La derrota del dragón III #4
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III #4

Pero, por interesante que resultara aquel asunto, la razón por la que Sancho del Puerto había citado a su sobrino era otra.

—Mucho ha llamado la atención tu fragata, Gabriel, diferente a otras de su tipo. Varios de mis conocidos han elogiado lo ligera y maniobrable que parece.

—Y su escaso calado —añadió Froilán.

—Las costas de Flandes están plagadas de bancos de arena, y el menor calado permite franquearlos y pasar por lugares donde los buques de guerra, más pesados, embarrancan. Más de una vez hemos podido escapar así de nuestros perseguidores.

—Habría que ver si aguanta en aguas oceánicas.

—No lo dudéis, tío. Con ella he navegado por mares boreales, rodeado Escocia y alcanzado Islandia.

Sancho alzó las cejas, entre sorprendido y escéptico, mientras que Froilán no ocultaba su admiración. Poseía una franqueza natural que le permitía reconocer sin reparos el mérito ajeno.

—Me alegra que la vean con tan buenos ojos. Eso, sin duda, incrementa su valor.

—No te alegres tanto, sobrino. En estos momentos escasean los buenos barcos, y no hay autoridad que vacile en incautarse del que le convenga —dijo Sancho, más serio—.

En fin, vayamos a lo sustancial. La unión de Portugal a la Corona ha abierto las rutas orientales, monopolizadas hasta ahora por nuestros vecinos, y nos ofrece la oportunidad de probar fortuna en el comercio de las especias, que tantos beneficios promete.

—Mi padre, en su día, ya pensó en ello —reconoció Gabriel. En realidad, la desgraciada muerte de su padre se produjo cuando viajaban a las Azores para cerrar un trato con un ricohombre portugués afincado allí.

—Lo sé, lo sé. —Sancho suspiró y por un instante su mirada se perdió en los recuerdos de su hermano—. El caso es que Lisboa sería el lugar idóneo para establecer una hijuela de nuestra casa comercial, y tú, la persona adecuada para llevarlo a cabo.

Gabriel asintió. Era un asunto que ya habían tratado.

—Estoy de acuerdo, lo sabéis. Y también Marcia.

—Bien, bien. Pero los portugueses no nos lo pondrán fácil.

Antes de lanzarnos a la empresa de Lisboa, he considerado prudente obtener cartas de recomendación dirigidas a sus autoridades civiles y eclesiásticas.

Sé por experiencia que los buenos padrinos y los doblones de oro son los mejores avales.

Por eso he solicitado audiencia con el marqués de Cerralbo, con quien he hecho más de un negocio, para pedirle que nos respalde.

—Vos sabéis más que yo de estas materias. Cuando os parezca oportuno, visitamos al señor gobernador.

—No es tan sencillo. El marqués es un hombre atareado, en especial ahora, con la atención a las dotaciones de los buques retornados. No sé cuándo nos concederá audiencia. Quizá mañana, quizá en noviembre.

—Cuando sea —convino Gabriel—. No tengo intención de moverme de La Coruña.

Finalizada la plática, Gabriel regresó a su casa, donde halló a Marcia meciendo al pequeñín.

—Shhh. No hagas ruido. Me ha costado mucho dormirlo —le dijo con una sonrisa tierna—. ¡Qué preciosidad! ¿No crees?

—Claro. ¿Dónde está su madre?

—En el beaterío de Santa Bárbara, ayudando al cuidado de las enfermas.

Gabriel frunció el ceño.

—No sé por qué te sorprendes. Isabel lleva tiempo hablando de profesar como religiosa. Y siempre que puede, acude al beaterío para orar con las hermanas o echarles una mano.

—Si ha encontrado refugio en la fe, bienvenida sea. Pero dedicarse a las enfermas… Hay gente apestada. No me parece sensato que se exponga así, y menos teniendo un hijo tan pequeño.

—Si yo no tuviera que encargarme de la casa, iría a ayudar al hospital. Muchos médicos y enfermeros se embarcaron en la armada y la ciudad está necesitada de ellos. Ya presté servicio en la enfermería del hospital de Angra. ¿Lo has olvidado?

—Lo recuerdo, querida. Allí nos conocimos. Como también recuerdo las ínfulas que te dabas. Apenas me dirigías la palabra, ocupada en curar a ese perillán de Martín Robledo.

—¿Yo? ¡Santa María, qué calumnia! Te falla la memoria. Si eras tú quien no me hacía caso, con esa facha de pirata fatal. ¿No es así, señor Del Puerto? ¿O debería llamarte l’Avide?

A Gabriel le vinieron a la mente, de golpe, los años que había navegado con los hombres del capitán Ricard, las aventuras vividas, la llegada a las Azores, su encuentro con Marcia, sus primeras discordias, la batalla de San Miguel.

—Aquella época ya pasó. Ahora soy simplemente Gabriel.

—¿Simplemente? ¡Ja! —replicó ella, con un brillo burlón en los ojos—. En fin, querido, para mí siempre tendrás alma de corsario.

4

Provincia de Connacht, Irlanda

Lo que Burke llamaba aldea era un poblado disperso de cabañas bajas y rectangulares con paredes de zarzo y barro.

Duarte y la mitad de los hombres se acomodaron en un granero semiderruido, donde el vendaval silbaba entre las rendijas y el agua goteaba de un techo de ramas y musgo.

Para la cena, unas mujeres de rostros curtidos les llevaron gachas de avena, frías y aguadas.

Pero la mejor salsa del mundo es el hambre, y los hombres las devoraron en silencio.

A pesar del cansancio extremo, Eugenio y algunos compañeros más jóvenes, impulsados por una vitalidad desesperada, aún encontraron ánimos para rondarlas con gestos y sonrisas.

Un par de ellas, de ojos claros, contestaron con risas nerviosas y rápidas palabras en gaélico que los soldados no comprendían.

Un veterano logró encender un fuego tímido con ramitas húmedas y virutas, y todos se apiñaron alrededor y extendieron las amoratadas manos para buscar su tibieza.

Las llamas danzantes proyectaban sombras en las paredes y el humo acre, atrapado bajo el techo, les hacía lagrimear.

Duarte, absorto, se perdió en ese parpadeo danzante y recordó la calidez de la corrala de Lisboa en la que estuvo viviendo un tiempo con Belinha, una memoria tan vívida y a la vez tan remota que aumentó la crudeza del presente.