La derrota del dragón IV #5
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IV #5

Y Geraldo se sentía exultante. Había conseguido un lugar en la corte, era respetado por los suyos y estaba comprometido con una mujer a la que no amaba, pero cuyo patrimonio pondría a disposición de su rey.

El ruido de la puerta al abrirse lo hizo levantar la cabeza. Reconoció la voz de Joao Veiga, su cuñado, saludando a Fátima. Un instante después, este entraba en la cocina.

—Geraldo. ¿Cómo tú por aquí? —preguntó con solicitud y, sin darle tiempo a responder, se arrimó al fogón, se calentó las manos, destapó el perol y aspiró el aroma del caldo—. ¿Te quedarás a almorzar?

Geraldo se puso de pie.

—Me gustaría, pero me he comprometido con los Lancastre. Llevo un rato esperándote.

Joao volvió a tapar el perol, sonrió a su esposa y condujo a Geraldo a una sala algo más amplia y escasamente amueblada.

—¿Qué te trae por aquí? —preguntó mientras señalaba una silla a su cuñado y tomaba asiento en otra.

—Esta mañana estuve con don Manuel de Avis, nuestro amado príncipe —anunció Geraldo.

Joao asintió. Conocía bien las conexiones de su cuñado y lo mucho que le complacía alardear de ellas. Sin embargo, en esta ocasión, el motivo parecía ser otro.

—Su padre, el rey, está entusiasmado con las buenas noticias —prosiguió Geraldo—.

Esa armada felipista fue una dura prueba para todos, pero ahora los ánimos se han renovado.

Incluso los indecisos empiezan a reconsiderar sus lealtades.

Además, el ataque español ha hecho que los ingleses comprendan la importancia de aliarse con nosotros.

—No te fíes. Nos tratan con condescendencia y hasta con escarnio. Para ellos siempre seremos el último recurso, la baza desesperada.

—Esta vez no pueden seguir ignorándonos.

La reina está deseosa de desquitarse y el Consejo de Estado insiste en devolver cuanto antes el golpe.

Si realmente quiere perjudicar al Usurpador, nosotros somos su mejor baza.

Don Antonio hará todo lo posible por involucrarla en la causa portuguesa. Las negociaciones están en marcha.

Mientras Geraldo hablaba, Joao se acercó a una alacena empotrada en la pared, extrajo una botella oscura y dos copas, las llenó y le ofreció una a su cuñado.

—Dios te oiga.

—Don Antonio tiene intención de enviar a su hijo a Berbería para negociar con el sultán de Marruecos un préstamo y apoyo militar.

—¿A don Manuel? —preguntó Joao.

—No, el príncipe es demasiado valioso aquí. Enviará a don Cristóbal en una flotilla mercante con escolta de guerra.

—Dudo que el jerife de Marruecos se comprometa. ¿Qué gana con ello?

—Ver a Portugal fuera del yugo castellano será para él como maná caído del cielo.

—¿Aliarnos con los infieles? —Joao soltó una carcajada irónica—. ¿Dejarán acaso sus piratas de atacar nuestras costas y esclavizar a nuestra gente?

—Cada cosa a su tiempo. Ahora necesitamos más que nunca mantener viva la llama de la esperanza en Portugal.

Por eso se han escrito, y se seguirán escribiendo, cartas para nuestros seguidores, para que sepan que el momento de la liberación se avecina.

—Geraldo sacó de los pliegues de la oscura ropilla que vestía un atadijo de cartas y se las tendió a su cuñado—.

Es preciso que las hagas llegar a nuestros amigos en la península como creas conveniente.

Joao tardó unos instantes en tomar el paquete.

—Tendré que viajar hasta la costa —dijo finalmente, con las cartas en las manos—. Y necesitaré dinero, que estos negocios no son baratos.

Geraldo arrugó el gesto, pero se llevó la mano a la bolsa y depositó sobre la mesa un par de libras. Joao alzó las cejas y añadió que había que pagar el caballo, la fonda y también al mensajero. Y Geraldo soltó otra libra.

—Si no te fías, ven conmigo y comprobarás que no exagero con los gastos —le dijo, mientras guardaba el dinero y el fajo de cartas en una gaveta del solitario taquillón que adornaba la sala—. Y de paso podrás alejarte del clima infame de Londres.

—Prefiero no hacerlo. Es mejor que una mano no sepa lo que hace la otra.

Joao sonrió, pero Geraldo no lo notó, concentrado en la forma de abordar el siguiente asunto. Tosió antes de hablar.

—Hace unos días vino a verme un capitán inglés.

—Eso es bueno. Nos conviene tratar con nuestros aliados.

Geraldo apretó los dientes. Su cuñado tenía razón.

—Cierto, pero este era especialmente huraño y no me inspiró confianza.

—¿Qué quería?

—Ese tal Trenton es el esposo de la española que hospedasteis aquí. Al parecer, ella lo abandonó sin explicación, y ahora él la busca.

Joao se puso en guardia.

—John Trenton pertenece a la órbita de Drake. Nos interesa mantener esa relación. —El comentario de Joao llevaba implícita una crítica. Le gustaba emplear ese tipo de maniobras para desviar la atención de su cuñado, pero esta vez no surtió efecto.

—No me dijiste que huía de su marido.

Joao bebió un sorbo de su copa y chascó la lengua. Apreciaba aquel vino dulce y acaramelado que había comprado a un contrabandista del sur.

—No tenía la menor idea —dijo con indiferencia.

