IV #6
—Y no olvidéis el bote y los remos, que también han de inspeccionarse —añadió Laiseca—, y de cargar las pipas de agua dulce y otros bultos que esperan en el arenal.
—¿Vamos tan retrasados? —se extrañó Gabriel.
—¿Cómo que retrasados? Se hace cuanto se puede con la tripulación que tenemos. Necesitamos seis u ocho marineros más. Y un par de grumetes.
No le faltaba razón al maestre. Tras la última travesía, la mitad de los hombres se habían despedido. De hecho, pocos restaban ya de la tripulación original.
—Pues daos prisa en buscarlos.
—¡Rayos y truenos, capitán! ¿Cuándo me habéis dado orden de hacerlo?
—Pascual, tú haces y deshaces a tu antojo en este barco ¿y tienes el cuajo de pedirme autorización para enrolar más hombres?
—Gabriel trataba de ponderar si el enfado del maestre tenía más de justo que de teatral.
Por si acaso, prefirió ser prudente—. Pues te doy permiso. Busca la gente que necesites.
—Que me ayude Vermeulen.
—Iré con vos si así lo deseáis.
Luego de haber dejado bien encaminados los problemas a bordo, Gabriel regresó a tierra para encargarse de otras gestiones que no admitían demora: acudir a palacio del gobernador para recoger las cartas que le había prometido, y cuya redacción demostraba poco entusiasmo por la empresa; desplazarse a Santiago para hacer lo propio con otra que el arzobispo, tras una larga audiencia, tuvo a bien facilitarles; recorrer uno a uno los almacenes coruñeses para asegurarse de que no se quedaba en puerto ni un barril de galleta marinera, ni una rueda de queso ni un tonel de vino; y, por supuesto, el embarque de los portugueses, que resultó una tarea más exigente de lo previsto.
Como si hubieran publicado el viaje en una hoja volante, o corrido la voz por las tabernas costeras, no paraban de acudir a La Coruña, desde distintos puertos del Cantábrico, soldados de aquella nación.
Era un reguero constante que obligó, finalmente, a aprestar también la Anunciada, cuyo capitán cayó gravemente enfermo y hubo de ser sustituido, a última hora, por el señor Vermeulen.
El sargento Luis de León, con la lista definitiva y actualizada de hombres, compañías y navíos de procedencia, puso al frente de la tropa a un alférez entretenido, Jaque Manzanares, un hombre agraciado, cumplidor y diligente, que hablaba con soltura la lengua portuguesa y que impuso algo de orden entre los recién llegados.
Con todo dispuesto, sólo faltaba aguardar a que aflojara el temporal que azotaba con furia las costas gallegas.
Durante las jornadas de inactividad forzosa , Gabriel aprovechó para despedirse de su tío Sancho, que le entregó una última carta para un mercader lisboeta, de apellido Cerqueira, con el que tenía cierta confianza, y para desgranar con Marcia e Isabel largas charlas al calor del hogar.
Una tarde en que la lluvia parecía haber hecho una pausa, acudieron a cenar a la casa de Martín Robledo, que vivía en la calle Amargura, dentro de las murallas.
El grupo llegó a la puerta acalorado, pues habían acelerado el paso ante el temor de que regresase el chubasco, y aguardaron unos instantes para recobrar el aliento.
Pese a la amistad con Martín, las mujeres se habían ataviado con las ropas más elegantes que tenían en sus baúles, elegantes y abrigadas, porque el otoño avanzaba deprisa y el aire frío mordía como lobo hambriento.
Antoñita, la esposa de Martín, poco dotada para las artes culinarias, preparó una sopa boba más desvaída que sustanciosa y un escabeche de conejo demasiado salado que no lograron empañar el ánimo de la velada.
Martín era charlatán por naturaleza, pero no del tipo pesado que agota la paciencia, sino un conversador ameno y vivaz que atraía con facilidad a sus oyentes.
Conservaba infinidad de anécdotas de sus peripecias pasadas y, gracias al trato constante con una clientela variada, estaba siempre al día de chismes y chascarrillos que relataba con mucho gracejo.
Todos reían, menos Antoñita, cuya expresión oscilaba entre la seriedad y la acidez.
Cualquiera habría dicho que no simpatizaba con sus invitados, pero Gabriel sabía que esa era su manera de ser.
Marcia, en cambio, no estaba tan segura.
—Cuidado con los corsarios, Gabriel —dijo, en cierto momento, Martín Robledo.
—¿Corsarios en estas costas? —preguntó Isabel, con una sombra de inquietud en la voz.
