La derrota del dragón V #3
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V #3

El fraile seguía estrechando lazos con el padre O’Reilly.

El capellán del castillo le procuró ropa seglar para disimular su condición religiosa, le aconsejó raparse la cabeza para ocultar la tonsura y, lo más importante, le reveló que el gobernador de Galway, que ya sabía de la presencia de los náufragos en Aughnanure, le había exigido a Morogh que se los entregara.

La noticia se difundió pronto, y con ella, el miedo.

Entre los hombres se multiplicaron los rumores: que O´Flaherty era fiel a los ingleses, que había traicionado a su propia sangre para hacerse con la torre, que nunca soltaba una presa, que era artero y ambicioso, y un sinfín de comentarios que se repetían de boca en boca y cobraban fuerza con cada nueva versión.

Uno de los que más se hizo eco de ellos fue el cabo Hernandes, que abordó a Duarte una tarde y le expuso sus aprensiones.

—Sois portugués, como yo, y sé que me entenderéis.

—¿Venís en nombre de los portugueses?

—Y de algunos castellanos. En el Falcón Blanco todos lo son.

—No es momento de dividirnos ni de agitarnos.

—Tampoco de quedarnos de brazos cruzados. He hablado con hombres resueltos. Dispuestos a todo.

Duarte lo miró en silencio. Se hallaban en el exterior del castillo, junto a unos tejos vetustos cargados de frutillos.

A sus pies, las agujas caídas formaban una alfombra marrón.

Soplaba un viento húmedo que removía las hojas secas.

Nubes grises y apretadas cruzaban a gran velocidad el cielo y dejaban caer algunas gotas gruesas.

—¿Y qué estáis dispuestos a hacer?

—Los hombres de O’Flaherty no son tan numerosos, ni tan diestros.

—Pero están armados.

—Si diésemos un golpe de mano, podríamos tomar el castillo.

—A costa de muchas vidas. Y aunque lo lográsemos, ¿qué haríamos después? ¿Esperar a los ingleses? ¿Combatirlos? Si O’Flaherty hubiera querido entregarnos, ya lo habría hecho —le respondió Duarte, aunque ni él mismo lo creía del todo.

—¿Por qué quedarnos ociosos? Podríamos abandonar el castillo y buscar nuestro propio destino. He oído que muchos clanes nos brindarían su apoyo incondicional.

—«He oído» no basta. Y menos si se ha entendido mal o por señas. Una decisión así requiere certezas.

—Dicen también que al norte se ha formado una tropa numerosa de españoles. ¿Es cierto?

—Eso parece, pero no son más que rumores.

—A qué tantos recatos, señor sargento.

—Son precauciones.

—Más se antoja cobardía.

—Entre la cobardía y la temeridad, se halla la virtud —dijo, cortante, Duarte. Mas al punto moderó el tono—. Atended, Diego. Comprendo vuestras aprensiones, también yo las tengo, pero separarnos ahora sería un error. Veré qué averiguo, y vos, entre tanto, intentad calmar a los hombres.

Diego Hernandes partió sin convencerse. Duarte podía entender su inquietud, y su deseo de actuar en lugar de depender de los caprichos de O’Flaherty. Pero ¿qué acción emprender, de qué modo? Y, sobre todo, ¿a qué precio?

Un hacha resonaba a lo lejos entre la arboleda.

Unas mujeres recogían ramas secas y las ataban en haces que cargaban sobre la cabeza.

Por el claro que conducía al portón pasó un hombre con un cerdo escuálido amarrado a una cuerda.

De pronto, la lluvia arreció, y Duarte echó a correr hacia la puerta de la muralla: no deseaba volver a empaparse.

De regreso en el castillo, compartió sus preocupaciones con los demás oficiales, sin obtener ni la respuesta ni la unidad de criterio que esperaba.

El capitán Bravo se encendió al saber que algunos soldados conspiraban al margen de su autoridad y exigió conocer los nombres de los implicados para escarmentarlos como a amotinados; Pedro de Arechaga consideraba que, si se planeaba una rebelión, debían organizarla los capitanes y contar con la participación de todos; Luis de Córdoba prefería confiar en la buena fe de los O’Flaherty antes que exponerse a un alzamiento sin garantías; y fray Antonio, por su parte, abogaba por una vía intermedia: antes de tomar ninguna decisión, había que reunir información fiable sobre la geografía de la isla, los clanes y sus caudillos, los puertos disponibles y la presencia inglesa.

—¿Y vos, señor Salazar? —inquirió el fraile—. ¿Qué opináis?

—Coincido con vos, padre. Pero recabar toda esa información tomará un tiempo que quizá no tengamos. Y, sobre todo, exige cautela. Mucha cautela. Por eso debemos comenzar por organizar a los hombres y estar listos para actuar si la ocasión lo requiriese.

Sin embargo, al no haber acuerdo entre los oficiales, ni existir una verdadera unidad de mando, todo quedó en el aire: nadie habló con los soldados, ni con O’Flaherty, ni se dispuso medida alguna.

Y las consecuencias no tardaron en llegar.

Dos días después, un grupo de hombres huyó de Aughnanure al amparo de la noche.

