III #5
El fuego, falto de combustible, duró poco.
La oscuridad que lo sucedió fue absoluta y no trajo descanso, sino el constante remover de cuerpos que buscaban una postura menos incómoda sobre el suelo duro.
Los hombres amanecieron anquilosados, con los huesos doloridos y los músculos entumecidos tras horas de frío penetrante.
No hubo desayuno. Durante la noche, se habían producido algunos robos: desaparecieron unas botas, una manta, un puñal con empuñadura de hueso y una mecha de arcabuz.
El capitán Bravo protestó con enojo contenido.
Burke lo escuchó con los brazos cruzados y se disculpó con un encogimiento de hombros que parecía decir «así son las cosas».
Fray Antonio, que había pasado la noche en la cabaña de su anfitrión, les dijo que el padre de Burke había sido un sacerdote católico.
Por eso el hijo respetaba tanto a los religiosos. Luego añadió una noticia más relevante:
—Se ofrece a guiarnos al castillo de O’Flaherty. Conoce bien el territorio.
El capitán Bravo, siempre desconfiado, se burló de la oferta en voz baja.
—Querrá librarse cuanto antes de nosotros. O conducirnos a una emboscada.
Sin embargo, la realidad era tozuda. Convocó a los hombres y les expuso la situación con crudeza: quedarse significaba arriesgarse a las patrullas inglesas; marchar ofrecía una posibilidad de refugio y, tal vez, una vía para regresar a España.
Todos, sin excepción, estuvieron de acuerdo en emprender la marcha hacia las tierras del tal O’Flaherty.
Burke, vestido con unos calzones ajustados de lana gruesa y montado en un pequeño caballo peludo, se colocó al frente y los condujo por una vereda estrecha y embarrada que se adentraba en el interior.
Los hombres avanzaron durante horas por un terreno traicionero.
Rodearon cerros áridos batidos por un viento cortante, cruzaron valles envueltos en niebla y atravesaron un llano encajado entre dos lagos de aguas plomizas.
La tierra no tenía caminos, sólo rastros de ganado.
El paisaje, desolador, apenas ofrecía consuelo a los caminantes.
Mientras avanzaban, Burke conversaba con fray Antonio y Duarte en un latín lento y poco digerible, que el religioso traducía.
Con gestos hacia su indumentaria, les explicó que la camisa larga que vestían, tejida en lino, se llamaba léine, y que la capa de lana con el cuello enrollado, el brat, era la prenda más típica de Irlanda.
Era usada por hombres y mujeres, nobles y plebeyos; sólo la calidad de la lana y el tinte, que era caro, marcaban la diferencia entre unos y otros.
También les dijo que se hallaban en Connacht, una provincia, con cabecera en Galway, que los Tudor ansiaban domeñar.
Al mencionar Galway, su tono se cargó de amargura:
—Es una ciudad próspera, pero sus mercaderes están rendidos al poder inglés. No hallaréis allí quien hable nuestra lengua ni simpatice con nuestra causa.
—¿Y cuál es vuestra causa? —preguntó Duarte.
Burke se enderezó en su montura. Su figura resultaba imponente incluso sobre un animal tan menudo.
—La de una Irlanda libre de sassenachs, de ingleses, y de sus leyes —dijo con un orgullo que se quebró un instante después—.
Pero las disensiones entre los jefes de los clanes, e incluso dentro de ellos, hacen casi imposible la unión.
Los O’Neill desconfían de los O’Donnell, los Burke luchan contra otros Burke.
Así vamos, de fracaso en fracaso, mientras ellos consolidan los asentamientos de sus colonos.
Las pocas arboledas de robles retorcidos y abedules amarilleaban por el otoño prematuro.
Bandadas de ánsares cruzaban el cielo encapotado, sus graznidos acentuaban la lejanía.
El ritmo lo marcaban los más débiles: marineros con los pies llagados y envueltos en trapos.
Durante un breve rato cesó la lluvia, y el sol pálido se asomó entre las nubes, alegrando fugazmente los espíritus.
La tregua fue breve. Pronto regresaron los chaparrones, esta vez mezclados con granizo.
Duarte chapoteaba entre el barro. Sus botas, de cuero fino, estaban completamente anegadas, y su ropa, empapada desde hacía días, le pesaba como una cota de malla.
Pasaron la noche en un collado desnudo al pie de unos cerros, sin más refugio contra el viento que unos peñascos.
Se apiñaron unos contra otros para compartir el escaso calor corporal, mientras la pertinaz llovizna los calaba.
El sueño, entrecortado, apenas les aportó descanso.
Por la mañana, retomaron la marcha por un terreno ascendente y más frondoso.
El liquen colgaba de las ramas como barbas grises, y el silencio del bosque, roto sólo por el ruido de los pasos, resultaba opresivo.
Cerca del mediodía, tras una última y empinada subida, la vegetación se abrió de repente. Burke detuvo su caballo y señaló al frente. Entre unas lomas suaves, de tierra verde y saturada, surgía la silueta poderosa de una torre de piedra gris, flanqueada por murallas.
— Achadh na nIubhar —anunció Burke—. Aughnanure. El castillo de los O’Flaherty.
Sin esperar respuesta, espoleó a su caballo para iniciar el descenso, dejando atrás a la columna de hombres exhaustos que contemplaban, con una mezcla de alivio y aprensión, el fin de su penosa marcha.