IV #4
Duarte había convivido en Flandes con una escuadra de católicos ingleses que le enseñaron algunas palabras y frases en su idioma, claramente insuficientes para entender a O’Flaherty.
En todo caso, fray Antonio traducía y medía cuidadosamente lo que respondía.
Habían acordado, antes de acudir al encuentro, tratar de obtener, con cautela, información sobre la situación política y militar en Irlanda, las intenciones del señor de Aughnanure y las posibilidades de regresar a España.
Sin embargo, no era fácil sonsacarlo sin provocar sus recelos.
Rory, el hijo de O’Flaherty, más efusivo, les explicó que Irlanda estaba gobernada por un virrey, aunque quienes realmente controlaban el territorio eran los clanes locales: unos favorables a los ingleses, otros opuestos a ellos, y casi todos enfrentados entre sí.
La ciudad más cercana a las tierras de su padre era Galway, un puerto próspero con un intenso tráfico de barcos y mercancías.
Su gobernador, es decir, el gobernador de Connacht, era sir Richard Bingham, un noble inglés, duro y muy leal a la reina.
Cuando más comunicativo se mostraba Rory, su padre lo interrumpió con un comentario en gaélico.
El joven bajó la vista y se retrajo. La conversación, que hasta entonces había discurrido con cierta viveza, se extinguió poco a poco, sin que los españoles le arrancasen una sola palabra más acerca de su porvenir.
En el centro de una de las paredes, una enorme chimenea caldeaba la estancia.
—Señor O’Flaherty —dijo de pronto Duarte, decidido a no marcharse sin despejar algunas incertidumbres—, comprendo que vuestra situación es delicada, pero necesitamos saber bajo qué condiciones nos encontramos aquí.
Estamos en guerra con los ingleses; para ellos, somos enemigos.
Si caemos en sus manos, nos capturarán, si no algo peor.
No podemos permanecer indefinidamente en esta posición y nuestra única salida es regresar a España. ¿Nos ayudaréis?
Antes de traducir, fray Antonio miró al capitán Bravo, que asintió con un leve movimiento de cabeza. El señor de Aughnanure escuchó con atención las palabras del fraile y guardó silencio. Su hijo le dirigió una mirada elocuente, como si aquel asunto ya lo hubieran tratado entre ellos.
—Ningún irlandés que se precie es amigo de los invasores por gusto —respondió al fin O’Flaherty—. Pero los ingleses están en Galway, a una jornada de aquí, y yo debo proteger mis intereses.
—¿Queréis decir que somos vuestros prisioneros? —inquirió el capitán Bravo.
—Mis invitados —lo corrigió Morogh.
—¿Y cómo podemos regresar a España?
—Volver cuesta dinero.
—No tenemos.
—¿Nada en absoluto? —O’Flaherty señaló con el mentón los anchos cinturones que algunos portaban—. Veo que cabrían muchas monedas en esos cinturones.
Duarte sabía que algunos habían salvado algunas piezas durante el naufragio, pero no era su caso. Se desabrochó el cinturón y lo mostró, vacío.
—En cualquier caso, desde Galway no podréis zarpar —añadió O’Flaherty.
—¿Entonces?
—La ruta más segura es a través de Escocia.
Duarte, que conservaba un mapa mental aproximado de Irlanda, frunció el ceño.
—Escocia está lejos.
—Por eso necesitaré tiempo para organizar vuestra marcha.
Finalizada la colación, O’Flaherty ofreció alojamiento a los oficiales en el interior del castillo. Bravo y Duarte estuvieron a punto de rechazar la oferta, deseosos de permanecer junto a sus hombres, pero fray Antonio los persuadió de aceptar.
—En la torre será más fácil tratar con esta gente. Ahora lo prioritario es obtener información.
Se instalaron en un aposento de la planta baja, destinado a la servidumbre.
Fue una decisión acertada: esa misma noche, el fraile logró conversar a solas con el sacerdote del castillo, que le reveló un dato inquietante: Morogh O’Flaherty había jurado fidelidad a la reina Isabel.
Durante la rebelión de 1569, había denunciado a sus propios parientes, propietarios seculares de Aughnanure, lo que le valió que la Corona lo recompensara con la posesión del castillo.
—¿Dónde hemos ido a meternos? —El capitán Bravo se llevó las manos a la cabeza.
—Pero el padre O’Reilly asegura que las cosas han cambiado —matizó fray Antonio—.
Morogh está descontento con la política actual, que entrega las tierras confiscadas tras la rebelión a nobles ingleses, no a los jefes irlandeses que permanecieron leales.
Además, recela de que pretendan imponerles la religión anglicana.
Duarte no compartía el optimismo del sacerdote. Aunque el castellano mostrase reparos hacia los ingleses, le parecía arriesgado depender de un hombre cuyas lealtades eran tan mutables como las mareas.
A la mañana siguiente, O’Flaherty organizó la estancia de los náufragos.
Una parte quedó en el recinto exterior y la otra fue alojada en viviendas de sus vasallos, fuera de las murallas.
