III #3
Dos hombres se acercaron a Duarte y le hablaron en su lengua.
Su tono parecía cordial. Duarte, fatigado y aturdido, observó sus manos y trató de interpretar los gestos.
Entendió, o creyó entender, que le hablaban de otro naufragio, hacia el norte.
Por señas, les preguntó por su aldea, y los hombres señalaron la vereda por la que habían traído las barcas.
Uno de ellos, golpeándose el pecho y luego el de su compañero, dijo:
—O’Shea.
Duarte dedujo que era el apellido de su clan y, por cortesía, les dijo su nombre.
— Dwart —repitió uno de ellos.
Al cabo de un rato, el bote regresó con el capitán Bravo y varios soldados. Burke descargó un cofrecillo pesado y lo mostró a los suyos, que prorrumpieron en gritos de alegría y quisieron meter las manos en él. Su cabecilla no se lo permitió.
—Unos saqueadores desalmados, sargento —dijo Bravo con furia mientras señalaba el cofrecillo—. Han exigido un rescate desproporcionado, y, para colmo, se han apoderado de los objetos de valor que traíamos encima.
Duarte comprendía la frustración del capitán, pero sabía que en ese momento la prioridad era salvar la vida. Estaban en tierras nominalmente inglesas, rodeados de desconocidos y posibles enemigos. Lo demás podía esperar.
—¿Y las armas? —preguntó.
—Que intenten quitárnoslas.
El rescate prosiguió con una mezcla de desorden y precipitación.
A los botes se sumaron un par de balsas rudimentarias que a Duarte no le inspiraban ninguna confianza, aunque los isleños las botaron sin titubear.
Una de ellas fue devuelta por las olas dos veces antes de que sus ocupantes se dieran por vencidos.
—Vaya tropa —masculló Bravo, al presenciar el fracaso.
—Olvidad las quejas, capitán, y seguidme —intervino fray Antonio con inesperada firmeza—, que aún hemos de decidir qué hacer y adónde ir.
La determinación del fraile molestó a Bravo e impresionó a Duarte.
—Porque vestís hábitos no os respondo como merecéis —le espetó el primero.
Los isleños rescataron a la dotación en varios viajes.
Los náufragos se agrupaban en un extremo de la playa, al amparo de un saliente rocoso, empapados y abatidos.
Algunos permanecían de pie, vigilantes, mientras otros se dejaban caer sobre los cantos.
Todavía conservaban sus armas, aunque la humedad había echado a perder la pólvora de los arcabuces.
Eugenio López le entregó a Duarte su espada: un terciado sencillo de cuatro palmos, con la empuñadura reforzada por dos aros.
El contramaestre Solano llegó en el último viaje.
—No queda nadie a bordo —informó.
—¿Y qué hacen aquellos? —preguntó el capitán Bravo. Dos barcas estaban abarloadas al costado de la urca, y sobre cubierta se distinguían varias figuras.
—Robar lo que puedan.
—¡La puta que los parió! —juró Bravo, y fue hacia donde estaba Burke, que desde un montículo dirigía las operaciones en la playa.
—Vamos —le dijo Duarte al fraile.
El capitán increpó al gigante con dureza mientras señalaba hacia la urca.
Burke descendió del montículo, se encaró con él y le respondió en su lengua, sonriendo, con una calma que parecía burla.
Le sacaba una cabeza. Al ver a fray Antonio, cambió al latín y le dijo que, en aquella tierra, saquear un pecio era un derecho consagrado.
Cuando el fraile tradujo la respuesta, el capitán llevó la mano a la empuñadura de su ropera, pero un irlandés que se había acercado por detrás le dio un garrotazo y se la arrebató.
Los hombres, al ver lo que sucedía, se incorporaron; los dispersos se reagruparon y, en pocos instantes, habían formado un cuadro irregular pero amenazante.
Un repentino silencio se extendió por la playa.
Un irlandés desenvainó un cuchillo; otro alzó un garrote; unos chiquillos arrojaron piedras contra los extranjeros y una mujer lanzó un chillido agudo antes de avanzar hacia ellos.
En un abrir y cerrar de ojos se había formado un corro vociferante alrededor de los náufragos.
Fray Antonio, que estaba algo alejado, se remangó el hábito y corrió hacia los suyos.
Si la situación no hubiera sido tan dramática, Duarte se habría reído de sus torpes saltos.
—¡Bajad las armas, por Dios! —gritaba. Y les endilgó un discurso atropellado que surtió efecto. Los náufragos depusieron su actitud belicosa, y los isleños, algo más calmados, los dejaron tranquilos.
A media mañana, la tormenta arreció. La lluvia caía con furia, y el viento y el oleaje zarandeaban la urca con tanta violencia que lograron desencallarla y, en cuestión de minutos, se fue a pique.
La rapidez del hundimiento impresionó a Duarte: en un instante, el mar había engullido al barco y a los saqueadores que aún estaban a bordo.
A pesar de la tragedia, suspiró con alivio: podrían haber sido ellos los ahogados.
—¿Cómo haremos para volver a España? —preguntó Celestino Solano. Pese a la reciedumbre de su porte, parecía verdaderamente desolado.
