La derrota del dragón V #2
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V #2

Finalizada y revisada la carta, Manuel de Aranda la plegó cuidadosamente y la guardó en la gaveta oculta de su escritorio.

Antes de acometer la ardua labor de cifrarla, pensaba salir a despejarse y tomar un ligero refrigerio.

Los agentes de Walsingham, aunque menos experimentados que él, se multiplicaban como hongos tras la lluvia, y ninguna precaución era poca para evitar que aquella misiva cayera en sus manos.

2

Atlántico peninsular

La Portuguesa y la Anunciada zarparon de La Coruña para navegar en conserva hasta Lisboa. La fragata llevaba la dotación incompleta, en parte porque el maestre Laiseca no había logrado rematarla en el puerto, y en parte porque hubo de ceder algunos marineros a la nao.

No eran las fechas más propicias para surcar aquellas aguas, y, aunque la primera singladura transcurrió en calma, en cuanto doblaron el cabo Finisterre se toparon con mares gruesas y vientos fuertes que pusieron de manifiesto las cualidades marineras de la fragata, que, para no separarse de la nao, debía tomar algunos rizos en el aparejo.

A bordo iban, aparte de la tripulación, más de cincuenta soldados portugueses que acomodaron como buenamente pudieron.

Gabriel alojó al alférez Jaque en una cabina de la tolda.

En los pocos días de trato en La Coruña, se había formado ya una idea de su carácter y modales, e incluso había trabado con él cierta amistad.

En una de sus charlas, el alférez le confesó que era natural de Ciudad Rodrigo, aunque buena parte de su vida la había pasado como soldado en tierras portuguesas.

Contaba ya una década en la milicia. Había servido bajo las órdenes del duque de Alba durante la campaña contra el Prior do Crato; más tarde, acompañó a Sancho Dávila en la toma de Oporto, y recientemente había participado en la empresa de Inglaterra, a bordo del galeón San Bernardo.

A Gabriel le pareció el modelo perfecto del soldado: bragado, austero y cumplidor, uno de esos imprescindibles que hacían de los Tercios lo que eran.

Gabriel aprovechó la travesía para relacionarse con los pasajeros.

La mayoría provenía de la nao San Bartolomé, pero también los había que arribaron a La Coruña en otras embarcaciones, como la nao Regazona, que tocó en la ría de Muros, o el galeoncete Augusta, que entró en el puerto de Laredo.

Cada cual traía a cuestas su historia, dura, amarga.

Así se enteró Gabriel de que, contrariamente a lo que muchos creían, los combates contra la flota inglesa no fueron lo peor de aquella malhadada empresa.

Lo verdaderamente atroz fue la travesía de regreso, la infernal navegación que obligó a bordear Escocia e Irlanda, sorteando tempestades, mares turbulentos y costas tan afiladas como guadañas.

La falta de víveres, la escasez de agua potable y la desorganización completaron el cuadro.

—Olas enormes, señor capitán —le relató un soldado joven, alegre y locuaz—. Altas, encrespadas, con la mar tan blanca de tanto pelear consigo misma y tales nubes de espuma que apenas si se veía a dos brazas.

Gabriel creía entenderlo. Había navegado por aquellos mismos mares con la Portuguesa, y por otros aún más hostiles; pero él era marino, y su experiencia se contaba en años.

No así aquellos hombres, casi todos de tierra adentro, embarcados en naves pesadas y poco marineras, o en naos mediterráneas que no resistían bien las furias del Atlántico.

—Y frío, señor. Mucho frío —añadió el joven—. Figuraos: todo el día mojados, sin poder secar la ropa, sin capotes ni mantas. El frío fue un tormento constante.

Aquel soldado se llamaba Tiago Queiroz y era natural de Lisboa. Había navegado en la Regazona y sufrido una herida leve en el brazo por un virote de ballesta, que el cirujano cosió sin complicaciones. Era animado y locuaz, y se hacía entender con facilidad.

—¿Y qué os movió a embarcaros en semejante empresa? —quiso saber Gabriel.

—Mi padre es pescador, y yo no quiero pasarme la vida como él, partiéndome el lomo de sol a sol, sin esperanza ni más recompensa que unas monedas para ir trampeando. Prefiero la profesión de las armas.

—Que también es dura y peligrosa.

—Pero en ella se puede alcanzar honra y fama, medrar y salir de pobre a base de denuedo y valor —afirmó Tiago con firmeza.

Una racha sacudió la jarcia con fuerza. La fragata, en ceñida abierta, cortaba con esfuerzo las olas que venían del sudoeste y levantaba cortinas de rocío salobre que bañaban la cubierta.

—No habéis ganado mucha fama en esta jornada —dijo tras una pausa.

— Ad astra per aspera .

—¿Sabéis latín?

—Todos los soldados conocemos esa máxima, señor capitán. El triunfo se alcanza por el sendero más duro.

Gabriel asintió. Si el muchacho creía en ello, ¿quién era él para rebatirle?

Entre los últimos portugueses en embarcar venía un marinero de gesto ceñudo y juicio fatalista que había perdido una pierna a causa de un cañonazo.

