V
Londres
El señor Bell recibió a Joao con amabilidad y le pidió que esperara en la sala donde atendían a los clientes. Al cabo de unos minutos, regresó y lo condujo por un pasillo largo y angosto hasta el despacho del dueño del establecimiento, un extranjero llamado Manuel de Aranda.
—El señor Aranda os aguarda.
—Así es, señor Zarco…
—Aranda, Manuel de Aranda —lo corrigió el comerciante.
—Disculpad, pero no me acostumbro a llamaros así.
Aranda hizo un gesto comprensivo, entrelazó las manos a la espalda y se dispuso a escuchar.
—En breve partiré para Portsmouth —comenzó Joao. Luego relató con detalle su encuentro con Geraldo y el asunto que este le había encomendado.
—¿Habéis leído las cartas?
—Son todas iguales. He hecho una copia para vos. —Joao descolgó una cartera de cuero que llevaba en bandolera, extrajo un papel plegado y se lo entregó a Aranda—. ¿Debo hacerlas llegar a su destino o extraviarlas?
Aranda recorrió con la vista el contenido de la copia.
—Enviadlas —resolvió tras una breve pausa—. No conviene despertar sospechas. ¿Habéis elaborado un listado con los destinatarios?
Joao sonrió. Volvió a hurgar en la cartera y sacó otro papel.
—Aquí lo tenéis.
—Vuestro cuñado está bien relacionado.
—Así es. Don Manuel, el hijo del Prior, lo tiene en gran estima. Por él sé que los contactos con los ministros de la reina son más frecuentes de lo habitual, y que están tratando de alcanzar un acuerdo.
—Estad atento. Saber con antelación cualquier alianza entre el Prior y la reina es importante para organizar nuestra defensa. Por cierto, señor Veiga, ya que vais al sur, no os olvidéis de indagar sobre los presos. Su Majestad tiene un interés especial en ellos.
—¿A qué presos os referís?
—A las tripulaciones de las dos naos que se perdieron en el Canal de la Mancha, y que encerraron en aquellos puertos. Sería deseable conocer quiénes son, dónde están y en qué estado se encuentran.
—Indagar por los prisioneros españoles podría levantar sospechas.
—No os lo pediría si no conociera vuestra habilidad y sutileza.
—Procuraré complaceros. Por cierto, ¿qué sabéis de Irlanda?
—Las informaciones son confusas y poco halagüeñas —respondió Aranda—. Barcos naufragados, otros perdidos, cautivos… En fin, habrá que esperar a que lleguen noticias más fidedignas.
La breve reunión parecía haber concluido, y Joao se dirigió a la puerta que daba a la calle.
—Ah, aguardad —lo detuvo Manuel de Aranda.
El agente se acercó al escritorio, abrió un cofrecillo con una llave que llevaba colgada al cuello, sacó de él una pequeña bolsa de cuero y se la entregó.
—No derrochéis, pero tampoco escatiméis, que el dinero abre muchas puertas. Y no os arriesguéis más de lo necesario —añadió mientras abría la puerta.
Joao asintió con un leve movimiento de cabeza y echó a andar.
Aranda lo observó hasta que se perdió entre el gentío que abarrotaba Addle Hill a aquella hora de la mañana.
Luego regresó a su despacho, tomó asiento y se quedó un momento en silencio, con la barbilla apoyada en las manos.
Al cabo, cogió una pluma de ganso que había cortado y desbarbado antes de que se presentara Joao, la mojó en el tintero y comenzó a redactar el borrador de una carta destinada a don Bernardino de Mendoza, embajador del rey Católico en París, cuya escritura no podía demorar más.
Tenía muchos asuntos que comunicar, pero no debía precipitarse ni omitir detalles importantes.
El primero y más urgente era que el almirantazgo inglés, tras semanas de incertidumbre, había dado por fin la orden de desembarcar a sus tropas, hasta entonces retenidas en el estuario del Támesis y en Dover.
Únicamente una escuadra, al mando de lord Seymour, permanecería en servicio con el propósito de controlar el tráfico de mercantes en el paso de Caláis, impedir que las ciudades de la Liga Hanseática comerciaran con puertos españoles y proteger a sus propios navíos de los ataques de la incipiente actividad corsaria en Dunquerque.
En cuanto a las tripulaciones inglesas, debía informar a don Bernardino de que los hombres habían desembarcado en condiciones deplorables, diezmados por el hambre y las enfermedades, y con el cuerpo roto por meses de penurias en alta mar.
Esta situación, aunque lamentable, redundaba en beneficio de la Real Hacienda, pues las bajas a bordo fueron tan cuantiosas que permitieron ahorrarse buena parte de las pagas.
Una vez en tierra, a los enfermos se los confinó en graneros y almacenes húmedos e insalubres, donde apenas recibieron asistencia, y esta, en el mejor de los casos, corrió a cargo de sus oficiales o de la caridad de algunas villas.
