IV
La Coruña
No había día en que don Juan Pacheco, segundo marqués de Cerralbo, no se lamentara ante sus clientes y vasallos por los innumerables disgustos y sobresaltos que le acarreaba el cargo de gobernador y capitán general de Galicia, especialmente desde que a Su Majestad se le ocurrió enviar contra Inglaterra a la bendita armada.
—Si a la ida me causó hartos quebrantos, mayores han sido a su regreso —decía el marqués, mientras medía con pasos cortos la gran alfombra que cubría las losas de su gabinete—.
Dos hospitales de campaña he ordenado improvisar en el breve transcurso de unos pocos meses.
Uno para curar a los apestados que venían desde Lisboa y otro para atender y dar recaudo a tanto enfermo y herido como están volviendo de Inglaterra.
Y no se trataba únicamente del asunto de los hospitales.
Acoger y atender al millar de soldados y marineros retornados a La Coruña y a otras localidades gallegas, así como hacer frente a las reparaciones y carencias de los bajeles arribados, suponía un esfuerzo logístico y pecuniario casi inabarcable para las exhaustas arcas del Reino de Galicia.
—No hay jornada que no reciba una misiva de Su Majestad ordenando o disponiendo novedades, ya sobre los hombres o los navíos que regresaron, ya sobre las defensas de la ciudad o sobre…
—El gobernador se interrumpió, como si el mismo pensamiento lo empujara a guardar silencio—.
No son invenciones mías, mis señores, no lo son.
Atended lo que me manda decir nuestro buen rey, atended.
—Don Juan Pacheco tomó uno de los muchos papeles que se aglomeraban en su escritorio—: «Advertido quedo del socorro que habéis hecho a la infantería y oficiales porque se vayan alojando, etcétera, etcétera».
Veamos aquí: «Y pues los dichos navíos que han venido a esos puertos traerán gran necesidad de reparos y adobos, convendrá, y así os lo encargo, que se ponga luego la mano en ello y también con los que en adelante fueren viniendo».
¿Os dais cuenta? A los que ya están y a los que todavía hubieran de llegar.
Sancho del Puerto compuso un gesto de aflicción y se aprestó a pronunciar unas palabras de consuelo para el atribulado gobernador, cuando este retomó la palabra con renovado énfasis.
—¿Y creéis que eso es todo? —preguntó con teatral retórica—.
Pues no. También me urge a concluir las obras del castillo de San Antón.
Escuchad. —Rebuscó en su escritorio hasta dar con la carta adecuada—: «…
y en lo tocante a la fortificación de la isla de San Antonio os encomiendo poner manos a la obra y dar en ella toda la prisa que se pueda, y que la arméis con piezas de artillería bastantes y suficiente munición, que ya por Consejo de Guerra os fue la orden, etcétera, etcétera».
Y sin realizar nuevos desembolsos. El secretario Andrés de Alba me entregó dos mil ducados, que han volado en menos de un mes, como se han desvanecido también los mil quinientos de las alcabalas de Lugo y Pontevedra.
Y debe ser uno, con su propio peculio o valiéndose de dineros prestados, quien acometa tantas obras y tareas…
Os leo: «… entre tanto mando proveeros del dinero necesario para todo ello». ¿Cuándo será eso, señor, cuándo?
Verlo lamentarse habría llevado a cualquiera a pensar que se trataba de un pobre pechero sin recursos para cumplir con los tributos, o de un modesto tratante a quien una gavilla de rufianes hubiese despojado de sus ahorros, en lugar del hombre más poderoso de Galicia, con permiso del arzobispo de Santiago.
Pero Sancho del Puerto, que lo conocía bien, no se dejaba engañar por semejantes clamores.
Sabía que el marqués era un noble altivo y testarudo, desdeñoso con los vasallos y obsequioso con los superiores, y presto siempre a sacar ventaja de cualquier circunstancia.
Aquellas quejas formaban parte, sin duda, de alguna retorcida estrategia que escenificaba con esmero.
Les había concedido audiencia apenas dos semanas después de haberla solicitado, antes, en todo caso, de lo que Sancho se esperaba.
Los recibió entrada ya la mañana, en la Real Audiencia, pues acostumbraba a despachar a primera hora los asuntos tocantes a la administración de justicia: pleitos, litigios y querellas de vecinos de la ciudad o de las parroquias comarcanas.
Los Del Puerto hubieron de aguardar casi una hora en el pasillo del edificio a que concluyera la sesión, y otra más mientras el marqués tomaba un refrigerio con los oidores que lo habían asistido, hasta que por fin un ujier los condujo a su gabinete privado.
La luz apagada del otoño iluminaba las estanterías repletas, el escritorio, un cofre ancho con pesadas bisagras y un perchero de cuatro ganchos donde los visitantes podían colgar sus capas y sombreros. Las vigas del techo se mostraban a la vista y componían una severa cuadrícula sobre sus cabezas.
—Y por si todas estas desgracias fueran pocas —dijo el marqués—, el pasado domingo entregó su alma al Todopoderoso el almirante Recalde. Ver morir a un hombre tan singular y honrado me ha afligido tanto que podría llorar el duelo de medio reino sin agotar mi pena.