Antes de marcharse, habían saqueado algunas viviendas para apoderarse de armas y víveres, habían degollado a un hombre y habían violado a su esposa.

Morogh O’Flaherty, furioso, exigió a los oficiales que reunieran a todos en el recinto exterior.

—¿Qué pretendéis hacer? —preguntó Pedro de Arechaga.

—Justicia —respondió el castellano.

Una hora más tarde, O’Flaherty, acompañado de su hijo, apareció en lo alto del torreón donde se unían los dos lienzos que cerraban el patio interior.

Y ordenó hacer un recuento. Faltaban dieciocho hombres y dos cabos.

Entre ellos, Diego Hernandes. Duarte miró en derredor.

La guardia del señor de Aughnanure, bien pertrechada, se había desplegado tanto en las almenas como en el recinto.

La situación no pintaba bien, y se preguntó qué clase de justicia pensaba aplicar O’Flaherty.

No tardó en averiguarlo.

El castellano señaló a cuatro hombres y les ordenó que se acercaran.

Eran marineros, dos de ellos flamencos. Cuando lo hubieron hecho, los guardias los redujeron de inmediato y los llevaron al interior de la fortaleza.

Entonces O’Flaherty anunció su sentencia: serían ahorcados en las almenas, a la vista de todos.

Durante unos instantes, reinó un silencio cargado de estupor.

Luego estallaron las protestas, primero los oficiales y después los soldados.

Gritos, improperios, puños alzados. Pero O’Flaherty no se inmutó.

Cuando creyó que el escándalo se alargada demasiado, levantó los brazos y reclamó orden.

No fue su gesto lo que acalló a la multitud, sino la aparición en lo alto de la torre del homenaje de los cuatro prisioneros con las sogas al cuello.

La escena fue atroz. Los condenados, conscientes de su destino, forcejearon e intentaron desasirse; imploraron clemencia y, al no obtenerla, pidieron ayuda a gritos a sus compañeros, que permanecían demasiado atónitos para reaccionar.

El capellán les hizo la señal de la cruz en la frente y, después, se arrodilló a orar por sus almas.

Pese a su resistencia, fueron arrastrados hacia el borde de las almenas y lanzados al vacío sin dilación.

Las sogas, cortas, se tensaron de golpe; un latigazo sacudió los cuerpos, que quedaron balanceándose, inertes, a más de treinta varas del suelo.

En ese momento, un claro inesperado se abrió entre las nubes, y unos rayos de sol acariciaron la tierra mojada.

—¡El Todopoderoso los ha recibido en su seno! —gritó una voz entre la multitud. Duarte reconoció al contramaestre Solano. Un murmullo recorrió las filas. No eran pocos los que compartían aquel sentir.

Morogh O’Flaherty llamó a fray Antonio. El fraile, resignado, obedeció.

—¿Qué nueva bellaquería estará tramando ese hideputa? —soltó el capitán Bravo.

Pero no se trataba de una nueva intriga. El señor del castillo lo requería como traductor, para que sus palabras llegaran claras a oídos de todos.

—¿No os he acogido en la adversidad, os he alimentado y cuidado?

—dijo, mirando desde lo alto del torreón—.

¿Os he dado acaso motivos para dudar de mi hospitalidad?

Y, sin embargo, habéis traicionado mi confianza.

Ya no puedo consideraros huéspedes. Desde ahora, seréis mis prisioneros. Y aceptaréis lo que yo decida.

A una seña suya, la guardia se desplegó, rodeó a los náufragos y los condujo en grupos hacia un gran corral de ganado dentro del recinto, donde permanecerían encerrados bajo estricta vigilancia.

Algunos se dejaron llevar, aún esperanzados en un entendimiento, otros, en cambio, se resistieron o trataron de escapar.

Pero con las puertas del castillo cerradas, los irlandeses los redujeron con facilidad.

A un soldado que trató de empuñar la espada le cercenaron e l cuello; un compañero suyo cayó atravesado por el virote de una ballesta.

Tan sólo un muchacho de piernas largas alcanzó el río y se arrojó a sus turbulentas aguas.

Nadó con fuerza, corriente abajo, hasta perderse tras el ángulo del muro.

En un instante, todo había cambiado. Los irlandeses, antes amables y hospitalarios, se volvieron hostiles.

Los hombres de O’Flaherty patrullaban el recinto como perros de presa y trataban a los cautivos con aspereza.

Incluso a Luis de Córdoba y a su sobrino los sacaron de sus aposentos y los empujaron al corral común.

Fray Antonio recibió la oferta de permanecer bajo techo, pero alegó que sus compañeros lo necesitaban más que nunca, y la rechazó.

Bravo y Arechaga renegaban de los huidos, por cuya causa estaban con la vida pendiente de un hilo, y los acusaban de haber actuado en su propio interés, sin pensar en el colectivo.

Duarte no estaba tan seguro. Habían pagado justos por pecadores, cierto, pero Hernandes, al menos, había manifestado sus inquietudes. Y sólo cuando comprobó que los oficiales no hacían nada, decidió actuar por su cuenta. Lamentaba, eso sí, que Eugenio López se contara entre los fugados.