A través de Laiseca, que no sabía mantener la boca cerrada, llegó a enterarse el marinero de sus planes en Lisboa, y empezó a mostrar por ellos un interés vivo.

Las ocasiones en que se le acercaba a Gabriel, apoyado en una muleta de tosca madera, recogía su carácter agrio y se deshacía en palabras zalameras y dilatados ofrecimientos.

Decía llamarse Bruno Maciel y alardeaba de tener buenos contactos en la ciudad.

Tiago Queiroz, que al parecer lo conocía, no lo tenía en buena estima.

—Recelad de lo que ese hombre os diga, capitán —le advirtió un día—. No es de fiar.

Gabriel, sorprendido, le preguntó el motivo.

—Sería capaz de vender a su propia hija por unas monedas.

—Duras palabras.

—Sabed que no las he dicho por decir, capitán.

El asunto no fue más allá. Gabriel no quiso insistir, y Tiago tampoco abundó en él. Aun así, abonaron el desagrado que a Gabriel le producían los aduladores.

La travesía fue larga y movida. Durante ella, el maestre Laiseca no cesó de maldecir el tiempo, la mar, el viento variable, los aguaceros pertinaces, la escasa visibilidad y cuantas inclemencias se le ocurrieran.

—¡Una semana! —gruñó la mañana en que avistaron Cascaes—. Una puta semana para recorrer cien leguas.

—¿Qué esperabas, Pascual? —replicó Gabriel—. Con el otoño tan avanzado, milagro hubiera sido hacer un viaje tranquilo. Podemos darnos con un canto en los dientes por no haber topado con piratas.

A última hora, un levante frescachón los obligó a tirar de los remos auxiliares para poder entrar en el estuario del Tajo y atracar en el puerto de Lisboa, borda con borda, la nao y la fragata.

3

Aughnanure, Irlanda

Tres días llevaban los náufragos alojados en Aughnanure cuando se presentó en el castillo un nuevo contingente de españoles: una veintena de supervivientes del naufragio de otra urca, el Falcón Blanco, encallada más al norte, en la isla de Freaghillaun.

En aquel desastre había perecido más de la mitad de la tripulación.

El grupo estaba comandado por un vizcaíno llamado Pedro de Arechaga, a quien acompañaban un caballero aventurero de noble linaje, Luis de Córdoba, pariente del duque de Medina Sidonia, y su joven sobrino Gonzalo Fernández.

El arribo de estos hombres alegró a los de la Santa Bárbara, pero inquietó al señor del castillo.

No sólo aumentaban las bocas que alimentar, sino que la hueste comenzaba a resultar considerable, aunque desarmada.

A Arechaga lo alojó en la planta baja de la torre; a Luis de Córdoba y a su sobrino, en cambio, les asignó estancias mejores, en atención a su linaje.

Entre los recién llegados se hallaba Gregorio Lange, un paje muy joven, rubio, diligente y más maduro de lo que su edad permitía suponer, a quien Arechaga había tomado bajo su protección.

Formaba parte de la tripulación original de la urca y era natural de la ciudad hanseática de Danzig, aunque hablaba un castellano fluido.

El capitán Bravo puso a los oficiales del Falcón Blanco al tanto de la situación: las simpatías declaradas de O’Flaherty, sus antiguos tratos con la reina y su posterior desencuentro con ella.

—Una situación incierta, vive Dios —resumió Arechaga—. En cualquier momento podría entregarnos a los ingleses.

—Eso mismo pensamos nosotros —le respondió Bravo.

—Podemos presionarlo para que nos busque una salida —propuso Luis de Córdoba—. Aunque sea sincero, nuestra presencia aquí ni le beneficia ni le resulta barata.

—¿Presionarlo? —Bravo se mostraba escéptico.

—Nada perdemos con tantear sus intenciones —insistió el noble, ansioso por abandonar Irlanda.

Para protegerse, no había dudado en revelar su linaje, pero ahora temía que su condición jugara en su contra: O’Flaherty podría retenerlo, bien para obtener un buen rescate, bien para congraciarse con las autoridades inglesas.

El castellano, cuando fue interrogado al respecto, les aseguró con concisión que seguía buscando la forma de sacarlos del país.

Su hijo se mostró algo más franco. Les habló del naufragio de varios navíos de gran tamaño en la costa norte y de los rumores sobre una gran hueste de más de mil españoles que había puesto en alerta al lord diputado FitzWilliam, virrey de Irlanda.

—¿Y no podéis interceder ante vuestro padre? —preguntó Luis de Córdoba—. Los hombres ya se han repuesto y necesitamos una ruta de regreso a España.

—Mi padre no os abandonará, si es lo que teméis —respondió el joven O’Flaherty—. Tampoco le molesta que sigáis aquí. Sabe que vuestros hombres son soldados de gran valor, y no le importaría contratar a quienes quisieran ponerse a su servicio.

Mas las garantías del joven O’Flaherty pronto chocaron con la información que recogió fray Antonio. O los estaba engañando, o poco conocía a su padre.