IV #3
Tras varias visitas infructuosas, logró ser recibido por Geraldo, el hermano de Marcia, que se mostró receloso y con quien mantuvo una conversación breve y tensa.
Trenton tuvo que recurrir a la información que poseía para obligarlo a admitir que su hermana había salido del país y que aún no había regresado.
Aquella entrevista fue un jarro de agua fría.
Todas las vías para encontrar a su esposa se cerraban.
No conocía a nadie más en el entorno del Prior do Crato, y en la pensión de Wolf Lane la dueña no pudo, o no quiso, darle noticias de ella.
Sólo quedaba esperar que Elizabeth quisiera ponerse en contacto con él.
Con el corazón destrozado, sin ilusiones ni rumbo, y sin novedades de Drake, Trenton regresó a Saint James.
3
Aughnanure, Irlanda
El castillo de Aughnanure, erigido junto a un río que le servía como defensa natural, constaba de una torre del homenaje, maciza, de planta rectangular, y dos murallas perimetrales salpicadas de torreones defensivos.
El castellano recibió a los extranjeros desde uno de estos torreones, el que protegía la entrada del muro exterior. Lo acompañaban varios hombres de armas.
Burke explicó a los españoles que Morogh O’Flaherty estaba dispuesto a ofrecerles refugio, pero bajo ciertas condiciones.
—Ya empezamos con las condiciones —gruñó Bravo.
—Sois un grupo numeroso, capitán —respondió Burke, después de que el fraile tradujera el comentario—, y necesita asegurarse de que no le jugaréis una mala pasada.
—¿Nosotros? —Bravo señaló hacia sus agotados hombres—. ¿Una mala pasada?
—O’Flaherty es desconfiado —replicó Burke.
Tras aquel último consejo, el gigantón irlandés se despidió de ellos y emprendió el camino de regreso. Duarte lo siguió con la vista.
Se hallaban en un espacio despejado delante de la torre donde aguardaba O’Flaherty. Más allá, había arboledas dispersas, campos de labor y humildes viviendas. Fray Antonio, a instancias del capitán Bravo, se aproximó al borde del foso seco que rodeaba la muralla y saludó al castellano en inglés.
—¿Quiénes sois? —preguntó este.
—Náufragos, señor —respondió el fraile—. El barco en el que viajábamos se hundió en la bahía de Carna y…
—¿Españoles? —lo interrumpió el señor de Aughnanure.
—Súbditos del rey de España. Buscamos refugio mientras encontramos la manera de regresar a nuestra tierra.
—¡Ja!
La interjección desconcertó al fraile.
—¿Quién es vuestro cabecilla?
—El capitán Bartolomé Bravo.
—Un servidor —añadió Bravo, adelantándose.
O’Flaherty lo examinó con detenimiento antes de hablarle.
—Podéis quedaros en Aughnanure por ahora, pero deberéis entregar las armas.
El fraile tradujo la exigencia, y Bravo, molesto, pidió tiempo para consultar con sus hombres. Llamó a Duarte, al contramaestre Solano y a Diego Hernandes, el cabo de la gente portuguesa.
—¿Qué otra cosa podemos hacer? —preguntó Solano.
—Entregar las armas es ponernos completamente en sus manos —objetó Bravo.
—En sus manos estamos de todas formas —apuntó Duarte.
—Podríamos tomar el castillo y atrincherarnos en él —propuso Hernandes con osadía.
—No desbarréis, cabo —replicó Bravo—. Haría falta un ejército de sitio para tomar esta fortaleza.
El capitán no exageraba. La fortaleza era imponente: muros gruesos y altos de piedra gris, con musgo en las juntas y plantas trepadoras aferrándose a las esquinas. A lo largo del adarve, hombres armados los vigilaban.
—¿Y bien? —preguntó el contramaestre.
—Lo de las armas habrá que negociarlo —sugirió Duarte—. Que nos permita conservar al menos las dagas.
—Y los chafarotes de la gente de mar —añadió Solano.
—Dudo que lo acepte.
—Siempre es mejor pedir al alza, señor Salazar —insistió el fraile—. Así, la merma no nos será tan desfavorable.
El fraile transmitió la propuesta al castellano, que, luego de pensárselo unos instantes, la rechazó con firmeza.
—Ningún arma —dijo—. En el castillo de Aughnanure, sólo mi guardia las porta.
Volvieron a deliberar los náufragos y, tras breve discusión, aceptaron las condiciones.
O’Flaherty ordenó entonces abrir un postigo en el portón.
Varios soldados salieron a recibir las armas.
El capitán Bravo explicó el acuerdo a sus hombres, pero la noticia no fue bien recibida. Surgieron protestas y reniegos.
—¡Basta ya! Entregad las armas —ordenó el capitán.
Para dar ejemplo, se despojó él mismo de las suyas.
Duarte lo imitó al instante, y, poco a poco, el resto fue dejando espadas, chafarotes, mosquetes, arcabuces y hasta un par de alabardas a los pies de los irlandeses, que los recogían con diligencia y los llevaban al interior de la fortaleza.