—Y tanto. Pululan por el litoral atlántico como perros rabiosos, sobre todo ahora, que el reino está sin armada que lo guarde.
Marcia, que conocía a Martín, esperaba que rompiese en risas de un instante a otro, pero el herrero mantuvo una expresión tan grave que la hizo vacilar. Gabriel tampoco ayudó a disipar sus dudas.
—Rara vez se agrupan en escuadrillas mayores de tres o cuatro bajeles.
—Cuatro me parece un número respetable —reconoció Marcia, con los ojos puestos en su esposo.
—No se atreverán con dos naves bien armadas y repletas de soldados —respondió Gabriel.
Sus palabras hicieron que todos enmudecieran. La estancia era alargada y tan angosta que los comensales debían arrimarse a la mesa para dejar paso entre las sillas y la pared. Había caído la noche y Antoñita había encendido los velones de la lámpara de seis brazos que pendía sobre la mesa.
—Un brindis por el éxito de la nueva delegación —propuso Martín Robledo para romper el silencio.
—No te hagas el gracioso —le reprendió su esposa. Pero Martín alzó su taza para entrechocarla con las de los demás.
—Alegraos, Antonia —le dijo Marcia con un guiño cómplice—. Si la empresa prospera, podréis cocinar con las especias más exóticas y haceros vestidos de seda china.
—Ni me entusiasman las especias ni me agradan los vestidos llamativos —respondió ella, sin alterar el gesto.
A pesar de la sequedad de su respuesta, el buen humor prevaleció, y la reunión se prolongó hasta bien entrada la noche.
—Hasta pronto, mis señoras —se despidió Martín desde el umbral de la fragua, que ocupaba la planta baja de la casa—. Y tú, l’Avide, no te olvides de nosotros.
—Trataré de complacerte.
—Y mantén a raya a ese pirata que llevas dentro.
—Ven conmigo y compruébalo tú mismo, señor soldado.
—Mis días de soldado ya pasaron.
—Pero la espada ha de mantenerse engrasada y libre de orín. Nunca se sabe cuándo volverá a necesitarse.
En el cielo se abrían algunos claros por los que asomaban las estrellas. La noche se había tornado más fría.
—¿Qué nombrecito es ese, l’Avide? —preguntó después Isabel.
—El apodo que los piratas le pusieron a tu hermano.
—Mi nombre de guerra —la corrigió Gabriel.
—Me cuesta imaginármelo en ese oficio.
Los pasos de los tres resonaban en el empedrado de la calle Real, que los condujo hasta la puerta del mismo nombre, aún abierta.
El viento zarandeaba las llamas de dos hachones colgados de sendas argollas en los muros.
Bajo su luz, las sombras danzaban sobre los rostros de los guardianes y los hacían parecer trasgos.
Santiaguillo, al cuidado de Genara, una vecina de la calle de la Estrella, dormía con tal profundidad que hubo que espabilarlo para que, somnoliento, aceptara el pezón materno y se pusiera a succionar.
Formaban una estampa tan entrañable los dos, tan plácida, que a Gabriel le vino a la memoria el recuerdo de su propia infancia, cuando observaba, oculto tras una esquina, a su madre amamantar a Isabel con la ternura de una virgen.
Se alegró, en todo caso, por lo mucho que su hermana había disfrutado de la velada.
Poco a poco recuperaba su antigua vivacidad y dejaba atrás la aflicción.
Pese a la confianza que los unió en su juventud, y que poco a poco resurgía, Gabriel no se había atrevido aún a preguntarle directamente por la separación de su esposo, el capitán John Trenton, a quien temía que aún amase.
En más de una ocasión había hablado del tema con Marcia, incluso le había pedido que sonsacara a Isabel cuando la ocasión fuera propicia. Pero su esposa pensaba que sacar el asunto a colación podía abrir una herida que apenas comenzaba a cicatrizar.
Gabriel se sentó en una banqueta junto al hogar y contempló el tenue resplandor de las últimas brasas.
Al rato, Marcia tiró de él con dulzura y lo condujo hasta la alcoba.
Aquella noche ardía como una hoguera, y su pasión fue tan intensa que aún estaban entregados a ella cuando las campanas de San Jorge tañeron a completas.
La mujer presentía la inminencia de la despedida.
Y su corazón no la engañó: el cielo amaneció apenas nublado, y a lo largo del día se despejó por completo. El frío aumentó y el viento, que roló al nordeste, se tornó favorable para zarpar.