—Esa urca tenía difícil arreglo —respondió Bravo.
—Y ahora no tiene ninguno.
—Cierto —intervino Duarte—. Ahora nuestro futuro está aquí, en esta isla. Será mejor que hagamos de la necesidad virtud y busquemos llevarnos bien con ellos.
Bravo lanzó una mirada de reproche a su sargento; frases como esa debería ser él quien las pronunciara.
La resaca no cesaba de arrojar bultos a la orilla: cajas, arreos, bancos, cofres, escudillas y cucharas de madera, barricas, que eran recogidas con presteza y trasladadas a donde quiera que vivieran aquellas gentes.
Al cabo de una hora, la playa comenzó a vaciarse.
La exposición prolongada al viento y a la lluvia tenía a los hombres ateridos y tiritando; algunos tosían.
Los que portaban capas o mantas se las ceñían al cuerpo, aunque estuviesen empapadas.
Hacía días que estaban mojados, y Duarte veía a su alrededor rostros pálidos, ojerosos y cargados de preocupación.
Burke les ofreció refugiarse en su aldea, al menos por aquella noche, pues corrían rumores de otros naufragios.
—Las tropas inglesas de Galway están alerta —dijo por boca de fray Antonio—. Patrullan las costas, apresan y ahorcan a los españoles. Podrían llegar aquí en cualquier momento, y nosotros no tenemos cómo protegeros. Incluso podrían tomar represalias contra nosotros por haberos cobijado.
—¿Y entonces? —inquirió Duarte.
—La aldea de Carna y las tierras colindantes pertenecen al clan de los O’Flaherty, a quienes los ingleses respetan. Su señor principal, Morogh O’Flaherty, vive en el castillo de Aughnanure, a un día de marcha desde aquí. Podemos conduciros hasta él.
El capitán Bravo, aunque desconfiaba de aquel irlandés, sabía que la situación era muy apurada.
—Iremos a la aldea —sentenció tras meditarlo un instante—, y mañana decidiremos qué hacer.
3
La Coruña
Antes de visitar a su tío, Gabriel recorrió el puerto.
La Coruña no era una ciudad de especial relevancia en el comercio del reino, pero su movimiento no era desdeñable: la bahía, ocupada por medio centenar de embarcaciones menores, casi todas de pequeños comerciantes, y otras tantas lanchas de pescadores, transmitía una impresión de constante actividad.
El galeón San Juan permanecía en el mismo lugar donde había fondeado.
Más al sur, cerca del castillo de San Antón, se hallaba en carena la fragata de Gabriel, la Portuguesa.
Vista desde lejos parecía una nave modesta, pero él conocía bien sus virtudes.
Adquirida en Flandes, había realizado con ella varias campañas de corso en los mares del norte capturando presas que le habían reportado renombre y buenos beneficios.
Ahora comenzaba una nueva etapa. Le había prometido a Marcia abandonar la vida incierta del corsario y dedicarse a una ocupación menos arriesgada.
La casa de Sancho del Puerto ocupaba un lateral de la plaza de Santa Bárbara, dentro de las murallas de la villa.
Tenía un patio central empedrado y porticado, al estilo de las domus romanas, y un salón decorado con sobriedad donde Gabriel halló a su tío y a su primo Froilán conversando animadamente sobre el asunto del día: el lamentable estado de salud de Recalde.
Tras haber cumplido con las autoridades locales y acomodado a sus hombres, el almirante se había retirado a una celda del convento de San Francisco en busca de reposo para el cuerpo y sosiego para el alma.
—Toda una hazaña la de Recalde —comentaba Sancho del Puerto—.
El San Juan fue de los más resueltos en los combates contra los ingleses.
A causa de los daños recibidos, se vio forzado a recalar en Irlanda para hacer algunas reparaciones y reponer aguada.
El capitán de uno de los pataches asegura que el almirante veló por la armada más que por sí mismo, que auxilió a otros navíos y que logró alcanzar puerto a pesar de los temporales y del estado de su buque.
—Lo prodigioso —añadió Froilán— es que haya podido navegar con una tripulación tan diezmada. Más de la mitad de los hombres ha sido llevada al hospital de campaña.
El arribo escalonado de buques a los puertos gallegos, con tripulaciones en un estado deplorable, había obligado al gobernador de Galicia a habilitar un hospital de campaña siguiendo órdenes reales.
En realidad, la ciudad entera estaba desbordada por el advenimiento de todas aquellas tropas que requerían no sólo cuidados médicos, sino también vestido, alimento y alojamiento.
Mientras aguardaban ayudas mayores, el cabildo municipal y el gobernador entregaron a los soldados un socorro de cincuenta reales para mantenerse durante un mes.
Y a los marineros los proveyeron de ropa limpia y comida fresca, y los obligaron a permanecer a bordo.
Aun así, muchos particulares y cofradías, movidos por la caridad o el patriotismo, les ofrecieron ayuda de manera espontánea. Además, dada la escasez de médicos y otros sanitarios, frailes y monjas acogían y cuidaban a los enfermos en sus conventos.