La derrota del dragón V #5
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V #5

Joao no tenía prisa y se quedó un buen rato de charla con aquel hombre de cuya vida y milagros únicamente sabía que estaba soltero y era católico.

A él nunca le había fallado. Volvió a Portsmouth pasado el mediodía, un poco mareado.

El campanario de la catedral sobresalía por encima de la muralla, como si fuera una atalaya de vigilancia.

Por la tarde aprovechó para observar los barcos fondeados en el canal de entrada a la bahía.

Una nao grande y dos carracas artilladas destacaban entre el centenar de pesqueros y pequeños mercantes.

Cenó en una taberna del puerto unas lentejas con más caldo que lentejas.

Mientras apuraba las lentejas, no quitaba oído a las conversaciones de los parroquianos, que hablaban de los muchos casos de tifus habidos en las últimas semanas.

Después regresó a la fonda donde se hospedaba.

Ya en su cuarto, abrió la talega que le había entregado Caldwell y revisó las cinco cartas que contenía.

Una era de Marcia. Le chocó verla allí, aunque no le sorprendió: era una mujer de recursos.

La nota, breve, informaba de que se había establecido en La Coruña con su marido y su cuñada.

Madrugó para regresar a la capital. Sin embargo, poco después de salir de Portsmouth, se topó con un desvío y detuvo su montura.

Había tenido, de repente, una corazonada.

Tras unos instantes de reflexión, tiró de las riendas y tomó el sendero que conducía a Saint James. No tenía nada que perder. Sólo tiempo.

Años atrás había visitado la antigua abadía transformada en mansión señorial, y la recordaba bien.

Penetró en el amplio huerto que rodeaba la casa, desmontó y condujo el caballo de la rienda hasta la puerta principal.

Un criado le salió al paso y le preguntó por el motivo de su visita.

Joao, a su vez, preguntó por el capitán John Trenton.

El criado, al ver su rostro extranjero, lo miró con recelo, pero finalmente le indicó que el señor se encontraba en las cuadras y lo encaminó hacia ellas.

Trenton lo reconoció de inmediato.

—¿A qué debo el honor de vuestra visita? —preguntó con sequedad.

Joao suspiró. Aquel hombre no parecía muy dispuesto a la conversación, así que decidió ir directo al grano.

—Nos vimos una vez, hace ya tiempo, y quizá os parezca impertinente que me presente aquí por una cuestión personal, mas la considero importante. —Trenton asintió en silencio, con el aire de quien concede una única oportunidad—. Sé que buscáis a vuestra esposa.

El capitán inglés frunció el ceño. Un mozo apareció por la puerta de las cuadras con una carretilla cargada de estiércol. El olor fuerte y acre se esparció por el aire.

—En efecto. Y es un asunto que sólo a mí me concierne —respondió al fin.

—Sin embargo, preguntasteis por ella a Geraldo Henriques.

—El señor Henriques no se mostró muy accesible.

—Lo sé. Mi cuñado es desconfiado por naturaleza. Yo, en cambio, puedo deciros dónde está.

—¿Dónde está quién?

—Isabel.

Unos pájaros piaban en el frondoso seto detrás del establo. El viento arrancaba hojas secas y agitaba la descuidada cabellera de Trenton.

—¿Por qué ibais a hacerlo? ¿Y por qué habría de creeros?

—No me gusta perder el tiempo, caballero. —Joao movió la cabeza negativamente—. Si mi visita os incomoda, me marcharé. Me queda un largo camino por delante.

Trenton no dijo nada. Joao se dio la vuelta y se dirigió hacia donde había dejado su montura, pero sólo había dado cuatro pasos cuando la voz del inglés lo detuvo.

—¿Dónde está? —preguntó. Esta vez, su expresión era más ansiosa que huraña.

—En La Coruña.

—¿Cómo lo sabéis?

El mozo, tras vaciar la carretilla en una gran pila de estiércol, regresaba al establo. Joao se pensó la respuesta. Lo más cómodo sería darle una contestación evasiva, que no lo comprometiera, pero intuyó que aquel no sería el camino para ganarse su confianza.

—Por una carta de Marcia Henriques.

—He sido muy desconsiderado con vos, señor… Disculpadme, no recuerdo vuestro nombre.

—Veiga. Joao Veiga.

—Acompañadme adentro, si no tenéis inconveniente. —El tono de Trenton era ya otro.

—Será un placer —respondió Joao con una sonrisa leve, y echó a andar en pos del inglés—. Tengo entendido que combatisteis contra la armada de Medina Sidonia.

—Allí estuve, como tantos de nosotros.

—¿Y qué opináis del desastre que han sufrido?

—¿Desastre? Un término poco preciso, que no describe lo que yo presencié.

—Me sorprendéis. He oído que las cárceles de estos puertos están repletas de enemigos.

—Cierto, las dos naos que se tomaron en el canal de la Mancha eran grandes y todos sus tripulantes fueron hechos prisioneros. Casi un millar.

—Una buena cosecha —se admiró Joao—. ¿Aún no los han enviado a Londres?

—Unos pocos fueron trasladados allí. Pero la Corona excusa correr con los gastos que supone alojar y alimentar a tantos reos, y la mayoría han ido a parar a casas particulares, establos y graneros de estos puertos, donde se mantienen de la caridad pública, si no han caído en manos de caballeros poco escrupulosos.

—¿Sabéis si hay prisioneros portugueses?

Trenton se detuvo en la entrada de la antigua abadía.

—Algunos hay. ¿Por qué os interesa ese detalle?

—Porque soy portugués.

Las nubes cruzaban el cielo con rapidez, abriendo y cerrando claros como si jugaran con la luz. Contra ellas se recortaba la silueta solitaria de un ave rapaz.