Con el paso de los días, los hombres aprendieron algunas palabras elementales de gaélico para comunicarse con los lugareños.
El trato era correcto, incluso afable, y más de una mujer los contemplaba con ojos complacientes.
Aquella acogida les permitió reponerse de las penurias pasadas; sin embargo, la incertidumbre de la situación pesaba sobre todos ellos.
No tenían armas. No sabían si eran huéspedes o rehenes. Y esa ambigüedad les corroía el ánimo.
4
Londres
Geraldo Henriques se calzó las botas de montar, se echó el grueso capote por encima y salió a la calle.
Con la cabeza baja y una mano sujetando el borde del abrigo, esquivó charcos e inmundicias mientras se abría paso entre la lluvia, el viento y el frío de aquel desapacible otoño inglés. Se dirigió a la casa de su hermana.
Fátima lo recibió con una sonrisa, tomó su empapado capote y lo invitó a entrar en la cocina, en cuyo fogón hervía un caldo de verduras con tropezones.
La casa era vieja, grande y desangelada.
Tenía desconchones en las paredes, goteras en el tejado y ventanas que cerraban mal, pero el alquiler era barato y el propietario no puso reparos en arrendársela a unos extranjeros de tez morena.
—¿Dónde está tu marido? —Geraldo se frotaba las manos frente al fuego.
—Yo también me encuentro bien, hermano. Gracias por preguntarlo —ironizó Fátima sin acritud. Luego respondió—. Salió temprano y no creo que tarde en regresar. Puedes esperarlo aquí si lo deseas.
Geraldo masculló algo ininteligible. Una vez se hubo quitado el frío de encima, recorrió con pasos inquietos la cocina, la única estancia caldeada de la casa, miró por la ventana y comprobó que la lluvia persistía. Finalmente, acercó una silla al fogón y se acomodó en ella.
—¿Para qué necesitas a Joao? —preguntó Fátima mientras añadía unos nabos al caldo.
—Asuntos nuestros —repuso Geraldo con aire pensativo.
La respuesta no pareció afectar a Fátima, que continuó trajinando con naturalidad. Estaba acostumbrada a los modales desconsiderados de su hermano. Sin embargo, poco después, él volvió a hablar.
—¿Recuerdas a la española que recogisteis el verano pasado?
—¿Te refieres a Isabel? —Geraldo asintió—. Por supuesto que la recuerdo. Al principio no me hizo gracia que me metieran en casa a una mujer tan bonita, pero resultó ser una persona encantadora.
—Traerla aquí fue idea de tu marido.
—De Marcia.
Geraldo se inclinó hacia delante y volvió a extender las manos hacia las llamas.
—Se marchó de repente. ¿No te resulta raro?
—Marcia la trajo y Marcia se la llevó. No le di mayor importancia.
—Pero no ha regresado.
—Tendrá sus motivos.
—Tampoco tu hermana. ¿No te importa lo que le haya ocurrido?
Fátima, que troceaba unas zanahorias, alzó la cabeza un instante antes de seguir con su tarea.
Geraldo la observó con atención. Se la veía lozana, con buen color, pero tan delgada como siempre.
Tras casi un año de matrimonio, seguía sin quedar embarazada.
Torció el gesto. Había oído decir que casarse tan joven no favorecía la concepción, aunque también era posible que las largas ausencias de su cuñado fueran la causa.
—Todo eso pasó hace meses —contestó al fin Fátima—. ¿Por qué te has acordado ahora?
—Marcia es un baldón para la familia —Geraldo obvió la pregunta—. Y una traidora.
—No comprendo por qué le guardas tanta inquina.
—Si no se hubiera dejado seducir por Duarte Salazar, nuestro padre ahora estaría vivo.
—Padre murió en una pelea nocturna.
—Lo mató el maldito Salazar —la corrigió Geraldo.
—¿Qué culpa tuvo Marcia en ello?
—Su desobediencia fue el origen de todas nuestras desgracias. Y después, no contenta con habernos deshonrado con ese asesino, se casó con un español.
Fátima no respondió y Geraldo fijó la vista en las llamas.
Sabía que Fátima no era como Marcia, pero no estaba seguro de que estuviera siendo sincera.
Era demasiado joven para resistirse a la influencia negativa de su hermana mayor.
Se echó hacia atrás en la silla y comenzó a balancearse con suavidad.
Geraldo Henriques se consideraba un leal servidor de don Antonio de Avis, el verdadero rey de Portugal, igual que lo había sido su padre.
Desde la crisis sucesoria del año ochenta, había dedicado su vida a la causa.
Prime ro, como voluntario en las Azores, hasta que las islas fueron reducidas a obediencia del usurpador Felipe y él hecho prisionero y condenado a trabajos forzados.
Al recuperar la libertad, viajó a Inglaterra para reunirse con la corte en el exilio y colaborar en la restauración del trono.
Había sido un tiempo difícil y sacrificado para él, que perdió a su madre, y también para la causa: la Gran Armada había sembrado el pánico entre los seguidores de don Antonio.
Pero ahora que la amenaza española había sido conjurada, la esperanza resurgía.