Dos soldados portugueses, al llegar su turno, se negaron a entregar las armas. Hernandes, a pesar de la renuencia que al principio había mostrado, se plantó frente a ellos y les ordenó cumplir con la disposición.
Cuando se hubieron despojado del último cuchillo, los irlandeses les franquearon el paso al recinto exterior del castillo, que era amplio, de forma más o menos rectangular, y acababa, en uno de sus lados, en un torrente encajonado y caudaloso.
En el ángulo opuesto se alzaba, como un rectángulo metido dentro de otro, el recinto interior, resguardado por dos sólidos lienzos de muralla.
Mientras aguardaban a que el castellano se les acercase, Duarte echó una mirada en derredor.
El terreno, nivelado pero lodoso, mostraba las huellas de constantes pisadas.
A un lado había varias construcciones de cal y canto con techumbres de junco; otras, más rudimentarias, hechas de madera y ramas, podían servir de morada a soldados o sirvientes.
Se veían también corrales donde se mezclaban cerdos, ovejas y gansos.
Pecheros, criadas y servidores del castillo los observaban desde cierta distancia, con una mezcla de recelo y asombro, como si fueran una extraña atracción.
Finalmente, Morogh O’Flaherty descendió del torreón y abordó en inglés al capitán Bravo y a Duarte. El fraile, que también era versado en esta lengua, tradujo sus palabras:
—Que vuestros hombres coman y descansen. Esta noche dormirán en los establos, y mañana se les buscará alojamiento en otro lugar. Sois demasiados para el castillo. Vosotros, en cambio, cenaréis conmigo en la torre a la caída del sol.
—Os estamos muy agradecidos, señor —dijo el capitán Bravo, con una leve inclinación de cabeza.
—Espero que sepáis mantener a vuestra gente en orden —replicó el irlandés. Y, señalándolo con el dedo, añadió—: No quiero riñas, ni agravios ni atropellos.
—Descuidad, que no los habrá.
Morogh O’Flaherty dio instrucciones a sus hombres para que se mantuvieran vigilantes y se cumplieran sus órdenes sin demora, y el capitán Bravo se dirigió a los suyos:
—Levantad esos ánimos, hombres —dijo con voz clara—.
Hemos padecido penalidades sin cuento, pero por la gracia del Altísimo y de su Santísima Madre seguimos con vida, y nos hallamos ahora bajo la protección del castellano de Aughnanure.
No quiero engañaros: ignoro qué nos traerá el nuevo día.
Estamos en tierra hostil, ocupada por ingleses y poblada por gentes cuya lengua y costumbres nos son ajenas.
Pero eso no excusa la falta de disciplina.
Somos soldados del rey Católico, y hemos de comportarnos como tales —hizo una pausa breve, y prosiguió—.
Hablad con mesura, no toméis lo que no es vuestro, evitad toda pendencia y respetad a los moradores del castillo.
—¿También a sus mujeres? —La ocurrencia del soldado provocó algunas risas mal contenidas.
—Sobre todo a ellas. —La voz dura del capitán se impuso al murmullo creciente—.
Hay mucho en juego, señores, y no consentiré que la avidez o la intemperancia de unos cuantos ponga en riesgo la vida de todos.
Quien me desobedezca lo pagará caro. —Hizo una pausa y añadió con tono seco—: Os lo juro por lo más sagrado.
Tras esas palabras, se hizo un silencio denso. Las sonrisas se borraron de todos los rostros. Duarte, que había permanecido atento, aplaudió para sus adentros la firmeza del capitán, que por primera vez mostraba la autoridad que la situación exigía.
Los establos, adosados al muro norte del castillo, albergaban caballos, mulas y bueyes.
Un pasillo largo, entre los animales y la pared, les fue destinado como alojamiento.
El suelo, cubierto de orines y estiércol, fue limpiado por varios mozos hasta dejarlo en condiciones aceptables.
Luego extendieron sobre la tierra una generosa capa de heno.
En el exterior, otros sirvientes encendieron una gran hoguera, sacrificaron dos cerdos, los despiezaron con rapidez y comenzaron a cocer la carne en un perol grande y abollado.
El aroma del guiso se extendió por el patio e hizo salivar a los náufragos, cuyo apetito, tras tantos días de privaciones, era voraz.
Morogh O’Flaherty recibió a sus huéspedes en una gran sala situada en el tercer piso de la torre, a la que se accedía por una estr echa escalera de caracol.
Era un hombre ya maduro, alto, recio, con poco pelo, ojos oscuros y un rostro marcado por la viruela.
Lo acompañaban varios de sus hombres, entre ellos su primogénito y un sacerdote encargado de oficiar misas en el castillo.
La cena consistió en aves de corral y carne de cerdo.
Mientras disfrutaban de ella, el señor O’Flaherty sometió a sus invitados a un interrogatorio minucioso.
Quería saberlo todo sobre la Gran Armada, los motivos de su presencia en Irlanda y cuáles eran sus propósitos.
Mostró incredulidad al escuchar que su arribada y posterior desembarco se debía al mal estado de la urca.