—Es raro que llegara de improviso.

—¿De improviso?

—¿La esperabais?

—Marcia nos la trajo. Me dijo que la mujer tenía problemas con sus suegros y quería alejarse unos días de su hogar. ¿Saint Peter, quizás?

—Saint James —corrigió Geraldo—. ¿No te pareció sospechoso?

Joao rellenó la copa de Geraldo.

—¿A dónde quieres llegar, cuñado? —La mención al parentesco no era casual.

—Don Cipriano te considera un hombre sagaz, pero me sorprende que en este asunto hayas estado en la inopia. Esa maldita española…

—Isabel. Isabel Trenton.

—Esa española —insistió Geraldo, alzando la voz— desapareció el mismo día que Marcia, delante de tus narices. ¿Y no te inquieta?

Joao caminó hacia la ventana, donde un postigo permanecía entreabierto.

El suelo de la estancia dejaba mucho que desear: algunas baldosas estaban rotas, desgastadas o cubiertas de manchas de humedad.

Contempló sus botas aún mojadas, giró la copa entre los dedos, la vació de un trago y se volvió hacia Geraldo.

—¡Por Dios, Geraldo! Marcia es tu hermana. Tu hermana —repitió, señalándolo con la copa vacía—. Tú la trajiste a Londres. Lo que haga o no haga es asunto tuyo, no mío. Sé que tienes buenos valedores en la corte, pero si Marcia no es trigo limpio, tendrás que dar explicaciones.

Geraldo encajó el golpe con un temblor involuntario. Se llevaba bien con don Manuel, el primogénito del rey, y no pondría en riesgo su posición por nada del mundo. Aun así, había algo en las palabras de Joao que no cuadraba, aunque no supo precisar qué. Ya volvería sobre la cuestión más adelante.

El viento amainaba y la lluvia menguaba. El caldo con tropezones que preparaba Fátima desprendía un aroma tentador, pero los Lancastre lo esperaban para almorzar, y Geraldo no quería ser impuntual. Se despidió y salió apresurado de la casa.

Tras cerrar la puerta, Fátima miró a su esposo.

—¿Qué negocios te traes con él?

—Está interesado en Marcia. Y en Isabel.

—También a mí me sacó el tema —dijo Fátima. Luego alzó el rostro y miró a Joao con intensidad—. ¿Tú sabes algo de mi hermana?

—Sé lo mismo que vosotros.

—¿Será una traidora?

—¿Por largarse con Isabel? Para serlo, tendría que haber puesto en peligro la causa.

—Pero Geraldo sospecha que la ayudamos.

—No lo creo. Y aunque así fuera, él tiene más que perder que nosotros. Anda, ven aquí y no te preocupes más por eso.

Fátima se desató el pañuelo, sacudió la cabeza y su cabello se derramó sobre los hombros. Luego se apresuró a cobijarse entre los brazos de su marido.

5

La Coruña

Hacía ya varios días que Gabriel no ponía los pies en la Portuguesa, ocupado como estaba en coordinar el embarque de los soldados que habría de trasladar, así como en adquirir vituallas, jarcia nueva, velas de respeto, barriles de pólvora y otros pertrechos y suministros indispensables para la travesía.

La fragata, ya carenada, permanecía fondeada a dos cables del islote de San Antón.

Era una nave de ciento veinte toneles de arqueo, dócil en la maniobra y fiel al gobierno, con casco sin apenas arrufadura, quilla prolongada, mástiles provistos de juanetes, remos auxiliares y bauprés casi horizontal.

Ceñía el viento con mayor agilidad que ninguna otra en la que hubiera navegado.

Apenas subió a bordo, se le echó encima el maestre Laiseca con una retahíla de problemas y reparos: que algunos marineros eran demasiado bisoños, que el contramaestre no le ofrecía garantías o que no había espacio en el navío para alojar a tantos portugueses como pretendían embarcar.

—Veo que la estancia en tierra te ha hecho chochear —le replicó Gabriel con una sonrisa apenas disimulada—. Se me hace que antes no eras tan quejica.

—¿Quejica yo? ¡Voto a Satanás, capitán! Cuatro días sin aparecer por aquí, y un servidor ha de encargarse de todo: desde alimentar a la tripulación hasta contar los clavos.

—Bueno, señor maestre. Calmaos y resolvamos los problemas uno a uno.

Pascual Laiseca llevaba ya varios años junto a Gabriel.

La mar era su elemento, y pocos podían enseñarle algo que él no dominara.

Por ello se entrometía en todos los aspectos del manejo del buque, estuvieran o no bajo su directa responsabilidad.

Gabriel lo conocía bien y sabía templar con pac iencia sus maneras ásperas y su natural impaciente.

Mientras conversaban a la entrada de la tolda, se les aproximó el piloto para interrogar a Gabriel acerca de la fecha prevista de partida.

A Frans Vermeulen, un flamenco católico de carácter sereno y ojos sagaces, lo había contratado en Dunquerque, tiempo atrás, cuando estaba necesitado de alguien que conociera la lengua y las traicioneras costas de Flandes.

Y hasta ahora, no le había dado motivo de queja.

—Me gustaría zarpar a finales de esta semana, señor Vermeulen.

—¿Tan pronto?

—¿Os lo parece?

—Los hombres están aún rascando la cubierta, como podéis ver, y falta rociarla con vinagre, repasar la jarcia y el velamen, revisar los cables de las áncoras y comprobar las bombas de achique.