La derrota del dragón IV #2
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IV #2

—Ah, amigo Sancho —respondió el marqués con una sonrisa beatífica—, espero que os toméis este servicio con la misma diligencia que pondré yo en redactar las cartas de recomendación.

A continuación, les encargó que se pusieran en contacto con el sargento mayor Luis de León para que les facilitara la lista de los soldados portugueses que habían llegado a La Coruña, Ribadeo y Muros, y los ayudara a organizar el traslado.

Al salir de la Real Audiencia, el viento fresco y húmedo, proveniente del mar, los obligó a arrebujarse en sus capas. Comenzaron a caer algunas gotas de agua, tan menudas que apenas alcanzaban a humedecerlas.

—Habrá que ponerse manos a la obra, Gabriel, y adelantar los planes —indicó su tío—, que los poderosos retiran su favor con la misma facilidad con que lo otorgan. Yo me ocuparé de hablar con el sargento mayor. Y tú reúne a tu tripulación y ve poniendo a la fragata en son de mar.

—¿Y la Anunciada?

—Puede que las necesitemos a las dos, pero no adelantemos acontecimientos. Lo primero es hacerse con la relación de pasajeros.

Tras la entrevista con el gobernador, Gabriel se dirigió a la Pescadería para dar la noticia a Marcia.

Su esposa, que no contaba con que la partida se adelantara tanto, no la recibió con alegría.

El reciente embarazo la había vuelto más sensible y aferrada al hogar.

Separarse de su marido tan poco después de reencontrarse le resultaba un trago amargo.

—Iré contigo. No quiero perderte de vista otra vez.

—No seas boba. Acabamos de instalarnos en esta casa, con Isabel. Lisboa no está lejos, y cuando la nueva delegación esté en marcha, nos estableceremos allí, como lo planeamos.

—Ya, pero las noches son frías y la soledad inclemente.

—Serán frías para ambos, mujer. Tú, al menos, tienes a Isabel. Y si eso no te basta, piensa en el hijo que viene en camino. Por nada del mundo querría que lo perdieras.

Al fin Marcia hizo de tripas corazón y cedió. Isabel, al enterarse, la abrazó con ternura y le dio ánimos.

—El tiempo corre más deprisa que el pensamiento, y los meses se pasarán en un suspiro. Y cuando te aburras —añadió con un guiño travieso—, podrás sonsacarle a don Martín alguno de esos secretos que con tanto celo guarda.

Marcia sonrió. La compañía de Isabel haría más llevadera la ausencia de su marido.

2

Saint James, condado de Hampshire

Luego de haber pasado unas semanas preso en Portsmouth, de donde logró salir gracias a los buenos oficios de su padrastro, sir Humpfrey Gardiner, y, sobre todo, a la ayuda de sir Francis Drake, el hombre del momento, Trenton corrió a Saint James para tratar de aclarar la extraña desaparición de su mujer.

Pero sus pesquisas continuaron resultando vanas.

Nadie supo darle una pista sólida: ni su madre, ni su padrastro ni la servidumbre.

Tampoco su hermana Mary, que había salido a pasear con ella la tarde que se la llevaron, pudo aportar información.

El suceso le resultaba tan inexplicable como a él.

A pesar del amor que Trenton sentía por su esposa, sopesó la posibilidad de que se hubiera marchado por voluntad propia, una posibilidad poco consistente.

Elizabeth era extranjera, apenas salía de Saint James y no tenía trato alguno fuera de la heredad.

Sus únicas amistades eran su cuñada Mary y una joven criada, a la que Trenton sometió a un interrogatorio minucioso.

La muchacha, tímida por naturaleza y aterrada ante la posibilidad de perder el trabajo, subrayó, entre sollozos, el afecto que le profesaba a su antigua ama y negó saber nada de su desaparición.

De todo cuanto pudo sacársele, sólo hubo un dato rescatable: las malas relaciones entre Elizabeth y su suegra.

Pero eso Trenton ya lo conocía, y le costaba creer que semejante desavenencia la hubiese empujado a huir, y menos estando encinta y próxima a dar a luz.

Su hermano, en cambio, sostenía una opinión muy distinta.

Michael Gardiner —que había adoptado sin reparo el apellido de su padrastro— residía habitualmente en Southampton, pero se había trasladado a Saint James para asistir a sir Humphrey en las gestiones destinadas a liberar a Trenton.

Desde el principio se mostró convencido de que la mujer se había marchado por su propia voluntad.

—Desengáñate, John —le dijo sin rodeos—. Esa potrilla aguardaba la primera oportunidad para largarse. Y no me ha parecido nunca tan desvalida como tú crees. Es papista, y este condado está lleno de los suyos. No le habrá faltado ayuda.

Michael jamás había aceptado a Elizabeth, y tampoco se había esforzado en disimularlo.

La despreciaba por extranjera, por católica y, sobre todo, porque el hijo que esperaba habría apartado a los suyos de la herencia de Saint James, al corresponderle a John, como hermano mayor, la titularidad del dominio.

Al margen de esos prejuicios, Michael era un comerciante próspero, tanto por su habilidad natural como por el respaldo económico de su padrastro.

