V #4
Esa misma noche, tres hombres lograron salir del corral y escalar el muro perimetral, pero fueron capturados y ahorcados al amanecer. Morogh O’Flaherty aún no se había saciado. A uno de ellos, al registrarlo, le encontraron, escondido en los calzones, una pequeña fortuna en escudos de oro.
La lluvia regresó con fuerza y empapó a los prisioneros. El hallazgo del oro animó a los guardias a realizar un minucioso registro en el que, a falta de otra cosa, requisaron capas, jubones, botas, hebillas e incluso los sombreros de mejor calidad.
—Dicen que el maestre Andriessen tenía mucho dinero oculto en su cabina —comentó Solano a Duarte en voz baja—, y que por eso lo mataron.
—¿Quién lo dice?
—Lo comentan los marineros. Tal vez esas monedas fueran suyas.
—Sí fue así, ya ha pagado —respondió Duarte. No era amigo de las habladurías, pero sabía que el dinero era una de las razones más comunes para el asesinato.
Por la tarde, la lluvia cesó, aunque el viento seguía soplando helado y persistente. Fue un día gris, desolador, que dio paso a otro más funesto, pues una compañía inglesa llegó al castillo de Aughnanure. Morogh O’Flaherty se quitaba por fin la máscara.
4
Portsmouth
Joao alquiló un caballo en una cuadra situada en Southwark, en la orilla sur del Támesis.
Calculaba que, en tres etapas tranquilas y cambiando de montura en las postas del camino, alcanzaría Portsmouth.
No se equivocó, aunque el mal tiempo lo acompañó durante todo el camino.
Se alojó en una fonda frente al mercado, cenó algo caliente y, a la mañana siguiente, se dirigió al muelle de Camber.
Pocos pescadores habían salido a faenar, y sus barcas permanecían varadas en la orilla.
Dejó atrás el muelle, cruzó la muralla y siguió la playa hasta llegar a una hilera de casas humildes, dispuestas sin orden ni concierto.
Unos niños harapientos, desafiando al frío, buscaban entre las rocas lapas que la marea ponía al descubierto.
Continuó por la orilla de una ría estrecha que se adentraba en tierra.
El terreno, húmedo y lleno de irregularidades, lo obligaba a avanzar con cautela.
Una parvada de gorriones revoloteaba sobre una parcela recién arada.
Un hombre que guiaba un jumento cargado con esportillas llenas de algas pasó a su lado y lo observó con curiosidad.
Detrás de los muros semiderruidos de un viejo molino se abría una pequeña caleta con cuatro o cinco casas y otras tantas barcas.
Varias mujeres se movían de un lado a otro, ocupadas en sus quehaceres.
Una de ellas arreaba unas ocas con una escoba.
Comenzó a caer una llovizna fina, que el viento arrastraba a su antojo.
Un pescador remendaba una red tendida entre dos pértigas clavadas en la arena. Sostenía una pipa apagada entre los dientes, y estaba tan concentrado en su labor que dio un respingo al oír el saludo de Joao.
—No era mi intención asustaros.
—Parecéis un gato, señor Veiga —respondió el pescador.
—No está el día para hacerse a la mar, señor Caldwell.
Caldwell soltó una carcajada seca.
—¿Creéis? Pues yo acabo de arribar —replicó, y retiró la pipa de su boca para señalar una embarcación anclada a pocas varas de la orilla. Era mayor que una lancha, aunque menor que una pinaza. El mástil estaba desnudo y la verga descansaba sobre la borda.
El viento arreció y Joao se ajustó el capote. Caldwell, que vestía una sayuela sin mangas, esbozó una sonrisa.
—Vamos dentro —dijo, y se encaminó hacia la casa más cercana. Era pequeña, pero los muros de piedra y el tejado de pizarra gris le conferían un aspecto más sólido que las demás.
Dentro, un rescoldo de brasas mantenía el ambiente tibio. Caldwell tomó una jarrilla de barro, destapó un barril de madera curtida por el tiempo y la llenó antes de ofrecérsela a Joao.
—No es una cerveza exquisita, pero os ayudará a entrar en calor.
Joao dio dos largos sorbos, puso la jarrilla sobre una mesa tocinera y se sentó en una banqueta. No terminaba de acostumbrarse a aquella bebida tan del gusto de los ingleses.
—¿Venís de Francia?
—De Cherburgo. Y traigo correo para vos.
El pescador se agachó, sacó de debajo de la cama una caja de madera barnizada, la abrió y, tras rebuscar en su interior, extrajo una talega de tela verde, descolorida, y se la entregó a Joao.
Este la abrió, comprobó que contenía varias cartas y la cerró.
Luego sacó el atadijo de misivas que le había dado Geraldo e hizo ademán de ofrecérselo al señor Caldwell, pero este no movió un dedo.
Joao entendió el gesto al instante. Desanudó de su cinturón una bolsita de cuero, contó varias monedas y las dejó caer sobre la mesa.
—Sabéis que siempre cumplo.
—Lo sé, señor Veiga. Pero me he llevado más de un chasco. Un poco de desconfianza nunca está de más.
—¿Cuándo cruzaréis de nuevo el canal?
—La próxima semana, quizá —respondió con vaguedad Caldwell. Después de meter el paquete y las monedas en la caja y guardarla debajo de la cama, limpió un par de lubinas, las abrió y las puso sobre las brasas. Mientras se asaban, rellenó la jarrilla de Joao y se sirvió una para él.