Oriente es casi un suicidio.

El viaje desde la India, o la Especiería, exige escalas obligadas en puertos y fuertes de África, y en todos esos puntos existen agentes reales que supervisan buques y cargamentos.

Un barco sin las licencias pertinentes sería rápidamente detectado e intervenido.

Podéis probar fortuna, sin duda, pero no os lo recomiendo.

—Cerqueira hizo una pausa antes de proseguir—.

Existen, eso sí, circuitos menores: entre las islas de las especias y el golfo de Bengala, entre este y Ormuz, o entre el Moluco y las Filipinas, pero son menos rentables.

Y os exigiría estableceros allá durante años, si no décadas.

Gabriel sopesó aquella última posibilidad. Desde Filipinas bien podría enviar mercancías al virreinato de Nueva España, donde residían sus hermanos, y desde allí a España. Pero la empresa se le antojaba titánica y tan azarosa que la desechó al momento.

—Si no sois demasiado escrupuloso —continuó Cerqueira—, hay un campo comercial amplio y prometedor, en el que tal vez no sería difícil abrirse paso. Me refiero al comercio de esclavos.

—¿Es que hay lugar en Lisboa para más esclavos?

—Siempre lo habrá. Pero no hablo de Lisboa ni del Portugal peninsular. Ni siquiera de Europa, que también tiene su demanda. Me refiero al tráfico con América. Guinea proporciona esclavos y Brasil caña de azúcar. Sin Guinea, no hay esclavos; sin esclavos, no hay azúcar; y sin azúcar, no hay Brasil.

Gabriel no se mostró entusiasmado con aquel «campo», y el portugués, recapitulando, le dijo que probase, si quería, con los señores para quienes llevaba cartas de presentación, pero que lo mejor sería buscarse un socio: alguien ya implicado en el comercio de especias, y que pasase por dificultades.

—¿Qué dificultades?

—Económicas, ¿cuáles si no? Asia es muy rentable, pero también arriesgada: naufragios, piratas… En fin, supongo que estaréis al tanto de los peligros que acechan a nuestros barcos.

Gabriel estaba al tanto, sin duda.

—¿Y conocéis a alguien en tal situación?

El señor Cerqueira conocía a uno a quien le vendría bien un nuevo socio comercial, aunque no era persona con la que se asociaría por voluntad. Pero si Gabriel lo deseaba, podía facilitarle su contacto.

—Muy poco aliento me dais.

—He sido claro con vos, señor Del Puerto. Os he expuesto ventajas e inconvenientes de cada vía, pero si de verdad ansiáis abrir ruta hacia Oriente, esta es la mejor opción.