Gustaba de los lujos, de la caza y de la vida social, y se tenía por el más sensato de los dos hermanos.

Miraba con desdén la vida aventurera de John y no perdía ocasión de censurarla.

—¿Cómo has podido ponerte en evidencia ante las autoridades? —le reprochó cuando fue a recogerlo a Portsmouth—. ¿Qué necesidad tenías de armar semejante alboroto por unos simples marineros?

Trenton no respondió. Sabía que su hermano jamás comprendería que, para él, la lealtad hacia sus hombres estaba muy por encima de cualquier consideración social.

En Saint James, el tiempo transcurría con lentitud.

Las veladas familiares, antaño placenteras, ahora lo aburrían; las conversaciones con su hermano y su padrastro le resultaban pesadas; los paseos no lo calmaban y evitaba a toda costa las visitas a los vecinos.

Además, aquella casa le recordaba demasiado a su esposa.

Necesitaba un cambio de aires. Y un buen día, se sacudió la pereza y partió hacia Londres.

En la capital visitó a sir Francis para darle las novedades de la entrega de los baúles a míster Doe y agradecerle su intercesión ante las autoridades de Portsmouth.

—Es lo menos que podía hacer por vos, John —dijo sir Francis—. Vuestros hombres lucharon por la reina, y no estoy orgulloso de la forma en que les estamos pagando.

Trenton asintió, aunque le pareció que Drake, más que buscar justicia para sus marinos, empleaba su influencia para criticar a lord Howard y presentarse como el salvador de la nación.

Con el contenido de aquellos dos cofres que le encomendó, quizá hubiera podido aliviarse la situación de muchos hombres.

—Conjurado el peligro español, se hace preciso organizar una respuesta —le confió el almirante—. La reina pronto necesitará buenos capitanes. Cuento con vos. No lo olvidéis.

Trenton se hospedó en una modesta pensión cercana al río. Los muelles y tabernas del Támesis estaban llenos de oficiales que, tras la desmovilización, no se alejaban de la capital. La guerra continuaba y no había mejor sitio para conseguir un buen destino en la próxima campaña.

Muchos marinos celebraban la victoria con entusiasmo y aceptaban la invitación a beber de cualquier parroquiano ansioso por escuchar relatos prodigiosos y grandes hazañas; otros criticaban a sus superiores por los errores cometidos; y los más escépticos se conformaban con brindar por haber sobrevivido.

En una de sus vueltas por la ciudad, se encontró con Henry Dobson, un aristócrata amigo de Drake. Tras un rato de charla y varias pintas de cerveza, las formalidades se relajaron y Trenton mencionó la desaparición de su esposa.

—Yo la vi en Londres —dijo Dobson sin rodeos—. A vuestra esposa.

El corazón de Trenton se aceleró. Intentó hablar, pero el miedo a un error lo dejó mudo.

—En compañía de una portuguesa llamada Marcia Henriques —prosiguió Dobson.

—La conozco —repuso Trenton, de repente entusiasmado—. Vivía en Fetter Lane, si no recuerdo mal. En una ocasión fuimos vos y yo juntos a una velada en esa casa, ¿no lo recordáis?

—Es posible —admitió Dobson con desgana.

Pero, al observar su interés, le confesó que había mantenido una estrecha amistad con la señora Henriques, e incluso le había pedido matrimonio, con poca fortuna—.

Partió inesperadamente —concluyó—, y se llevó a Elizabeth con ella.

Por cierto —añadió en voz baja—, que me entregó una nota para vos.

—¿Cómo decís? —casi gritó Trenton—. Hace meses que la busco, por encontrarla he removido cielo y tierra, y vos… —Se detuvo para tratar de contener el enojo—. Si me hubieseis hecho llegar esta nota en su momento, me habríais ahorrado muchos sinsabores.

—Os ruego que me perdonéis, pero todo lo relacionado con la señora Henriques me sigue perturbando. Por fortuna, aún conservo la nota.

Se ofreció a entregársela al instante y, en desagravio, lo invitó a alojarse en su residencia.

Trenton reconoció de inmediato la caligrafía de su mujer y sintió un nudo en la garganta.

El mensaje era breve pero devastador: lo informaba de su inminente partida de Inglaterra, del buen estado de su embarazo y de su intención de regresar a España con los suyos.

Seguía queriéndolo, pero no podía vivir en un país donde era vista como una enemiga.

Tras leerla, dobló con cuidado el papel.

—¿Sabéis al menos a dónde fueron?

—A Flandes —respondió Dobson—. Al menos eso me dijo la señora Henriques. Antes de partir se hospedaron en una pensión para mujeres, en Wolf Lane, cerca de los muelles.

—¿Os fiais de Marcia Henriques?

Dobson se mordisqueó el labio.

—Tengo ciertas dudas sobre sus lealtades, pero de mi boca no saldrá una palabra contra ella.

Trenton no insistió. Le agradeció el ofrecimiento de alojarlo, pero lo rechazó con la excusa de no querer importunar.

En realidad, deseaba proseguir solo con sus indagaciones.

La carta no cerraba por completo la puerta a la esperanza, y su única pista era la casa de Fetter Lane, donde habían residido los Henriques. Y allí se dirigió.