El descontento era grande y algunos grupos realizaron protestas y altercados que fueron sofocados sin miramientos por los soldados de la reina.
Aunque se hubiera rozado el desastre con los dedos, en la corte sólo se hablaba de victoria.
Una victoria incontestable. Y cualquier relato que se apartase de esa versión oficial era interpretado como un acto de deslealtad.
Sin embargo, las diferencias entre los altos mandos de la flota eran notables, en especial entre el gran almirante lord Howard de Effingham y su segundo, sir Francis Drake.
Y también entre estos y lord Burghley, el primer ministro.
Manuel de Aranda dejó la pluma sobre el tintero, echó el torso hacia atrás y estiró los brazos.
Pasar largas horas inclinado sobre la mesa le producía persistentes dolores en la espalda.
Luego sacó de un compartimento disimulado en el escritorio una nota meticulosamente doblada, la desplegó y repasó su contenido.
Era una crónica enviada por otro de sus corresponsales en la que detallaba con precisión la acalorada entrevista que el primer ministro había mantenido con los dos almirantes, y que tenía intención de transmitir fielmente a don Bernardino.
Los marinos reprocharon al ministro la demora en desmovilizar la flota, aun cuando ya se sabía que la Gran Armada se dirigía de regreso a España.
Burghley se defendió alegando que el ejército de Flandes representaba aún una amenaza latente.
Para los almirantes, sin embargo, tal peligro era irreal mientras la flota holandesa bloquease los puertos del mar del Norte.
En respuesta, el primer ministro los acusó de haber dejado escapar a la Armada tras casi haberla batido en Gravelinas, una oportunidad como no se presentaría otra.
Lord Howard, incómodo, aceptó la crítica, pero Drake, más osado, replicó que sin vituallas, pólvora ni balas, volver a enfrentar a la flota española habría sido muy arriesgado.
Insistió Burghley en que las empresas inconclusas son sinónimo de fracaso y Drake repuso que la tacañería nunca es buena estrategia cuando hay tanto en juego.
El primer ministro se irritó ante semejante insinuación y lo amenazó con llevar el asunto ante la reina.
«Hacedlo», bramó aquel dragón del mar, «quizá así se entere de los muchos despropósitos de esta campaña».
Lord Howard, que se sintió aludido por esta frase, sacó a relucir el abordaje a la nao Nuestra Señora del Rosario y acusó a su colega de haberse apoderado de treinta mil escudos de la caja de la nao, de retener a don Pedro de Valdés como prisionero personal y de pretender cobrar en exclusiva su rescate.
También debía transmitir a Mendoza las noticias que llegaban de Irlanda, inciertas aún, pero no por ello menos inquietantes.
El número de navíos españoles que habrían arribado a sus costas aumentaba sin cesar, y en Londres se murmuraba no sólo de naufragios, sino también de un desembarco considerable de soldados, con el temor añadido de que pudieran emprender alguna acción militar.
Aunque tales informes no habían sido verificados, no le parecían los bulos habituales del secretario Walsingham.
Pese a que muchos hombres habían sido apresados, la alarma en el Consejo de Estado era patente y ya se habían movilizado tropas y se había instruido al virrey de Irlanda para que actuase con la mayor contundencia.
Lo último que deseaban en aquel momento era una rebelión en la isla.
Debía informar asimismo sobre los cautivos que había en la propia Inglaterra, provenientes de los dos buques perdidos en el canal de la Mancha.
El almirante Valdés y algunos de sus oficiales estaban en manos de Drake, su captor, que los trataba con gran consideración.
Del resto, sin embargo, apenas tenía noticias más allá de que los habían repartido entre diferentes prisiones y casas privadas a lo largo de la costa.
La última cuestión que debía comunicar a don Bernardino, aunque no la menos relevante, concernía a los movimientos del enemigo portugués.
Las noticias sobre el fracaso de la Gran Armada les habían insuflado nuevas esperanzas de recuperar la corona de Portugal.
El fiel «Fabio», su mejor corresponsal, había averiguado que Crato estaba persuadido de que por fin era su hora.
Sabedor de que la reina Isabel planeaba devolver el golpe, le había propuesto que lo descargase sobre Portugal, a cambio, por supuesto, de una fortuna y de concesiones comerciales y territoriales.
Para animarla, Crato preparaba una embajada encabezada por su hijo Cristóbal, con el doble objetivo de convencer al sultán de Marruecos de sumarse a la ofensiva contra Su Majestad y solicitar un préstamo con el que contribuir a sufragar los gastos de la campaña.
Tan seguros estaban de que el plan prosperaría que ya enviaban cartas a sus seguidores en Portugal, de quienes adjuntaría una primera relación.
Esperaba certificarse bien de sus planes, le solicitaba al embajador que fuera servido de mandarle las instrucciones que considerase más oportunas y se despedía con la fórmula habitual, que Dios guardase a su señoría, etcétera, etcétera.