—Así es, excelencia, ha muerto como un santo varón, en el recogimiento de su celda —se condolió don Sancho con gesto grave—. Su pérdida es irreparable, una desgracia para España entera.
—Sí, sí —se apresuró a añadir el gobernador, como si le doliera que alguien pudiera sentir más que él la suerte del esforzado almirante de Vizcaya—.
Por fortuna, gracias a la ayuda constante y desinteresada que nos presta don Juan de San Clemente, mi queridísimo arzobispo, podemos hacer frente a tantos desafíos y trabajos como nos depara la situación.
Pero hagamos a un lado los hechos luctuosos, señor Del Puerto, y vayamos a lo que nos interesa…
El brusco cambio de asunto sorprendió a Gabriel, que hasta el momento había atendido como convidado de piedra.
—Me indicó mi secretario —Cerralbo hizo un leve gesto hacia la pila de papeles, sin intención de tocarla— que tenéis el propósito de establecer una sucursal de vuestra casa en Lisboa para…
, en fin, meter cabeza en el comercio de los lusos.
Difícil intento, por vida mía. Habréis de saber que el buen rey don Felipe ha otorgado a sus nuevos súbditos tales concesiones y mercedes que no os arriendo la ganancia.
—Permitid que os explique nuestros planes… —se apresuró a decir don Sancho.
—No hace falta que me detalléis los pormenores de la empresa.
—El marqués hizo un gesto imperioso con la mano diestra—.
Pero no os inquietéis. Es deseo del rey fomentar el comercio con las Indias portuguesas, y es mi voluntad favorecer a un vasallo tan reputado como vos.
Quien os acompaña es vuestro sobrino, ¿verdad?
El señor Pacheco tenía la costumbre de cambiar de asunto sin transición alguna, y Gabriel disimuló el bostezo que acudía a su boca y adoptó una actitud más alerta.
—Gabriel del Puerto —respondió don Sancho.
—Ah, cierto. Lo presentasteis al entrar. Y sois dueño de un filibote, según creo.
—De una fragata, excelencia, la Portuguesa —lo corrigió Gabriel. Y para suavizar la enmienda, añadió—: En Flandes están surgiendo diseños más adaptados a las condiciones de aquellas aguas y a la difícil situación en que nos pone el bloqueo rebelde.
—Flandes —repitió el marqués de Cerralbo, dejando en el aire la palabra como un eco—. ¿Quién sabe si no será ese mi próximo destino? Como decía, mandaré redactar los avales que me solicitáis, y otro más para el proveedor Francisco Duarte, funcionario eficiente donde los haya.
El noble se había acercado a la ventana que daba sobre la plaza de la Harina, el corazón de la ciudad vieja. Se trataba de un hombre que sobrepasaba la cuarentena, los ojos caídos, el rostro encendido y la barba escasa.
—Pero lo hago no sin pesar —dijo, al tiempo que se volvía hacia ellos—, porque el viaje de vuestro sobrino a Lisboa me priva de un buen bajel, y bien sabe Dios cuán necesitados estamos de ellos. Tan es así que me tienta la idea de requisarlo, no os lo negaré.
Sancho del Puerto, que no contaba con semejante salida cuando tan bien encaminada iba la entrevista —sospechosamente bien encaminada—, miró con estupor al marqués, a la espera de que se explicara mejor.
—Pero, descuidad, señor Del Puerto, que, en honor a vuestros servicios, no lo haré —lo tranquilizó don Juan Pacheco.
Sancho y Gabriel suspiraron aliviados. Una requisa habría sido la peor de las noticias.
—Sin embargo, hay algo que podéis hacer por mí, y que nos beneficiaría mutuamente.
—Cerralbo detuvo sus paseos por el amplio gabinete y se sentó en el sillón castellano, con brazos acolchados de terciopelo rojo—.
Entre tantas peticiones, Su Majestad me solicita que repatríe sin falta a todos los portugueses que han arribado a Galicia con la armada, sabedor de la escasa utilidad de mantenerlos aquí.
Y de los gastos que acarrea su sostenimiento —añadió, alzando el índice—.
Y puesto que viajaréis en breve a Lisboa, sería una pérdida de recursos no aprovechar la travesía para trasladarlos.
Gabriel y su tío se miraron en silencio. Habían acordado aprovechar el viaje para llevar un buen flete que costeara parte de los gastos y sobornos necesarios para arrancar con la delegación.
—Será un placer complaceros, excelencia —respondió Gabriel con resolución—. Esos hombres, sin duda, se merecen volver a sus hogares, pero la fragata no es un barco de gran arqueo, y dudo que pueda albergarlos a todos.
—Si no caben en un viaje, se podrán dar dos. A menos que vuestro tío esté en disposición de facilitar la nao que tiene fondeada en la bahía. ¿No es la Anunciada de vuestra propiedad?
—Lo es —reconoció con resignación don Sancho—. ¿Y cuánta prisa le corre a vuestra señoría?